30 de set. de 2007

Marosa di Giorgio - Insectos en la misa

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Es la siesta. Y en el comedor en penumbras no hay nadie. Y si estuviese alguno sentado no se notaría. Se oye una palabra diaria, pero dicha de un modo raro, como si una manzana en la frutera estuviera aprendiendo a hablar
Lo central es el canastillo de claveles. Pero los claveles están fuera del canastillo, tendidos, seis a cada lado. Y parecen rojas cucharas, tizones, jesucristos.
Esos claveles son los familiares ¿quién lo duda?, abuelos, padres, madres y madrinas.
Hay un vuelo y como si buscaran flores entran de golpe, insectos sexuales, gloriosos y temibles.
Ansían oídos, ojos, nariz, toda clase de bocas.
Las primas y amigas corren inútilmente a ocultarse abajo de la cama; se enredan en las colchas.
Yo, por milgro, hallo las salidas.
Corro.
Ingreso en el peral.
Y ya vienen los grandes gritos de lujuria. Prosigo huyendo de aquí para allá.
Hasta que se pone el sol.
Los árboles están fijos.
Y en la casa
ya ha pasado todo y nada.



En Misales, relatos eróticos
Buenos Aires, el cuenco de plata, 2005

Lie Zi - Del arte de la inmortalidad

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En otro tiempo hubo un hombre que decía poseer el conocimiento del dao de la inmortalidad. El soberano de Yan envió un mensajero para invitarlo. El mensajero no fue demasiado rápido y cuando llegó el hombre había muerto. El soberano, enojado con el mensajero, se disponía a ordenar su ejecución. Por suerte, uno de sus ministros le advirtió "Lo que más preocupa al hombre es la muerte y no hay cosa que más valore que la vida. ¿Cómo iba aquel hombre a poder conseguir la inmortalidad para vos, si él mismo perdió su vida?" Al oír esto, el soberano no ejecutó al mensajero.

Qui zi, otro que deseaba aprender el dao de la inmortalidad, cuando supo la muerte de aquel hombre, se golpeó el pecho lleno de rabia. Fu zi al enterarse le dijo con sorna: "Lo que tú querías aprender era cómo alcanzar la inmortalidad. Ese hombre ha muerto y tú te lamentas. Eso es no saber lo que querías aprender."

Hu zi dijo: "Lo que dice Fu zi no es cierto. Hay personas que aunque poseen un método no pueden ponerlo en práctica, y tambien hay quien podría ponerlo en práctica, pero carece de él. En Wei vivía un hombre muy experto en cálculo. A punto de morir comunicó a su hijo el secreto de su técnica. El hijo, aunque recordaba las palabras de su padre, no era capaz de aplicarlas correctamente. Otra persona le preguntó por aquella técnica y el hijo le descubríó lo que su padre le había dicho. Y este otro, empleando lo que le había referido, puso en práctica aquella técnica de forma tal que no iba a la zaga del padre. De modo que ¿por qué el fallecido no iba a poder explicar el método de conservar la vida?".


Lie Zi, El libro de la perfecta vacuidad, "Shuo Fu: descifrar el mensaje", Cap. 28.


27 de set. de 2007

Leonardo Da Vinci - Profecías de los animales racionales e irracionales

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457. Las gentes ingenuas llevarán gran cantidad de luces para alumbrar el camino de los que habrán perdido por completo la facultad de ver. (Entierros). (R. 1310).

458. Veo a Cristo vendido y crucificado, y de nuevo también veo martirizados a los santos. (Imágenes hechas por los malos artistas). (1. 65, v.).

459. El agua de los mares se elevará sobre la cima de los montes, hacia el cielo, y caerá sobre las moradas de los hombres. (Nubes y lluvias). (C. A. 362, v.).

460. Los hombres arrojarán al caminar sus propias provisiones. (La siembra). (L. 63, v.).

461. Los hombres se hablarán los unos a los otros, desde los más lejanos países, y se responderán. (Las cartas). (C. A. 362, r.).

462. Ciertos hombres verán con alegría destruir y romperse la obra de sus propias manos. (Los zapateros). (R. 1312).

463. Los animales de cuatro patas dispondrán de grandes tesoros y riquezas y se los llevarán a diversos lugares. (Las mulas de carga). (L. 91, r.).

464. Se escuchará en muchas partes de Europa instrumentos de diversos tamaños sonando con variadas armonías, con gran fatiga para aquellos que los oigan de más cerca. (Cascabeles de las mulas de tiro). (C. A. 362, r.).

465. Renacerán los tiempos de Herodes. Los hijos inocentes serán arrancados de sus nodrizas y morirán a manos de hombres crueles que los degollarán. (Los cabritos). (R. 1313).

466. Y vosotros, ciudadanos de Africa, veréis a vuestros hijos degollados en sus propias casaspor animales de vuestro país muy crueles y rapaces. (Los ratones y los gatos). (C. A. 143, r.).

467. Todos los hombres cambiarán de hemisferio en un instante. (Todo punto terrestre es divisible). (C. A. 362, r.).

468. Todos los hombres se hablarán, se tocarán, se abrazarán, estando los unos en un hemisferi y los otros en el otro, y comprenderán sus respectivas lenguas (Ident). (C. A. 362, v.).

469. Muchos serán los que engorden con sólo caerse. (Las bolas de nieve). (R. 1297).

470. El agua caída de las nubes, todavía en movimiento sobre el borde de las montañas, se detendrá por largo tiempo sin hacer movimiento alguno, y luego caerá sobre muchas y diversas provincias. (Embalses y riego artificial). (R. 1297).

471. Se verá a todos los elementos mezclados y confundidos, en una inmensa revolución precipitarse hacia el centro del inundo o hacia el cielo. Las partes meridionales se proyectarán con fuerza hacia el frío septentrión; otras veces del Oriente hacia el Occidente y también de unoa otro hemisferio. (Las tormentas). (C. A. 362, r.).

472. Las obras humanas se convertirán en la causa de la muerte humana. (Las armas). (1. 64,v.).

473. Los enterrados saldrán de sus sepulturas y por medio de feroces movimientos expulsarán del mundo a innumerables criaturas humanas. (El hierro y otros metales para fabricar armas).(R. 1297).

474. Por medio de las estrellas los hombres se moverán rápidamente y se convertirán en seres parecidos a los más veloces animales. (Las espuelas). (C. A. 362, r.).

475- Saldrá de bajo tierra una cosa que, con espantoso ruido, aturdirá a los que allí seencuentren y por la fuerza de su soplo demolerá castillos y ciudades. (La pólvora). (C. A. 197,v.).

476. Los grandes peñascos de los montes arrojarán tal fuego que con él quemarán las maderasde grandes y numerosos bosques y muchos animales feroces y domésticos. (El pedernal de los fusiles). (R. 1297).

477. Gracias a la piedra y al fuego se tornarán visibles las cosas que antes no lo eran. (El yesquero). (362, v.).

478. Veremos a los huesos de los muertos cambiar mediante un rápido movimiento la posición la fortuna de quienes los muevan. (Los dados). (1. 65, r.).

479. Veremos a los mismos que pasan por tener mayor juicio y experiencia, buscando y rebuscando ávidamente la cosa de la cual tienen menos necesidad. (Los avaros). (C. A. 362, r.).

480. El cuero de los animales será causa de gran agitación entre los hombres que se lanzarán unos contra otros con grandes gritos y juramentos. (La pelota y los jugadores). (1. 65, r.).

481. El momento llegará en que ninguna diferencia existirá entre los colores, porque todos se volverán negros. (La noche). (C. A. 362, r.).

482. Nacerá de un humilde principio que aumentará con gran rapidez. No estimará ninguna de las cosas creadas; porque mediante su virtud tendrá el poder de transformar la esencia de las cosas en otra diferente. (El fuego). (C. A. 62, r.).

483. Veremos las formas e imágenes de hombres y animales siguiendo a estos hombres y animales a cualquier parte que se dirijan; y estas formas harán los mismos movimientos que el hombre; pero lo verdaderamente admirable será la variedad y el tamaño que tales formas tomarán. (Las sombras). (C. A. 362, r.).

484. Los cuerpos sin alma se moverán por sí mismos y transportarán innumerable cantidad de muertos, tomando las riquezas de los vivos circundantes. (Los árboles muertos con que se hacen los barcos). (1. 64, r.).

485. Se verá a los árboles del monte Tauro y del Sinaí, de los Apeninos y del Atlas, atravesar el aire de Oriente a Occidente y del aquilón al mediodía, para transportar muchos seres humanos. ¡Oh, cuántos augurios, cuántos muertos, cuántas separaciones de amigos y de parientes! Cuántos de ellos no volverán a ver su provincia ni su patria, muriendo insepultos, dejando sus huesos esparcidos por diversos lugares del mundo! (Los navíos). (C. A. 362, v.).

486. Los potentes toros, con sus feroces cuernos, defenderán las luces contra la impetuosidaddel viento. (Las linternas de asta). (F. 64, v.).

487. Los animales volátiles sostendrán al hombre con sus propias plumas. (Los colchones de plumas). (C. A. 362).

488. El bosque engendra hijos que se convertirán en la causa de su muerte. (Los cabos de las hachas). (C. A. 362).

489. Muchos pueblos junto con sus hijos nacerán en oscuras cavernas; y allí, en ese lugar tenebroso, comerán ellos y sus familias, durante mucho tiempo, sin ninguna luz artificial o natural. (Las hormigas). (C. A. 143, r.).

490. Los muertos saldrán de sus sepulturas transformados en volátiles y asediarán a los otros hombres, robándoles el alimento de sus propias manos y en sus mismas mesas. (Las moscas). (C A. 143, r.).

491. Veremos a las cabras llevar el vino a las ciudades. (Los odres). (1317).

492. En todas las ciudades, países, castillos y casas, movidos por la necesidad de comer, se veráa los hombres sacar su propio alimento de la boca sin que éste pueda defenderse. (El horno). (C. A 362, r.).

493. multitud de futuros franciscanos, dominicos y benedictinos, comerán lo que ya antes fue comido y permanecerán muchos meses sin poder hablar. (Los niños de pecho). (1. 67, r.).

494. Los hombres caminarán sin moverse, hablarán con los ausentes, y escucharán a quienes nhabrán hablado. (El sueño). (C. A. 362, r.).

495. Se verán a hombres tan cobardes que permitirán que otros triunfen a causa de sus males que se enriquezcan con la pérdida de su verdadera fortuna, es decir, de su salud. (Los médicos). (C. A. 36, r.).

496. Y como la juventud femenina no puede defenderse de la lujuria y de la rapacidad del hombre, ni por la vigilancia de los padres, ni por muros y fortalezas, tú verás llegar el tiempo en que el padre y los demás parientes de la joven pagarán muy caro a aquel que quiera dormir con ella, aunque ésta sea rica, noble y muy hermosa. (La dote). (C. A. 362, v.).



