30 de dic. de 2007

Máscaras de vida y máscaras de muerte

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Abraham Lincoln


Antonio Canova


Ludwig van Beethoven


Ludwig van Beethoven


Ludwig van Beethoven


Benjamin Franklin


Dante Alighieri


Giacomo Leopardi


Wolfgang Goethe


Heinrich Heine


Jean Louis Marat


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Franz Liszt


Napoleón Bonaparte


Oliver Cronwell


Samuel Coleridge


Leon Tolstoi


Walt Withman

Fuente: http://libweb.princeton.edu/



Maurice Blanchot - Aprés coup (Tiempo después)

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De Mallarmé a un autor inédito que le pedía un texto de presentación o de apoyo: «Abomino los prefacios escritos incluso por el propio autor, con mayor razón me parece de mal tono el que otro añade. Querido, un verdadero libro no requiere presentación, procede por flechazo, como la mujer con el amante, y sin ayuda de un tercero, ese marido...»

He escrito en un sentido muy distinto: «Noli me legere». Prohibición de lectura que significa despachar al autor. «No me leerás.» «No subsisto como texto para leer sino por la consumación que lentamente te ha retirado el ser al escribir.» «Nunca sabrás lo que has escrito, aun cuando no escribiste sino para saberlo.»

Antes de la obra, obra de arte, obra de escritura, no hay artista, ni escritor, ni sujeto que hable, puesto que es la producción la que produce al productor, la que, siendo prueba de él, lo hace nacer o desaparecer (es, de forma simplificada, la enseñanza de Hegel e incluso la del Talmud: el hecho prevalece sobre el ser que no se hace sino haciendo... ¿haciendo qué? puede que cualquier cosa: el juicio sobre la importancia de ese cualquier cosa depende del tiempo, de lo que ocurra, de lo que no ocurre: eso que llamamos factores históricos, la historia, sin que esto implique andar buscando en la historia el juicio final). Ahora bien, la obra escrita produce al escritor y es prueba de él, pero una vez hecha no da fe sino de la disolución de este último, de su desaparición, de su defección y, para expresarse con mayor brutalidad, de su muerte, por lo demás nunca definitivamente constatada: muerte de la que no se puede levantar acta.

Así, antes de la obra el escritor todavía no existe, después de la obra ya no subsiste: podría decirse que la suya es una existencia harto dudosa, ¡y se le llama «autor»...! Sería más cabalmente «actor», este personaje efímero que nace y muere cada noche por haberse dado a ver de manera exagerada, asesinado por el espectáculo que lo hace ostensible, es decir, sin nada que le sea propio o quede oculto en intimidad alguna.

Del «todavía no» al «ya no»; tal sería el recorrido de lo que llamamos escritor, no sólo su tiempo, siempre suspendido, sino lo que le hace ser por un devenir de interrupción. ¿Se ha parado alguien a pensar que, muy a su pesar, Valéry, al imaginar la utopía de Monsieur Teste, fue el más romántico de los hombres? En sus notas escribe ingenuamente: «Ego — Yo soñaba con un ser que tuviera los mayores dones, para no hacer nada de ellos, habiéndose asegurado [¿cómo?] de que los tenía. Se lo dije a Mallarmé, un domingo en el muelle d’Orsay.» Pero, ¿qué ser es éste, músico, filósofo, escritor o artista, o soberano, que todo lo puede y no hace nada? Exactamente el genio romántico, un Yo tan superior a sí mismo y a su creación que se guarda orgullosamente de manifestarse, un Dios por consiguiente, que rehusaría ser demiurgo, el Todopoderoso infinito que no podría condescender a limitarse mediante alguna obra, por muy sublime que ésta fuera (véase Duchamp). O tal vez sea en lo más ordinario donde habría que presentir lo extraordinario: ninguna obra maestra (qué pobreza, qué mediocridad semejante «maestría», semejante aceptación de ser el más grande, el mejor); pero Teste se descubre precisamente a través del misterio de la banalidad, es decir, que lo que le traiciona es aquello que le hace aparecer en cuanto desapercibido. (No creo estar haciendo de menos a Valéry al desvelar, en su proyecto central, la ingenuidad adolescente, tanto más cuanto que a ésta viene a sumarse una exigencia de extremo pudor: el «genio» no puede sino hurtarse, borrarse: no dejar huellas, no hacer nada que pueda mostrarlo superior en aquello que hace e incluso en aquello que es; el incógnito divino, el Dios escondido, que no se esconde para hacer más meritorio a aquel que por fin lo encuentra, sino porque siente vergüenza de ser Dios, o de saber que es Dios; o tal vez Dios no pueda sino ser desconocido para sí mismo, de otra forma lo dotaríamos de un Yo, a nuestra imagen y semejanza. No sé si Freud, el descreído, llegó a pensar que había hecho del inconsciente su Dios.)

Tras este paréntesis, vuelvo a la dificultad. Si lo escrito, siempre impersonal, altera, despacha, abole al escritor en cuanto tal, inclusive al hombre o al sujeto que escribe (otros dirán que lo enriquece, que le hace ser más de lo que era, que lo crea —la noción tradicional del autor—, o bien que no tiene otro fin sino permitirle ejercer su entendimiento —Valéry de nuevo—), o si la obra en su operación, por mínima que ésta sea, es hasta tal punto destructiva que introduce al operador en el equivalente de un suicidio, entonces, ¿cómo podrá éste volverse (¡ay del culpable Orfeo!) hacia aquello que piensa llevar a la luz, apreciarlo, considerarlo, reconocerse en ello y, finalmente, convertirse en su lector privilegiado, en su principal comentarista o, simplemente, en el celoso auxiliar que da o impone su propia versión, que resuelve el enigma, desvela el secreto e interrumpe autoritariamente (efectivamente, estamos hablando del autor) la cadena hermenéutica, puesto que pretende ser el intérprete suficiente, primero o último?

Noli me legere. ¿Tiene esta imposibilidad un valor estético, ético, ontológico? Habría que considerarlo con más detalle. Es una llamada cortés, una advertencia insólita, una prohibición que siempre se ha dejado transgredir. «Tengan a bien no...» Si la obra guarda un parangón con Eurídice, la petición, sumamente humilde, de no volverse para verla (o para leerla) es tan angustiosa para ella, que sabe que la «ley» la hará desaparecer (o al menos la iluminará hasta disolverla bajo una luz cualquiera), como tentadora para el encantador cuyo único deseo es asegurarse de que, efectivamente, lo que le sigue es alguien bello, no un simulacro fútil o una nada envuelta en palabras vanas. Incluso Mallarmé, el más secreto y el más discreto de los poetas, da indicaciones sobre el modo en que hay que leer Un coup de dés. Incluso Kafka lee sus relatos a sus hermanas, a veces al público de una conferencia; lo cual, en realidad, no significa que los lea para sí mismo en cuanto escritos —afirmación de la escritura—, sino que acepta arriesgadamente el prestarles su voz, el sustituir la leyenda (el enigma de lo que debe ser leído) por la evidencia vital y oral de una dicción y de una presencia que de esa forma impone su sentido o un sentido.

Semejante tentación es necesaria. Caer en ella es tal vez inevitable. Recuerdo aquel relato: Madame Edwarda. Fui seguramente uno de los primeros en leerlo y en quedar persuadido de inmediato —la impresión me dejó sin habla— por el carácter singular, más allá de cualquier literatura, de tamaña obra (sólo unas pocas páginas), que, por su propia índole, no podía sino rechazar el comentario. Intercambié con Georges Bataille algunas palabras emocionadas, no como cuando le hablamos a un autor de uno de sus libros que admiramos, sino intentando hacerle entender que semejante encuentro le bastaba a mi vida, como el haberla escrito debía bastar a la suya. Estábamos entonces en los peores días de la ocupación alemana. Aquel librito —el más nimio de los libros, publicado con un nombre prestado y reservado a unos pocos— estaba destinado, en su clandestinidad, a caer en la probable ruina de cada uno de nosotros (autor, lector). Nada de huella de un acontecimiento insigne. Ya se sabe lo que le pasó.

Quisiera, sin embargo, sin faltar a la discreción, añadir algo más. Tiempo después, acabada la guerra y habiendo cambiado también la vida de Georges Bataille, se le pidió que reeditara el libro, o por hablar con mayor precisión, que lo publicara realmente. Me dijo un día, para mi verdadero espanto, que deseaba escribir una continuación de Madame Edwarda, y me pidió mi opinión. No pude por menos que contestarle al punto, como si hubiera recibido un golpe: «Es imposible. Se lo ruego, no lo toque.» No se volvió a hablar de ello, al menos entre nosotros. Queda en la memoria que Bataille no pudo evitar redactar un prefacio que firmó, más que nada para introducir su nombre, con el fin de asumir (indirectamente) la responsabilidad de un escrito que aún se consideraba escandaloso. Pero este prefacio, por importante que fuera, no mermó en nada esta especie de absoluto que es Madame Edwarda, como tampoco lo hicieron los inteligentes comentarios a los que dio lugar (especialmente el de Lucette Finas y el más reciente de Pierre-Philippe Jandin). Todo lo que se puede decir al respecto, todo lo que yo puedo decir, es que, probablemente, la lectura de esta obra haya cambiado. La admiración, la reflexión, el hecho de ponerla en relación con otras obras, aquello que precisamente perpetúa, por lo mismo, suprime o iguala; en la medida en que la obra realza la literatura, la literatura la reduce a su propia medida, cualquiera que sea la importancia que se le conceda. Queda la desnudez de la palabra escribir, igual a la exhibición febril de la que fue una noche, y para siempre a partir de entonces, «Madame Edwarda».

* * *

La eterna reiteración. Se me pide —alguien en mí pide— que comunique conmigo mismo, a modo de epígrafe de estos dos relatos ya antiguos, tan antiguos (cerca de cincuenta años ya) que, al margen de las dificultades anteriormente expresadas, no me es posible saber quién los escribió, cómo se escribieron, ni a qué exigencia desconocida debieron responder. Recuerdo (sólo es un recuerdo, tal vez engañoso) que yo era sorprendentemente ajeno a la literatura que me rodeaba y que no conocía sino la llamada literatura clásica, con la salvedad de una apertura a Valéry, Goethe y Jean-Paul. Nada que pudiera preparar el terreno a estos textos inocentes en los que resonaban los presagios de muerte de los tiempos que vendrían. «La última palabra» (1935) ha sido comentado de manera rigurosa y que yo me guardaré de comentar. No era un texto destinado a la publicación. No obstante, se editó, doce años más tarde, en la colección «L’âge d’or», que dirigía Henri Parisot. Pero sucedió que por ser el último opúsculo de una serie que ya no tenía medios sino para desaparecer ni siquiera llegó a ponerse a la venta (si mal no recuerdo). Era una manera de seguir siendo fiel a su título. Ciertamente, empezar a escribir para llegar al punto a término (lo que hubiera sido el encuentro con la palabra última), significa al menos la esperanza de no hacer carrera y de hallar el camino más corto para terminar desde el inicio (sería deshonesto olvidar que al mismo tiempo, o entre tanto, yo estaba escribiendo Thomas l’Obscur, que tenía tal vez el mismo propósito, pero que, precisamente, no acababa nunca y, al contrario, hallaba en la búsqueda del aniquilamiento (la ausencia) la imposibilidad de escapar del ser (la presencia); lo cual, en realidad, ni siquiera era una contradicción, sino la exigencia de una perpetuidad desafortunada en el morir mismo). En este sentido, el relato fue una tentativa de cortocircuitar el otro libro en camino, con el fin de superar lo interminable y de llegar, por una narración más lineal, pese a ser de una complejidad ingrata, a una decisión silenciosa: de ahí tal vez (no lo sé) la convocación abrupta del lenguaje, la resolución insólita de privarlo de su sostén, la consigna (no más lenguaje coercitivo o afirmativo, es decir, no más lenguaje; pero no: siempre una palabra para el decir y no decirlo), la renuncia a ser Maestro y Juez —renuncia en sí misma vana—, y finalmente el Apocalipsis, descubrimiento que no descubre nada sino la ruina universal, la cual acaba con la caída de la última Torre (Torre probablemente de Babel) al mismo tiempo que se precipitan afuera el propietario (el ser que siempre se ha asegurado la definición de lo que es «propio»: Dios, evidentemente, aunque fuera una bestia), el narrador que ha conservado el privilegio del ego, y la muchacha, sencilla y maravillosa, la que probablemente lo sabe todo, con el más humilde de los saberes.

