31/8/2007

Darwish Mahmud - Un metro cuadrado en la cárcel

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Ésta es la puerta, y detrás el paraíso del patio. Nuestras cosas, todo lo que nos pertenece se esfuma. La puerta es la puerta, puerta de la metáfora, puerta del cuento, puerta que purifica a septiembre, puerta que lleva los campos a la génesis del trigo. La puerta no tiene puerta, pero yo puedo acceder a mi salida, enamorado de lo que veo y no veo. ¿Tanta gracia y belleza en la tierra y la puerta no tiene puerta? Mi celda no ilumina más que mi interior. Que la paz sea conmigo, y paz al muro de la voz. Para alabar mi libertad he compuesto diez poemas, aquí y allí. Amo las migajas de cielo que se infiltran por el tragaluz de la cárcel, un metro de luz donde nadan los caballos y las pequeñas cosas de mi madre, el perfume del café en su ropa cuando abre la puerta del día a sus gallinas. Amo la naturaleza entre otoño e invierno, a los hijos de nuestro carcelero y las revistas esparcidas por las aceras lejanas. He compuesto veinte canciones satíricas del lugar donde no hay espacio para nosotros. Mi libertad: ser lo contrario de lo que quieren que sea. Mi libertad: ampliar mi celda, continuar la canción de la puerta. Puerta es la puerta. La puerta no tiene puerta pero yo puedo acceder a mi interior.


En Cuatro direcciones personales
Traducción María Luisa Prieto

Oliver Sacks - La dama desencarnada

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Aquellos aspectos de las cosas que son más importantes para nosotros permanecen ocultos debido a su simplicidad y familiaridad. (No somos capaces de percibir lo que tenemos continuamente ante los ojos.) Los verdaderos fundamentos de la investigación no se hacen evidentes ni mucho menos.

WITTGENSTEIN

Lo que Wittgenstein escribe aquí, sobre epistemología, podría aplicarse a aspectos de la propia fisiología y de la psicología, sobre todo en relación con lo que Sherrington llamó una vez «nuestro sentido secreto, nuestro sexto sentido», ese flujo sensorial continuo pero inconsciente de las partes móviles del cuerpo (músculos, tendones, articulaciones), por el que se controlan y se ajustan continuamente su posición, tono y movimiento, pero de un modo que para nosotros queda oculto, por ser automático e inconsciente.

El resto de nuestros sentidos (los cinco sentidos) están abiertos, son evidentes pero esto (nuestro sentido oculto) hubo de, digamos, descubrirlo Sherrington, en la década de 1890. Le llamó propriocepción, para distinguirlo de la «exterocepción» y de la «interocepción», y, además, por ser imprescindible para que el individuo tenga un sentido de sí mismo; porque si sentimos el cuerpo como propio, como propiedad» nuestra, es por cortesía de la propriocepción. (Sherrington 1906, 1940)

¿Hay algo que sea más importante para nosotros, a un nivel básico, que el control, la propiedad y el manejo, de nuestro propio yo físico? y sin embargo es algo tan automático, tan familiar, que no le dedicamos jamás un pensamiento.

Jonathan Miller produjo una maravillosa serie de televisión, The Body in Question, pero el cuerpo, no se pone en cuestión normalmente: nuestro cuerpo es algo que está fuera de duda, o quizás por debajo de ella... está ahí sin más, indiscutiblemente. Este carácter indiscutible del cuerpo, su certeza, es, para Wittgenstein, el principio y la base de todo conocimiento y de toda certeza. Así, en su último libro (Sobre la certeza), comienza diciendo: «Si sabes que aquí hay una mano, te otorgaremos todo lo demás». Pero luego, siguiendo el mismo razonamiento, en la misma página primera: «Lo que podemos preguntar es si puede tener sentido dudarlo...»; y, poco después: «¿Puedo dudarlo? ¡Faltan bases para la duda!».

En realidad su libro podría titularse Sobre la duda, en vez de Sobre la certeza, pues se caracteriza por la duda, tanto como por la afirmación. Se pregunta concretamente (y nosotros por nuestra parte podríamos preguntarnos, si estos pensamientos no tendrían como estímulo su trabajo con pacientes en un hospital, durante la guerra), se pregunta, repetimos, si puede haber situaciones o condiciones que priven al individuo de la certeza del cuerpo, que le den motivos para dudar del propio cuerpo, hasta llegar incluso a perder el cuerpo completo en la duda total. Esta idea parece rondar por su último libro como una pesadilla.

Christina era una joven vigorosa de veintisiete años, aficionada al hockey y a la equitación, segura de sí misma, fuerte, de cuerpo y de mente. Tenía dos hijos pequeños y trabajaba como programadora en su casa. Era inteligente y culta, le gustaba el ballet y los poetas laquistas (pero no, tengo la impresión, Wittgenstein). Llevaba una vida activa y plena, no había estado enferma prácticamente nunca. De pronto, y la primera sorprendida fue ella, a raíz de un acceso de dolor abdominal, se descubrió que tenía piedras en la vesícula y se aconsejó la extirpación de ésta

Ingresó en el hospital tres días antes de la fecha de la operación y se la sometió a un régimen de antibióticos como profilaxis microbiana. Era simple rutina, una precaución, y no se esperaba complicación alguna. Christina lo sabía muy bien y, siendo como era una persona razonable, no se angustiaba demasiado.

Aunque poco dada a sueños o fantasías, el día antes de la intervención tuvo un sueño inquietante de una extraña intensidad. Se tambaleaba aparatosamente, en el sueño, no era capaz de sostenerse en pie, apenas sentía el suelo, apenas tenía sensibilidad en las manos, notaba sacudidas constantes en ellas, se le caía todo lo que cogía.

Este sueño le produjo un gran desasosiego. «Nunca había tenido un sueño así», dijo. «No puedo quitármelo de la cabeza.»... Un desasosiego tal que pedimos la opinión del psiquiatra. «Angustia preoperatoria», dijo éste. «Perfectamente normal, pasa constantemente.»

Pero luego, aquel mismo día, el sueño se hizo realidad. Christina se encontró con que era incapaz de mantenerse en pie, sus movimientos eran torpes e involuntarios, se le caían las cosas de las manos.

Se avisó de nuevo al psiquiatra, que pareció irritarse por ello, pero que parecía también, en un principio, dudoso y desconcertado. «Histeria de angustia», dijo al fin, en tono despectivo. «Son síntomas típicos de conversión, pasa constantemente.»

Pero el día de la operación Christina estaba peor aún. No podía mantenerse en pie... salvo que mirase hacia abajo, hacia los pies. No podía sostener nada en las manos, y éstas «vagaban»... salvo que mantuviese la vista fija en ellas. Cuando extendía una mano para coger algo, o intentaba llevarse los alimentos a la boca, las manos se equivocaban, se quedaban cortas o se desviaban descabelladamente como si hubiese desaparecido cierta coordinación o control esencial.

Apenas podía mantenerse incorporada... el cuerpo «cedía». La expresión era extrañamente vacua, inerte, la boca abierta hasta la postura vocal había desaparecido.

-Ha sucedido algo horrible -balbucía con una voz lisa y espectral-. No siento el cuerpo. Me siento rara... desencarnada.

Resultaba muy extraño oír aquello; era horrible, desconcertante. «Desencarnada»... ¿estaba loca? pero, ¿cuál era, entonces su estado físico? El colapso de la condición tónica y muscular, de la cabeza a los pies; la pérdida de control de las manos, de las que no parecía tener conciencia; las sacudidas y desviaciones que parecían indicar que no recibiese información alguna de la periferia, que los mecanismos de control del tono y el movimiento se hubiesen des integrado catastróficamente.

-Es un comentario muy extraño -dije a los residentes-. Es casi imposible imaginar qué podría provocar un comentario así.

-Es problema de histeria, doctor Sacks... ¿no dijo eso el psiquiatra?

-Sí, eso dijo. ¿Pero ha visto usted alguna vez una histeria como ésta? Plantéeselo fenomenológicamente... considere lo que ve como un fenómeno auténtico en el que su estado corporal y su estado mental no son ficciones, sino un todo psicofísico. ¿Qué es lo que podría dar este cuadro en que tanto la mente como el cuerpo parecen minados ? No es que pretenda ponerle a prueba -añadí-. Estoy tan desconcertado como usted. Jamás había visto ni imaginado una cosa así...

Me puse a pensar, se pusieron a pensar, pensamos juntos.