En Breviario
Firma de LdV en Victoria and Albert Museum, London, England, UK © Alinari Archives/Corbis

23 de set. de 2007

Gunnar Ekelöf - Guía para el averno, 13

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En el embudo descripto por otro florentino
había un agujero en el fondo. Allí no están desde hace tiempo
ni Bruto, ni Cassio ni Lucifer.
Hace mucho tiempo que han caído por el piadoso
agujero del Infierno. Ellos están más allá
del sol y la luna, en el firmamento, más allá
de las purgas mensuales del dios provinciano
cuando tiene que bajar las escaleras, que van al ropero
para después ascender al cielo entre las vacilantes luces de las lámparas
y oír la misma ópera
eternamente.
Nosotros somos más luminosos que ese Señor de las Moscas que ahora gobierna
en el gallinero de aquí abajo sometido a la Gracia cambiante-.
Pero yo sé a quién llevaba
Pannychis, tú que amas toda la noche.
Eras yo, Satanás, inocente y el hijo legítimo
no el insulso reconciliador de conceptos.
Porque tú fuiste infiel me vi expuesto a peligros en la tierra
amamantado por cabras, criado por pastyores en la necesidad.
Pero un niño cambiado en la cuna fue tomado por el primogénito.
Sacerdotes, políticos, le despojaron de su poder.
Quizá fuese bueno, pero fracasó.
¿Qué se puede hacer con los creyentes impenitentes
aquellos que creen que la infalibilidad se esconde en el fracaso?
El se suicidó con la ayuda de otros. ¿Y qué?
Rige en las tinieblas tu Estrella, entre mil estrellas caídas.
Difícil es la elección entre tantas, pero si tienes suerte
la verás dentro de ti,
en su interior te verá
como la moneda de plata encontrada en la arena
y seréis iguales para vuestros iguales. Pero esto es excepcional.
No reina la casualidad en el mundo de las estrellas
ni tampoco en el de los hombres, oh Trismegiste
y el andar perdido en las tinieblas, el estar solo
es algo muy común en el camino a la humillación.
Sobre este extravío basan su omnipotencia
aquellos a quienes aborrezco.

En Gunnar Ekelöf, Diwan, Guía para el averno (1967), 13
Traducción de Francisco J. Uriz, a falta de otra aceptable
Madrid, Alianza Editorial, 1982


Wallace Stevens - Anécdota de hombres por millares

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El alma, dijo, está compuesta
del mundo exterior.

Hay hombres del Este, dijo,
que son del Este.
Hay hombres de una provincia
que son esa provincia.
Hay hombres de un valle
que son ese valle.

Hay hombres cuyas palabras
son como los sonidos naturales
de sus lugares,
como la cháchara de los tucanes
en el lugar de los tucanes.

La mandolina es el instrumento
de un lugar.

¿Hay mandolinas en las montañas occidentales?
¿Hay mandolinas en el claro de luna
septentrional?

El vestido de una mujer de Lhassa,
en su lugar,
es un invisible elemento de e4se lugar
hecho visible.

En Domingo a la mañana y otros poemas
Traducción de Daniel Chirom
Buenos Aires, CEAL, 1988


Umberto Eco - Exégesis de un manual para aprender a conducir

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--Tenía usted razón. Cualquier dato se vuelve importante cuando se lo conecta con otro. La
conexión modifica la perspectiva. Induce a pensar que todo aspecto del mundo, toda voz, toda palabra escrita o dicha no tiene el sentido que percibimos, sino que nos habla de un Secreto. El criterio es simple: sospechar, sospechar siempre. Se puede leer entre lineas incluso una señal de dirección prohibida.

--Claro. Moralidad cátara. Horror de la reproducción. La dirección está prohibida porque es un engaño del Demiurgo. Por esa calle no se encontrará el Camino.

--Anoche encontré por casualidad un manual para aprender a conducir. Habrá sido la penumbra, o lo que me había dicho usted, pero empecé a sospechar que esas páginas expresaban Algo Distinto. ¿Y si el automóvil sólo existiese como metáfora de la creación? Pero no hay que limitarse a lo exterior, o a la ilusión del salpicadero, hay que ser capaz de ver lo que sólo el Artífice ve, lo que hay debajo. Lo que está debajo es como lo que está arriba. Es el árbol de las sefirot.

--No me diga.

--No soy yo quien lo dice. Ello se dice. Ante todo, el árbol motor, como su mismo nombre indica, es un Árbol. Pues bien, calcule, un motor, dos ruedas delanteras, embrague, cambio, dos juntas, diferencial y dos ruedas traseras. Diez articulaciones, como las sefirot.

--Pero las posiciones no coinciden.

--¿Quién lo ha dicho? Diotallevi nos ha explicado que, en ciertas versiones, Tifieret no era la sexta sino la octava sefirah, y estaba debajo de Nesah y de Hod. El mio es el árbol de Belboth, que corresponde a otra tradición.

--Fiat.

--Pero veamos la dialéctica del Árbol. En lo alto, el Motor, Omnia Movens, del que diremos que es la Fuente Creativa. El Motor comunica su energía creativa a las dos Ruedas Sublimes: la Rueda de la Inteligencia y la Rueda del Saber.

--Sí, si es un coche de tracción delantera...

--Lo bueno del árbol de Belboth es que admite opciones metafísicas. Imagen de un cosmos espiritual con tracción delantera, donde el Motor, delante, comunica inmediatamente sus voluntades a las Ruedas Sublimes, mientras que en la versión materialista es imagen de un cosmos degradado, en el que un Motor Ultimo imprime Movimiento a las dos Ruedas Infimas: desde el fondo de la emanación cósmica se esparcen las fuerzas inferiores de la materia.

--¿Y si el motor y la tracción están atrás?

--Satánico. Coincidencia de lo Superior y de lo Infimo. Dios se identifica con los movimientos de la materia ordinaria trasera. Dios como aspiración eternamente fracasada a la divinidad. Debe de ser por la Rotura de los Recipientes.

--¿No será la Rotura de la cámara del Silenciador?

--Eso en los Cosmos Abortados, en los que el soplo venenoso de los Arcontes se dispersa por el Eter Cósmico. Pero no perdamos el hilo. Después del Motor y de las dos Ruedas viene el Embrague, la sefirah de la Gracia que establece o interrumpe la corriente de Amor que vincula al resto del Árbol con la Energía Suprema. Un Disco, un mandala que acaricia a otro mandala. De allí el Cofre de la Mutación; o del cambio, como lo llaman los positivistas, y que es el principio del Mal, porque permite a la voluntad humana acelerar o desacelerar el proceso continuo de emanación. Por eso el cambio automático es más caro, porque en ese caso es el Árbol mismo el que decide conforme al Equilibrio Soberano. Después viene una Junta que, admirable casualidad, lleva el nombre de un mago renacentista, Cardano, y después un Par Cónico; adviértase la oposición con la Tétrada de los Cilindros en el motor, en el que hay una Corona (Keter Menor) que transmite el movimiento a las ruedas terrestres. Y aquí se manifiesta la función de la sefirah de la Diferencia, o diferencial, que con majestuoso sentido de la Belleza distribuye las fuerzas cósmicas en las dos Ruedas de la Gloria y de la Victoria, que en un cosmos no abortado (de tracción delantera) siguen el movimiento dictado por las Ruedas Sublimes.

--La lectura es coherente. ¿Y el corazón del Motor, sede del Uno, Corona?

--Oh, basta leer con ojos de iniciado. El Sumo Motor vive de un movimiento de Aspiración y Descarga. Una compleja respiración divina en la que originariamente las unidades, llamadas Cilindros (evidente arquetipo geométrico), eran dos, después engendran un tercero y por último se contemplan y se mueven por mutuo amor en la gloria del cuarto. En esa respiración, en el Primer Cilindro (ninguno de ellos es primero por jerarquía, sino por admirable alternancia de posición y relación), el Pistón (etimología de Pistis Sophia) desciende desde el Punto Muerto Superior hasta el Punto Muerto Inferior, mientras el Cilindro se llena de energía en estado puro. Estoy simplificando, porque aquí entrarían en juego jerarquías angélicas, o Mediadores de la Distribución que, como dice mi manual, “permiten abrir y cerrar las válvulas que comunican el interior de los cilindros con los conductos de aspiración de la mezcla...” La sede interna del Motor sólo puede comunicarse con el resto del cosmos a través de esa mediación, y aquí creo que se revela, quizá, pero no quisiera incurrir en herejía, la limitación originaria del Uno que, para crear, depende de alguna manera de las Grandes Excéntricas. Habrá que hacer una lectura más atenta del Texto. De todas formas, cuando el Cilindro se llena de Energía, el Pistón vuelve a subir al Punto Muerto Superior y realiza la Compresión Máxima. Es el simsum. Y es entonces cuando acontece la gloria del Big Bang, la Explosión y la Expansión. Salta una chispa, la Mezcla refulge y se inflama: ésta es, según el manual, la única Fase Activa del Ciclo. Y que en la Mezcla no vayan a entrar las conchas, las gelippot, gotas de materia impura como agua o Coca-Cola, porque entonces no se produce la Expansión, o se produce a tirones abortivos...

--¿Shell no querrá decir gelippot? Pero entonces hay que desconfiar. De ahora en adelante sólo Leche de Virgen...

--Habrá que verificarlo. Podría tratarse de una maquinación de las Siete Hermanas, principios inferiores que quieren controlar la marcha de la Creación... Como quiera que sea, después de la Expansión se produce el gran escape divino, que los textos más antiguos llaman Descarga. El Pistón vuelve a subir hasta el Punto Muerto Superior y expele la materia informe ya quemada. Sólo si consuma este acto de purificación puede iniciarse el Nuevo Ciclo que, si bien se mira, también coincide con el mecanismo neoplatónico del Exodo y del Párodo, admirable dialéctica del Camino Ascendente y el Camino Descendente.

--Quantum mortalia pectora caecae noctis habent! ¡Y los hijos de la materia nunca se habían dado cuenta!

--Por eso los maestros de la Gnosis dicen que no hay que fiarse de los Hílicos sino de los Pneumáticos.

--Para mañana prepararé una interpretación mística del listín de teléfonos. . .

--Siempre tan ambicioso nuestro Casaubon Mire que allí tendrá que resolver el problema abismal del Uno y de los Muchos. Es mejor no apresurarse. Vea primero el mecanismo de la lavadora.

--Eso son habas contadas. Transformación alquímica, de la obra en negro a la obra más blanca que el blanco.

El péndulo de Foucault, cap. 66

22 de set. de 2007

Juan Arturo Brennan - Pavarotti y la jauría

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“¡Qué bueno que se murió Pavarotti!” En medio de los aciagos días que vivimos en el ámbito de lo político, lo económico, lo cultural, lo legislativo, lo social, lo educativo y hasta lo deportivo, hacía falta, con urgencia, un cadáver rendidor.

Y el gran tenor de Módena le hizo a los infames mercachifles de nuestros impresentables medios de comunicación el enorme favor de morirse. Hasta acá se oyó la efusiva exclamación arriba citada, proferida con algarabía singular por una numerosa parvada de buitres carroñeros (López Dóriga, Alatorre, Loret de Mola, Micha, Fregoso y un largo etcétera), quienes de dientes para afuera derramaron los infaltables lagrimones de cocodrilo por el robusto cantante italiano.