Semejante recapitulación o memorandum —la paradoja de semejante relato— se caracteriza por contar, como habiendo tenido lugar, el naufragio total, del que en consecuencia ni siquiera el propio relato se podría preservar, resultando así imposible o absurdo, a menos que pretenda ser profético, anunciando en pasado un porvenir que ya es presente o, también, diciendo lo que siempre hay cuando no hay nada: o sea, el hay que lleva la nada e impide la aniquilación para que ésta no escape a su interminable proceso cuyo término es reiteración y eternidad.

Profético también, pero para mí (hoy en día) de una manera más inexplicable, puesto que no puedo interpretarlo sino por acontecimientos que se produjeron y fueron conocidos sólo mucho más tarde, de forma que este conocimiento ulterior no esclarece, sino que quita claridad al relato que parece haber sido llamado —¿será por antífrasis?— «El idilio», o el tormento de la idea feliz (1936). El tema, que reconozco de inmediato porque Camus lo hará «familiar», es decir, todo lo contrario de lo que significaba, años más tarde, está designado desde las primeras palabras: «el extranjero». ¿Quién es el extranjero? No hay aquí una definición suficiente. Él viene de fuera. Se le recibe bien, pero de acuerdo con unas reglas a las que no puede amoldarse y que, de cualquier forma, lo ponen a prueba —en las puertas de la muerte. Él mismo saca la «moraleja» que expone a los recién llegados: «Aprenderéis en esta casa que es duro ser extranjero. Aprenderéis también que no es fácil dejar de serlo. Si echáis de menos vuestro país, hallaréis aquí cada día más motivos para ello; pero si llegáis a olvidarlo y a amar vuestra nueva situación, os devolverán a casa, y allí os sentiréis una vez más unos extraños y volveréis a empezar un nuevo exilio.» El exilio no es ni psicológico ni ontológico. El exiliado no acepta serlo, tampoco renunciar a serlo y tampoco hacer del exilio un modo de residir. Al inmigrado le tienta la naturalización, aunque fuera mediante casamiento, pero sigue siendo siempre un emigrante. Escaparse allí donde no hay salida es la exigencia que restaura la llamada del afuera. ¿Es una tentativa vana? La cárcel no es una cárcel. Los guardias tienen sus debilidades, a menos que su negligencia corresponda a la engañosa apariencia de una libertad que sería tentación e ilusión. Por lo mismo, la extrema cortesía, por no decir la sincera cordialidad, de quienes, contra su voluntad, aplican la ley, no se parece a la tranquila e inflexible «corrección» de aquellos que, algunos años más tarde, cogieron en la trampa de su fingida humanidad a los subyugados voluntarios, incapaces de reconocer la barbarie enmascarada que los dejaba vivir momentáneamente en un orden tranquilizador.

Y, sin embargo, resulta difícil, tiempo después, no pensar en ello. Imposible no evocar esos trabajos de escarnio en los campos de concentración, donde los condenados van acarreando de un sitio a otro, y luego vuelven a llevar a su punto de partida, montañas de piedra, no para la gloria de alguna pirámide, sino para la ruina del trabajo, así como de los tristes trabajadores. Ocurrió en Auschwitz, ocurrió en el Gulag. Lo cual tendería a demostrar que si hay peligro de que lo imaginario llegue algún día a hacerse realidad, es que sus propios límites son bastante estrictos y prevé con facilidad lo peor, porque esto último es siempre lo más simple que se repite siempre.

Pero no creo que «El idilio» pueda interpretarse como la lectura de un porvenir ya entonces ominoso. La historia no detenta el sentido, así como el sentido, siempre ambiguo, siempre plural, tampoco se deja reducir a la realización histórica, aun cuando fuera la más trágica y la más digna de consideración. Y es que el relato no se traduce. El relato —tensión de un secreto alrededor del cual él parece irse elaborando y que se declara al punto sin aclararse— anuncia sólo su propio movimiento, que puede dar lugar al juego de un descifrar o de una interpretación, pero al que a su vez él mismo sigue siendo extraño. De ahí que me parezca, aun cuando aparentemente «El idilio» desarrolle las posibilidades desdichadas de un destino sin esperanza, que, como tal relato, sigue siendo ligero, despreocupado y de una claridad que no abruma ni oscurece la pretensión de un sentido oculto o grave. El interrogante que podría llevar, me dicen, puede, en relación con el título, expresarse en diversas formas, todas ellas necesariamente ingenuas o simplistas, por ejemplo: ¿por qué en semejante mundo, el tema de la felicidad de los amos es tan importante y queda finalmente siempre sin resolver? Están las apariencias, no hay más que apariencias, y ¿cómo fiarse de ellas? ¿Cómo invocar algo que no lo fuera? ¿O es que una sociedad que admite como naturales los acontecimientos más desdichados puede ser al mismo tiempo (o por lo mismo o siendo indiferente a todo esto) en el fondo idílica? Son preguntas, pero preguntas demasiado generales como para convocar respuestas o para dejar de ser preguntas cualquiera que sea la respuesta que se les dé. Puede que el relato las conlleve, pero a condición de no interrogarlo, de no reducirlo, mediante ellas, a un contenido, a algo que pueda expresarse de otra manera.

Relato en todos los sentidos desdichado. Pero precisamente, en cuanto relato, que dice al enunciarse todo cuanto tiene que decir, o mejor, que se anuncia como la claridad previa y anterior a la significación grave o ambigua que él también transcribe, el propio relato sería el idilio, el pequeño ídolo injusto e injurioso para con eso mismo que hace oír, feliz en el infortunio que hace presentir y arriesgándose sin cesar a mudarlo en atracción. Ésta sería la ley del relato, su dicha y, por culpa de esta ley, su desdicha, pero no por cuanto reprochara Valéry a Pascal: que una bella forma arruinaría necesariamente el horror de toda verdad trágica y la volvería soportable, cuando no deliciosa (la catarsis). Sino porque, antes que cualquier distinción entre una forma y un contenido, entre un significante y un significado, antes incluso que la partición entre enunciación y enunciado, está el Decir incalificable, la gloria de una «voz narrativa» que da a oír claramente, sin poder ser jamás oscurecida por la opacidad o el enigma o el horror terrible de lo que se comunica.

Por ello mismo, a mi entender, y de otra forma que lo decidiera Adorno, con gran razón por cierto, yo diría que no puede haber un relato-ficción de Auschwitz (estoy aludiendo a La decisión de Sofía). La necesidad de testimoniar es la obligación de un testimonio que sólo podrían dar, cada uno en su singularidad, los imposibles testigos —testigos de lo imposible—; algunos sobrevivieron, pero esa «sobre-vida» no es ya la vida, es la ruptura con la afirmación viviente, la testificación de que este bien que es la vida (la vida no narcisista, sino para el prójimo) ha padecido el embate decisivo que no deja nada intacto. A partir de ahí, pudiera ser que toda narración, tal vez toda poesía, hubieran perdido el fundamento sobre el que se levantara un lenguaje distinto, por la extinción de esa dicha de hablar que se espera en el más mediocre de los silencios. El olvido, con toda seguridad, está obrando y permite que todavía se haga obra. Pero a este olvido, olvido de un acontecimiento en el que naufragó toda posibilidad, responde una memoria flaca y sin recuerdo, que lo inmemorial ronda en vano. La humanidad ha tenido que morir en su conjunto por la prueba que padeció en algunos (los que encarnan la vida misma, casi la totalidad de un pueblo prometido a una presencia perpetua). Esta muerte todavía dura. De ahí la obligación de no morir nunca más sólo una vez, sin que la repetición pueda hacernos habitual el fin siempre capital.

Vuelvo a «El idilio», relato de antes de Auschwitz, relato sin embargo de una errancia que no termina con la muerte y que esta muerte no podría oscurecer, puesto que se concluye en la afirmación de «este cielo magnífico y misterioso», extraño al extranjero, y diciendo que, pase lo que pase, la luz de lo que se dice, aunque fuese en las palabras más desafortunadas, no dejará de alumbrar como esa irradiación ligera y etérea, por la cual siempre es transfigurada la noche sombría, la noche sin estrellas. Como si las tinieblas fueran todavía —¿quién sabe si para dicha o desdicha nuestra?—, sí, todavía, la iluminación del día interminable, el resplandor del primer día.
Relato de antes de Auschwitz. Cualquiera que sea la fecha en que pudiera ser escrito, todo relato de ahora en adelante será de antes de Auschwitz. La vida tal vez continúa. Recordemos el final de La metamorfosis: apenas muere Gregorio Samsa sumido en la aflicción y la soledad, cuando todo renace y ya su hermana, a pesar de ser la que más lo compadece, se entrega a la esperanza de renovación que le anuncia su joven cuerpo. Kafka pensaba que también él proyectaba una sombra sobre el sol y que, una vez desaparecido, los suyos serían más felices. Murió, pues, ¿y qué ocurrió? No habrá que esperar mucho; casi todos aquéllos a los que amaba encontraron la muerte en esos campos que, por más que se llamen de formas distintas, llevan todos el mismo nombre: Auschwitz.

Ésta es la perspectiva (no-perspectiva) en la que no puedo esperar que se lean «El idilio» o «La última palabra». Y sin embargo, incluso sobre la muerte sin frases, queda mucho por meditar, tal vez indefinidamente, tal vez hasta el final. «Una voz viene de la otra orilla. Una voz interrumpe el decir de lo ya dicho» (Emmanuel Levinas).

Fuente: ddooss



Manuel Mujica Láinez - Entrevistado por Joaquín Soler Serrano (1977)

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29 de dic. de 2007

Jacques Le Goff y Nicolas Truong - El sueño en la época medieval

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Los sueños bajo vigilancia

En la Antigüedad , la interpretación de los sueños era una práctica corriente. En las ferias, en los mercados, los adivinos populares ejercen su oficio, interpretan los sueños de los ciudadanos por una suma módica, un poco como las mujeres que leen la buena ventura y las personas que se dedican a las distintas mancias. En su domicilio, o incluso en el templo, una serie de intérpretes de oficio, como auténticos especialistas, daban a los hombres de la Ciudad la clave del significado de sus sueños. Los onirománticos no son tal vez tan estimados como los augures o los arúspices, esos sacerdotes que leen en las entrañas de las víctimas o en el vuelo de los pájaros, pero se los escucha y consulta corrientemente.

Apariciones, sombras o fantasmas, los sueños del paganismo griego y romano provienen del mundo de los muertos. Los sueños «falsos» y los «verdaderos» se distinguen cuidadosamente, como hace Homero en la Odisea , donde Penélope percibe las dos puertas del sueño, la de marfil de donde salen los sueños engañosos, la de cuerno de la que emanan los sueños que se cumplen. 0 Virgilio, que en la Eneida y en el surco de Homero distingue sueños engañosos y sueños premonitorios. Numerosas teorías oscilan entre valorización y denigración. Pitágoras, Demócrito y Platón creen en su veracidad. Diógenes y Aristóteles los devalúan y aconsejan la incredulidad respecto a ellos. Se establecen tipologías, como la de Cicerón, que en De divinatione (I, 64) distingue tres fuentes del sueño: el hombre, los espíritus inmortales y los dioses.

Los antiguos clasificaban asimismo los sueños según su naturaleza y establecían una jerarquía entre los soñadores. A finales del siglo IV, Macrobio (hacia 360- 422) proporciona a la cultura pagana su tratado de los sueños más logrado. En su Comentario del sueño de Escipión, el polígrafo y enciclopedista, miembro de un grupo de vulgarizadores de la ciencia y de la filosofía antigua, distingue cinco categorías de sueños: somnium, visio, oraculum, insomnium y visum. Dos de ellas no tienen «ninguna utilidad ni significación». La primera es el insomnium, el sueño turbado, que se convertirá con Ernest Jones - psicoanalista y biógrafo de Freud (1), en la pesadilla. La segunda es el visum, forma de fantasma, de vagabundeo onírico ilusorio. Son «falsos» sueños, para retomar las categorías de Homero y de Virgilio. Los otros tres anuncian el futuro. De forma velada en el caso del sueño enigmático, el somnium; de manera segura en la profética visio; por mediación de los parientes, de los sacerdotes o incluso de la divinidad que previenen claramente al durmiente acerca de un acontecimiento por venir en el sueño oracular (oraculum).