-¿Podría ser un síndrome biparietal? -preguntó uno de ellos.

-Es una situación de «como si» -contesté-: como si los lóbulos parietales no recibiesen la información habitual de los sentidos. Hagamos una prueba sensorial... y examinemos también la función del lóbulo parietal.

Lo hicimos y empezó a delinearse un cuadro. Parecía haber un déficit proprioceptivo muy profundo, casi total, desde las puntas de los dedos de los pies a la cabeza... los lóbulos parietales funcionaban, pero no tenían nada con lo que funcionar. Christina podía tener histeria, pero tenía bastante más que eso, tenía algo que ninguno de nosotros había visto ni imaginado nunca. Hicimos una llamada de emergencia, pero no al psiquiatra, sino al especialista en medicina física, al fisiatra.

Llegó enseguida, ante la urgencia de la llamada. Se quedó boquiabierto cuando vio a Christina, la examinó rápida y concienzudamente, y luego hizo pruebas eléctricas de la función muscular y nerviosa. «Esto es absolutamente inaudito.» «Nunca en mi vida he visto ni leído una cosa así. Ha perdido toda la propriocepción. Tienen razón ustedes, de la cabeza a los pies. No tiene la menor sensibilidad de músculos, tendones o articulaciones. Hay una pérdida ligera de otras modalidades sensoriales: el roce leve, la temperatura y el dolor, y una participación superficial de las fibras motoras, también. Pero lo que ha soportado el daño es predominantemente el sentido de la posición, la propriocepción. »

-¿Cuál es la causa? -preguntamos.

-Los neurólogos son ustedes. Determínenla.

Por la tarde Christina estaba aun peor. Yacía inmóvil e inerte; hasta la respiración era superficial. Su situación era grave (pensábamos en un respirador) además de extraña.

El cuadro que nos reveló el drenaje espinal indicaba polineuritis aguda, pero una polineuritis de un tipo absolutamente excepcional: no como el síndrome de Guillain-Barré, con su complicación motora abrumadora, sino una neuritis puramente (o casi puramente) sensorial, que afectaba a las raíces sensitivas de los nervios craneales y espinales a través del neuroeje.

Se aplazó la operación; habría sido una locura dadas las circunstancias. Era mucho más urgente aclarar estas cuestiones: “¿Sobrevivirá? ¿Qué podemos hacer?"

-¿Cuál es el veredicto? -preguntó Christina con voz apagada y una sonrisa aun más apagada, después de que analizamos el fluido espinal.

-Tiene usted esa inflamación, esa neuritis... -empezamos, y le dijimos todo lo que sabíamos. Si nos olvidábamos algo, o eludíamos algo, sus preguntas precisas nos obligaban a aclararlo y a revelarlo.

-¿Qué posibilidades hay de mejora? -exigió.

Nos miramos, la miramos:

-No tenemos ni idea.

El sentido del cuerpo, le expliqué, lo componen tres cosas: la visión, los órganos del equilibrio (el sistema vestibular) y la propriocepción... que es lo que ella había perdido. Normalmente operan los tres juntos. Si uno falla, los otros pueden suplirlo... hasta cierto punto. Le hablé concretamente de mi paciente el señor MacGregor, que, incapaz de utilizar sus órganos del equilibrio, utilizaba en su lugar la vista Y de pacientes con neurosífilis, tabes dorsalis, que tenían síntomas similares, pero limitados a las piernas... y expliqué también cómo habían suplido esta deficiencia recurriendo a la vista. Y expliqué también que si se pedía aun paciente de este tipo que moviera las piernas, éste podía muy bien decir:

-Por supuesto, doctor, en cuanto las encuentre.

Christina escuchó atenta, muy atenta, como con una atención desesperada.

-Lo que yo tengo que hacer entonces -dijo muy despacio- es utilizar la vista, usar los ojos, en todas las ocasiones en que antes utilizaba, ¿cómo le llamó usted?.. la propriocepción. Ya me he dado cuenta -añadió pensativa- de que puedo “perder" los brazos. Pienso que están en un sitio y luego resulta que están en otro. Esta «propriocepción» es como los ojos del cuerpo, es la forma que tiene el cuerpo de verse a sí mismo. Y si desaparece, como en mi caso, es como si el cuerpo estuviese ciego. Mi cuerpo no puede «verse» si ha perdido los ojos, ¿no? Así que tengo que vigilarlo... tengo que ser sus ojos. ¿No?

-Sí -dije- eso es. Podría usted ser fisióloga.

-Tendré que ser algo así como una fisióloga, sí -contestó-, porque mi fisiología se ha descompuesto y puede que no se recomponga nunca de modo natural...

Era una suerte que Christina mostrase tanta fortaleza mental desde el principio, porque, aunque la inflamación aguda cedió y el fluido espinal recuperó la condición normal, la lesión de las fibras proprioceptivas persistió... de modo que no hubo ninguna recuperación neurológica en una semana, ni en un año. En realidad no ha habido mejora en los ocho años que han pasado ya... aunque haya conseguido llevar una vida, una vida especial, mediante adaptaciones y ajustes de todo género, no sólo neurológicos, sino también emotivos y morales.

Aquella primera semana Christina no hizo nada, estaba en la cama echada, pasiva, no comía apenas. Estaba en un estado de conmoción total, dominada por el horror y la desesperación. ¿Cómo iba a ser su vida si no se producía ninguna recuperación natural? ¿Qué clase de vida iba a ser si tenía que realizar todos los movimientos de modo artificial? ¿Qué clase de vida iba a poder vivir, sobre todo, si se sentía desencarnada?

Luego, como suele pasar, la vida se afirmó y Christina empezó a moverse. Al principio no podía hacer nada sin utilizar la vista, y se derrumbaba en una masa inerte y desvalida en cuanto cerraba los ojos. Al principio tuvo que controlarse con la vista, mirando detenidamente cada parte del cuerpo cuando la movía, desplegando un cuidado y una vigilancia casi dolorosos. Sus movimientos, controlados y regulados conscientemente, eran al principio torpes, artificiales en sumo grado. Pero luego, y aquí nos sorprendimos los dos muchísimo, afortunadamente, por el poder de un automatismo progresivo que crecía a diario, luego sus movimientos empezaron aparecer más delicadamente modulados, más armónicos, más naturales (aunque seguían dependiendo totalmente del uso de la vista).

De un modo progresivo ya, semana a semana, a la retroacción inconsciente normal de la propriocepción fue sustituyéndola una retroacción igualmente inconsciente a través de la visión, mediante un automatismo visual y unos reflejos cada vez más integrados y fluidos. ¿Era posible también que estuviese sucediendo algo más trascendental? ¿Era posible que el modelo visual del cuerpo del cerebro, o imagen del cuerpo, normalmente bastante débil (falta, claro, en los ciegos) y subsidiaria normalmente del modelo proprioceptivo del cuerpo, era posible, en fin, que ese modelo, ahora que el modelo proprioceptivo del cuerpo se había perdido, estuviese adquiriendo, por compensación o sustitución, una fuerza extraordinaria, excepcional, potenciada? Y a esto podría añadirse también un incremento compensatorio de la imagen o modelo vestibular del cuerpo... en una cuantía superior ambas a lo que habíamos supuesto o esperado.

Hubiese o no un mayor uso de la retroacción vestibular, había sin duda un mayor uso de los oídos, retroacción auditiva. Lo normal es que ésta sea subsidiaria y un poco intrascendente al hablar... El habla se conserva normal si estamos sordos debido a un resfriado, y algunos sordos congénitos pueden adquirir un dominio del habla prácticamente perfecto. Esto se debe a que la modulación del habla es normalmente proprioceptiva, se halla gobernada por impulsos que afluyen de todos nuestros órganos vocales. Christina había perdido este aflujo normal, esta aferencia, y había perdido su postura y tono vocales proprioceptivos normales, y tenía que recurrir por ello a los oídos, retroacción auditiva, como sustitutos.

Además de estas formas nuevas compensatorias de retroacción, Christina empezó a desarrollar también (fue en principio deliberado, consciente pero fue haciéndose inconsciente y automático) varias formas de «acción positiva» nueva y compensatoria (contó en todo esto con la ayuda de un personal médico de rehabilitación inmensamente comprensivo y capaz).