Mientras, en lo profundo de sus respectivas cloacas, festinaban la oportunidad de darse un productivo atracón con el cuerpo aún caliente de Luciano Pavarotti. ¿Qué mejor que un muerto fresco y famoso en momentos en que el estiércol mediático ha llegado a un nivel insuperable de hediondez?

¡Cuánto más productiva es la transmisión en vivo del funeral de Pavarotti, que la cobertura imparcial de los asuntos que de verdad nos atañen! Nada pudo caer mejor en ese ámbito de relatores de nota roja y traficantes de amarillismo que la oportuna desaparición de un artista que, más allá de sus virtudes y defectos, se había convertido desde tiempo atrás en un bocado más de los paparazzi.

Incluso en el contexto de la enorme frivolidad y estupidez que caracterizan a una parte sustancial de los medios en nuestro país, la avalancha de sandeces incontables alrededor del muerto que solía cantar resultó asombrosa.

No acababa de detenerse del todo el agotado corazón de Pavarotti, cuando buena parte de la jauría comenzó, de manera por demás terca y empecinada, con la inútil y ociosa comparación: “Y dígame, maestro, ¿quién cree usted que fue mejor, Caruso o Pavarotti?” Claro, como no tienen nada que decir sobre Pavarotti, optaron por recurrir al más trillado lugar común, como si el valor de Pavarotti sólo pudiera medirse en función de Caruso. Y la rabiosa insistencia: “Pero, díganos: si se presentaran juntos Caruso y Pavarotti, ¿a quién cree usted que aplaudiría más el público?” Ahí está otra de las claves de la estulticia: ¿cuántos gacetilleros se rasgaron las sucias vestiduras mientras nos contaban que Pavarotti tenía el récord Guinness del aplauso más largo de la historia? Ahora resulta que el valor musical de Pavarotti se mide con el rasero del aplausómetro. Si le aplauden a Emmanuel y a Mijares.

Tampoco faltó quien, en un exceso de hipérbole delirante, afirmara que con la muerte de Pavarotti moría también el bel canto clásico. Es decir, señores Villazón, Vargas, Flórez, Álvarez, Domingo, Carreras, Licitra, Calleja, Alagna, Kaufmann y similares, favor de abstenerse de cantar. La tesitura de tenor se da por abolida oficialmente. ¡Qué barbaridad insondable! Otros, igual de imprudentes y desconocedores, se colgaron de la manida anécdota propalada por las agencias de noticias, y se dedicaron a pontificar, con fingida e ignorante admiración, sobre los famosos nueve do de pecho que alcanzó Pavarotti en La hija del regimiento.

¿Nadie les dijo que dar nueve do de pecho es, en todo caso, una proeza técnica que nada dice de la musicalidad que hay (o no) detrás de la hazaña? “¡Miren, miren, el saltimbanqui dio nueve maromas!” Y claro, cuando de acrobacias se trata, lo que la chusma espera es que el saltimbanqui se rompa el cráneo... o que al tenor se le quiebre la voz. ¡Qué manera tan zafia de aquilatar la capacidad musical de este gran tenor!

Porque el hecho central en medio de toda esta delirante rapiña es que Luciano Pavarotti fue un tenor excelente, poseedor de un timbre fuera de serie, con un poder y una transparencia inigualables y una emisión vocal de una sólida homogeneidad a lo largo de todo su registro, con unos agudos de notable estabilidad.

Por desgracia, en nuestro medio fueron pocas (aunque elocuentes) las voces que se apartaron de la idiotez generalizada para hablar de lo que realmente importa: las cualidades estrictamente musicales de Pavarotti.

Sólo unos cuantos señalaron, correctamente, los estrechos límites de su repertorio, como fueron pocos los que se atrevieron (no fueran a ofender al muerto y a sus fans) a mencionar el hecho de que Pavarotti fue un actor mediocre, lo cual lo convertía, de hecho, en la mitad de un gran intérprete operístico.

Lo que cuenta, finalmente, es que Luciano Pavarotti fue un cantante enorme. The rest is noise.

Fuente: La Jornada




20 de set. de 2007

El trabajo de un lector

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Lector voraz, pero sobre todo de una curiosidad impenitente por los libros de no ficción capaces de explicarle con sencillez un mundo ajeno, cerrado o remoto, el escritor Gustavo Nielsen ha frecuentado con igual devoción libros de cocina, boxeo y sociología. Por eso, decidió hacer un balance de esa relación de varios años y anaqueles con la divulgación.

Por Gustavo Nielsen

Todo lo que sé, menos amar, lo aprendí de los libros. Aprendí a aislar correctamente una losa plana en un libro de Chamorro y los pesares hondos de la guerra en Las cosas que llevaban, de Tim O’Brian. Aprendí a cocinar un risotto en el libro de la Petrona de Gandulfo, y a escamotear la muerte de un niño para que el efecto final en el lector le sea tan desgarrador como a sus padres en El mundo según Garp, de John Irving. Aprendí a hacer trucos de naipes con Cartomagia, y a asustarme con Horacio Quiroga. Aprendí a estudiar con El tesoro de la juventud de Jackson y con la Enciclopedia estudiantil de la editorial Códex. Aprendí miles de palabras en el Ocrán-Sanabú.

Hay libros objeto, libros de reportajes, manuales técnicos, libros de autoayuda, de cocina, de matemáticas, de astrología. Hay libros coleccionables, libros para tirar, libros para recortar. Hay libros para niños, para mujeres, para hombres solos, para parejas que no se llevan bien, para profesionales, para tontos, para los que no quieren leer, para los que no saben leer, para ciegos. Hay libros de ficción. El mercado de los libros de ficción, incluso, necesita del mercado de la no ficción como del aire para respirar. Normalmente las editoriales viven de los otros libros para poder publicar las novelas que quieren.

“Los intereses del escritor y los de sus lectores nunca coinciden, y cuando lo hacen no es sino un afortunado accidente”, escribe Auden. Está hablando de poesía, en donde no importa tanto entender exactamente lo que el poeta quiso decir. “Exactamente” significa dejar de lado toda ambigüedad. La poesía es un género transgresor que basa su experiencia en la traslación de un estado de ánimo. Podría decirse que se contenta en esa traslación. Sin embargo, leer es traducir. Siempre.

Auden también dice que un mal lector es un mal traductor: interpreta literalmente cuando debe parafrasear, y parafrasea cuando debe interpretar literalmente.

Podemos desgrabar un largo reportaje, pero será casi imposible de publicar sin el paso previo de la corrección. El entrevistado tal vez añorará el tono coloquial, el recuerdo de su experiencia mágica frente al micrófono. Pero el acto publicado debe ser terso, suave, sin los tropiezos del idioma hablado. Se deberá poder leer de cabo a rabo, de un tirón.

Lo mismo ocurre con los manuales técnicos, que habitualmente están explicados para nadie. Es muy difícil encontrar un manual técnico que se entienda. ¿Por qué tiene que saber comunicar una idea escrita alguien que sabe de instalaciones sanitarias? Y viceversa: ¿Qué hace alguien que dice saber escribir metiendo mano en un libro de instalaciones sanitarias?
Cuando la incoherencia toca a los libros de ficción, el problema es total.

Pilas y pilas de libros

Tengo más simpatía por los libros que por la literatura. Y tengo una afición-fascinación particular por aquellos que, sin la total necesidad de estar perfectamente escritos, sus autores hicieron un esfuerzo desmedido, adicional, literario, por hacerme entender lo que querían decirme.

Uno de mis libros favoritos, a la hora de ilustrar este ejemplo, es La dieta médica Scardale. El que lo termine, sentirá la absoluta, irrenunciable necesidad de ser un soldado Scardale. Está escrito para las multitudes, pero le hace sentir al lector que fue hecho sólo para él. Otro es Cómo ganar amigos, de Dale Carnegie. Son libros que casi, casi, son adaptaciones. Adaptación de una dieta y de un curso lleno de datos ambiguos, comerciales. No sólo explican lo que deben, sino que, además, lo hacen interesante y ameno. Comunicar sencillo algo que es complicado, aunque parezca fácil, es lo más difícil de la experiencia de la escritura. Si no me creen, prueben. Cuéntenle a un ciego cómo es el color rojo.

Los manuales técnicos y de divulgación científica, desde el libro del hámster hasta el Sobrevila de electricidad, suelen ser pedaleadas cuesta arriba. Están llenos de defectos, con frases del tipo: “La corriente eléctrica afecta a los niños”, para recomendarnos poner tapitas en los enchufes más bajos de la casa. El libro del hámster, ya que lo cité, dice cosas como que el hámster adulto puede llegar “a matar hasta sus propias crías, al canibalismo, al autocanibalismo o cosas aún peores”. Busqué sin suerte el teléfono del autor en la guía para preguntarle qué cosas aún peores conocía que el autocanibalismo, ese horrendo ejercicio de comerse a sí mismo. No hay caso: salvo por poquísimos ejemplos, los libros técnicos y los de divulgación suelen ser para dormirse o para reír.

Escribir un libro de divulgación científica corre con un riesgo adicional: el de contar algo que como técnicos nos llena de orgullo y gracia pero que, a la hora de la narración, puede no lograr contagiar ese orgullo y esa gracia. Un libro de divulgación científica o artística debería, inevitablemente, ser la traducción de una euforia, aunque casi nunca lo logren. Lyndon Johnson le dijo una vez a Kennedy: “¿Nunca has pensado que pronunciar un discurso de economía se parece a hacerse pis en tu propia pierna? Es cálido para ti, pero para nadie más”. Espero leer algún día un libro de economía que pueda subir a mi lista de tops; me encantaría encontrar uno así. Depende de que los economistas quieran que me entere de sus secretos, lo que podría llamarse “generosidad”, y de que sepan cómo transmitirlos para que se dejen leer, lo que podría llamarse “eficiencia comunicacional”. Mi curiosidad dispuesta, por el momento, es lo único que tienen.

Los libros técnicos suelen ser tan malos que después de leer dos o tres, por necesidad o por deseo de aprender algo más, dan ganas de tirar la toalla de la lectura “seria”. Uno llega a creer: Claro, no son para entretener, son para educar, para ayudarme a pensar. Pero lo cierto es que están mal escritos. No saben decir lo que quieren. Y en este no saber hay un conato de irrespeto por el que lee. Esos autores suelen ser más soberbios que un Papa hablando de sexo. Para esos autores lo único que cabe es un editor de textos. El editor no cambia conceptos, los aclara.
La edición es el extraño tobogán que conduce a la comprensión.