En el período en el que las interpretaciones paganas y cristianas se mezclan, es decir, del siglo II al IV, los hombres oscilan entre interés manifiesto (sueños de conversión, de contacto con Dios o de martirio), inquietud paciente e incertidumbre. Un «semiherético», Tertuliano, propone entre 210 y 213 el primer Tratado sobre los sueños del Occidente cristiano. Fiel a las interrogaciones de su tiempo, este no mans land en el que se encuentran un alma y un cuerpo perdido entre el sueño y la muerte lo inquieta. Pero rehúsa convertirlo en algo propio del hombre, ya que el sueño es para él un fenómeno humano universal del que no están exentos ni los niños ni los bárbaros: «¿Quién podría ser lo suficientemente ajeno a la condición humana como para no haber percibido una vez una visión fiel?», se pregunta en su De anima. Tertuliano elabora a continuación una tipología de los sueños que clasifica según su fuente: los demonios, Dios, el alma y el cuerpo. Los sueños que se producen según él al finalizar el sueño están vinculados con la posición del durmiente, así como con su alimentación. Una vida sobria favorece incluso los sueños de éxtasis.

Cuando el cristianismo se impone como la ideología dominante a partir del siglo IV, la cuestión del sueño, uno de los fenómenos más enigmáticos de la humanidad, no puede ya evitarla la religión en el poder. La herencia de la cultura pagana inquieta y angustia ante todo. En efecto, ya no hay demonios buenos y malos, como en la época grecorromana. Sólo ángeles y demonios, es decir, de un lado la milicia de Dios, del otro, la malicia del Diablo. Y es Satán en persona quien, con mayor frecuencia, envía estas «poluciones nocturnas» a los hombres, interfiere así entre Dios y la humanidad, cortocircuita la mediación eclesiástica. Indisociablemente relacionado con el cuerpo, el sueño se situará según el cristianismo triunfante del lado del Diablo.

Otro motivo para relegarlo: con la religión de Cristo instituida, el futuro ya no pertenece a los hombres ávidos de conocer sus desarrollos, como en la época del paganismo, sino a Dios, el único que sabe: «Que aquellos que observan los augurios o los auspicios, o los sueños o cualquier otro tipo de adivinación, según la costumbre de los paganos, o que introducen en sus casas a hombres para que lleven a cabo investigaciones por arte de magia…, que se confiesen y hagan penitencia durante cinco años», impone un canon del primer concilio de Ancira en 314. La demonización del sueño es una respuesta hábil a una cultura pagana de la interpretación de las verdades ocultas del más allá, que debe hacerse ahora con la mediación y el control de las autoridades eclesiásticas.

Finalmente, el sexo constituye uno de los motivos de sospecha más importantes de la Iglesia en relación con los sueños. Por la noche, la carne se despierta, cosquillea, aguijonea el cuerpo lujurioso. Tentaciones de las que san Antonio será víctima ejemplar y triunfante. Y malestar general frente a los sueños en los que san Agustín, protagonista, no obstante, del primer sueño de conversión en el célebre episodio del jardín de Milán, será una de las figuras indiscutibles. Desde luego, en la práctica, el pueblo recurre ciertamente a los intérpretes, magos - y charlatanes en su gran mayoría- , a fin de dar sentido a este desarreglo sensorial. Pero la noche de los sueños vigilados se abate sobre Occidente durante mucho tiempo. El francés medieval, que juega con la cercanía entre «songe» [sueño] y «mensonge» [mentira], refleja esta sospecha.

Condena moral, pero también distinción social. La igualdad ante el sueño no existe. Sólo una élite tiene «derecho» a soñar: los reyes y los santos y luego, como máximo, los monjes. En el Antiguo Testamento, donde se sueña mucho más que en el Nuevo, el faraón se entera por un sueño de que debe dejar partir a los judíos si quiere deshacerse de las siete plagas de Egipto. Constantino y Teodosio el Grande, los dos fundadores de la cristiandad, descifran las líneas de sus enemigos con la mediación de los sueños. «Por este signo vencerás», oye Constantino antes de librar batalla contra Majencio en el puente de Milvio, cuando ve en el cielo la cruz de Cristo y suena por la noche que Dios le conmina a hacer representar la cruz sobre una enseña. De la misma manera, el Carlomagno de La canción de Rolando sueña de manera profética en cuatro ocasiones, que son otros tantos momentos decisivos. Sueños reales, pero también sueños de santos se elevan al rango divino. Toda la vida de san Martín está, según sus hagiógrafos, marcada por los sueños. El primero será el de su conversión. La noche que sigue al reparto de la mitad de su manto con un pobre, Cristo se le aparece: «Lo que has hecho a un humilde, me lo has hecho a mí», le dice. El segundo marca el de su acción de misionero. Otro, contado por Sulpicio Severo, será el anuncio de su muerte, a fin de que pueda prepararse para ella. Los santos y, muy pronto, los monjes, esos héroes que intentan imitarlos, se benefician también de sueños significativos. Pero para el resto de la humanidad el sueño se desaconseja.

Sueños vigilados y cuerpos controlados: los hombres deben abstenerse de beber en exceso, ya que la embriaguez favorece las visiones pecadoras. Clérigos y laicos también deben evitar ingerir demasiados alimentos, ya que la indigestión alimenta las tentaciones. La forma corporal de la tentación es la visión, uno de los cinco sentidos más esenciales en la Edad Medía , ya que un sueño es un acto, un relato en el que uno ve. De hecho, la doctrina cristiana distingue la categoría inferior de los sueños, designados por el sustantivo somnium, que procede de la raíz latina sommus («sueño»), de las nobles «visiones» (visiones) que dejan entrever una verdad oculta, en estado de vela o de sueño. Por su parte, el francés medíeval sólo conoce para designar al sueño la palabra «songe», a la que se añade la palabra «réve» a partir del siglo XVII.

A partir del siglo XII se produce un giro decisivo, cuando se efectúa una democratización de los sueños. Revolución urbana y reforma gregoriana debilitan el aislamiento y el prestigio monásticos. Los sueños se escapan del recinto del claustro, se desacralizan, se convierten en un fenómeno humano. Los sueños vuelven a tomar cuerpo y basculan incluso del lado de la psicología y de la medicina. Es un renacimiento que se acompaña de teorías e interpretaciones nuevas.

Hildegard de Bingen, a la vez monja visionaria y médico, indica en su tratado titulado Causae et curae (Causas y remedios), que el sueño es el atributo normal del «hombre de buen humor». Portadora de una concepción del hombre y de la mujer en la que el espíritu no está separado del cuerpo, la abadesa rechaza sin embargo en su retórica la corporeidad del sueño, y a veces incluso el onirismo. Jean- Claude Schmitt ha inferido a la perfección el origen de este «rechazo del sueño» que figura en ciertos textos: «Era preciso que Hildegard, al ser una mujer, dijera y mostrara en imágenes que no había soñado, para que estas palabras fueran recibidas como auténticas, a pesar de ser una mujer» (2).

De todos modos, la nueva interpretación de los sueños se vincula a la teoría de los humores y a la fisiología de los soñadores. Contra los «fantasmas diabólicos», Hildegard de Bingen aconseja a los soñadores que «ciñan en cruz el cuerpo del paciente con una piel de arce y una piel de corzo, pronunciando palabras de exorcismo que ahuyentarán a los demonios y reforzarán las defensas del hombre» (3). Sueño y medicina, psicofisiología y psicopatología quedan así imbricados. «Incluso los sueños que parecen ilusorios enseñan mucho al hombre acerca de su estado futuro», avanza Pascal le Romain en su Libre du trésor caché, que testimonia el giro adoptado por el cristianismo en materia de interpretación de los sueños. La renaciente Edad Media enlaza de nuevo con el sueño, sin duda bajo la influencia de la cultura y la ciencia antigua transmitidas por los bizantinos, los judíos y los árabes. «Los hombres cuyos sueños son verdaderos son, sobre todo, los de una complexión templada», dice por ejemplo el filósofo árabe Averroes, retomado en lengua latina. Un mestizaje cuyo testimonio es la floración de «claves de los sueños» que vienen de Oriente.

Se trata de un renacimiento cuyo agente y testigo será la literatura. Así, el El libro de la rosa de Guillaume de Lorris y Jean de Meung (4) best- seller indiscutible de la Edad Media , es una novela onírica, que descansa en el sueño de un joven que desarrolla el hilo en primera persona: «En el vigésimo año de mi edad, en esa época en la que el amor reclama su tributo a los jóvenes, me acosté una noche como de costumbre, y dormía profundamente cuando tuve un sueño muy hermoso y que me agradó mucho, pero en este sueño no hubo nada que los hechos me hayan confírmado punto por punto. Os lo quiero contar para alegraros el corazón … ». Se trata de un artificio literario, pero significativo de un cambio de tono, de estatuto, de concepción.

La autobiografía onírica, que aparece en la Antigüedad y el mundo cristiano naciente con las Confesiones de san Agustín, hace su eclosión en la Edad Media a través de numerosos relatos, como los de las conversiones del monje Otloh de San Emerando (hacia 1010- 1070) y del joven oblato Guibert de Nogent (hacia 1055- 1125). 0 bien en los sueños de Helmbrecht padre, ese campesino modelo de la literatura alemana del siglo XIII, que intenta reconducir a su hijo delincuente hacia el recto camino a través de cuatro sueños «alegóricos» (es decir, enigmáticos sin el recurso de una interpretación culta), o «teoremáticos» (que hacen ver directamente lo que anuncian) (5) La introspección onírica se extiende, la «subjetividad literaria» (6) se afirma y el sujeto humano accede al reconocimiento.

La nueva atracción por el sueño no significa sin embargo el fin de un cuerpo concebido como el receptáculo del alma. Y El libro de la rosa también puede leerse como una advertencia contra el alma vagabunda que abandona el cuerpo dormido: «De este modo, muchas personas, en su locura, creen ser brujas que yerran por la noche con Dame Abonde; cuentan que los hijos terceros tienen la facultad de ir con ella tres veces a la semana; se lanzan por todas las casas, sin temer llaves ni barrotes, y entran por las hendiduras, orificios y gateras a través de casas y lugares extraños, y lo prueban diciendo que las extrañezas a las que han asistido no les sobrevinieron en sus camas, sino que son sus almas las que actúan y corren así por el mundo. Y hacen creer a la gente que si durante este viaje nocturno se les devolviera el cuerpo, el alma no podría volver a él. Pero esto es una locura horrible y una cosa imposible, ya que el cuerpo humano no es más que un cadáver cuando no lleva consigo un alma».

El Occidente medieval vuelve a enlazar con el onirismo del paganismo, modernizándolo y codificándolo. Poco a poco se va instaurando una gestualidad onírica. En la mayor parte de las imágenes medievales, el soñador se encuentra acostado en una cama sobre su lado derecho, con el brazo derecho bajo la cabeza. La postura del cuerpo dominado contra las imposturas del cuerpo desatado: el gesto del soñador está cuidadosamente codificado por la imaginería medieval, que expresa la espera de la intervención divina. Si las representaciones y las autobiografías de los soñadores abundan, cabrá esperar al siglo XVI y a la acuarela de Alberto Durero (1525) para que aparezca una imagen onírica, la de una pesadilla en la que el pintor vio un diluvio de agua abatirse sobre su región. «Cuando la primera tromba de agua batiéndose contra el suelo llegó muy cerca, se aplastó con una tal rapidez, con un tal estruendo, levantando una tal borrasca, que quedé aterrorizado y al despertar temblaba todo mi cuerpo, y tardé mucho tiempo en recuperarme. Al levantarme por la mañana, pinté lo que se ve encima tal lo vi. En cada cosa, Dios es perfecto», anota en la parte baja de su dibujo. Incluso humanizado y racionalizado entre el siglo XII y el XIII, el sueño es un Grial, cuya finalidad sigue siendo Dios. De hecho, será decisivo en la invención del purgatorio, intermediario entre el infierno y el paraíso, el tercer lugar inventado por el cristianismo en la segunda mitad del siglo XII, en el que una visión arrebata a los fieles.