Así, en el momento que se produjo la catástrofe, y durante un mes después, más o menos, Christina permaneció tan inerte como una muñeca de trapo, no era capaz siquiera de mantenerse sentada erguida. Pero tres meses después me quedé estupefacto al verla sentada muy correctamente... demasiado correctamente, esculturalmente, como una bailarina sorprendida a media pose y pronto comprendí que se trataba, en realidad, de una pose, adoptada y sostenida de modo consciente o automático, una especie de posición forzada o premeditada o histriónica, para compensar la carencia constante de una postura natural auténtica. Como había fallado la naturaleza, Christina recurría al «artificio», pero el artificio lo sugería la naturaleza y pronto se convirtió en «segunda naturaleza». Lo mismo con la voz... al principio se había mantenido casi muda.

También la voz era algo proyectado, como para un público desde un escenario. Era una voz artificiosa, teatral, no por histrionismo o perversión en las motivaciones, sino porque aún no había postura vocal natural.y lo mismo pasaba con la cara, que aún tendía a mantenerse un tanto lisa e inexpresiva (aunque sus emociones interiores fuesen de una intensidad plena y normal), debido a la falta de postura y de tono facial proprioceptivo, a menos que recurriese a una intensificación artificial de la expresión (lo mismo que los pacientes con afasia pueden adoptar inflexiones y énfasis exagerados).

Pero todas estas medidas eran, como mucho, parciales. Hacían la vida posible, pero no normal. Christina aprendió a caminar, a coger un transporte público, a desarrollar las actividades habituales de la vida, pero sólo ejercitando una gran vigilancia y haciendo las cosas de un modo que resultaba extraño, y que podía descomponerse si dejaba de centrar la atención. Así, si comía mientras hablaba, o si su atención estaba en otra parte, asía el tenedor y el cuchillo con terrible fuerza, las uñas y las yemas de los dedos se quedaban sin sangre debido a la presión; pero si aflojaba un poco aquella presión dolorosa, podía muy bien caérsele el cubierto... no había punto intermedio, no había modulación alguna.

Así, aunque no había rastro de recuperación neurológica (recuperación de la lesión anatómica de las fibras nerviosas) había, con la ayuda de terapia intensiva y variada (estuvo en el hospital, o en el pabellón de rehabilitación, casi un año), una recuperación funcional muy considerable, es decir, la capacidad de funcionar utilizando varios sustitutos y otras artimañas. Christina pudo al fin dejar el hospital, irse a casa, volver con sus hijos. Pudo volver a su terminal de ordenador casera, que pasó a manejar con una eficiencia y una destreza extraordinarias, dado que había que hacerlo todo a través de la vista y no del tacto. Había aprendido a arreglárselas para seguir viviendo... pero, ¿cómo se sentía? ¿Habían eliminado los substitutos aquella sensación desencarnada de que hablaba al principio?

La respuesta es que no, en absoluto. Sigue sintiendo, con la pérdida persistente de propriocepción, el cuerpo como muerto, como algo no real, no suyo... algo que no puede apropiarse y no es capaz de encontrar palabras que expresen ese estado, Sólo puede recurrir a analogías derivadas de otros sentidos: «Tengo la sensación de que mi cuerpo es ciego y sordo a sí mismo... no tiene sentido de sí mismo». Son palabras suyas. No encuentra palabras, palabras directas, para describir esta privación, esta oscuridad (o silencio) sensorial emparentado con la ceguera ola sordera.

Ella no tiene palabras y nosotros carecemos de ellas también y la sociedad carece de palabras, de comprensión, para estados como éste. A los ciegos se los trata al menos con solicitud: podemos imaginar cuál es su estado y los tratamos de acuerdo con ello. Pero cuando Christina, torpe y laboriosamente, sube a un autobús, sólo provoca comentarios furiosos e incomprensión: «¿Qué le pasa a usted, señora? ¿Está ciega... o borracha?». ¿Qué puede contestar ella: ¿«No tengo propriocepción»? La falta de comprensión y de apoyo social es una prueba más que ha de soportar: inválida, pero con la naturaleza de su invalidez poco clara (no está, después de todo, claramente ciega o paralítica, no se le aprecia nada claramente) tienden a tratarla como a una farsante o a una estúpida. Esto es lo que les sucede a los que tienen trastornos de los sentidos ocultos (también les pasa a pacientes con insuficiencia vestibular o a los que se les ha practicado una laberintectomía).

Christina está condenada a vivir en un mundo indescriptible e inconcebible... aunque quizás fuese mejor decir un «no mundo» una «nada». A veces se desmorona... no en público, sino conmigo:

-¡Ay si pudiese sentir! -grita-. Pero he olvidado lo que es eso... Yo era normal, ¿verdad que sí? Me movía como los demás...

-Sí, claro que sí.

-No está tan claro. No puedo creerlo. Quiero pruebas.

Le muestro una película en que aparece con sus hijos, hecha unas semanas antes de la polineuritis.

-¡Sí, claro, soy yo! -dice Christina y sonríe, y luego grita- ¡Pero no puedo identificarme ya con esa chica tan agradable! Ella se ha ido, no puedo recordarla, no puedo imaginarla siquiera. Es como si me hubiesen arrancado algo, algo que estuviese en el centro de mí... eso es lo que hacen con las ranas, ¿verdad? Les quitan lo del centro, la columna vertebral, les quitan la médula... Así es como estoy yo, sin médula, como una rana... Vengan, suban aquí, vean a Chris, el primer ser humano desmedulado. No tiene propriocepción, no tiene sentido de sí misma: ¡Chris la desencarnada, la chica desmedulada!

Y se ríe descontroladamente, con un timbre de histeria. Yo la calmo:

-¡Vamos, vamos!

Pero pienso: «Tiene razón».

Porque, en cierto sentido, ella está «desmedulada», desencarnada, es una especie de espectro. Ha perdido, con el sentido de la propriocepción, el anclaje orgánico fundamental de la identidad... al menos de esa identidad corporal, o «egocuerpo», que para Freud es la base del yo: «El ego es primero y ante todo un ego cuerpo». Cuando hay trastornos profundos de la percepción del cuerpo o imagen del cuerpo se produce indefectiblemente una cierta despersonalización o desvinculación. Weir Mitchell comprendió esto, y lo describió insuperablemente, cuando trabajaba con pacientes amputados y con lesiones nerviosas durante la Guerra de Secesión estadounidense y decía en un famoso informe, seminovelado pero aun así el mejor, y fenomenológicamente el más preciso, de que disponemos, a través de su paciente médico George Dedlow:

Descubrí horrorizado que a veces tenía menos conciencia de mí mismo, de mi propia existencia, que antes. Esta sensación era tan insólita que al principio me desconcertaba profundamente. Sentía continuamente deseos de preguntarle a alguien si yo era de veras George Dedlow o no lo era; pero, como tenía clara conciencia de lo absurdo que parecería que preguntase algo así, me reprimí y no hablé de mi caso y me esforcé aun más por analizar mis sentimientos. Aquella convicción de que no era ya yo mismo resultaba a veces abrumadora y muy dolorosa. Era, en la medida en que puedo describirlo, una deficiencia del sentido egoísta de individualidad.

Christina tiene también esta sensación general (esta «deficiencia del sentido egoísta de individualidad») que ha decrecido con la adaptación, con el paso del tiempo y tiene también esa sensación de desencarnamiento específica, de base orgánica, que sigue siendo tan grave y misteriosa como cuando la sintió por vez primera. Esta sensación la tienen también los que han sufrido cortes transversales de la médula espinal... pero éstos están, claro, paralíticos; mientras que Christina, aunque «desencarnada», anda y se mueve.

Experimenta un alivio y una recuperación, breves y parciales, cuando recibe estímulos en la piel, sale fuera cuando puede, le encantan los coches descapotables, en los que puede sentir el aire en el cuerpo y en la cara (la sensación superficial, el roce leve, sólo está ligeramente deteriorado). «Es maravilloso», dice. «Siento el aire en los brazos y en la cara, y entonces sé, vagamente, que tengo brazos y cara. No es lo que debería de ser, pero es algo... levanta este velo mortal y horrible durante un rato

Pero su situación es, y sigue siendo, una situación «wittgensteiniana». No sabe que «aquí hay una mano», su pérdida de propriocepción, su desaferentación, la ha privado de su base existencial, epistémica, y nada que pueda hacer o pensar alterará este hecho. No puede estar segura de su cuerpo... ¿qué habría dicho Wittgenstein en esta situación?