Leer todo

El aprender que inoculan estos libros, tal vez sea una ilusión. Si después de leer el libro ADN, 50 años no es nada de la dupla Alberto Díaz y Diego Golombek, me hicieran un múltiple choise sobre ADN, lo más probable es que no pueda pasarlo. Ante preguntas como: ¿Cuántas variantes de una sola proteína puede codificar un gen?, no sabría qué contestar. No serviría ni para el repechaje de Feliz Domingo. El saber que se obtiene mediante la divulgación científica es parecido al estudio que los novelistas hacemos para contar nuestras historias. Estamos temporariamente interesados en un tema exótico, durante el lapso que dura la escritura. Entonces somos capos en artes culinarias sin saber hacer un huevo frito; sabios melómanos que algún día volveremos al pop. Expertos en huracanes, mecánica dental, ascensores hidráulicos, bonsais. Hasta que los detalles, al fin, se vuelan, se olvidan, se guardan quién sabe en qué zona seca del cerebro. Los detalles han servido, fueron importantes; ahora nos queda una vaga señal como para poder hablar del tema o entender algunas noticias especiales en los diarios. No sé si aprendí mucho después de leer aquel libro sobre el ADN. Pero con la alegría de leer, estoy pago.
El secreto está en contar el mundo privado de las células como si fuera una película de superacción. Es una virtud del texto: en ficción, pocos libros que no sean excelentes logran ese interés. En no ficción lo hace Elsa Canestro en su colección de experimentos de física, lo hace Freud en Lo siniestro o en La interpretación de los sueños, lo hace Chueca Goitía en Breve historia del urbanismo, lo hace Arneheim en Arte y percepción visual y no lo sabe hacer en El quiebre y la estructura; lo hace Sontag en Sobre la fotografía; Barthes en La cámara lúcida; Foucault en Vigilar y castigar y nunca, nunca, nunca en Historia de la sexualidad; Truffaut en El cine según Hitchcock; Schopenhauer en El arte de buen vivir; Oliver Sacks en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero; Dawkins en El gen egoísta; el ingeniero Dunne en Un experimento con el tiempo; Arthur Clarke en La exploración del espacio; Gabriel Gellon en El huevo y la gallina; Malba Tahan en El hombre que calculaba; Eco en Cómo se hace una tesis; Joyce Carol Oates en Del boxeo; Stephen King en Mientras escribo. Son todas lúcidas interpretaciones de mundos cerrados destinadas a mandar un mensaje a nuestro mundo, el de todos, y el mensaje puede ser de arquitectura, sociología, heurística, filosofía, cocina, genética. No importa. Explican lo inextrincable con excelencia. Conceptos difíciles con palabras comunes. En todos estos libros, lo que se lee es lo que tiene que haberme querido decir el escritor exactamente. Como en la mejor literatura en prosa: preparen los pañuelos cuando el cuentista diga ¡a llorar!; cáguense en las patas cuando se le ocurra visitar el miedo. Nada más patético que provocar risa queriendo dar espanto.

Muchas veces un libro es ilegible, o ininteligible, y uno piensa: “Hoy estoy muy distraído”, o: “¿Seré un buen lector?”

Claro que lo es. Usted es uno de los mejores lectores del mundo, absolutamente apto para largarse al entretenimiento sin fin, al viaje más largo sin moverse de su asiento, al aprendizaje más democrático de todos. Si el libro no se entiende, la culpa no es suya. Elija otro, uno que le diga cosas interesantes, que lo ate a la silla. Que sea comprensible...

A través de los libros se puede entender el universo.

Salvo, tal vez, el amor.

La comprensión del amor es algo que tiene que ver únicamente con el trato directo con la gente. Algo que te esquivan tus padres, te mal enseñan los amigos, te conducen las chicas.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-3399-2006-11-19.html

15 de set. de 2007

Henri Michaux - Costumbres de los dioses

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Allá los dioses todavía acostumbraban respetar el pacto que los une a la tierra.
Desdichado el hombre impulsivo, interesado o cruel que no pudo resistir la tentación de matar una criatura del bosque.
Cuando el animal es aniquilado, los dioses piadosos le conceden el don del habla a los suyos a fin de que puedan acusar al asesino y sostener la acusación durante el juicio.
Por cierto, el cazador no escapará fácilmente -pues cada animal tiene una familia numerosa y todos hablarán.
Tras el juicio, los animales pierden el habla y se dispersan con sencillez.



En Antología poética
Aporte de Pármeno en Factor Serpiente

Cinco horas con María Callas

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Por Sylvia Sass


En los años sesenta oí por primera vez la voz sublime y única de Maria Callas. Mientras escuchaba su grabación con arias de Puccini, sentía que esta voz entraba súbitamente en mi vida. Era una gran artista, que revolucionaba el mundo de la ópera al crear un nuevo estilo, una nueva necesidad que hasta entonces no existía: la actriz-cantante. Escucharla me enseñaba cómo transmitir las emociones, cómo crear una atmósfera, cómo estar presente en la vida de los demás a través del arte. Aunque se trataba solo de una grabación... fue como si la viera ante mí. Pude ver en ella las fuertes emociones que transmitía; así de fuerte era su presencia mezclada con las vibraciones de las ondas de la música

De esa manera entró Maria en mi vida cotidiana. Desde entonces busqué en todas partes sus grabaciones y ella se convirtió en mucho más que una artista admirada. No era un ídolo para mí. Era mucho más. Ella no sabía que, escuchándola, habíamos creado una profunda amistad. La conocí sin conocerla, la pude entender profundamente sin hablar con ella ni una palabra.

La afrenta

En 1951, cuando nací, Maria vivía sus gloriosos éxitos en la Scala de Milán. No podía imaginar, siendo estudiante, que en 1976 podría conocerla personalmente. Jamás hubiera creído que esta gran artista un día de otoño caminaría hacia mí en su lujoso departamento parisino, vestida completamente de negro, elegante y bella, misteriosa. Me estrechó la mano, preguntándome con una voz un poco irritada:

-Entonces..., ¿tú eres la nueva Callas?

Fue como despertarse de un sueño profundo. Su presencia no sería más un cuadro brillante de fantasía imaginativa, sino la pura realidad.

Podía ver sus ojos profundos. Una mirada inquietante que interrogaba. Una mirada decidida, fuerte y directa. Pero al mismo tiempo difícil. Una mirada que daba miedo. Ante ella me sentí muy pequeña, como delante de una fuerza sobrehumana, volcánica. Y yo, una pequeña flor apenas abierta. Sentí que Maria podía ver las cosas escondidas, tal como ocurre con las búsquedas arqueológicas donde se descubre el pasado que los siglos han enterrado. Una ciencia en la que reina una sabiduría misteriosa y profunda, que entra en el corazón. Ella era capaz de ver las vibraciones sutiles; lo que nadie antes pudo ver.

También vi en sus ojos la inseguridad. Una tristeza infinita y, al mismo tiempo, una pasión de búsqueda respecto del arte. Nunca estuvo satisfecha con los resultados conquistados. Era una verdadera, permanente investigadora, que quería descubrir, más y más, la verdadera voluntad, la verdadera motivación del compositor. Ella quería transmitir su humildad, su sed por encontrar la llave... cómo pronunciar una palabra, cómo encontrar un color verdaderamente justo. Un color sincero.

Pero debo contar los hechos. Cómo fue posible este encuentro con Maria Callas en 1976, cuando ella ya no quería ver a nadie. Estaba prácticamente recluida en el departamento de la calle Georges Mandel, un lugar que recuerdo como el más solitario del mundo, viviendo con dos perritos que trataba a veces con mucha ternura y otras como dos cosas que molestaran.

La historia comenzó en Viena. Yo tenía un contrato para cantar Aída , de Verdi, en la Staatsoper, dirigida por Leonard Bernstein. Ese año, Bernstein había resuelto grabar solo Beethoven; así, le pidió a la dirección de la Staatsoper que cambiara Aída por Fidelio . Como la Staatsoper se encontraba en una situación un poco delicada, dijo que nos reuniéramos para hablar del asunto. Así fue. Me pidieron que viajara de Budapest a Viena, donde Bernstein se alojaba en el Hotel Sacher, uno de los más prestigiosos de la ciudad. Ahí él tenía una suite enorme. Entré en una de las habitaciones donde había un gran piano. Pronto llegó Bernstein, con su sonrisa abierta y cordial. En su mano, una copa. Después de algunas frases muy gentiles, espontáneamente comenzó a tocar el piano y cantamos juntos el último duetto de Aída (sin partitura). Fue muy natural. Como si todos los días jugáramos juntos, sintiendo los pequeños ritardamenti , como si no fuera necesaria ninguna palabra. Podíamos volar juntos sobre las ondas de la música sin miedo de caernos.

Debo confesar que por mi naturaleza tan tímida, no podía creerlo. ¿Cómo era posible que no tuviera miedo delante de él, uno de los más grandes músicos del mundo? Todo era tan simple y claro. Era evidente: sentíamos una alegría casi infantil de hacer música juntos.

Más tarde él me propuso cantar en su producción de Fidelio . Ya Aída era un papel un poco riesgoso para mí, que tenía solo 25 años. Pero como estaba feliz de poder debutar en la prestigiosa Staatsoper no osé decir que no. Pero Fidelio es verdaderamente una de las partes más difíciles. Le respondí con toda sinceridad que no me sentía preparada para esa responsabilidad tan pesada y compleja. ...l respetó mi opinión. Estábamos sentados junto a una pequeña mesa cuando me dijo:

-Te pareces a la Callas... tanto como si fueses su hija. ¿Quieres verla?

Sorprendida con esta frase, casi no pude contestarle, pero después de un instante respondí:

-Sí, sí, sí, sería un gran honor.

Me prometió organizar todo. Quería que fuéramos juntos a ver a Maria cuando él estuviera en París haciendo una grabación. Y que con nosotros fuera algún periodista importante. Cantaba en Salzburgo en el Festspielhaus cuando el secretario de Bernstein me llamó para decirme que Maria Callas aceptaba el encuentro, pero que no quería ningún periodista. Aceptaba que solo mi marido fuera conmigo.

"Tosca es demasiado fácil"

Llegué a París. Me quedé en el hotel Crillon, uno de los más hermosos de la ciudad, donde también estaba Bernstein. ...l buscó una pianista de la Ópera de París para que me acompañara en caso de que debiera cantar ante la Callas, y también un auto que me llevara hasta el edificio de avenida Georges Mandel. Debería esperarme hasta que terminara para volver luego al hotel. Como Bernstein estaba en el estudio de grabación, me dijo que iría durante la pausa.

Y ahí estaba yo, delante de la casa de Maria. Subí en un ascensor de hierro con una decoración rica en ornamentos florales. Podía ver a través de las rejas. Así llegué al lugar donde vivía esta mujer que para mí casi no era un ser humano.

Se abrió la puerta y apareció un señor vestido con librea que me condujo a un salón. Luego apareció ella, bellísima, elegante, con una actitud de reina. Y me dijo de inmediato, en inglés, esa frase que me dejó tan azorada: "Entonces... ¿eres tú la nueva Callas? . Cuando canté La traviata ese mismo año en el Festival de Aix-en-Provence los periodistas me llamaron "la nueva Callas ... Naturalmente ella se sentía ofendida... pero no era culpa mía... yo no lo había inventado.

-¿Qué preparaste para cantar conmigo?

-Arias de Tosca ...

-Es demasiado fácil -respondió.

Vimos mis partituras y ella misma escogió el aria del primer acto de La traviata . Pero no quería verme mientras cantaba, sino solo escucharme, de manera que permaneció en otra habitación. En esos momentos llegó Bernstein. Ella estaba tan feliz de verlo. Empezaron a hablar en tono de complicidad. Maria se dirigía a él como si fuera un niño: "Trabajas mucho , le decía. Se veía que existía una amistad profunda y sincera entre ambos.