Notas:

(1) Ernest Jones, Le Cauchemar, París, Payot, 1973.
(2) Jean- Claude Schmitt, Le Corps des images. Essais sur la culture visuelle au Moyen Áge, París, Gallimard, col. «Le temps des irnages», 2002.
(3) Jean- Claude Schrnitt, Le Corps, les rites, les réves, le temps. Essais d'anthropologie médiévale, París, Gallimard, col. «Bibliothéque des histoires», 2001.
(4) Guillaume de Lorris y Jean de Meung, Le Roman de la rose, versión de Armand Strubel, París, Le Livre de Poche, col. «Lettres gothiques», 1992; edición castellana: Biblioteca medieval, Editorial Siruela, Madrid, España.
(5) Jean- Claude Schmitt acaba de demostrar que, en el siglo XII, el opúsculo sobre la conversión de Hermann el Judío encadena el relato con el sueño: véase La Conversión d'Hermann le Juif: Autobiographie, histoire et fiction, París, Seufi, 2003.
(6) Michel Zink, La Subjectivité littéraire. Autour du siecle de Saint Louis, París, PUF, 1985

Fuente: ddooss

Umberto Eco - Un mundo sin religiones

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En un reciente debate dedicado a la semiótica de lo sacro se terminó en cierto momento por hablar de aquella idea que va de Maquiavelo a Rousseau (y otros) sobre una "religión civil" de los romanos, entendida como un conjunto de creencias y deberes capaces de mantener unida a la sociedad. Yo señalé que de esta concepción, en sí misma virtuosa, se arriba fácilmente a la idea de la religión como " instrumentum regni ", expediente que usa un poder político (quizás la representación de los no creyentes) para tener controlados a sus propio súbditos.

La idea ya estaba presente en autores que conocieron la religión civil de los romanos y, por ejemplo, Polibio ( Historias VI) escribía, a propósito de los ritos romanos, que "en una nación formada sólo por gente sabia sería inútil recurrir a medios como estos, pero como la multitud, por su naturaleza voluble y sometida, tiene pasiones de todo género, deseos irrefrenables, ira violenta, no queda más alternativa que contenerla con aparatos diversos y con temores misteriosos. Por eso creo que los antiguos no introdujeron sin razón en la multitud la fe religiosa y la superstición sobre el Hades, sino que más bien están equivocados quienes buscan eliminarlas en nuestros tiempos Los romanos, manejando las cargas públicas y sumas de dinero mucho mayores, se conservan honestos sólo por respeto al vínculo del juramento; raramente se encuentran otros pueblos que no toquen el dinero público, mientras que entre los romanos es raro encontrar a alguien que se manche con tal culpa.

Si bien es cierto que los romanos se comportaban virtuosamente en la época republicana, ciertamente en determinado momento dejaron de hacerlo. Y se puede comprender por qué, siglos después, Spinoza dio otra lectura del " instrumentum regni " y de sus ceremonias espléndidas y cautivantes. "Es cierto que el secreto más grande y el máximo interés del régimen monárquico consisten en mantener a los hombres en el engaño y en esconder bajo el especioso nombre de religión el miedo con el que deben tenerse sometidos, para que combatan por su esclavitud como si fuese su salvación. Por otro lado se verá que en una comunidad libre, no se podría ni pensar ni intentar nada más funesto". ( Tratado teológico político ).

De aquí no era difícil arribar a la célebre definición marxista según la cual la religión es el opio de los pueblos.

¿Pero es cierto que las religiones tienen todas siempre esta " virtus dormitiva "? Otros tienen opiniones muy distintas. Por ejemplo, José Saramago se pronuncia contra las religiones como fuente de conflicto. "Las religiones, todas sin excepción, lejos de servir para unir y reconciliar a los hombres, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de estragos, de monstruosa violencia física y espiritual, que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la mísera historia humana".

Saramago concluía que "si todos fuésemos ateos, viviríamos en una sociedad más pacífica". No estoy seguro de que tenga razón, pero por cierto parecería que indirectamente le respondió el papa Ratzinger en su reciente encíclica " Spe salvi " donde dice que, por el contrario, el ateísmo de los siglos XIX y XX, aunque se presentaba como protesta contra las injusticias del mundo y de la historia universal, hizo que de tales premisas hayan resultado las más grandes crueldades y violaciones de la justicia".

Tengo la sospecha de que Ratzinger pensaba en esos ateos de Lenin y Stalin, pero olvidaba que en las banderas nazis estaba escrito " Gott mit uns " (que significa "Dios con nosotros"), que falanges de capellanes militares bendecían a los gallardetes fascistas, que el masacrador Francisco Franco estaba inspirado en principios religiosos y era sostenido por los Guerreros de Cristo Rey (por más crímenes que pudieran haber cometido sus adversarios, fue él quien comenzó), que eran religiosísimos los vandeanos contra los republicanos que habían inventado una Dea Ragione (" insturmentum regni "), que católicos y protestantes se masacraron alegremente durante años y años, que tanto los cruzados como sus adversarios estaban motivados por razones religiosas, que por defender la religión romana se lanzó a los cristianos a los leones, que por razones religiosas se han quemado muchos en la hoguera, que son religiosísimos los fundamentalistas musulmanes, los que atentaron contra las Torres Gemelas, Osama y los talibanes que bombardearon el Buda, que por razones religiosas se enfrentan India y Paquistán y que, en fin, invocando " God bless America ", Bush invadió Irak.

Por lo que he llegado a reflexionar que (antes que opio de los pueblos) la religión ha sido la cocaína. ¿Será quizás el hombre un animal psicodélico?

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/enfoques/nota.asp?nota_id=974843

Kris Kuski - El palacio del hedonismo II

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27 de dic. de 2007

William Turner - Cuaderno rescatado (fragmentos)

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12
Venecia es una ciudad amenazada por el sortilegio de las aguas; quizás algún día se la trague el mar como a una piedra y todos nosotros (los que verdaderamente la hemos comprendido) bajemos a recorrerla conteniendo el aire en los pulmones.


17
He leído una vez en Finomeno que Dios se complacía mostrándose en lugares húmedos. El agua sería un vehículo de la divinidad; quizá sea ése el motivo por el cual la estadía en Venecia me resulte perturbadora y, a la vez, un puntum caecum (mancha ciega).


18
La luna no me pertenece, tenemos un contrato. Cada cual se retira si no hay nada.

24
Detrás de las grises nubes veo fuego. Por la noche el fuego llegará a la triste ciudad y su agua no podrá con él. El cielo depositará antorchas sobre los canales y explotará la furia.

25
Mi corazón también ha sido una tormenta; más de una vez he bebido mis frascos con agua de pinturas. ¿Para qué?
No he estado lo suficientemente insano para tragarme mis acuarelas pero le he pensado. ¡De qué serviría una muestra íntima del viejo Joseph a la altura de las costillas!

26
He navegado con la triste góndola por la tarde. El silencio de los canales anunciaba algo feroz. La marcha de mi barca cedía su paso al crepúsculo. El gondolero no bajaba la vista y apenas movía su cabeza para saludar. El remo golpeaba el agua espesa. Un furioso relámpago cayó tras la cúpula de Santa María de la Salud. Sentí que algo terrible ocurriría. En mi alma ya se había desatado la tormenta que más tarde azotaría a la Serenissima.

27
Durante los últimos quince días de octubre he esperado un relámpago (como Teresita espera en la oscuridad un espasmo), del mismo modo que se espera a un familiar que viene por la herencia.Ayer tuve uno que quiso más de mí. Un relámpago blanco con un filamento similar a una extensión líquida de oro. Giorgone habría sabido qué hacer con él, yo quedé indefenso, dudando de la posibilidad del arte.


29
Sólo lo que vemos anuncia el esplendor. La luz es más poderosa que la fatiga y el terror. Esperad con júbilo la rágafa y el destello del cielo. Son ellos el pulso que animará vuestra alma. ¡Confiad en el relámpago!

73
El feroz rigor de una estampida salvaje vuelve hacia ti el velamen de tu propio cuerpo.
El paisaje inflama tanto el aire que la vista ya no resiste y el horizonte enceguece de fuego.

77
El fuego conversa con las aguas más pobres. Una llama es un desvío.

85
Las figuras son arrastradas sin piedad. No hay formas que soporten tal acometida.
¿Hacia dónde? ¿Hacia dónde?

86

Nadie viene por ti y procuro acompañarte. Mi vista persigue tu ira desde la tela.
¡Arranca también su color! ¡Vence a mi paletas!

91
Vuelva mi alma y tu salvaje danza no repara en ello.
¿No tienes ojos, acaso? Tifón: ¡tu puerto no pertenece a nadie!

97
¿Por qué teméis, transeúntes?
¿Por qué escapáis del horizonte enceguecido?

100
Mis ojos no ven claramente. La bruma se pose en este puerto y no zarpa. Llevo horas de tinieblas y soledad. La distancia no me ofrece nada. La luz no me pertenece.

101
Acaso el ojo sea lo que enciende el universo.
¿Hacia dónde? ¿Hacia dónde?

105
El encanto del cielo y la luz de las estrellas apartan el mundo desolado.
La noche tiene los colores del mar. Navego en silencio.

CXLL
La luna permanente y el agua discontinua. Así hay que comenzar cualquier biografía. Ayer viajé en una pequeña embarcación. La salida fue con tormenta. Entrados en el mar, fuimos visitados por un prisma de colores de una cúpula octogonal. Tomé unos apuntes en estado de bruma.
Las hojas del cuaderno se mojaban y la tinta se diluía por efecto de la humedad, como si alguna fuerza propia se encargara de hacer desaparecer los bocetos y las palabras: comulgar.

CXVI
Deterioro del cuerpo: perdida progresivas de la vista, dolor en uno de los pies, dificultad para mantener el tronco erguido, inadecuado comportamiento donde haya más de tres personas, baja tolerancia a los condimentos, irritación de la cadena sanguínea, palpitaciones, erupciones exquisitas en la frente, en los talones y en los dedos de los pies, problemas digestivos, insomnio. A cada uno de restos desencantos le he atribuido un color.

CXVIII
Una mujer rubia refleja con estridencia el amarillo, que es el color de la distancia y de la jaqueca. La migraña se asemeja demasiado al cabello de la dama que acaba de sentarse a la mesa contigua que ocupo en el café Florian, que ocupo desde hace mucho. Me alejo sin quererlo.

CXX
El dolor en uno de mis pies (el izquierdo), por ejemplo, tiene atribuciones del verde, pero en un registro bajo, muy bajo, como el grosero verdín, ya pasado, que se encarama en las grietas. Trabajo sobre ese color intensamente durante semanas buscando exorcivamente variarlo en su composición, no hacia el ocre (que bien está como trastorno digestivo) sino hacia la primera gracia que muestra el rosa opaco.

CXXII
Leí una vez en Finomeno que había una correspondencia entre la enfermedad y color. He seguido estas tendencias modernas, no tanto por arrimar mi intuición al arte de la medicina, sino como una continuación de mi oficio. Nos curamos con los que enfermamos.

129
Los colores están detrás de otros colores. Tras ellos, los colores verdaderos toman distancias. Todo brilla detrás de otra imagen que no alcanzamos a ver jamás.

131
El desenlace del cielo, cada una de las estrellas en el día de su boda, las cintas cayendo, ¡la cabeza de un cerdo sobre la platería! ¡Con sus huesos cocidos de más, olorosos, oh, el gran hocico de la noche!
Nuestro es el mundo, hay otro vida detrás de los colores.

132
Los maestros holandeses me han dado una pequeña idea: cerrar los ojos.

137
El peso de la luz sobre los objetos contiene al mundo. Se trata de un poderoso faro alejado de todas las costas a las que arribamos.

154
Los elementos viajan en sí mismos. Voy tras ellos. No hay quietud posible. Los reflejos pertenecen a una categoría inanimada. No permitiré que me distraigan en este amanecer.

CLXX
En un tabique de mi recama han anidado unos minúsculos insectos de cabeza grisácea. En un principio pensé que se trataba de ciertas hormigas que ya había visto en los interiores de la Dogana. Limpié con brea la zona, instalé nuevamente la madera sobre el hueco. De noche, el ruido producido por sus desplazamientos me ha resultado conmovedor. Se advierte que arrastran elementos de un lado a otro, como si el propósito fuera refundar ciudades o llevar de aquí para allá una magnitud de materia deplorable. El depósito de esas construcciones deja un polvillo cetrino por encima de los zócalos.
Cuando en 1840 pinté la Vista de la Dogana: San Giorgio Maggiore, utilice el polvillo como material de la acuarela; la textura más clara se evidencia en la cúpula del campanario.