Christina ha triunfado y ha fracasado a la vez de un modo extraordinario. Ha conseguido alcanzar el obrar pero no el ser. Ha triunfado en una cuantía casi increíble en todas las adaptaciones que permiten la voluntad, el valor, la tenacidad, la independencia y la ductilidad de los sentidos y del sistema nervioso. Ha afrontado, afronta, una situación sin precedentes, ha luchado contra obstáculos y dificultades inconcebibles, y ha sobrevivido como un ser humano indomable, impresionante. Es uno de esos héroes anónimos, o heroínas, de la enfermedad neurológica.

Pero aun sigue y seguirá siempre enferma y derrotada. Ni todo el temple y el ingenio del mundo, ni todas las sustituciones o compensaciones que permite el sistema nervioso pueden modificar lo más mínimo su pérdida persistente y absoluta de la propriocepción, ese sexto sentido vital sin el cual el cuerpo permanece como algo irreal, desposeído.

La pobre Christina está «desmedulada» hoy, en 1985, igual que lo estaba hace ocho años y así seguirá el resto de su vida. Una vida sin precedentes. Es, que yo sepa, la primera en su género, el primer ser humano «desencarnado».

Postdata

Christina tiene ya compañía. El doctor H.H. Schaumburg, que ha sido el primero que ha descrito el síndrome, me ha comunicado que están apareciendo gran número de pacientes en todas partes con neuropatías sensoriales graves. Los más afectados tienen alteraciones de la imagen del cuerpo como Christina. La mayoría son maniáticos de la salud, o víctimas de la moda de las megavitaminas, y han ingerido cantidades enormes de vitamina B6 (piridoxina). Así que hay ya unos centenares de hombres y mujeres «desencarnados»,... aunque la mayoría, a diferencia de Christina, pueden mejorar en cuanto dejen de envenenarse con piridoxina.


30/8/2007

Jacobo Fijman - El "otro"

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Tarde de invierno.

Se desperezan mis angustias
como los gatos;
se despiertan, se acuestan;
abren sus dedos turbios
y grises;
abren sus dedos finos
de humedad y silencios detallados.
Bien dormía mi ser como los niños
y encendieron sus velas los absurdos!
Ahora el Otro está despierto;
se pasea a lo largo de mi gris corredor,
y suspira en mis agujeros,
y toca mis paredes viejas
un sucio desaliento frío.

La esperanza juega a las cartas
con los absurdos!
Terminan la partida
tirándose pantuflas.
Es muy larga la noche del corazón.

29/8/2007

Reportaje a Jacobo Fijman: contribución a un intento de conocimiento

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La siguiente entrevista a Jacobo Fijman fue realizada y publicada por V. Z. L. -principal difusor de la obra de J. F. -en la revista Talismán , número 1, Bs. As. , mayo de 1969. Posteriormente, apareció en versión extendida en forma de libro: El pensamiento de Jacobo Fijman o el viaje hacia la otra realidad , Rodolfo Alonso Editor, Bs. As. , 1970. Véase versión publicada en 1998 en Zoopat.




En la medida que un ser humano puede ser objeto de conocimiento, y ese conocimiento compartido, señalamos luego de más de un año de entrevistas, lo que más nos ha impresionado de Jacobo Fijman. Su humor corrosivo. En el estricto sentido de humor surrealista. Su autenticidad de poeta: que trasciende hasta en sus menores gestos. Que le ha determinado estas formas de vida. Estos castigos sobre su persona. Y su bondad, más allá del olvido de quienes fueron sus amigos y compañeros de generación; más allá de los policías que lo castigaron; más allá de los jueces que lo privaron de su libertad, más allá de los psiquiatras que le descargaron sus odios y su propia enfermedad; más allá de los que supieron de su situación y nada hicieron, la enorme bondad de Jacobo Fijman, equilibrando tantas de nuestras maldades, perdonándonos.



Vicente Zito Lema




¿Cuáles son sus relaciones con los colores; y en especial con el blanco, el negro y el rojo?

Los colores centrales son el violeta y el verde. Y los periféricos son el rojo, el amarillo, el anaranjado y el azul.
Yo siento preferencia por el blanco y el negro. Me gustaba ir vestido todo de negro y con guantes blancos. Estos son los dos primeros colores nombrados en el Génesis. Separó Dios la luz de las tinieblas. . . Amo el blanco. En el palacio los reos iban vestidos de blanco. . .
El negro es melancolía. Yo vestía de negro porque no tenía por quien enlutarme. En cuanto al rojo. Ah. El accidente del aire fácilmente conjuga con el fuego. Pero el secreto es saber cuál es el accidente.

¿Cómo siente la poesía?

Es un estado de ánimo, antes de la reflexión. En cuanto a lo demás, me remito a la obra poética de Aristóteles.
Esto es un secreto de estado. Yo he tenido una infancia poética. Desde niño me llamaban el poeta.

¿Qué autores han tenido mayor influencia en su formación literaria?

En mi infancia toda la obra de Sherlock Holmes, que me sirvió después para hacerle una crítica a Dostoievsky, quien alardeaba de sus novelas psicológicas. Este trabajo se publicó en el diario Crítica, en 1927; también Lamartine, con su novela Graziella. Después de leerla, me declaré a una muchacha que tenía 20 años. Era muy hermosa. Yo un niño. También Pushkin, un negro comprado por un embajador de Pedro el Grande; de él leí La Hija del Capitán; y Victor Hugo, que me fue recomendado por un espiritista. Recuerdo también los cuentos de Callejas.
Ya de grande, ningún escritor ha tenido en mí una influencia decisiva. Aunque he leído muchísimo; especialmente a Santo Tomás de Aquino, y a todos los maestros de la patrística latina y de la patrística griega.

¿Cuál es su símbolo?

La palabra; que es símbolo. Y la cruz, el símbolo de San Atanasio.

¿Hay soberbia en el ejercicio del poder?

Sería una soberbia notable. Pero habría que juntar el poder temporal y el poder espiritual. Yo me considero un aristócrata en el concepto de virtud.

¿Hay equilibrio entre su poesía y al que le cortan la lengua por no mentir?

Sí. En primer lugar, por aquello «de que al principio fue el verbo ». Y quise dar con ello.

¿Qué valor le asiste a un asesinato?

Los asesinatos tienen el valor de que el asesino va al infierno. Es pecado de segundo modo. Primer modo es pensarlo. Segundo, el clavarle la cuchillada. En general, la decapitación es el más fácil de los métodos de matar. Y el más espantoso el estrangulamiento. Pero yo deploro los asesinatos. Ni aun justifico la muerte en las cruzadas. A los herejes simple mente habría que tenerlos encerrados.

¿Qué significan los títulos de cada uno de sus libros?

Molino Rojo recuerda la demencia, el vértigo. Yo buscaba un título para esa obra que significara mis estados. Y reparé en un molinito viejo que tenía en la cocina. De color rojo. Para moler pimienta. Y vi en ese objeto todo lo que mi poesía quería expresar.
Estrella de la Mañana, en cambio, se refiere a los estados místicos que yo había adquirido en esos años. Ya había sido bautizado, convirtiéndome a la religión católica, y quise expresar con ese título la encarnación del verbo.
En cuanto a Hecho de Estampas, yo trataba de volver a la filosofía escolástica. Y volver fundamentalmente a Aristóteles. Y en una visita al Museo del Louvre quedé impresionado por los maestros clásicos, por su pintura religiosa. Cuando luego vi unas estampas de esos cuadros religiosos, las asocié a mis poemas. De ahí Hecho de Estampas.

¿En qué medida la enfermedad mental puede influir en una obra artística?

Corelli, el músico, escribió una sonata, La Locura, después de estudiar esas enfermedades. Después de tocar la sonata, él salía a la calle a conocer a la gente. Y veía que todos estaban locos. Yo he estudiado psiquiatría. Y sé que los ciegos y sordomudos son dementes. En cuanto a mi obra, los médicos dicen que no hay en ella signos de enfermedad. Y yo lo creo, ya que no hay en mi poesía nada en contra de la gramática. En Artaud, la enfermedad influyó en contra de su obra. Pero él no podía alejarse de la locura. Porque era la locura de Satán. Si Artaud hubiera estado sano, estudiaría la escolástica. Hay que estudiar. El Conde de Lautréamont era un loco. Yo leía su obra y supe de su vida estando en Uruguay. Era un hombre pésimo. Se dedicaba a los vicios. Y hacía poesía con ello. Era un monstruo. Sólo en él había locura. Nerval en cambio era bueno. Pero se ahorcó de un farol. Le gustaban las manzanas. Lautréamont y Artaud me angustian. Su psicología es la de los vagos. Yo estaba atraído a ser como ellos, pero me salvé con la misa y los libros santos.
El sufrimiento de los viciosos no es noble. Es muy alejado al de los mártires.