Mientras yo comenzaba a cantar el recitativo de Violetta, ellos continuaban hablando. Reconozco que me sentí ofendida. Entendía que para ellos su encuentro era un instante precioso... pero a la vez me habían dicho que cantara. Pensaba que era necesario un poco de respeto. Llegaba ya esa frase: " Sola, abbandonata, in questo popoloso deserto che appellano Parigi (Sola, abandonada en este populoso desierto que llaman París). Le dediqué a ella esta frase con fuerza y rabia. Luego " che spero or piu, che far degg io y entonces dejaron de hablar. Venía el aria y me escucharon con toda atención.

"Me sentí como una copia"

Bernstein debía partir. Nos quedamos ahí, las dos. Ella comenzó a trabajar conmigo, diciendo:

-Si cantas así las dos primeras palabras, " E strano, e strano , el público se quedará dormido.

Repitió dos, tres veces, cómo debía hacerlo yo. Me mostraba un crescendo , pero yo lo sentía de distinta manera. Para mí, Violetta no entiende qué sucede con ella. Después viene la excitación. Verdi lo escribió así, de tal modo que la tensión aumenta sola. Para mí, no es necesario cantar esas palabras con más fuerza.

No estábamos de acuerdo, pero ella insistía. No estaba contenta. De modo que lo hice como ella imaginaba. Me sentí como una copia y supe que debía poner atención porque Maria ya tenía una influencia fuerte sobre mi arte. Sentí que si continuaba por ese camino perdería toda mi seguridad, que ya era muy frágil. Debía cantar justamente este papel pocos días después en Hamburgo. Le dije:

-Muchas gracias por haber podido estar aquí. Para mí significa tanto. Pero ahora debo partir...

Y Maria, cambiando totalmente el modo de tratarme, me respondió:

-Finalmente encuentro a alguien que me entiende en profundidad, a quien puedo darle instrucciones que nadie comprende... y esa persona quiere partir...

-Es por miedo. Si se quiebra mi seguridad, no seré capaz de cantar este papel.

Entonces ella fue otra. Esa barrera que Maria construyó como protección en torno a sí misma se derrumbó. No tenía más necesidad de ella. Se dio cuenta de que yo estaba allí con todo mi respeto y también con todo mi amor por ella. Se transformó en una persona dulce, comprensiva y comenzó a hablarme como a una joven colega. Estuve con Maria más de cinco horas. Si el señor que me esperaba abajo en el auto no hubiera tocado a la puerta, quizá todavía estaríamos allí discutiendo con pasión cómo interpretar los papeles. Me enseñó tanto en esas horas. Y me propuso ir a París todos los meses para trabajar juntas. Me siento culpable por no haberle escrito después, pero no pude hacerlo. No porque no quisiera, sino porque la situación política de la época en Hungría no lo permitía. Tampoco tenía suficiente dinero para viajar a París. Temí perder mi personalidad ante esa fuerza increíble.

Tocaron luego a la puerta. Era el taxista que me preguntaba cuánto tiempo más debía esperar. Ella misma me abrió la puerta. La veo todavía delante de mis ojos... Es quizá la única imagen que ha permanecido tan fuerte en mí. Bajé en el ascensor, miré hacia arriba y la vi en la puerta, haciéndome pequeños gestos con las manos... un gesto de adiós para siempre.

La mensajera

La revista Opera de Londres publicó un artículo escrito por Alain Sievewright. En esa entrevista, ella hablaba de aquel encuentro y decía que esperaba que yo hubiera comprendido el mensaje.

No hay suficientes páginas para contar todos los detalles de lo que viví entonces. Una esencia tan fuerte que cambió toda mi vida. No solo artísticamente.

Para mí fue una verdadera advertencia. Ella subrayaba una frase: "No quebrar el alma en dos partes . Ahora pienso cómo veía ella mi futuro... que yo también cometería los mismos errores. Que sacrificaría mi vida privada, sin quererlo verdaderamente, sobre el altar del arte.

El 16 de septiembre de 1977 cantaba I lombardi en la Ópera de Sofía (Bulgaria). Todo el teatro sabía que Maria había muerto. Construyeron un muro de protección en torno a mí. Solo después de la función un amigo me dio dulcemente la noticia. ...l sabía que para mí sería un golpe enorme, como perder a alguien de la familia. Grité:

-¡Noooooo! No quiero que mi vida sea así.

Después de muchos años comprendí lo que significa ser una mensajera. Como ese hombre de Maratón que no pensaba en sí mismo. Seguramente sentía cansancio, pero no se detuvo y tomó aliento otra vez, porque debía entregar, costara lo que costara, ese mensaje. Un mensaje que al final le costó su propia vida. Así se convirtió en un símbolo. Y así fue la vida de Maria Callas.

Un regalo de Dios para ella que, como una " umille ancella ("humilde sierva , palabras del aria de entrada de Adriana Lecouvreur), nos regaló a nosotros. Un mensaje eterno que todavía hoy vibra como el eco de su alma. Con esa voz sublime podemos volar hacia las esferas divinas donde se escucha, como un himno infinito, "Casta Diva"

El Mercurio - GDA
Fuente: La Nación ADN


12 de set. de 2007

Jorge Wagensberg - Sobre el acto creador

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Sea el universo el conjunto de todo lo que existe. Estoy seguro de que el universo existe porque creo en la existencia de al menos una cosa: la mente (la mía, claro): «Cogito, ergo sum». Pero como la frase no es mía, es casi seguro que mi mente no es un caso insólito del universo. Parece, pues, más que razonable concluir que las mentes no sólo existen, sino que además tienen la facultad de influirse mutuamente. Divi­damos ahora el universo en dos partes. Sea una de las partes una mente cualquiera de las que habitan el universo y sea la otra parte el resto del universo. Tal desproporcionada parti­ción puede hacerse, claro, para todas y cada una de las men­tes. Si las mentes se influyen mutuamente es porque algo fluye entre unas y otras. Es decir, parece claro que la mente es capaz de producir algo y que al menos parte de ese pro­ducto mental es exportable, y no menos claro parece que al menos parte de ese producto mental exportable es, a su vez, importable por otra mente que, tampoco está descartado, acusaría tal importación. ¿Qué puede ser ese algo producido por la mente capaz de alcanzar otras mentes? Llamemos imágenes a los productos de la mente, esto es, a las represen­taciones que la mente se hace del universo o de parte del uni­verso. Algunas de estas imágenes tienen la facultad de alte­rar el estado de otras mentes, son transmisibles. Llamemos a tales imágenes de otra manera. Llamémoslas conocimiento. Conocimiento es, pues, el producto mental capaz de pertur­bar el estado mental ajeno. Admitiremos incluso, como caso particular, que la mente productora y la mente receptora puedan ser la misma mente; pero, dado que para recibir prime­ro hay que emitir, el conocimiento en el que sólo se involu­cra una única mente debe, necesariamente, rebotar en algún punto del mundo exterior.

¿Qué es crear? Crear es crear conocimiento. Según esto, el mismo universo sería el conocimiento de Dios, y el arte y la ciencia el conocimiento de los hombres.

La ciencia es en el fondo la creación más dolorosa para el hombre, pues el primer principio del método científico obliga a la mente a excluirse del objeto del conocimiento. El beneficio es conocimiento objetivo y universal, el precio es la soledad cósmica del científico. El científico no está pre­sente en el modelo del mundo. Es, como máximo, una anéc­dota curiosa. Su objetivo es formular buenas preguntas a la naturaleza. La respuesta es lo de menos, porque cada pre­gunta llega en realidad con la respuesta a cuestas. La res­puesta es pura rutina. El momento de íntima trascendencia para el creador científico es cuando una pregunta rebota en alguna parte y se refleja en forma de una nueva pregunta. Es justamente en ese momento cuando el científico es cons­ciente de su acto creador. Pero no hay ciencia si los demás no dicen que la hay. El científico nunca está seguro de haber hecho ciencia.

El arte no sirve a tan cruel principio. Más bien al contra­rio. La mente creadora se empeña en estar presente en el ob­jeto de conocimiento. El verdadero y acaso único principio del arte es el que asegura la probabilidad de una especie de milagro: la comunicabilidad de complejidades ininteligibles. El acto artístico es un acto entre pares de mentes, la produc­tora de conocimiento y la receptora. La emoción del arte está siempre en la mente receptora que cree recibir. Y el mo­mento de trascendencia para el creador artístico es, claro, cuando experimenta su propio milagro. Una sola mente es suficiente para la existencia de arte. El artista siempre sabe muy bien si ha hecho arte.

En Ideas para la imaginación impura
Barcelona, Tusquets Editores, 1998

9 de set. de 2007

Claudio Eliano - Historia de los animales, 29

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La lechuza posee gran astucia y se parece a las brujas. Cuando la capturan, ella se apodera de inmediato de sus captores; por tal motivo, la llevan de un lado a otro sobre el hombro, como si fuera un animalito mimado o, ¡por Zeus!, como un hechizo. Por las noches se convierte en guardiana del sueño de su amo y de sus silbos, que se asemejan a señales, se esparce un hechizo fino y suave que obra en las aves y las induce a posarse cerca de ella. Durante el día ponen en práctica otro sistema para atraer a las aves o para atontarlas: en distintas ocasiones, las lechuzas dan a su rostro distinta expresión y así las aves se sienten como enbrujadas, aturdidas y llenas de un miedo tremendo a raíz de los cambios faciales de la embrujadora.


Libro I, 29
Buenos Aires, Ediciones Nuevo Siglo, 1997


Lie Zi - La hoja de jade

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Un hombre de Song talló un jade, para su soberano, una hoja de moral. Tres años tardó en completar su trabajo. Los bordes y la punta de la hoja, así como su tallo y nervadura, estaban trabajados con tal perfección y minuciosidad que si la hoja se mezclaba entre verdaderas hojas de moral era imposible distinguirla. En adelante, esta hombre gracias a su habilidad, vivió a expensas del estado de Song. Cuando el maestro Lie Zi se enteró del caso, dijo: "Si el cielo y la tierra, en su producción de los seres, necesitaran tres años para terminar una hoja, muy escasos serían los seres dotados de hojas. Ésa es la razón por la que el hombre verdadero se basa en el principio transformador del dao y no en la sabiduría y la habilidad".