CLXXI
Ayer fui a la barbería que está cercana al Ponte delle Tette camino a la iglesia de San Cassiano. El babero es un hombre con una enorme nariz enfermiza (los veintiséis bocetos serán clasificados y rotulados como "estudios sobre una rinofima"). Hubiera querido tratar esa protuberancia de cerca, si fuera posible con lentes de fuerte aumento. En el descanso, sobre el pequeño hueco que antecede a la curva exponente de pulpa carnosa, un extraordinario ramillete de pequeñas venas violáceas sobresalía; un espectáculo que la propia enfermedad brindada como testimonio de su estrago. La belleza de ese racimo era atroz y conmovedora. Había visto algo semejante en los hongos que proliferan en los maderos del muelle; y así como en aquella oportunidad volví con una espátula a los muelles para llevarme el acontecimiento a mi taller, habría querido esta vez arrancarle al barbero ese tesoro de su nariz para llevármelo y tratarlo, hasta obtener la aprobación de Reynolds.


225
No les daré lo que esperan de mí. Destruyan mis dibujos. Arrojen al mar mis apuntes.
Olviden mis pinturas. Partiré hacia donde no me esperen. Viajaré sujeto a la misma tempestad que azota mi alma. Nada detendrá mi anhelo de respirar el aliento de Dios (*).

291
De haber sido un dios, no habría perpetuado la imagen; la imagen ha destronado la posibilidad de lo semejante. El pensamiento que busca la imagen es rastrero, aquel que busca lo semejante es lo divino.

292
Imagino el misterio de Dios como una aguja (o como un pequeño pincel en mis manos).

297
Mi madre me despertaba a primera hora del día con un pedazo de luz; Dios estaba en sus rodillas sin hacer ruido: Mi casa era silenciosa.
(*) Posible alusión al famoso viaje atado al mástil de un barco durante un tempestad protagonizado por Turner.

Recopilación de fragmentos en Javier Cófreces-Alberto Muñoz, Venecia negra, Buenos Aires, Ediciones en Danza

Fuente: ddooss


Oscar Freire - Chuang Tse y el conceptualismo

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Introducción

Una de las tantas tendencias postmodernas del espiritualismo se resume en el pretendido ecumenismo de las tradiciones, o por otro lado, el idealizar a ciertas personalidades como las de Jesús, Platón, Sankâra o Chuang Tsê (por sólo nombrar algunas de las mas emblemáticas) y es común arrogarles la virtud de "iniciados" o representantes exclusivos de un cierto esoterismo que se han opuesto, rivalizando o anulando las doctrinas de los representantes de las escuelas o instituciones exotéricas como han sido en este caso Moisés, Aristóteles, Ramanuja y Confucio (1).

Más allá del defecto de todo exclusivismo; de una consecuencia pseudoesóterica de esto; de ver oposiciones donde no las hay; de confundir esoterismo y exoterismo o la autoridad espiritual con el poder temporal, y antes de tomar el ejemplo de Chuang Tsê para nuestro estudio intentaremos considerar algunas aristas de dicha forma mental a los efectos de poder vislumbrar al menos , alguna parte de sus procesos cuales, en rigor, no debemos considerarles como ciertos, ya que no son estrictamente expresiones del orden metafísico, ni inciertos, al no ser premisas secundarias del orden tradicional. Tampoco entran en la clasificación del concepto erróneo, ya que, de alguna manera, este es pasible de enmienda por medio de una firme y adecuada atención sobre el problema.

Al derivar naturalmente lo incierto de lo cierto no puede haber oposición, salvo que la incertidumbre se fugue de su eje, por lo cual pierde su principio y deviene como "fantasía" en el sentido sinónimo de irreal con todo lo que implica el carácter del sofisma, o aquella confusión mental y su respectivo conocimiento verbal desviado.

No era el carácter in-cierto (literalmente incluido o adentro de lo cierto) de las constituciones exotéricas ni el común valor que se podía tener de la vida cotidiana en las sociedades tradicionales lo que denostaban duramente sabios tradicionales como Platón o Chuang Tsê, ya que se conformaban en un orden normal o natural, sino apuntaban a la caída en una tendencia exclusivista de ellos en tanto su desviación del principio superior, y por ende, del anquilosamiento de las formas que deben constituirse en soportes operativos (realizables) para la identificación con tal principio.


"El universalismo utópico"

Es probable que, uno de los aspectos de esta moderna "desviación esotérica" de las doctrinas tradicionales se exprese por medio del "universalismo utópico" actualmente en boga. Siendo este, en realidad, una transposición metafísica al plano formal por la cual se cae en la reducción a la uniformidad, es decir, una contrahechura sobre la noción de la unidad esencial de la manifestación, cuyo carácter o punto de vista estrictamente metafísico expresaron tales sabios.

Evidentemente, dicha contraforma, ha sido en parte alimentada por el sincretismo de un reduccionismo literario, significando la injerencia de un tipo de lenguaje especializado que se expresa derivando de una singular y respectiva concepción mental, notoriamente marcada por la paradojal combinación abstractiva de un esencialismo in extremis (producto de ideas puramente imaginarias) con aquello cartesiano de "ver las cosas claras y distintas".

Podríamos señalar que las dos dimensiones de dicho lenguaje se caracterizan por un lado en formular, connotativamente, ciertas idealizaciones del simbolismo tradicional, cuales llevan a una suerte de ilusión de conocimiento que no va mas allá de la "ensoñación" individual; y, por el otro lado, en un conceptualismo desviado incapaz de trascender el marco de las contradicciones verbales, debido ello, precisamente, a su naturaleza meramente designativa (ya que el signo lingüístico convencional moderno es incompatible a la naturaleza operativa del lenguaje simbólico tradicional), es decir que, en la denotación distintiva o en el establecimiento argumental de las oposiciones las expresiones carecen de ritmo y por tanto de unidad, contrariamente a las lenguas tradicionales donde dicha unidad es simbólicamente repetitiva en todos los niveles de referencias, y porque en ellas, la intuición de la idea y la expresión del objeto son una y la misma cosa.


Dificultades del lenguaje convencional

De tal manera que, las carencias y limitaciones del tipo de lenguaje relacional moderno, ineluctablemente, desembocan, por modificación constante de sus componentes, no solamente en aquellas desviaciones respecto de lo ideal, sino también abarcan las falsas apreciaciones de lo objetal. Si las fases preliminares del conocer son inseparables de los términos del lenguaje (2), debemos inferir que la intervención de un creciente proceso de arritmia, que ya hace tiempo ha hecho desaparecer los soportes del simbolismo operativo, no puede menos que terminar en una completa inversión de las nociones tradicionales sobre la realidad.

Para aproximarnos a lo que intentamos sugerir hagamos un ejercicio: Si nosotros nos remitiéramos a un fin conceptual de nuestra anotación o si el lector anula la sugerencia o las acepciones mas amplias de nuestros términos, en una interpretación literal de lo que está leyendo, caeríamos en un círculo vicioso de expresiones y juicios tautológicos. Del mismo modo, en la "ilusión del impreso" que no es mas que un sistema cerrado basado en la transposición de la opinión al documento elaborado. A lo sumo, en una asociación verbal temática, de acuerdo al mayor o menor caudal de información o lecturas que tengamos sobre la cuestión. Sea como fuere, no excederíamos de ningún modo el carácter abstracto que se concede al concepto verbal y por lo cual no tendríamos ninguna garantía siquiera de un conocimiento teórico cierto desde una óptica tradicional.

Queda explícito que las variaciones mentales de "esto" o "aquello", singularmente las de los "especialistas en conocimiento" raramente trascienden el marco de las intuiciones sensibles, donde, por determinación, prima la "ley de contradicción", puesto que la idea no es consubstancial a la palabra, y por hallarse, además, escindida de la cosa.

Esto mismo, es expresado cabalmente por la noción tradicional china de cheng xin como una actitud proposicional o intencional inherente al estado de "separateidad" en que se halla la conciencia sometida al incesante fluir de las oposiciones mentales, singularmente intensas cuanto mas rico sea el vocabulario que se posea. En sánscrito, es la palabra Vikalpa, además de aludir a la "fantasía" y a la "alucinación" la que expresa la noción equivalente para describir tal estado mental, y según los Yugasûtras de Patañjali (1.9) es la constante percepción de la realidad en términos lingüísticos (3), por lo cual se aconseja firmemente a todo aspirante al conocimiento no predicar sobre las cosas profundas hasta tanto no haya logrado una asimilación real al estado de Turiya (El Silencio), so pena de ocasionar graves alteraciones a la manifestación entera.

Esto no puede ser de otra manera, ya que en toda sociedad tradicional la palabra no permite elaboraciones antojadizas por no ser de correspondencia exclusiva al concepto, ni tampoco obedece a la abstracción de un signo que puede ser "contextualizado" artificialmente según plazca a cualquier creativo o imaginativo mediante la gramática y la sintaxis; y, sobretodo, por el motivo fundamental que señala a tales medios, como muy alejados de ser el receptáculo apto de las Ideas inmutables.

Contrariamente, la palabra tradicional se fundamenta en el aspecto neutro de su formalidad, en su originalidad radical y ad-vocatoria del ritmo, y por tanto, expresando cada vocal una función viviente unida a su correspondiente causa esencial siendo, al mismo tiempo, símbolo de la totalidad; y, por lo cual, el acto de hablar o el de nombrar, no se reduce a las meras clasificaciones abstractas, sino a establecer, en cada estadio que sea, la eficacia operatoria o el reflejo del orden universal.

Si reflexionamos en este término de "totalidad" (a modo que sirva de ejemplo para toda terminología metafísica al uso literario) notaremos que manejar retórica o estilísticamente esta palabra, o simplemente leerla, no implica un conocimiento correcto del objeto en sí.

Es más, podríamos decir que si no hay conocedor en acto (4) tampoco hay propiamente conocimiento real. En todo caso, se trata de un conocimiento de palabras que puede ser mas o menos adecuado, pero no corresponde a ninguna "experiencia" real (5) en tanto que tal palabra sea procesada por el pensamiento en cuanto no tiene ninguna realidad al margen del concepto que la define; y por lo cual, solo se tiene una "medida" de totalidad correspondiente a la mente individuada de quien la imagina. En resumen: no puede ser mas que un concepto imaginario de "totalidad" por la "finitud" que se le impone dentro de los límites del pensamiento.


El ejemplo de Chuang Tsê

Según Chuang Tse los hombres de la antigüedad eran nescientes respecto de las clasificaciones del mundo y por tanto de sus denominaciones: "En un principio no sabían que existiera algo; este es el conocimiento perfecto, ya que no se le puede añadir nada. Posteriormente, tuvieron noción de la existencia de algunas cosas, pero no sabían distinguir unas de otras. Luego surgieron otros hombres que sabían distinguir entre las cosas, pero no sabían clasificarlas como o (shi fei) (6). Fue entonces cuando tales juicios y clasificaciones dañaron el Tao" (7).

No podría definirse mejor el estado "extramental" e innato que corresponde a la verdadera Sabiduría, y sería difícil, salvo las pocas excepciones de siempre, que pueda hallarse entre los tradicionales una mejor eficacia en la con-signación de la cualidad omnicomprensiva que porta la palabra primordial, y por ende, refutando así, la petrificación del lenguaje, el reduccionismo del conocimiento y los sistemas o convenciones burocráticos que, en toda época (8), por pretermisión de principio, han afectado, creciente y sucesivamente, al espíritu humano.

Para Chuang Tse el significado de una palabra se encuentra lejos de obedecer a alguna valoración normativa del lenguaje, puesto que no se trata de las oposiciones mentales ( cheng xin) de "esto" o "aquello", sino de lo que proporciona el centro del círculo, es decir, donde desaparecen los enfrentamientos y la dualidad universalizada de los pensamientos intencionales, surgiendo así, en eso que erige el eje del Tao (9).