¿Cómo se relaciona el hecho de ser usted violinista con su poesía?

En la medida. Mi poesía es toda medida. De una manera que la acerca a lo musical. En Molino Rojo hay una gran influencia de la sonata de Corelli La Locura. Esta sonata tiene dos formas de ejecución. «El Loco» y «La Loca»; según sea un hombre o una mujer el ejecutante. En Hecho de Estampas hay influencia de los cantos gregorianos. Y en Estrella de la Mañana la medición sigue la del latín eclesiástico.

¿Cuál es su visión de la realidad?

La realidad es el ente. Y el ideal de realidad Dios. Ente increado. No hay nada más real y más evidente que Dios.

¿Cuáles son las cosas a las que tiene mayor afecto?

No es muy fuerte mi afecto con los objetos. Además, prácticamente no tengo nada. Alguna ropa, unos libros, una pipa. . . Pero hay casas hasta donde un cuadro de Modigliani está fuera de lugar. Y amo entonces la mesa y el mantel.

¿Piensa que su obra se identifica con alguna corriente poética?

No. Está fuera de cualquier escuela literaria. Nunca seguí a nadie. Aunque espontáneamente me considero un surrealista. Los surrealistas son auténticos poetas; pero blasfeman y son satánicos. En Francia conocí a varios de ellos. Aunque ya sus caras no las recuerdo bien. Una noche nos presentamos; estaban Breton, Eluard, Desnos, venían a darme una recepción. Pero alguien o algo hizo que se apagara la luz. Y no nos pudimos dar ni las manos.
A Artaud lo conocí en un café, La Coupole, donde tomamos un vaso de vino blanco. Estuvimos a punto de pelearnos. Yo me identificaba con Dios y Artaud con el Diablo. Sin embargo le tengo aprecio. Un poeta tiene que estar al servicio de Dios. Y sino que esté al servicio del demonio.

¿Por qué dejó de publicar su poesía?

En primer lugar porque la publicación de mis obras me la tenía que pagar yo. Y apenas tenía para comer. . . Además me propuse cambiar de vida. Y me dediqué exclusivamente a la filosofía escolástica y a todos los poetas que aparecen en la patrística. Pero fundamentalmente, por miedo a perderme en la literatura y alejarme de (…)

¿Se considera un santo?

No sólo me considero, lo soy. Pero mejor no decirlo porque no lo entenderían. Para los médicos eso es enfermedad. Y ellos no saben lo que es un santo. Sólo tratan a los demás como enfermos. Se guían por los síntomas. Y otras obligaciones no tienen. En esta sociedad está prohibido ser santo. Aun por la Iglesia.

¿Cuál es el significado de esa imagen que tanto reitera en sus poemas: «la noche de los corderos»?

Hay tres noches. La primera noche corresponde a los sentidos. La segunda noche a los sentidos internos. Y la tercera noche es la del intelecto. Hay algo esencial para quien se presenta ante estas noches: la sinceridad.

Yo soy un muerto. Pero vivo en Cristo.
Los corderos significan la unidad divina. Cuando eran sacrificados en el Templo Judío, debían tener un año, para representar la unidad.
Los corderos significan la unidad divina. Cuando eran sacrificados en el Templo judío, debían tener siempre un año, para representar la unidad.
¿Quién te enseñó la física? Los egipcios. ¿Quién te enseñó la magia? Los caldeos. ¿Pero quién te enseñó el misterio de la unidad divina? El pueblo de Israel.

¿Tiene miedo de la muerte?

Ningún miedo. El que hace la vía ya no tiene miedo. Además ya lo he dicho; me considero un muerto. Un muerto en vida. Vivo en Cristo. Todas las enfermedades ya están en potencia. Simplemente se hacen visibles en el momento de morir.

¿La Biblia es un texto poético?

La Biblia es un libro de Dios. Y no tiene fondo. Aunque realmente el Apocalipsis es un poema terrible.

¿Para qué escribe?

Lo hago para que mis actos se ordenen a Dios. Buscando la verdad y no la oscuridad. Y escribo para Dios y para mi perfección. Y Dios sencillamente lo aprueba. Y esto dicho en lengua baja. Para que todos me entiendan.

¿Para qué pinta?

Entre mi pintura y mi poesía hay una misma mano. Las mismas concepciones. De niño me dijeron que sería un gran pintor. Y entonces quemé todo. Ahora lo hago para perfeccionar mis sentidos, externos e interiores. Sólo de esa forma es válido pintar y escribir. Y hasta que los que se dicen pintores y escritores no lo entiendan, deberían dejar esas cosas. Porque están mintiendo. El arte tiene que volver a ser un acto de sinceridad.

¿Cómo ve esta ciudad?

Esta es una ciudad que no es buena. Es realmente mala. Corrupta. Llena de gente depravada. Hay una falta absoluta de moralidad. Es una ciudad hipócrita. Hasta parece que fuera la hipocresía su estado natural.

¿Qué motivó su conversión de judío a católico?

No es conversión de judío a católico. Es simplemente la aceptación de la religión católica, apostólica y romana.
Porque lo de judío no se pierde. Esta conversión es una concepción de la gracia. Porque Dios seguramente ha encontrado méritos para convertirme. Para concederme ese conocimiento y esa fe.

¿Ha sufrido castigos?

Sí. Pero no me quejo. ¿Quién se podría quejar luego de la pasión de Cristo? Hace ya de esto muchos años. Yo era joven. Una tarde estaba como extasiado, y un Apolonio, entrerriano, me llamó y me dijo: vamos a caminar. Nos pusimos a caminar, y cuando llegamos a una esquina de la Comisaría 4°, no recuerdo cuál era, o cuál es ahora, mi amigo me empujó contra el vigilante. Vaya a saberse si era por una broma o qué sería. . . Y entonces el vigilante me dio un golpe con esa vara que llevan. En la sien izquierda y otro en la sien derecha. Luego me llevaron al interior de la Comisaría, me estiraron en el suelo, y me golpearon con las varas. Me golpearon en las rodillas, en las manos, en la cabeza. Es completamente milagroso el estado mío, de que aún esté vivo. Después me desnudaron, me pusieron en un calabozo. Por la mañana, ellos deben haber avisado a mis padres, que todavía vivían. Y me sacaron de la Comisaría. Eso fue todo. Eso, y que les dije que era el Cristo Rojo. Lo sentía como una cosa cierta. Acaso no enseña San Pablo «ser como otro Cristo». Y mi intención era presentarme como un Cristo revolucionario. Por eso lo de Rojo. Mi grito «yo soy el Cristo Rojo» fue mi única respuesta a los golpes. Y me quedé quieto contra la pared .

¿Por qué está internado en este sitio?


Según los médicos debido a que estoy enfermo. Trastornos mentales. Yo creo sin embargo que la mayoría de la gente padece de trastornos mentales, incluso los propios médicos. ¿O acaso la mayoría de los que están en los almacenes y en las tiendas es gente de razón? ¡Ninguna! Y los médicos por ejemplo, el que más o el que menos padece de psicosis. ¿Y es que alguien sabe lo que es el alma, lo que es el intelecto? Pero así como hay muchos delincuentes que han cometido delitos, y trabajan y no los tocan para nada, también una persona por más loca que fuera, si trabaja no la internan. Cuando a mí me internaron, hacía más de una semana que estaba en la calle, sin comer, sin dormir. Me llevaron en ese estado desfalleciente a Villa Devoto, me tuvieron dos días, y luego me trajeron aquí. Eso fue en el año 1942. Me aplicaron el electroshock. Se ve que querían sacarme la enfermedad del cuerpo. Pero yo no me quejo. De qué tendría que quejarme. Los médicos son buenos. Hacen lo que pueden. Recetan, dan consejos. . . Y además, si me fuera de acá, ¿adónde iría? No tengo nada. No tengo a nadie.

¿Cómo ubica su obra en relación al momento social y cultural en que fue escrita?