Lie Zi, Libro de la perfecta vacuidad, Shuo Fu: Descifrar el mensaje, capítulo 6

8 de set. de 2007

Jorge Wagensberg - Beethoven versus Newton

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Barcelona, un sábado en el estudio de mi amigo compositor Jordi Cervelló. Está desesperado. Nos conocemos desde el año 1972. Jordi se había comprado un enorme y ultramoderno mag­netofón profesional. Pero las instrucciones estaban en alemán, así que, por mediación de un amigo común, requirió mi ayuda para hacerlo funcionar. Desde entonces hemos conversado mu­cho sobre música y, sobre todo, hemos escuchado mucha música juntos. Sin embargo, aquella tarde estaba desesperado. Su estu­dio está instalado en el sobreático de la vivienda y tiene un am­plio ventanal que da sobre una vegetación relativamente silvestre del barrio de Sarria. Al fondo se ve Vallvidrera y la montaña del Tibidabo. Es un lugar espléndido para pensar la música. Pero está desesperado. Hace dos meses que no escribe ni una corchea. Un vecino de una torre cercana se ha comprado un perro que la­dra de sol a sol. Lo ha probado todo, pero la normativa sólo se ocupa de los perros que ladran de noche. Y todos, empezando por el dueño del animal, se encogen de hombros. Ha escrito al al­calde, a los periódicos: «Piedad, yo soy un compositor...». Y mien­tras el cachorro ladra hasta a los caracoles, él se pasa el día imaginando venganzas ultrasónicas, croquetas narcotizadas, pro­yectiles sedantes, anónimos con sugerencias, campañas pro lin­chamiento en el vecindario... He acudido a su llamada de socorro para ver si se me ocurre algo y, lo confieso, porque me he com­prometido a dar una conferencia sobre Beethoven. Recordaba que un día, analizando la partitura del concierto de violín en aquel lugar, acabamos construyendo toda una teoría y yo acabé citando a Newton. ¿Cómo iba todo aquello? La conversación nos atrapó de nuevo y nos olvidamos del perro, que hoy, por cierto, ya no ladra. Se ha hecho mayor.


El Concierto de violín en Re de Ludwig van Beethoven, opus 61, está ahí, en la historia de la música, como una torre visible desde cualquier distancia y dirección. Conviene un sencillo ejercicio doble: escucharlo y leerlo a la vez. Para se¬guir una audición de esta obra con la partitura bastan unos rudimentos intuitivos de solfeo (más arriba, más agudo; más blanco, más largo). Lo primero que se percibe es un claro contraste entre lo que se oye y lo que se ve. Por el oído entra todo un mundo de serena belleza y espiritualidad luminosa: es una grandiosidad. Pero ante la vista desfilan elementos muy simples, dibujos melódicos y rítmicos casi geométricos, escalas cromáticas, acordes arpegiados en séptima, largos trinos, octavas..., se diría incluso que se trata de estudios de mecanismos para dedos y golpes de arco. Ni una fórmula virtuosística. Es la grandeza: lo extenso y complejo es inteli¬gible porque se comprime en lo breve y lo simple. ¿Dónde he visto antes la grandeza de una grandiosidad?

Este tipo de grandeza, la de la comprensión por compre¬sión, no es obligatoria en música. No ocurre, por ejemplo, en el concierto de violín de Brahms (enorme, pero de compleji¬dades poco reducibles). Ni siquiera ocurre con los íntimos cuartetos o las densas sonatas de piano del propio Beethoven. En ciencia, sin embargo, este tipo de inteligibilidad es, como mínimo, prioritaria. Ocurre con las leyes de la mecánica de Newton, cuya grandeza está en comprimir grandiosidades tan dispares como el movimiento de un planeta o el vuelo de un insecto. Estas leyes son aún, para muchos, la referencia cen¬tral de la ciencia moderna. Muchas otras disciplinas se cons¬truyen sumando, combinando, simulando o emulando tales fundamentos. Digamos que este tipo de inteligibilidad es, en ciencia, una exigencia y, en arte, una opción, como la de Beethoven en este concierto. ¿Por qué?

El concierto de violín de Beethoven es una investigación científica sobre la inteligibilidad del instrumento. ¿Cómo sa¬ber, de una vez por todas, cuál es la eficacia de un violín? El primer tiempo, el Allegro ma non troppo, lleva el peso de la prueba. El violín no se pelea contra la orquesta, sino que re¬quiere su colaboración, pregunta, contrasta, duda, confirma, dialoga, busca... y encuentra. En el segundo tiempo, el Larghetto, se aplican los resultados con emoción contenida. Un tema, bellísimo, se mueve, oscila, evoluciona, acepta nuevas ideas frescas y, de repente..., se hace la luz. La belleza es casi insoportable. ¡Funciona! El científico que ha vivido esta clase de júbilo reconoce también el tipo de inquietud que le sigue inmediatamente después. ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo convencer a los demás de esta trascendencia? ¡Hay tantas aplicaciones posibles! ¿Y si resulta que es incluso más uni¬versal de lo que parece? ¡Queda tanto por hacer! ¿Y si no es tan trascendente? ¿Y si no lo es nada? Es el momento justo de valorar la conquista, de la autocrítica, la hora de desdra¬matizar, de recurrir a una mínima dosis de humor. Es el Rondó, el movimiento final. El violín y la orquesta juegan el uno con el otro y la tensión se esfuma: se insinúa cierta continuación, pero el violín da un quiebro y, en lugar de ce¬der la palabra a la orquesta, la retoma, sin permiso aparente, en un registro más agudo... El cerebro acepta gozoso el reto de ahora predecir, ahora sorprenderse. No vayamos a olvidar que cualquier verdad tiene un límite y una vigencia.

La obra divide hondamente la historia de la música en dos. Preguntemos a los violinistas, a los compositores, a los melómanos. Alguien tenía que escribir los fundamentos de la mecánica, alguien tenía que escribir este concierto.


En Ideas para la imaginación impura


5 de set. de 2007

Gunnar Ekelöf - La prueba del agua

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Entonces me dije:
Los únicos poetas que me interesan
son los que llevan cuidadosamente
con manos nerviosas
un cuenco lleno de sangre
en el que ha caído una gota de leche
o un cuenco lleno de leche
en el que ha caído una gota de sangre...
Ahora ya he visto, ahora quiero ver
el firme asimiento de un cuenco lleno hasta los bordes
de agua de mananatial


En Non serviam
Aporte de Pármeno en Factor Serpiente



Por Reinhold Ljunggrens, 1958


Esteban Peicovich - Curriculum

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Nací (es un decir).
Guardo entre gasas mi único cadáver,
aquel cordón umbilical que ella mantuvo
en escondite de múltiple avaricia
hasta dármelo a la edad de mis sesenta.

Tozudo soy como una rosa.
Y sucesivo como las hormigas.
Lento, hasta ser todo invierno.
Y dulce hasta mis huesos.

Fui una sólida monja hasta ser padre.

A mi primera hija se la robé a su madre
un día en que el amor andaba
de animal aturdido dando tumbos
casi de farra loca por la casa
y lo atrapamos.

Tengo otra hija con la cabeza revuelta
por los pájaros.T
res hijos del otro lado del océano,
dos nietos que por dudar de mi existencia
me llaman Sebastián,
y una madre que resiste riendo
la inundación y el tiempo.

De mis cuatro esposas,
la primera se ahogó en sus propios ojos,
la segunda fundó una maternidad,
la tercera regresó a su sitio natural
de un cuadro de Filippo Lippi
y la cuarta me arropa y alimenta
y con cuchillo de azúcar
hace de mí dos hombres que la aman.

Por mi árbol genealógico ha descendido
tanta gente que me hace ruido dentro.
Desde el minero empaquetador de azúcar
que me trajo
hasta Vidriera, el licenciado.
(A pleno día se me ve la noche.)

Por la palabra, al artefacto que soy
le fue dada la rosa en consideración
el cordero en cuidado
y el silencio de Dios en cautiverio.

Sílaba a sílaba, comparto el gineceo
de las palabras que me aman.
Un mujerío que teje/desteje como Safo
mi inconcluso diccionario perplejo.

Se presentan, ahora, asuntos nuevos
Del girasol se fuga el amarillo.

Llaman a la puerta. Es la humedad.

Ni el licor de lo eterno, ni Sherezade,
ni la picadura súbita del pezón más colibrí
pueden hacer que reviva lo que olvido.

Veré de poner música esta noche
no vaya a ser que tope con un golpe
de dados y mi azar no lo sepa.

En La bañera azul
Fuente: Los palabristas

4 de set. de 2007

Thomas Bernhard - De una catástrofe a otra (entrevista)

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-Uno nunca sabe quién es. Son los demás los que le dicen a uno quién y qué es ¿no? Y como esto uno lo oye millones de veces en su vida, por poco que ésta sea larga, acaba por no saber en absoluto quién es. Todos dicen algo distinto. Incluso uno mismo está siempre cambiando de parecer.

-¿Hay seres de los que usted dependa, que tengan una influencia decisiva en su vida?

-Uno siempre es dependiente de las personas. No hay nadie que no dependa de algún ser. El hombre que estuviera siempre a solas consigo mismo acabaría hundiéndose al cabo de muy poco tiempo, se moriría. Yo soy de la creencia que para cada uno de nosotros existen seres decisivos. Yo he conocido a dos en mi vida; mi abuelo paterno y una persona a la que conocí un año antes de la muerte de mi madre. Fue una relación que duró más de treinta y cinco años. Todo lo que a mí se refería provenía de esta persona, de ella lo he aprendido todo. Y con su muerte también desapareció todo. Entonces uno se encuentra solo. Al principio a uno le gustaría morirse también; después se pone a buscar. A todas las personas que todavía se tienen, a las que se ha dejado olvidadas en el transcurso de la vida. Entonces se encuentra uno muy solo. Hay que aprender a vivir con ello.
Cuando me encontraba solo, fuese donde fuese, siempre he sabido que esta persona me protegía, me mantenía, y también que me dominaba. Después, todo desapareció. Uno está en el cementerio. Están cerrando la tumba. Todo lo que tuvo algún significado se ha ido. Entonces se despierta cada día por la mañana con una pesadilla. No se trata forzosamente de que se quiera seguir viviendo. Pero uno tampoco quiere pegarse un tiro, o colgarse. A uno eso le parece feo, y desagradable. Entonces sólo quedan los libros. Se precipitan sobre uno con todos los horrores que en ellos se pueden escribir. Pero de puertas afuera se sigue viviendo como si nada, para evitar que el entorno, que siempre está al acecho de nuestras debilidades, nos devore. Por poco que uno las deje aflorar, abusará de nosotros y nos sumergirá en un mar de hipocresía. Entonces la hipocresía se llama compasión. Es la definición más bella de la hipocresía.
Tal como he dicho antes, es difícil, tras treinta y cinco años de convivencia con una persona, encontrarse de repente solo. Esto sólo lo entienden las personas que han vivido una experiencia parecida. Uno se vuelve de repente cien veces más desconfiado que antes. Uno se vuelve más frío de lo que antes ya se le catalogaba. Aún más reservado. Lo único que le salva a uno es que no hay que morirse de hambre.
En realidad, lo que se dice agradable, esta vida no lo es. Sin contar con la propia decrepitud. Un derrumbe total. Uno sólo se mete en casas con ascensor. Ingiere un cuarto de litro de vino para comer, otro cuarto para cenar. Más o menos se hace soportable. Pero cuando para comer se bebe ya medio litro, entonces, se pasa muy mala noche. La vida se reduce a este tipo de problemas. Tomar pastillas, no tomarlas, cuándo tomarlas, para qué tomarlas. Uno va enloqueciendo de mes en mes, porque las cosas se van embrollando.

-¿Cuándo tuvo usted alguna alegría por última vez?