Expresiones tales como: "Existe lo que es, y existe lo que no es; y no resulta fácil decir si lo que no es, no es; o si lo que es, es"; o "He establecido una afirmación; no obstante, no sé si lo que dije ha sido real en cuanto a lo que dije, o no lo dije realmente"; o aquella de "Uno mas uno son dos, dos mas uno son tres. Si para ir de la a necesitamos de tres piensa hasta que punto necesitaríamos ir para pasar de a algo" (10) no hacen mas que reflejar la intención de Chuang Tse en no perder de vista el carácter "enjuiciatorio" de las afirmaciones y negaciones, o de la relatividad ilusoria de las complexiones y diferencias, ya que estas, por su naturaleza judicativa, no hacen mas que representar la dualidad en una de sus tantas extensiones, y al mismo tiempo, revelarla en su concepto mas amplio, es decir, en cuanto al quiebre con la Unidad. Un accidente que, según Chuang Tse, suele provocar, de modo implacable, el olvido de que toda apariencia "dicótoma" se halla sumergida en la superior unidad y en la verdadera realidad del Tao.

Esta intención de Chuang Tse de ninguna manera se remite a abolir las funciones del lenguaje (11), ya que lo considera como un "pequeño saber" (por estar supeditado a la esfera de las distinciones, por ende, a un conocimiento parcial y limitado), sino a declarar el proceso de "cosificación" que embarga a este en tanto la ausencia del "gran saber" (en cambio omnicomprensivo) o principio rector (Tao), y en cuanto a la consecuente negligencia de su simbolismo proactuante, donde reside "el Tesoro del Cielo" (12).

Para Chuang Tse, las consecuencias o derivados del oscurecimiento de la luz primordial pueden llegar a ser fatales, tanto para las sociedades como para los hombres, condenándolos por completo a la disolución y a un fracaso de vida respectivos, si es que no se toman los recaudos a tiempo.

Como ejemplo de estas influencias negativas que se ciernen sobre el hombre, y en relación con nuestro tema, según los patrones tradicionales dados por Chuang Tse, podríamos señalar que, según la ley de "acciones y reacciones concordantes" el desarrollo exagerado del "pequeño saber" o verbalismo, tal como el llevado a cabo por el oficio de letrado (eruditos y académicos) (13) no sólo acentúa el crecimiento de un "yo" ilusorio (ego) basado en la mente individual y como producto de los "pequeños logros" (Xiao cheng), es decir, al fin y al cabo, de las ligaduras con la confusión (mang) y la contradicción (shifei), sino que, además, tiene injerencia en el orden somático del constitutivo humano. El cual va adquiriendo así, la forma que le imprime el ritmo alternante de la propia mente incapaz de remitir las emociones liberadas y las pasiones estimuladas que afectan y obstaculizan el libre curso de la naturaleza primordial del hombre.


Conclusión

"¡No existen seres diferentes! ¡No existen ni distinciones ni contrarios! El sabio se sitúa en un punto en el que "yo" y "tú", "esto" y "aquello", "sí" y "no", parecen todavía indistintos. Este punto es el centro inmóvil de una circunferencia, sobre cuyo perímetro ruedan todas las contingencias, todas las diferencias, todas las individualidades. Un punto desde el que no se divisa mas que un infinito que no es ni "tú" ni "yo, ni "esto" ni "aquello", ni "sí" ni "no". Contemplar todo en la unidad primordial no diferenciada, esta es la verdadera sabiduría". (Chuang Tsê, L.2)

Como se advierte en los implícitos de esta magistral exposición, mas aquello que se infiere de nuestro comentario general, Chuang Tsê al advertir sobre los límites y obstáculos de los planteamientos sociales y rituales exagerados de los seguidores de Confucio, jamás se ha referido a un "universalismo" conceptual, ya que esto equivale a caer en una entelequia vaga e insubstancial al estilo espiritualista del "amor universal" como el de Mo Tsê. Se refería a no perder de vista a la verdadera sabiduría que consiste en un difícil método operativo de identificación en primera instancia con la unidad esencial de la manifestación, es decir estacionarse en el centro de la rueda universal donde toda opinión y oposición se hacen relativas y carentes de valor. Es el punto inmóvil e indiferente al sentido de rotación en que la circunferencia se mueve. El perfecto equilibrio del wu wei (no hacer) (14) donde el sabio se asienta inafectado por las distinciones o particularidades del conjunto de los seres manifestados. Es la fuente neutra o estado primordial de donde parten todas las transformaciones. Es el estado del hombre perfecto que Chuang Tsê ejercía por sólo acto de presencia y que lo erigía no solamente en Guardián del Tao, sino también, en preceptor de las tradiciones chinas.

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Notas


1) Por ejemplo, en los casos de exagerada oposición que se atribuía a Platón respecto de Aristóteles ver a René Guénon, "El reino de la cantidad y el signo de los tiempos", cap. I. Igualmente sobre Chuang Tsê respecto de Confucio ver "Apercepciones sobre el esoterismo islámico y el taoísmo", cap.X.

2) Aunque, en rigor, todo término es relativo desde el punto de vista del estadio mas elevado de la realización metafísica, sin embargo tradicionalmente el lenguaje es considerado como "sendero de sabiduría", y tal como cabalmente fuera ello expresado por Rumi en tanto la integridad del esoterismo/exoterismo y en cuanto a la necesidad de los diversos grados de interpretación desde el punto de vista tradicional: "Aunque el sendero del término es la sabiduría, sin embargo, este mismo término es relativo. El agua que es insuficiente para un camello es como un océano para el ratón. Quien tiene cuatro panes para su ración diaria, ya coma dos o tres, observa el término. Pero si comiera los cuatro excedería el término". ("Masnavi", Trat.II, Rel.XVI).

3) "The Yogasutras of Patâñjali", G. Feuerstein

4) Esto es expresado por medio de la voz china wu ming, es decir el estado de lo Innominable al que se llega trascendiendo la propia mente.

5) "Yoga of Patañjali", Hariharânanda

6) La primera determinación o doble aspectación de la misma y única realidad que es el Tao es reflejada en principio por los caracteres Wu (no-ser) y You (ser). Mientras que, el carácter compuesto shifei, por derivación representativa, abarca todas las variaciones nominales de la afirmación y de la negación, como de las valoraciones "antinómicas" del lenguaje ("bueno-malo", "verdadero-falso", etc.).

7) Chuang Tse, parte 2

8) En este caso, y al margen de la legitimidad o necesidad cíclica de algunas de sus adaptaciones, se refiere a algunos aspectos de la doctrina confuciana, tanto como a los argumentos de los seguidores de Mo Tse.

9) "Cuando el Tao se oscurece por la necedad y las palabras se oscurecen por la elaboración, entonces terminamos por tener el de los confucianos y de los mohístas, entre los cuales lo que uno es considerado como realidad es negado por el otro...Es, pues, que aquello también sea esto. Que esté en la mano donde también está , y que se halle en la otra mano donde también se encuentra . Cuando y no parezcan posicionados aparece el eje del Tao". (Chuan Tse, parte 2).

10) Chuang Tsê, (Id.)

11) Es importante tener en cuenta que Chuang Tse vivía en una sociedad aún tradicional y que advertía sobre los excesos sistemáticos o tendencias burocráticas en las clasificaciones de un ambiente considerado como normal. Cabe preguntarse cual sería su actitud ante una civilización moderna como la nuestra, y en donde se han perdido casi por completo los conocimientos y los valores tradicionales.

12) Se refiere a una designación técnica taoista que no sólo expresa el estado de quien conoce el secreto del silencio, ya que su atención no se halla afectada por el "esto" o el "aquello" al estar concentrada en lo innombrable, sino también la función tradicional de ser soporte del "influjo del cielo" (influencia espiritual) necesario para toda sociedad tradicional, y cuyo ejercicio se canaliza por "acto de presencia".

13) Chuang Tse se refería generalmente como ejemplo a la ru xia y a la mo xia, escuelas de letrados seguidores de Confucio y de Mo Tse entre las múltiples y diversas corrientes que, cayendo en ciertos excesos verbales y "especializaciones" polemizaban y se refutaban mutuamente (sin ser por ello estrictamente rivales tal como han sido presentados comúnmente por algunos historiadores occidentales). Aconsejaba, además, como remedio para no caer en ninguna de estas oposiciones, afirmar lo que una niega y negar lo que la otra afirma dando pruebas de una mente "iluminada". (LibroII,p.III, a.III). Por supuesto, bajo ningún respecto se trata de una postura literaria, sino de aplicar el método operativo tradicional zuo wang ("sentarse y olvidarse") por medio del cual se logra el "justo medio" o el eje del Tao. Va de suyo, que ello se refiere a un estado espiritual, en este caso, denominado como wu sang wo ("olvidar el propio yo") equivalente al samadhi hindú.

14) El término chino de referencia, por lo común traducido como "no-acción", de ninguna manera expresa sentidos "proposicionales" modernos como los de "quietismo" o "pasividad". En realidad, la doctrina del Wu wei es una doctrina de acción, pero en el sentido mas aproximado de "Hacer- no- haciendo" o el de "Caminar-no-caminando" que implica la toma de posesión del Tè o "Gran Camino" ("Eje del Mundo").

Fuente: http://www.tradicionperenne.com/TAOISMO/MARCOS%20TAO.htm

26 de dic. de 2007

Del Sutra del Diamante

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"¡Bien Subhuti! -contestó el Buddha- cuando alguien dice, '¡Quiero seguir el Camino del Bodhisattva porque quiero salvar a todos los seres; sin importarme que sean criaturas que hayan sido formadas en un útero o incubadas en un huevo; que sus ciclos vitales sean tan observables como el de los gusanos, insectos o mariposas, o que aparezcan tan milagrosamente como las setas o los dioses; que sean capaces de pensamientos profundos, o de ningún tipo de pensamientos; hago el voto de conducir a cada uno de los seres al Nirvana; y hasta que no estén todos allí seguros, no recogeré mi recompensa y entraré en el Nirvana.!' entonces, Subbhuti, debes recordar como uno-que-ha-tomado-los-votos, que incluso si tal incontable número de seres fueran liberados, en realidad ningún ser habría sido liberado. Un Bodhisattva no se aferra a la ilusión de una individualidad separada, una entidad egótica o una identificación personal. En realidad no hay "yo" que libere, ni "ellos" que sean liberados.

24 de dic. de 2007

La pipa de la paz

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El entusiasmo con que los países europeos partieron a la guerra en agosto de 1914 se esfumó para diciembre de ese mismo año después de un millón de muertos. Y para Navidad, el desencanto se hizo sentir de un modo único en la historia bélica: una oleada de paz que comenzó con un villancico recorrió todo el frente, llevó a los soldados de ambos bandos a sellar una tregua contra la voluntad de sus superiores, trepar de las trincheras y encontrarse desarmados en esa tierra de nadie sembrada de cadáveres. Ahí, durante dos días y a lo largo de cientos de kilómetros, miles de alemanes y británicos intercambiaron regalos, tomaron champagne, cantaron villancicos, armaron arbolitos, se cortaron el pelo, jugaron al fútbol, cavaron tumbas, rezaron juntos y enterraron a sus muertos. La decisión de los generales terminó con esa paz espontánea largamente ignorada por los historiadores y cuya impronta más indeleble sobre la faz de la Tierra es haber hecho mundialmente conocida la canción “Noche de paz, noche de amor”. En el flamante La pequeña paz en la Gran Guerra, del que Radar traduce algunos fragmentos, el alemán Michael Jürgs reconstruye esos pocos días de paz durante la Primera Guerra Mundial a los que conspicuamente se opuso un ignoto cabo llamado Adolf Hitler.

Por Michael Jürgs

Al principio es uno solo el que canta “Noche de paz, noche de amor”. La melodía del nacimiento de Cristo suena baja: perdida, se mece en el paisaje muerto de Flandes. Pero luego el canto comienza a encenderse como una ola sobre el campo, y “rifle contra rifle, desde la línea larga y oscura de las trincheras suena el todo duerme en derredor”. De este lado del campo, a cien metros de distancia, las posiciones de los británicos permanecen en silencio.