Molino Rojo aparece en el momento en que se está preparando la revolución contra Yrigoyen. Las hijas de Ortiz fueron mis discípulas, en las clases que yo tenía como profesor de francés. Culturalmente no existía nada. Sólo el movimiento Martín Fierro. Era una época de pobreza atroz. Yo vivía simplemente por casualidad. Mi casa estaba cerca de la de Gardel, quien me quiso sobornar para que hablara bien de él. Una vez me balearon desde la Escuela Militar, Pienso si mi internación no habrá sido una medida divina para que no me mataran. Amaba el ruido de las balas más que la novena sinfonía. Molino Rojo tenía un título que atrapaba a los anarquistas y socialistas. Reaccionaban instantáneos ante el color rojo. Se notaba en la ciudad un estado de demencia general. Y en Molino Rojo desde luego hay una intención que empieza por la demencia; uno de esos poemas dice: «Demencia, el camino más alto y más desierto. . . »
Cuando escribí Hecho de Estampas estaba en París. Allí había guerra entre los monárquicos y los otros partidos. En el fondo todos eran unos vagos. Y creo que por entonces y en esa ciudad, estaba prácticamente prohibido ser católico.
Estrella de la Mañana corresponde a la época más oscura que yo he conocido en este país. La gente era perseguida de la manera que ha sido establecida en el Apocalipsis.

¿Cuál es esa demencia que se invoca en su poesía?

Es la demencia en sentido total. Hay formas que obedecen a los nervios centrales. Y otras a los nervios periféricos.
Y puede ser también un castigo. El que va a nacer elige ser bueno o malo. Eso también pasa hasta con las vacas. Ahora bien, la mayoría de los dementes tiene la médula desviada. Cualquier enfermedad, aun el cáncer, es estado de locura. Los médicos tendrían que seguir realmente las enseñanzas de Hipócrates, que hasta curaba con el fuego. Y hay incluso gente que se alegra de estar loca. La demencia debe ser vista desde un punto de referencia moral. Y a esa pobre gente que está en este hospicio, habría que darle buena comida; la comida es mala. Enseñarles a sentarse en la mesa, a no robar, a no blasfemar. Y cambiar fundamentalmente la higiene. En mi poesía invocaba la locura. Aquí se conoce la locura. Ya estaban anunciados mis sufrimientos. Yo soy el Jacobo Fijman que aparece en los textos de Notredamus. Y ese día vi como un puñal. Y me dije: «quién sabe lo que van a creer de mí; quién sabe lo que van a hacer de mí ». Pero yo nunca he querido ser dictador. Ni matar a nadie. Soy un santo.

¿Se siente un enfermo mental?

No. Rotundamente. No. En primer lugar porque tengo intelecto agente y paciente. Y mis obras prueban que no sólo soy hombre de razón, sino de razón de gracia.
A pesar de este sitio, que como cualquiera se dará cuenta, no es el más adecuado para trabajar, he continuado en mi tarea, escribir poesía. Y es mi razón la que hace que entienda fácilmente las cosas sobrenaturales.
Los médicos no entienden esas cosas. Se portan fácilmente bien. Pero no pueden ser lo que no son. Simplemente toman la temperatura de la piel. Dan pastillas, inyecciones, como si se tratara de un almacén. Y olvidan que en el fondo es una cuestión moral. Y es que no conozco a nadie que pueda entender la mente. Sin embargo no los odio. Hacen lo que pueden. Lo terrible es que nos traen para que uno no se muera por la calle. Y luego todos nos morimos aquí.


Aporte de Carlos Artusa




24/8/2007

Plauto - Tumba familiar

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Plauto - Anfifruo - Comedia (fragmento)

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Única comedia plautina de tema mitológico, Anfitruo es una comedia que trata el tema del nacimiento de Hércules. Zeus, enamorada de Alcmena, se aprovecha de la ausencia de Anfitrión, su marido, para suplantarle en una noche milagrosamente larga. Pero Alcmena, fecundada con anterioridad, da a luz a dos niños en un solo parto: Hércules, hijo de Zeus, e Ificles, hijo de Anfitrión. Aquí tenemos el principio de la obra.


Acto 1 . Escena I

Sosias.- (Vestido de viaje, entra por la izquierda con una linterna en la mano) ¿Hay algún hombre más audaz o más temerario que yo, que, conociendo como conozco las costumbres de nuestra juventud, se atreva a pasear solo en plena noche?; ¿qué haría yo si los tresviros me metieran en la cárcel? Mañana, enseguida me sacarían de la despensa para azotarme. No me dejarían decir nada para defenderme; mi amo tampoco me serviría de ayuda y todos, sin excepción, creerían que lo tenía bien merecido. Mientras tanto, pobre de mí, ocho hombres forzudos golpearían mi espalda como si fuese un yunque. Éste sería el recibimiento público que tendría al regresar del extranjero. Y todo por culpa de la impaciencia de mi amo que me ha ordenado venir del puerto, en contra de mi voluntad, a altas horas de la noche. ¿No podía enviarme de día para hacer este recado? Servir al poderoso es muy pesado y el esclavo de un rico es muy digno de lástima; de noche y de día, continuamente, siempre hay algo por hacer o para decir, de modo que nunca se puede descansar. En cuanto a tu poderoso dueño, exento de trabajos y de fatigas, piensa que todo lo que a un hombre se le pasa por la cabeza es factible. Lo considera razonable y nunca se para a reflexionar sobre las fatigas que ocasiona, ni considera si es justo, o no, aquello que manda hacer. Por esto, el ser esclavo comporta el sufrir tantas injusticias. Siempre hay que llevar y aguantar esta carga con esfuerzo.

Mercurio.- Yo sí debería quejarme también, en contra de la esclavitud. Hoy todavía era libre y mi padre me ha reducido a ella. Éste, que es esclavo de nacimiento, es quien se queja.

Sosias.- Soy una porquería de esclavo. ¿Ni siquiera se me ha ocurrido dar gracias a los dioses, a mi regreso, e invocarles por todos los favores que me han concedido? ¡Por Pólux!, si quisieran recompensarme tal como merezco, me enviarían algún valentón para romperme la cara, cuando yo llegase, porque ni he sabido agradecer ni he tenido en cuenta el bien que me han hecho.

Mercurio.- (Aparte) Éste no es como los demás; sabe hacerse justicia.

Sosias.- Lo que ni yo, ni ninguno de mis conciudadanos hubiéramos creído nunca que ocurriría, ha ocurrido: que regresáramos nuevamente a casa, sanos y salvos. Nuestras legiones victoriosas regresan a su patria, una vez el enemigo ha sido vencido, después de haberse extinguido la mayor de las guerras, de haber sido aniquilado el mayor adversario. La ciudad que infligió al pueblo tebano tantos sufrimientos prematuros gracias al valor y al coraje de nuestros soldados, ya la vemos vencida y conquistada y, en especial, gracias al mando y a los auspicios de mi dueño Anfitrión; él es quien ha enriquecido a sus compatricios con el botín, con tierras y gloria y quien ha consolidado en su trono a Creonte, el rey de Tebas. Me ha hecho venir del puerto a su casa para que hiciese saber a su esposa cómo se ha esforzado al servicio del interés común, con su conducta, su mando y sus auspicios. Y ahora he de ver de qué modo voy a decírselo cuando llegue allí. Si le digo mentiras, obraré como de costumbre. Cuando todos estaban luchando con mayor empuje, con mayor empuje yo también huía. Pero haré como si hubiese estado en la batalla y le contaré lo que he oído decir. No obstante, me hace falta ver en qué términos he de expresarme durante la narración. Antes quiero ensayarlo un poco aquí, ante mí mismo. Comenzaré así:

Vencemos por la fuerza al orgulloso enemigo. Pero, a pesar de todo, ninguno de ellos huye ni retrocede sin luchar con bravura; se dejan arrebatar la vida antes que ceder un palmo de su terreno. Cada uno yace muerto en su puesto, manteniendo su fila. Viendo esto, Anfitrión, mi dueño, ordena que la caballería ataque por la derecha. Los caballeros obedecen rápidos y, por la derecha, se hunden entre los enemigos con enormes gritos y con gran ímpetu. Disuelven y aplastan las fuerzas del adversario, en justa venganza por las injurias sufridas.

Mercurio.- (Aparte) Hasta ahora, no ha dicho ninguna palabra al revés, porque yo estaba allí, con mi padre, durante el combate.

¡Atención! Éste va a venir hacia aquí y yo le saldré al encuentro. No permitiré que, durante el día de hoy, este hombre se acerque a la mansión. Como que tengo su aspecto, es seguro que voy a dejarle sin aliento; y, ya que he tomado su aspecto y su condición, conviene que también me porte como él y tenga el mismo carácter. Necesito, por tanto, ser malicioso, pillo, enormemente astuto, armarme con sus propias armas y, con malicia, alejarle de la puerta. Pero, ¿qué ocurre? ¿Está contemplando el cielo? Iré a ver qué pasa.