-Uno se alegra cada día de seguir viviendo y de no estar todavía muerto. Esto constituye un capital inapreciable.
Aprendí, del ser que se me ha ido, que uno se agarra a la vida hasta el final. En el fondo, todos estamos contentos de vivir. La vida no puede ser tan mala hasta el puntode no aferrarse a ella. La curiosidad es el estímulo. Uno desea saber: ¿qué más falta aún? Es más interesante saber lo que ocurrirá mañana, que lo que está pasando hoy. Cuanto mayor se hace uno, más interesante se vuelve la vida. Tras la destrucción del cuerpo, la mente se desarrolla sorprendentemente bien.
Lo que más me gustaría es saberlo todo. Siempre trato de robar a la gente, de sacarle todo lo que lleva dentro. En la medida en que esto se puede practicar a escondidas. Cuando la gente se da cuenta de que la estás robando, entonces se cierra. Como cuando se ve a un sospechoso acercarse a la casa, se atranca la puerta. Aunque también se puede forzar la puerta, cuando no queda más remedio. Todo el mundo puede dejarse una ventana abierta en el desván. Esto puede ser muy estimulante.

-¿Ha deseado usted alguna vez fundar una familia?

-Sencillamente me he limitado a sentirme feliz de sobrevivir. Fundar una familia, ni se me podía pasar por la cabeza. No tenía salud, y por lo tanto, tampoco ganas de pensar en estas cosas. No me quedó más alternativa que refugiarme en mi capacidad de raciocinio, y tratar de sacarle algún provecho ya que mi cuerpo estaba agotado. Estaba vacío. Y así ha seguido, durante años y años. ¿Es eso bueno, o malo? ¿Quién lo sabe? Pero es una forma de vivir, La vida puede asumir infinitas formas.
Mi madre murió a los cuarenta y seis años. Fue en 1950. Conocí a mi compañera un año antes. Al principio sólo fue una amistad y una relación muy fuerte con una persona mucho mayor que yo. En cualquier lugar del mundo donde me encontrase, ella era el punto central del cual yo lo extraía todo. Yo siempre sabía que esta persona era totalmente mía en los momentos difíciles. No tenía más que pensar en ella, sin siquiera buscarla, y todo se arreglaba. Incluso ahora, sigo viviendo con esta persona. Cuando estoy preocupado pregunto: ¿Qué harías tú? Así he conseguido apartarme de algunas atrocidades integrales, que no se pueden excluir con la edad, ya que todo está dentro de uno. Para mí, ella fue el elemento de moderación y de disciplina. Y por otra parte también el elemento de apertura al mundo.

-En algún momento de su vida ¿se ha sentido usted satisfecho?

-Nunca me he sentido satisfecho de mi vida. Siempre me he sentido muy necesitado de protección. Con mi amiga encontré protección, y siempre me impulsó a trabajar. Ella se sentía feliz de verme hacer algo. Por eso fue maravilloso. Viajábamos. Yo le llevaba sus pesadas maletas, pero aprendí muchas cosas, por poco que se pueda decir esto refiriéndose a uno mismo, pues de todas maneras siempre es poco, o casi nada. Pero para mí lo fue todo.
Cuando yo tenía diecinueve años, en Sicilia, me enseñó donde vivía Pirandello, pero sin la pedantería empalagoso de la persona muy culta. Como de pasada. Fuimos a Roma, a Split, pero lo importante entonces eran sobre todo los viajes interiores que hicimos. Vivíamos en un sitio perdido en el campo, con mucha sencillez. Por las noches la nieve caía encima de nuestra cama. Sentíamos esta predilección por la sencillez. Las vacas pastaban junto al dormitorio, tocando a donde vivíamos, donde tomábamos la sopa rodeados de libros.

-¿Usted está conforme con su vida de escritor?

-Bueno, uno siempre anhela mejorar escribiendo, sino sería para volverse loco. Es un fenómeno que aparece con la edad. Las composiciones deberían irse volviendo más rigurosas. Yo siempre he tratado de mejorar progresando. Partir del último paso para dar el siguiente. Evidentemente, los temas son siempre los mismos, claro está. Cada uno sólo tiene su propio tema, y se mueve dentro de él. Y entonces se hacen las cosas bien. Siempre se tienen muchas ideas: hacerse monje, ferroviario, o leñador, quizá. Pertenecer a la gente muy sencilla. Lo que evidentemente es un error, porque uno no pertenece a ella. Cuando uno es como yo, no puede convertirse en monje o en ferroviario, claro está. Siempre he sido un solitario. A pesar de este fuertísimo lazo siempre he estado solo. Al principio, claro, aún creía que tenía que ir a los sitios y participar. Pero por lo menos desde hace un cuarto de siglo apenas me relaciono con otros escritores.

-Uno de sus temas principales es la música. ¿-Qué significa para usted?

-Estudié música cuando era joven. Me ha perseguido desde la infancia. Aunque siempre me ha gustado, la música ha sido como una caza y un acoso para mí. Sólo estudiaba para poder estar con gente de mi edad. Probablemente esta necesidad era la consecuencia de mi relación con esta persona mucho mayor que yo. He jugado, cantado, hecho teatro con mis colegas del Mozarteum. Después la música se volvió imposible debido a motivos puramente físicos. Sólo se puede hacer música cuando se está permanentemente con más gente. Como precisamente era esto lo que yo no quería, el problema se resolvió por sí solo.

-Sus ataques, principalmente contra el Estado y contra la Iglesia, son a menudo muy fuertes. En Extinción (Auslóschung) describe usted el catolicismo como «lo que destruye el alma del niño, lo que le asusta, lo que anega su carácter». Para usted, su país, Austria se ha convertido en «un negocio sin escrúpulos donde sólo se comercia con todo y donde todos estafan a todos por todo». ¿ Escribe usted desde una posición de odio universal?

-Yo amo a Austria. Esto no se puede negar. Pero la estructura del Estado y de la Iglesia es tan horrible que sólo se puede odiarla.
Soy de la opinión que todos los países y todas las religiones, a la que se los conoce de cerca, son igual de horribles. Con el tiempo se descubre que la estructura es en todas partes la misma, tanto en las dictaduras como en las democracias; en el fondo, para el individuo son igual de horribles. Por lo menos vistas de cerca. Pero más vale no dejarse llevar y no proclamar este tipo de cosas, para que no me echen los perros.

-¿Para usted no es importante el reconocimiento, como escritor y como ser humano en su propia patria?

-El hombre, desde el principio, está sediento de amor por naturaleza. Sediento del cariño, del don que el mundo tiene por ofrecer. Cuando a uno le privan de esto, por mucho que repita mil veces que es un ser frío, que nada ve ni nada oye, le golpea con toda dureza. Pero esto es así, es inevitable. Cuando se dan voces en el bosque, el eco las devuelve. Cuando se conoce el bosque, también se conoce el eco. En el fondo, tambie@n se está enamorado del odio y del desdén.

-¿Es quizá por esta razón que de entrada, en sus libros, empieza usted por hacer tabla rasa? Da la impresión de un ajuste de cuentas algo brutal con determinadas personas. ¿Recibe usted las reacciones consecuentes ?

-Sí. A veces se vuelve casi insoportable. Ayer, cuando estaba en la ciudad, una mujer se me echó literalmente encima. Se puso a gritar: «Si sigue usted por este camino reventará». Se está indefenso ante este tipo de cosas. O, por ejemplo, está uno tranquilamente sentado en un banco en el parque, y recibe de repente un golpe por la espalda. Aún no has tenido tiempo de reaccionar y apenas alcanzas a oír cómo alguien grita: «Muy bien, siga por este camino.» Uno mismo provoca estos incidentes. Lo que pasa, es que no se contaba con ello. Apenas puedo seguir viviendo en Ohlsdorf, mi lugar de residencia. Los atropellos por todas partes se me hacen insoportables. Por lo demás, las alabanzas son tan siniestras, falsas, hipócritas y egoistas como los insultos. Se da el caso, que la gente, si no abro en seguida la puerta, se enfada y me rompe los cristales. Primero llaman, después pican, después gritan, y acaban rompiéndome las ventanas. Después se oye el rugido de un motor que se aleja. Porque fui lo suficientemente estúpido, hace veintidós años, de dar mi dirección, ahora ya no puedo seguir viviendo en Ohlsdorf. La gente se sube al muro que rodea mi casa. Cuando por la mañana bajo hasta el portal, ya hay gente encaramada. Dicen que quiere hablar conmigo. O, los fines de semana, la gente va a ver al escritor, como antes iban al parque a ver los monos. Esto es más divertido. Se acercan hasta Ohlsdorf y asedian mi casa. Yo los observo escondido detrás de las cortinas como un preso o como un loco. Insoportable. Desde hace doce años ya no doy más,conferencias. Ya no me siento capaz de sentarme y ponerme a leer mis cosas. Tampoco soporto a la gente que aplaude. El aplauso es la recompensa del actor. Vive de ello. Yo, por mi parte, prefiero las transferencias de mi editorial. Pero las marchas, los desfiles y la gente que aplaude en los teatros o en los conciertos me son insoportables. Las calamidades siempre las provoca la masa enfervorizado que aplaude. Todos los horrores provienen de los aplausos.

-Usted ha dicho, en Extinción que uno debería dejarse erigir en viejo bufón a los cuarenta. ¿Por qué?

-Este método es el único que permite soportarlo todo. Usted me ha preguntado por la imagen que tengo de mí. Sólo puedo decir lo siguiente: la del bufón. Entonces funciona. La imagen del bufón, del viejo bufón. Un bufón joven carece de interés, ni siquiera se le reconoce como bufón.

-¿Fue para usted la escritura, sobre todo en sus libros primerizos como El Aliento o El Frío , también un medio de superar su enfermedad?

-Mi abuelo era escritor. Hasta después de su muerte no me atreví a ponerme a escribir. Cuando yo tenía dieciocho años, se descubrió en el ,pueblo donde había nacido mi abuelo una placa en recuerdo suyo. Después de la ceremonia todos fueron al albergue de mi tía. Yo también estaba allí, y mi tía, dirigiéndose a unos periodistas que cubrían la información, dijo: «Allí está el nieto, que nunca será nada, aunque a lo mejor también sabe escribir». Entonces uno dijo: «Mándemelo el lunes». Así recibí el encargo de escribir sobre un campo de refugiados. Al día siguiente mi reportaje ya figuraba en el diario. No he vuelto a sentirme tan entusiasmado en mi vida. Es una sensación maravillosa: escribir algo que se imprime durante la noche, aunque sea mutilado y recortado. Pero en fin, ahí estaba. De Thomas Bernhard. ¡Sangre había sudado para escribirlo! Durante dos años escribí la crónica judicial, que me volvió a la memoria cuando me puse a escribir prosa. Un tesoro inestimable. Creo que de ahí surgen mis raíces.

-¿Qué siente ahora, cuando críticos como Reich-Ranicki o Benjamín Henrichs escriben sobre usted con admiración? ¿También se siente entusiasmado?

-Con las críticas no me he vuelto a entusiasmar más. Al principio, sí, porque me las creía; pero cuando se llevan treinta años viendo estos cambios de valoración, estas devoluciones de favores con intereses, uno acaba descubriendo los mecanismos. Uno manda a su criado y le dice: «Ahora quiero que me hagas una crítica negativa». Así funciona.