Los soldados alemanes están de buen humor, canción a canción se alza un concierto de “miles de gargantas de hombres a derecha e izquierda”, hasta que se quedan sin aliento. Cuando se apaga el último tono, los de allá esperan un minuto y empiezan a aplaudir y a gritar “Good, old Fritz”, o “More, more”. Los alabados Fritzes contestan con “Merry Christmas” y “We not shoot, you not shoot”. “Nosotros no disparar, ustedes no disparar”. Y lo dicen en serio. Ponen velas sobre la punta de sus bayonetas, que sobresalen casi un metro por encima de las trincheras, y las encienden. Parecía la iluminación de un teatro, le escribirá un soldado inglés a sus padres. Con el escenario así iluminado, acaba de realizarse el ensayo general de la obra que se desarrollará en la frontera oeste durante los días siguientes. Acá y allá y en todas partes, desde el mar del norte hasta la frontera suiza.El Intendente celestial produjo para Flandes las mejores condiciones metereológicas. Al caer la noche de este 24 de diciembre de 1914 –y la oscuridad ya llegaba a las cuatro y media de la tarde– el viento cambió de dirección. Un cielo estrellado “nos saludaba desde la casa del Todopoderoso” y la suave luz de la luna llena “prestaba al bello y amplio paisaje a lo Rembrandt de Flandes una impresión de agradable paz”. Gloria a Dios en las alturas, paz para los hombres en la tierra, anuncia el Evangelio para este día. Pero ante la evidente ausencia de una autoridad divina en la tierra, espontáneamente alemanes e ingleses (y, con mayor cautela, franceses y belgas) deciden no dispararse entre ellos. Nunca antes en la historia de una guerra surgió una paz así, de abajo. Nunca más volvió a repetirse. En 1914 no hubo en la frontera uno o dos casos de paz, en realidad hubo un espontáneo movimiento pacifista a lo largo de cientos de kilómetros y miles participaron de él. Esta gran historia de Navidad está formada por muchas pequeñas historias. Miles de cartas la describen detalladamente. Hay que contarlas todas. Sólo así ocurre el milagro.

Fotos del encuentro entre ingleses y alemanes en la No Man´s Land tomadas por el soldado anglosajón Turner (abajo, en el centro, con anteojos). No Man´s Land, tierra de nadie: entre las trincheras yacen durante meses los cuerpos insepultos de los soldados caÍdos. antes de festejar la navidad de 1914, sus compañeros acordaron enterrarlos.

Piezas de un rompeguerras

La paz de los de abajo empezó algunos días antes con medidas pacifistas. Por ejemplo en Armentières, detrás de la frontera belga. Los alemanes de origen sajón, en lugar de tirar granadas de mano, tiraron tortas de chocolate. Adentro, había un papel escondido. Los alemanes preguntan si no es posible declarar una tregua para esa noche entre las 19.30 y las 20.30. Su capitán cumple años y quisieran dedicarle una serenata. Los ingleses accedieron. Es más: se pararon al lado de sus trincheras, escucharon la música y hasta aplaudieron. Para que nada saliera mal, después de una hora los alemanes dispararon un par de veces al aire para anunciar el fin de la fiesta. Esto muestra que se toleraban treguas espontáneas. Una guerra en la que los soldados están durante meses a la distancia de un grito los unos de los otros tiene sus propias leyes, y crea su propia cercanía.

El soldado voluntario Goldschmidt, que hablaba perfectamente inglés, descubre tras interrogar a un prisionero que un pariente suyo se encuentra en la trinchera de enfrente. Su cuñado, que vivía en Londres, era jefe de una compañía inglesa. Por eso es que los dos se entendieron enseguida en esa Nochebuena. Desde ahora no se dispara más, y cuando los alemanes arman su acostumbrado arbolito y cantan, los del otro lado “la pasan bomba y nos desean feliz Navidad”. Los alemanes les tiran regalos a los ingleses y reciben a cambio galletas y corned beef, los otros quieren principalmente queso, pan negro y bizcochos.

El artillero de la brigada London Rifle piensa que los de allá se volvieron locos. Además de velas, los alemanes encendieron lámparas de petróleo iluminándose a sí mismos, algo que en circunstancias normales equivaldría a un suicidio. Un hombre de su propia compañía también parece haberse vuelto loco: “Uno de los dementes de nuestro regimiento salió de la trinchera y empezó a caminar hacia las líneas alemanas”. Ese loco se llama Turner y se encuentra con un alemán en el medio de esa extensión de tierra entre ambas líneas de trincheras que pasó a la Historia con el nombre de No Man’s Land (NML, Tierra de nadie). Turner es chicato. Pero esta noche no importa, la luna está lo suficientemente clara y alcanza para reconocer las sombras. ¿No tiene miedo de que le disparen? Puede ser. Nunca lo sabremos. En todo caso, se sabe que Turner sobrevivió a su excursión. Porque al día siguiente hizo historia: el Día de Navidad se llevó su cámara de bolsillo a la NML y fotografió a dos alemanes junto a dos de sus camaradas.

Atrás, en algún lugar, un par de ingleses cantan el himno nacional de su país. Los sajones del otro lado los aplauden. Luego piden una canción, y los otros acceden al pedido. Un poco más arriba, un mensajero alemán lleva un árbol de Navidad hasta la frontera enemiga. Al tomarlo, los ingleses encuentran un papel proponiendo una tregua navideña. Se encuentran a medio camino para ultimar los detalles.

En Pervize, entre Nieuwpoort y Diksmuide, las tropas alemanas levantaron un cartón por encima de su trinchera: instaban a los belgas a olvidar la guerra por al menos una hora. Una sola hora de paz. Después, cada cual podría volver a su posición. El teniente Naviau, jefe de la división, no lo piensa mucho y acepta. Más tarde perdería por ello un ascenso a oficial.

“Festejamos Navidad juntos como hermanos. Los alemanes nos trajeron regalos, nosotros no teníamos nada. Ellos incluso ofrecieron vino.” Después empieza de nuevo, más bien sin ganas, el tiroteo cotidiano de un lado al otro.

Los alemanes ofrecieron una tregua. Pero la cosa no quedó en los acostumbrados intercambios de galletas por pan, pudding por tabaco. ¿Gustarían los Gentlemen tal vez un poco de cerveza? El depósito de la cervecería estaba lleno y no, no tenían por qué preocuparse, no es que los quisieran emborrachar, se trataba de una cerveza muy liviana. Los ingleses dudaron, pero no mucho. Venga esa cerveza.

Sin esperar respuesta, pues a último minuto podría haber venido la orden de quedarse en las trincheras, los soldados trepan al alba de sus trincheras. Al principio son cientos, pronto serán miles. Se encuentran en campos sembrados de muertos, llenos de pozos y cráteres, con enemigos a los que, dos días antes, les hubieran disparado de sólo verlos. La Tierra de nadie se convierte en Tierra de todos.

El entendimiento no es casi nunca un problema. Muchos soldados de infantería hablan inglés porque ya estuvieron alguna vez en Inglaterra. Los voluntarios aprendieron la lengua del enemigo en las escuelas de las que pasaron, sin escalas, a esta guerra que nadie creía posible.
Además de la calma conjunta antes de la próxima tormenta, además de la sensación de estar entre hombres que comparten un mismo destino, la paz de Navidad sirvió de forma bien práctica. En algunos lugares los enemigos llegaron a intercambiar herramientas, pues el día fue utilizado para reforzar las posiciones. También esto fue parte de la locura. Nunca en la historia de las guerras ocurrieron hermandades de este tipo. “Fue lo más hermoso de la guerra”, dijeron más tarde los testigos en los diarios ingleses. Aunque por orden de arriba la paz no duró mucho, el hecho de que haya tenido lugar es “la mejor y más conmovedora historia de Navidad de nuestro tiempo”, como dijo el historiador inglés Malcom Brownen en su libro Christmas Truce (1984), el primero que trató el milagro en la frontera occidental. Pero no fue sólo la Navidad de los de abajo. También los oficiales estaban hartos. Por eso hicieron la vista gorda o directamente participaron del armisticio que sus subordinados empezaron sin pedirles permiso.

Desobedecieron las órdenes de sus superiores, pero por las dudas escribieron en sus informes que sus hombres rechazaron virilmente cualquier intento de amistad. Eso podría explicar por qué algunos historiadores, basándose en esos documentos, ni tratan el tema, o sólo lo mencionan en una nota al pie. Sin embargo, la paz navideña de 1914 no fue una aparición aislada, sino un movimiento de masas. Eso se pudo ver después de la fiesta. Y se usaron todos los medios para presentarla como un asunto marginal, sin importancia.

El entusiasmo con que los pueblos europeos partieron como borrachos a la guerra en agosto de 1914 se esfumó para diciembre de ese mismo año después de un millón de muertos. Se ahogó en sangre. No es un milagro que ocurriera uno en Navidad. No es un milagro que los alemanes, en lugar de su himno de sacrificio “Deutschland, Deutschland über alles” cantaran la canción de la “Noche de paz, noche de amor”. Una hermosa melodía, un texto sentimental, por esa época sólo popular en Alemania y Austria. Pero como fue el himno de la paz navideña en Flandes se hizo famoso después de esa primera noche de tregua bélica.

Todas las voces todas

El estudiante Rickmer en una grabación que guarda el Imperial War Museum de Londres: “Tomamos una champaña en la NML, fumamos y conversamos. Fue un momento de hermandad en el sentimiento compartido de que debíamos parar esta guerra de una vez por todas. Los generales se enteraron después e hicieron todo lo posible para que algo así no volviera a ocurrir jamás”.

Anota un inglés: “Estaba lleno de gente. Intercambiaron regalos de sus respectivos países. Hablamos alemán e inglés y nos entendíamos sin palabras. Nos señalábamos mutuamente dónde estaban colocadas las minas. No teníamos con nosotros ni un cuchillo”.

Recuerda Carl Mühlegg, a sus 80 años: “Los soldados treparon de sus trincheras y se encontraron en la NML, soldados que no se hicieron nada y que no eran enemigos personales, que tenían padres, mujeres e hijos en casa y que ahora, en el milagro de Navidad, en el mito del nacimiento de Cristo, se hacían regalos mutuamente e intercambiaban apretones de manos”.
El general brigadier Edward Graf Gleichen: “Salieron de sus trincheras y caminaron alrededor con paquetes de cigarrillos, deseándose feliz Navidad. ¿Qué debían hacer nuestros hombres? ¿Disparar? No se puede disparar contra hombres desarmados”.

El cabo Adolf Hitler estaba en Wijtschate. Cuando la paz se presentó tan inesperadamente en Navidad, le dijo furioso a su camarada Heinrich Lugauer (batallón de reserva bávaro número 16) que el encuentro entre ingleses y alemanes en la NML debía ser duramente desaprobado. A Hitler le resultaba inadmisible que los soldados de ambos bandos se encontraran para darse la mano y cantar canciones de Navidad en lugar de disparar los unos contra los otros.Un soldado francés: “Queridos padres, no pueden creer las cosas que pasan acá en la guerra. Ni yo las hubiera creído de no haberlas visto con mi propios ojos. Anteayer se dieron la mano frente a nuestras trincheras alemanes y franceses. Increíble”.

“Si los soldados enemigos se hubieran entendido en la misma lengua y no sólo mediante cantos corales”, le escribe un joven fusilero a su madre, “quién sabe, quizá se hubieran puesto de acuerdo rápidamente por sobre las trincheras: guerra estúpida. Vayámonos a casa. Mientras podamos ir y no que nos lleven”.

Un oficial francés: “Hay que haber vivido esa noche para entenderla. Hay horas en las que uno puede olvidarse de que estamos acá para matar”. Un teniente mayor alemán: “Desde las fosas francesas, a unos cuarenta metros de distancia, aparece de pronto un quepi. Eh, camarade allemand, pas tirer, brout, brout, des cigarretes. Un mosquetero alemán salió enseguida de su fosa y gritó: Bonjour, Monsieur. Le tiró su pan negro y el francés sus cigarrillos”.

Hay que imaginarse, escribe el capitán alemán Josef Sewald, ¡al fin y al cabo estamos en guerra! En el primer día de Navidad había un peluquero que cortaba el pelo por un par de cigarrillos, no importa de dónde viniera el soldado, de un lado o del otro. Y más. Muchos enemigos se cortaban mutuamente el pelo. A lo largo de todo ese 25 de diciembre de 1914 se repitieron escenas igual de desopilantes y encuentros absurdos en la frontera occidental de Flandes.

Entre toda esa alegría era horrible pensar, escribe un soldado, que un día se puede estar en paz con los otros y que al otro hay que matarse mutuamente.