Sosias.- ¡Sí, por Pólux! Si existe alguna cosa que yo crea o que conozca con certeza, me parece que anoche, Nocturno estaba ebrio cuando se fue a dormir; porque las siete estrellas de la Osa Menor no hacen movimiento alguno en el cielo, ni la luna se ha movido de allí de donde salió, ni Orión, ni el Véspero, ni las Pléyadas se ponen todavía. Las constelaciones están siempre fijas en un determinado lugar y, en ninguna parte, la noche deja su lugar al día.

Mercurio.- (Aparte) Continúa, por favor, Noche, tal como has empezado; sé favorable a mi padre. Haces del modo mejor para el mejor, el mejor de los servicios; te comportas estupendamente en tu trabajo.

Sosias.- Creo no haber visto otra noche más larga, salvo aquélla en que, después de ser azotado, quedé colgado, de la noche a la mañana. Pero, ¡por Pólux!, ésta es aún mucho más larga que la otra. ¡Por Pólux!, estoy seguro de que el Sol se halla durmiendo todavía y que debe de haber bebido algo más de la cuenta. No me extrañaría que se hubiese regodeado más de la cuenta, durante la cena.

Mercurio.- (Aparte) ¡Ah, bellaco! ¿Crees que los dioses son como tú? ¡Por Pólux, te haré pagar todas tus insolencias y tus obras, granuja! Ven, solamente hasta aquí, si quieres; te juro que no te saldrá del todo bien.

Sosias.- ¿Dónde están estos libertinos que no les gusta dormir solos? He aquí una noche excelente para dar trabajo a esas bellezas que cuestan tan caro.

Mercurio.- (Ídem) Mi padre, tal como éste dice, hace bien estando acostado en los brazos de Alcmena, su amada, y satisfaciendo sus pasiones.

Sosias.- Bueno, voy a hacer saber a Alcmena lo que mi amo me ha encargado. Pero, ¿quién es este hombre que veo delante de la casa, a esas horas de la noche? No me hace ninguna gracia.

Mercurio.- (Ídem) No hay nadie más cobarde que él.

Sosias.- ¡Ya lo sé! Este hombre quiere hoy volverme a tejer la capa.

Mercurio.- (Ídem) ¡Uf!, tiene miedo. Voy a reírme de él.

Sosias.- ¡Estoy perdido, me pican los dientes! Seguro que, a mi llegada, me acogerá con un recibimiento pugilístico. Tiene buen corazón, por lo que veo; ya que mi amo me ha hecho velar toda la noche, él, con sus puños, hará que hoy pueda dormir. ¡Soy hombre muerto! ¡Piedad! ¡Por Hércules, qué grande y qué forzudo es!

Mercurio.- (Ídem) Hablaré en voz alta, delante de él. Así podrá oír lo que yo digo y, de esta manera, sentirá mucho más terror. (Hablando en voz alta) ¡Preparaos, puños! Tiempo ha que no habéis dado pitanza a mi estómago. Parece como si hubiera transcurrido un siglo desde el día en que dejasteis dormidos a aquellos cuatro jóvenes, todos desnudos.

Sosias.- (Aparte) Me da un miedo terrible pensar que hoy voy a cambiar de nombre; dejar de ser Sosias para convertirme en Quinto. Dice haber puesto fuera de combate a cuatro hombres; me temo que voy a aumentar el número.

Mercurio.- ¡Bien! ¡Bien! ¡Así es como lo quiero!

Sosias.- (Aparte) Se ciñe la túnica. No hay duda, se está poniendo en forma.

Mercurio.- (Aparte) No saldrá de ésta sin haber cobrado.

Sosias.- (Aparte) ¿Quién?

Mercurio.- (Aparte y dando gritos) Al primero que venga por aquí, le haré tragar mis puños.

Sosias.- (Aparte) Muchas gracias. No me gusta comer tan tarde, por la noche; no hace mucho que he terminado de cenar. Vale más que esta cena la ofrezcas, si sabes, a los que están hambrientos.

Mercurio.- (Aparte) He aquí un puño que tiene un buen peso.

Sosias.- (Aparte) ¡Soy hombre muerto! Sopesa sus puños.

Mercurio.- (Aparte) ¿Cómo le resultaría si le diera una caricia para dormirle?

Sosias.- (Aparte) Me salvarías. Durante tres noches no he podido pegar ojo.

Mercurio.- (Aparte) Muy mal. No es así como debe hacerse. Mi mano no aprende del todo bien a golpear una mandíbula. Es necesario que cambie el rostro totalmente, una vez le haya rozado con el puño.

Sosias.- (Aparte) Este hombre va a dejarme nuevo y me volverá a modelar la cara.

Mercurio.- (Aparte) No ha de quedar un solo hueso en el rostro, si sabes golpear al hombre como es debido.

Sosias.- (Aparte) Parece que quiere deshuesarme como a una murena. ¡Salga de aquí este deshuesador de hombres! Si me llega a ver, muerto soy.

Mercurio.- (Aparte) ¡Algún hombre huele, por su desgracia!

Sosias.- (Aparte) Pero, ¿he dejado escapar algún olor?

Mercurio.- (Aparte) No debe estar muy lejos; aunque si viene de lejos.

Sosias.- (Aparte) Este hombre es un brujo.

Mercurio.- (Aparte) Los puños se me encolerizan.

Sosias.- (Aparte) Si quieres probarlos contra mí, te lo ruego, pruébalos antes contra la pared.

Mercurio.- (Aparte) Una voz ha volado hasta mis oídos.

Sosias.- (Aparte) ¡Cuán desgraciado he sido, al no cortarle las alas! Tengo una voz voladora.

Mercurio.- (Aparte) Este hombre viene hacia mí en su acémila, y busca su desgracia.

Sosias.- (Aparte) ¿Yo? No tengo ninguna acémila.

Mercurio.- (Aparte) Será necesario cargarle bien con los puños.

Sosias.- (Aparte) ¡Por Hércules!, aún me siento fatigado del viaje en la nave y me siento mareado. Si apenas puedo andar sin carga, no vayas a creer que podré andar cargado.

Mercurio.- (Aparte) Ahora sí que es seguro; no sé quién habla por aquí.

Sosias.- (Aparte) Estoy salvado. No puede verme. Él dice que ha hablado "No sé quién", y mi nombre es, sin duda alguna, Sosias.

Mercurio.- (Aparte) Me parece que hay alguna voz, a mi derecha, que ha venido a darme en la oreja.

Sosias.- (Aparte) Tengo miedo de que éste no me atice a mí, hoy, en lugar de atizar a la voz que le ha dado.

Mercurio.- (Aparte) ¡Qué bien, ahora viene hacia aquí!

Sosias.- (Aparte) Tengo miedo y estoy cansado. ¡Por Pólux!, si alguien me lo preguntara, no sabría decirle en qué lugar del mundo estoy. ¡Pobre de mí! El miedo no me deja, ni siquiera, moverme. ¡Ya se acabó! Sosias se ha perdido, junto con los encargos de su amo... Pero, no, voy a hablarle plantándole cara, para dar la impresión que se trata de un valiente; quizá, de esta manera, no se atreva a tocarme.

Mercurio.- (A Sosias) ¿Adónde vas tú, que llevas a Vulcano encerrado en el cuerno?

Sosias.- ¿Por qué lo preguntas, tú que con los puños deshuesas la cara de los hombres?

Plauto, Anfitruo,A.I,E.1



Plauto - Primeras ediciones originales

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Plauto - Aulularia, Comedia - Fragmentos

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Esta obra gira en torno al personaje Euclión, pobre anciano que ha encontrado una olla llena de oro enterrada por su abuelo y que se ve, de pronto, inquietado por el deseo de ocultarla para que no se la roben. La intriga es doble, presentándonos a Fedra, su hija, violada por Licónides. Estas dos historias terminan convergiendo provocando los típicos malos entendidos de una comedia de enredo Aquí nos encontramos a Licónides confesando su crimen, la violación, a Euclión y a éste creyendo que le habla del robo de su olla llena de oro.

Acto IV - Escena X

Euclión.- ¿Quién está hablando por aquí?

Licónides.- Soy yo, un desgraciado.

Euclión.- Yo sí lo soy, y terriblemente arruinado; yo, que ando abatido por tantos males y pesares.

Licónides.- Ten buen ánimo.