-¿Le molestan las críticas feroces?

-Sí, hoy en día todavía sigo cayendo en todas las trampas. Los periódicos siempre me han fascinado, desde mi juventud hasta hoy. Apenas puedo soportar un día sin periódicos. Al cabo del tiempo se acaba conociendo a la gente en las redacciones. A lo mejor no los he visto en mi vida, pero sé cuáles son los entresijos de un teatro, el trasfondo de una redacción, conozco a los editores, a los lectores, los negocios. El espíritu siempre se pierde por el camino, el sabor también se queda en el camino, y la poesía. Por encima pasan los ejércitos de redactores y críticos. Pasan por encima de los cadáveres de todos los que hacen algo creativo. Volvemos a topar con algo fascinante: me hiere, pero ya no me molesta en mi trabajo.

-En una conferencia usted dijo: «Nada tenemos que decir, excepto que somos miserables». ¿Escribe usted para dejar constancia de sus derrotas?

-No. Todo lo que hago, lo hago sólo para mí. Todo el mundo lo hace todo sólo para sí, tanto el funámbulo, como el panadero, o el revisor de tren, o el acróbata del aire. Con la salvedad de que en las acrobacias aéreas, durante el espectáculo, el público mira al cielo, y, mientras el aeroplano está volando la gente ya espera que se estrelle. Con los escritores pasa lo mismo, con una diferencia importante: mientras el aviador sólo se estrella una vez, en cuyo caso suele matarse o quedar muy mal parado, el escritor también suele salir muerto o mal parado-, pero siempre resucita. Siempre vuelve a dar el espectáculo. Y cuando más viejo se hace, más alto vuelta, hasta que un día se le pierde de vista. Entonces la gente se pregunta: ¡Qué raro! ¿Cómo es que no se ha vuelto a estrellar?
Yo gozo escribiendo, lo que no es nada nuevo. Escribir es el único lazo que todavía me ata. Claro que la cuerda está algo deshilachado. Pero en fin, así es. Nadie es eterno. Pero mientras dure mi vida, viviré escribiendo. La escritura es mi existencia. Hay meses, o años, en los que no puedo escribir. Es horrible. Pero en algún momento siempre vuelve, y entonces algo se fragua. Este ritmo es terrorífico y extraordinario a la vez: es algo que los demás probablemente no conocen.

-En sus libros, salvo contadas excepciones, no da usted una imagen muy favorable de la mujer. ¿Es un fiel reflejo de su experiencia personal?

-Sólo puede decir que, desde hace un cuarto de siglo, me relaciono exclusivamente con mujeres. No soporto a los hombres, ni las conversaciones de hombres. Me vuelven loco. Los hombres siempre hablan de lo mismo: de su profesión o de mujeres. Es imposible escuchar algo original en boca de los hombres. Las reuniones de hombres me son insoportables. Prefiero la cháchara de las mujeres. Para mí, las únicas relaciones provechosas han sido con mujeres. Después de mi abuelo, lo he aprendido todo con las mujeres. No creo haber aprendido nada de los hombres. Los hombres siempre me han puesto de mal humor. Curioso. Después de mi abuelo, se acabó, ni un hombre más. Siempre he buscado protección y salvación entre las mujeres, que también se han mostrado superiores a mí en muchas cosas. Y además saben dejarme en paz. Yo puedo trabajar rodeado de mujeres. En cambio, sería totalmente incapaz de producir nada en un entorno de hombres.

-Tras la muerte de la compañera de su vida, ¿existe alguien de quien usted no puede prescindir?

-No, podría rodearme de cientos de personas, bailar en mil bodas, pero no imagino nada peor. Hace poco soñé que el ser que perdí, volvía. Yo le dije: «el tiempo que no has estado aquí ha sido el más horríble». Como si sólo hubiese sido un intermedio y los muertos ahora siguieran viviendo conmigo. Fue algo tan fuerte, irrepetible. Ya no es posible. Ahora me sitúo en el punto de vista del espectador, en un ángulo muy cerrado desde donde observo el mundo. Punto.

-¿Cree usted en la posibilidad de otra forma de existencia tras la muerte?

-No. Gracias a Dios no. La vida es maravillosa, pero lo más maravilloso es pensar que tiene fin. Este es el mejor consuelo que me guardo en la manga. Pero tengo muchas ganas de vivir. Siempre las he tenido, salvo en los momentos en que he acariciado la idea del suicidio. Me ocurrió a los diecinueve años, otra vez a los veintiséis con muchas fuerza, y otra más a los cuarenta. Ahora, sin-,embargo, tengo ganas de vivir. Cuando se ha visto a alguien que se está muriendo, agarrarse con todas sus fuerzas a la vida, se comprende esto.
Lo más extraordinario que me ha ocurrido en mi vida es sostener la mano de este ser en mi mano, notar su pulso, notar que late más despacio, notar otro latido más lento aún, y se acabó. Es tan increíble. Cuando todavía retienes su mano entre las tuyas, entra el enfermero con la etiqueta numerada para el cadáver. La enfermera le vuelve a echar, diciendo: «Vuelva un poco más tarde». En seguida te vuelves a enfrentar a la vida. Uno se levanta sin hacer ruido, recoge las cosas; entre tanto vuelve ya el enfermero y pone la etiqueta numerada en el dedo gordo del pie del cadáver. Acabas de vaciar el cajoncito de la mesita de noche, y la enfermera dice: «También tiene que llevarse el yogurt». Fuera croan los cuervos. Como en una obra de teatro.
Entonces aparece la mala conciencia. Los muertos le dejan a uno con un inmenso sentimiento de culpa.
Me siento incapaz de volver a los sitios donde estuve con ella, donde escribí mis libros. Yo he escrito todos mis libros en lugares diferentes: en Viena, en Bruselas, en cualquier lugar de Yugoslavia, en Polonia. En sentido estricto, tampoco he tenido nunca mesa de escribir. Si se me daba escribir, me daba lo mismo donde lo hacía. Incluso he escrito sumido en el máximo ruido ' Nada me molestaba. Ni el ruido de una grúa, ni los gritos de la multitud, ni los chirridos de un tranvía, ni una lavandería o un matadero debajo de mi piso. Siempre me ha gustado trabajar en países donde no entiendo el idioma. Es un estímulo increíble.
Sentirme perfectamente en mi casa en medio de la extrañeza más absoluta. Para mí lo ideal era alojarnos en un hotel; y mientras mi amiga paseaba durante horas, yo podía trabajar. A menudo, sólo nos veíamos durante las comidas. Verme dispuesto a trabajar la llenaba de felicidad. Nos quedábamos con frecuencia cinco meses, o más, en un país. Eran los momentos culminantes. Muchas veces, cuando se escribe, se tiene una sensación maravillosamente bella. Si además se puede compartir con alguien que sabe apreciarla y que sabe dejarle a uno en paz, es perfecto. Nunca he tenido mejor crítico que ella. Nada que ver con las tonterías de la crítica oficial que no profundiza. Esta mujer sacaba siempre una crítica fuerte, positiva, que me era útil. Ella me conocía a fondo. Con todos mis errores. Lo echo de menos.
Me sigue gustando estar en nuestra vivienda de Viena. Allí me encuentro protegido, probablemente porque vivimos allí muchos años juntos. Es el único nido que queda de toda nuestra vida en común. El cementerio tampoco está lejos.
Es una gran ventaja haber vivido esto una vez en la vida. Las cosas después ya no te afectan. Dejas de interesarse por el éxito o por el fracaso, por el teatro o por los directores, por los redactores o por los críticos. En realidad a uno ya no le importa nada. Lo único, es tener todavía dinero en el banco para poder seguir viviendo. Por lo demás mi ambición ya no era lo que había sido, pero con su muerte también se acabó. Nada te conmueve. Sigues disfrutando con los filósofos antiguos, con algunos aforismos. Es parecido a refugiarse en la música: durante unas pocas horas se puede llegar a tener un excelente humor. Todavía tengo algunos planes: antes tenía cuatro o cinco, ahora sólo me quedan dos o tres. Pero no son imprescindibles. Ni yo, ni el mundo los estamos reclamando. Si tengo ganas todavía haré algo, si no las tengo, o me faltan las fuerzas, pues se acabó. Qué más da lo que yo escriba; en resumidas cuentas siempre son catástrofes. Esto es lo deprimente del destino del escritor: nunca consigues trasladar al folio lo que has pensado o imaginado; la mayoría se pierde durante el traslado. Lo que llegas a plasmar no es más que un pálido y ridículo reflejo de lo que habías imaginado. Esto es lo que más deprime a un autor como yo. En el fondo no puedes comunicarte. Todavía no lo ha conseguido nadie. En alemán mucho menos; es una lengua envarada y torpe, en el fondo horrible. Es una lengua espantosa que mata todo lo que es ligero y maravilloso. Lo único que se puede hacer, es sublimarla con el ritmo, confiriéndole musicalidad. Lo que escribo nunca corresponde a lo que he imaginado. Los libros deprimen menos, porque uno se imagina que el lector pone más fantasía y a lo mejor consigue que el texto cobre vida. En cambio en el escenario, en el teatro, lo único que se levanta es el telón. Sólo quedan los actores que, durante meses y meses, han sufrido hasta la noche del estreno. Ellos deberían representar a los personajes que uno ha imaginado. Pero no lo consiguen. Estos personajes que en mi mente todo lo podían, de repente se componen de carne, huesos y agua. Son torpes. Yo había concebido la obra como algo grandioso, poético; pero los actores no son más que unos intérpretes profesionales, unos traductores. Una traducción poco tiene que ver con el original. Por la misma regla de tres, la representación de una obra en el escenario, poco tiene que ver con lo que pasó por la cabeza del autor. Las tablas, que, dicen, son una representación del mundo, para mí, sólo han sido eso, tablas; unas tablas que me lo han detrozado todo. El teatro todo lo pisotea. Siempre es una catástrofe.

-Sin embargo usted sigue escribiendo, tanto libros como obras dramáticas. ¿De catástrofe en catástrofe?

-Sí.


© Asta Scheib, 1987
Declaraciones recogidas por Asta Scheib
Traducción de Thomas Kauf
Quimera nº 65
Fuente: Maruska.Soria

3 de set. de 2007

Jacobo Fijman - Cena

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Cenas de mi soledad en hosco abatimiento;
eterna como Dios, profunda de universo,
¡He sido el más ausente: el juntador de formas!
Cenas de mi soledad. . .
El sudario más frío es uno mismo.
¡Buscar y qué buscar!
¿Encrucijadas puras donde zapatean los truenos
en un constante mediodía?
Cenas de mi soledad en hosco abatimiento.
Pan y sal. Lamentos.
Piernas que saltan; salidas del cortejo;
vacilación de luz que viene abajo.
¡Extremaunción de un armonioso herrero!
Ir; pero no ir nunca;
en algodón de olvido sumir todos mis días.
Anuncios que se deslizan;
canción de gallos en la mañana azul de mi esperanza
continuación de tiempos fundamentados en dolor.
Fui un desaparecido, el más ausente:
el juntador de formas.
Amanecer desentonado.


En Molino rojo