Escribe el capitán mayor sajón Johannes Niemman: “Después de los cantos toda la guerra pareció hundirse en una suerte de paz burguesa, por todos lados se daban la mano... ¿Es que de pronto había estallado la paz? Enseguida estuve parado en el medio del tumulto. ¿Qué se podía hacer?”. Niemman no puede hacer nada. Entonces toma parte en el festejo. Emil Curt Gumbrecht, de la quinta compañía del regimiento 104: “No suena un disparo en todo el día, y uno se pregunta si no es de esperar que pronto llegue la paz”.

“Fue un golpe, como si la guerra hubiera acabado de repente.”

“Los pájaros volvían de todas partes. Nunca vemos ninguno. A la tarde conté como cincuenta gorriones y les di de comer.”

La Navidad estuvo marcada por estas sensaciones

En tierra de nadie

Desde la oscuridad de la otra trinchera alguien grita que tiene algo importante que decir. “Hay treinta muertos de los suyos delante de nuestra trinchera. Quiero organizar su entierro para mañana. Estoy solo y desarmado.”

Ahora se puede ver al hombre que hablaba. Cientos de fusiles lo apuntan.

Entonces un inglés trepa de su trinchera y va hacia el alemán. Se encuentran a medio camino. Hablan entre ellos. Los francotiradores bajan sus armas. Al volver trae un paquete de diarios alemanes, porque él y algunos de sus colegas dominan el idioma del enemigo. Arreglaron para enterrar al otro día a los muertos que yacen hace semanas entre ambas trincheras. Como señal de buena voluntad, cuenta el británico a sus camaradas, los alemanes saldrán de sus trincheras a las nueve en punto de la mañana, armados nada más que con palas. Un par de kilómetros más allá hay más que un par de velas. Los soldados ingleses no creen en lo que ven: sobre las trincheras enemigas brillan los tradicionales arbolitos de Navidad, algunos adornados con linternas. Varios alemanes toman las linternas y avanzan por la NML; algunos francotiradores ingleses proponen apagárselas a los tiros. Uno empieza a disparar, pero después del primer tiro se escucha “en muy buen inglés” por qué no charlamos en lugar de disparar. Se encuentran en la NML. Es un grupo pequeño. Lo iluminan las linternas, por si a alguno se le ocurre hacer un falso movimiento. De vez en cuando se escuchan risas. Parecen entenderse. Se separan a la media hora, bajo los aplausos que se elevan desde ambas trincheras.

También ellos arreglaron enterrar a sus muertos al día siguiente. Su presencia les pesa en las almas. Como si los enfrentara diariamente con su futuro.El capellán sueco J. Esslemont Adams se acerca a las fosas alemanas y pide hablar con un oficial, al que le propone enterrar a los muertos. El otro acepta de inmediato y hasta le ofrece al escocés que dirija la ceremonia. Ellos no tienen ningún religioso, sólo un estudiante de teología. Adams pregunta si el estudiante conoce el Salmo 23, que es el que quiere recitar él. Por supuesto que lo conoce. Bueno, entonces tomamos ése. En nombre de Dios.

Primero se separan las pilas de muertos por naciones, los ingleses para el lado de los ingleses, los alemanes para el de los alemanes. Después, sin fijarse en las naciones, se reparten palas entre los soldados para abrir las tumbas. Anota el voluntario Eduard Tölke: “De repente ocurrió algo único en la NML: nuestra gente ayudaba al enemigo a enterrar a sus muertos”. Luego, a la derecha los ingleses y a la izquierda los alemanes, los hombres se colocan al costado de la gran tumba, oficiales y soldados mezclados, se sacan sus gorros y recitan el rezo del capellán Adams, primero en inglés, después en alemán. El estudiante de teología traduce para sus camaradas. Rezan todos juntos el Padrenuestro, cada uno en su idioma, y después de un minuto de silencio intercambian apretujones de manos y vuelven a cubrirse la cabeza.

El historiador norteamericano Stanlez Weintraub arriesgó una interpretación en su libro Silent Night: sólo con “la liberación de la NML de los muertos que yacían allí” se hizo lugar para que se pudiera dialogar. Recién después del entierro, sobre las tumbas, se pudieron superar los abismos. Sin los muertos no habría habido vida en Navidad. Interrogado acerca de si, además del credo en el nacimiento de Jesús, hubo otra fe religiosa como motivación para la paz navideña, el historiador menciona una pasión común: “El fútbol, que era la religión de la clase trabajadora”.
Juegos de guerra Para el día de Navidad, el suelo barroso está lo suficientemente seco como para jugar. Para muchos, la verdadera historia no es la de la tregua, la de la paz, sino la de un partido de fútbol. Entre los ingleses, el fútbol era la actividad predilecta cuando descansaban del frente en la retaguardia. No había rangos, se jugaba con pelotas de cuero, que para muchos soldados del Reino eran parte esencial del equipamiento de guerra. De arcos se usan un par de palos de madera, gorros o cascos. Las pelotas vienen del lado de los anglosajones. “Mandamos a uno con la bicicleta a nuestros puestos de reserva a buscar la pelota”, cuenta Harold Bryan de las Scottish Guards en una carta a sus padres. Sin embargo, para él no es tan importante el partido de fútbol, de por sí bastante alocado para una guerra, sino un match de box entre un escocés y un alemán. “Se pegaron de tal manera que tuvimos que pararlos.” Obviamente, aunque no era para nada obvio, todos rechazaron la propuesta de hacer un duelo entre un inglés y un alemán, cada uno con un tiro en la pistola. “Al fin y al cabo habíamos pactado un cese de fuego.”

Donde no había una pelota, se usaba un pedazo de paja bien aprisionada envuelta en alambre, de lo que había a montones. Como chicos corrían tras sus curiosas pelotas, alentados por los que miraban desde las tribunas/trincheras. Los que tienen cámaras fotografían el Juego de Guerra. De algún lugar apareció una pelota, recuerda Ernie Williams: “Armamos algunos arcos, dos fueron de arqueros y después todos se pusieron a patear. Habremos sido un par de cientos”. Cientos juegan al fútbol entre los frentes, y cuando alguien se cae en el barro, pues con uniforme y botas se hace difícil mantener un juego elegante, lo ayuda a levantarse su oponente, que en realidad es su enemigo. Pero sólo los profesionales pueden hacer frente al piso congelado y lleno de agujeros. Pertenecen al así llamado Footballers Battalion, porque la unidad reunía a los mejores jugadores del Reino. Ganaban todos los partidos contra otras tropas, hasta que la muerte los fue diezmando. Había oficiales ingleses –y esto no es ninguna leyenda– que pateaban la pelota para adelante y avanzaban en el campo de batalla seguidos por su equipo, o sea su compañía. A veces incluso tenían éxito con estos ataques, pues llegaban hasta las líneas enemigas antes de que los alemanes salieran de su estupefacción y se decidieran a disparar. Pero también pasaba a menudo que para el pateador ésta era la última patada de su vida y que quedaba muerto junto a su pelota en el No Man’s Land. Que en ciertos lugares tuvieron lugar partidos en serio, con referís y cambio de lado después del primer tiempo, y que la victoria final de los sajones sobre los escoceses fue de 3 a 2, es una leyenda. La alimentó con exactamente ese resultado Johannes Niemman en sus anotaciones. En el diario de los fusileros de Lancashire fue confirmada, los Fritzes le ganaron a los Tommys por 3 a 2 y el partido se jugó con una lata de conservas vacía. Sólo que en circunstancias normales, el tercer gol de los alemanes hubiera sido invalidado: el reverendo Jolly, el eclesiástico del regimiento inglés y referí del partido, no se dio cuenta de que el gol del triunfo fue hecho en una clara posición adelantada. El puntero izquierdo de los sajones lo reconoció después del partido: había sido offside. Según otras fuentes, es el regimiento de Bedfordshire el que perdió contra los sajones, pero el informe tiene otro final: el partido tuvo que ser interrumpido cuando iba 3 a 2 porque la pelota de cuero se clavó en la punta del alambrado de púa.

Segundo tiempo

En Wulvergem son los escoceses los que de pronto trepan de sus trincheras con una pelota de verdad. Una pelota de cuero. Marcan los arcos con aquello que llevan en la cabeza. Con sus gorros. Los sajones de enfrente del regimiento 133 ponen sus cascos. A falta de referí, todos se atuvieron a las reglas, cuenta un jugador alemán. El partido dura una hora, luego están todos agotados. El piso sigue congelado y surcado por grietas, lo que impide un juego preciso. “Muchos pases se iban afuera.” Así y todo, se juega. Pero la mayor parte de los partidos planeados para hoy, el segundo día de Navidad, no pueden tener lugar tan fácilmente como ayer. Tanto que se habían alegrado de poder jugar el picadito. Algunos no logran conseguir una pelota a tiempo.
Otros son interrumpidos por los oficiales, o directamente se les prohíbe jugar. La guerra no es un juego. La guerra es una cosa seria. Pero a pesar de todos los obstáculos, el Boxing Day (segundo día de Navidad) se llena de fútbol. Incluso los franceses, que hasta hoy callan la historia de la paz en el frente, jugaron ese día. En algún lugar, el partido fracasa por el estado del campo de juego. Mucho alambre de púa, mucha munición oxidada. Los oponentes arreglan para limpiar el campo en los próximos días, llenar los agujeros y jugar el partido en Año Nuevo. ¿Creían verdaderamente que la paz iba a durar tanto tiempo? “Si se hubieran repartido diez mil pelotas de fútbol por todo el frente y se hubiera dejado jugar a los soldados”, fantasea uno de ellos, “¿no habría sido ésa una solución feliz? ¿Guerra sin derramamiento de sangre?”. “Qué furiosos habrían estado los generales y los políticos”, se imagina Leslie Walkinton, a sabiendas de que nunca hubo una oportunidad real de paz en la Navidad de 1914, “si la gente normal, los John Citizen de ambos lados hubieran decidido: okey, esto fue todo, está húmedo, incómodo, frío, nos parece tonto, nos vamos a casa”. “La plana mayor del ejército”, recuerda un belga, “tenía miedo de que el ejemplo de la paz navideña hiciera escuela. En Navidad habíamos experimentado y entendido que los del otro lado eran hombres normales como nosotros, que estábamos hundidos en la misma mierda y que todos teníamos miedo de la misma muerte, que nos podía tocar a todos por igual. Eso une”.

Un soldado alemán en su diario personal: “Los ingleses están extraordinariamente agradecidos por la tregua, porque al fin pudieron jugar al fútbol de nuevo. Pero la cosa ya se está poniendo ridícula y debe lentamente llegar a su fin”.

Al otro día, domingo 27 de diciembre de 1914, sube la temperatura. El cielo se pone gris. Empieza a llover, hay tormentas, el nivel de agua en las trincheras crece, el barro se pega a las botas. El escenario de la NML se ve pronto tan desconsolado como hace un par de días. El Intendente divino apaga las luces y deja su tierra de nuevo a los hombres. No lo debería haber hecho.

El fin de la paz

Los Hampshires recibieron de los sajones de enfrente, cuando a éstos les prohibieron el 30 de diciembre cualquier otro tipo de encuentros, el siguiente mensaje de impotencia: “Queridos camaradas, les tengo que informar que a partir de este momento tenemos prohibido reunirnos con ustedes allí afuera. Pero nosotros seguiremos siendo siempre sus camaradas. Si nos obligan a disparar, lo haremos siempre por arriba”.

“Gentlemen –les escriben los sajones a sus enemigos–, nuestro coronel ha ordenado reiniciar el fuego a medianoche. Es un honor para nosotros informárselos.” Entregan el mensaje a la tarde, cuando se encuentran con los ingleses en la NML para la hora del té. Con el clima lluvioso nada mejor que un té caliente, ¿y quién si no un inglés para prepararlo bien? Los sajones llevan licor. Un año después, Navidad, 1915: “Estuvimos patinando por el campo como arriba de una pista de hielo y después jugamos al fútbol. Los alemanes nos imitaron. Pero cada uno jugó entre sí, no unos contra otros”.

Navidad, 1916: frente al quinto regimiento King’s Liverpool en Ypres algunos soldados alemanes trepan de sus trincheras, les desean a los ingleses Merry Christmas y les proponen encontrarse a mitad de camino en la NML. Major Gordon echa una mirada y ordena a dos de sus francotirados que bajen a los alemanes. Ellos obedecen. Private Walter Hoskyn lo vivió. En su diario personal dice: “Ese perro asqueroso... No fue un acto digno de un británico”.

Fuente: Página12