Euclión.- ¿Y cómo podría animarme?

Licónides.- De esto que te tiene tan preocupado, yo soy el culpable. Lo confieso.

Euclión.- ¿Qué oigo?

Licónides.- La verdad.

Euclión.- ¿Qué daño te causé yo, joven, para que obraras así y nos echaras a perder, a mí y a los míos?

Licónides.- Un dios me empujó a hacerlo. Él me arrastró hacia ella.

Euclión.- ¿Cómo?

Licónides.- Reconozco que obré mal y sé que soy culpable. Por esto vengo a rogarte que, benignamente, sepas concederme el perdón.

Euclión.- ¿Cómo has podido atreverte a tocar lo que no era tuyo?

Licónides.- ¿Qué se puede hacer? El mal ya está hecho. No es posible hacer nada más. Creo que así lo quisieron los dioses, puesto que sin su voluntad la cosa no hubiese sucedido; de eso estoy seguro.

Euclión.- Yo también estoy seguro de que los dioses quieren que te deje morir bien atado, en mi casa.

Licónides.- No hables así.

Euclión.- Pues, ¿por qué la tocabas sin permiso? Era mía.

Licónides.- Lo hice por culpa del amor y del vino.

Euclión.- ¡Ah, gran desvergonzado! ¿Con semejante discurso te has atrevido a venir, imprudente? Si esto es ley, y con esto pudieras excusarte, podríamos ir a robar las joyas de las señoras, en plena luz del sol. Después, si nos cogían, nos excusaríamos diciendo que lo hacíamos impulsados por la embriaguez o el amor. Demasiado baratos deben costar el vino y el amor, si el borracho y el amante pueden satisfacer, a su gusto, todos los caprichos.

Licónides.- Pero si he venido por propia voluntad a pedirte perdón por mi locura.

Euclión.- No me gustan los hombres que, cuando ya han hecho el mal, suelen venirte con excusas. Tú sabías muy bien que no era tuya. No debiste tocarla para nada.

Licónides.- Puesto que me he atrevido a tocarla, no te pido más que el poderla conservar, por encima de todo.

Euclión.- ¿Conservarla, a pesar mío y siendo mía?

Licónides.- No deseo obtenerla, en contra de tu voluntad, pero creo que ella me pertenece. Además, Euclión, al punto vas a convencerte de que conviene que ella sea mía.

Euclión.- ¡Sí, por Hércules! Yo te llevaré enseguida junto al pretor y le diré que te abra un proceso, si no me la devuelves.

Licónides.- ¿Yo? ¿Qué tengo que devolverte?

Euclión.- Lo mío que me has robado.

Licónides.- ¿Que yo he robado algo tuyo? ¿Dónde? ¿De qué se trata?

Euclión.- (Irónicamente) ¡Quiérame bien Júpiter, de modo que tú no lo sepas!

Licónides.- Si no me dices lo que pides...

Euclión.- Hablo de la olla de oro, esto es lo que pido; aquella olla que tú mismo has dicho que habías robado.

Licónides.- ¡Por Pólux, yo no he dicho ni hecho semejante cosa!

Euclión.- ¿Dices que no?

Licónides.- Ya lo creo. Digo que no, una y mil veces. Nada sé, ni he oído hablar tampoco del oro, ni de la olla que dices.

Euclión.- Veamos. Aquélla que te has llevado del bosque de Silvano. Devuélvemela y estaría de acuerdo en dividirla contigo, mitad y mitad. Aunque seas un ladrón, no me disgustas. ¡Vamos, devuélvela!

Licónides.- Tú estás loco, tratándome de ladrón. Creía, Euclión, que estabas al corriente de otra cuestión que me con cierne a mí. Sobre ella, quiero hablarte con toda tranquilidad, si tienes tiempo.

Euclión.- Dime con toda sinceridad, ¿no has robado el oro?

Licónides.- No, con sinceridad lo digo.

Euclión.- ¿Y no sabes quién lo ha robado?

Licónides.- No, y también lo digo sinceramente.

Euclión.- Si supieses quién la ha robado, ¿me lo dirías?

Licónides.- Te lo diría.

Euclión.- ¿No aceptarías tampoco una parte del que la tiene, ni encubrirías al ladrón?

Licónides.- No, tampoco.

Euclión.- ¿Y si me engañas?

Licónides.- Entonces, que Júpiter haga conmigo lo que quiera.

Euclión.- Bueno, ya tengo bastante. Ahora, dime lo que querías decirme.

Licónides.- Por si no nos conoces, ni a mí ni a mi familia, aquí vive mi tío (señalando la casa de Megadoro). Mi padre era Antímaco y yo me llamo Licónides. Mi madre es Eunomia.

Euclión.- Ya conozco esta familia. Pero me gustaría saber qué quieres.

Licónides.- Tú tienes una hija.

Euclión.- Sé, está en casa.

Licónides.- La has prometido, según creo, a mi tío.

Euclión.- Veo que estás enterado.

Licónides.- Pues bien, me ha enviado a decirte que él renuncia a ella

Euclión.- ¡Renuncia, cuando ya todo está a punto y la ceremonia también está preparada! ¡Que todos los dioses y diosas inmortales le pierdan! Por su culpa, yo he perdido hoy todo aquel oro.

Licónides.- Tranquilízate y no digas esas palabrotas. Ahora, para que todo vaya a salir bien para ti y para tu hija, di: "¡Así lo quieran los dioses!"

Euclión.- ¡Así lo quieran los dioses!

Licónides.- Y así lo quieran los dioses también para mí! Pero escucha. No hay ningún hombre, por poco que valga, que no sienta vergüenza por una falta que haya cometido y no quiera justificarse. Por todo lo que más quieras, Euclión, si en mi locura hice algo malo contra ti o contra tu hija, perdónalo Y dámela por esposa, tal como manda la ley. Ya lo reconozco; abusé de tu hija en la víspera de la fiesta de Ceres: el vino, la fuerza de la juventud.

Euclión.- ¿Qué oigo? ¡Qué mala noticia!

Licónides.- ¿Por qué te quejas? Yo he hecho que seas abuelo en las bodas de tu hija. Porque tu hija ha dado a luz, al cabo de nueve meses. Haz cuentas. Por esto, mi tío ha renunciado a ella en mi favor. Entra y podrás ver si es verdad todo cuanto te digo.

Euclión.- ¡Estoy completamente perdido! ¡Tantas desgracias se vienen uniendo a mi desgracia! Entraré para ver qué hay de verdad en todo esto.

Licónides.- enseguida vengo. (Solo). La cosa parece que ha llegado ya a puerto seguro. Pero no sé dónde debe estar mi esclavo Estróbilo. Tendré que aguardar aquí un rato, después voy a ir adentro, con Euclión. Mientras tanto, él podrá informarse por boca de la vieja nodriza que sirve a la hija: ella lo sabe todo.

Plauto,Aulularia,A.IV,E.X

23/8/2007

Rafael Cadenas - Poema

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1. Lo que miras a tu alrededor
no son flores, pájaros, nubes,
sino
existencia.

No, son flores, pájaros, nubes.

* * *

2. ¿ Quién es ese que dice yo
usándote
y después te deja solo?

No eres tú,
tú en el fondo no dices nada.

Él es sólo alguien
que te ha quitado la silla,
un advenedizo
que no te deja ver,
un espectro
que dobla tu voz.

Míralo
cada vez que asome el rostro.

* * *

3. Matrimonio

Todo, habitual,
sin magia,
sin los aderezos que usa la retórica,
sin esos atavíos con que se suele recargar el misterio.

Líneas puras, sin más, de cuadro clásico.
Un transcurrir lleno de antigüedad,
de médula cotidiana,
de cumplimiento.
Como de gente que abre a la hora de siempre.

* * *

4. Tú
dependes
pero
¿lo sabes
a fondo,
con tu cuerpo,
lo puedes vocear,
se ha vuelto carne fascinada?

* * *

5. Quién es ese que dice yo
usándote
y después te deja solo?

No eres tú,
tú en el fondo no dices nada.

Él es sólo alguien
que te ha quitado la silla,
un advenedizo
que no te deja ver,
un espectro
que dobla tu voz.

Míralo
cada vez que asome el rostro.

* * *

6. ¿Quién deja de oponerse?
¿Quién se sale del juego?
¿Quién se vive en el vacío?
¿Quién hace del desabrigo refugio?
¿Quién se disuelve en el percibir?
¿Quién se expone sin arrimo al descampado?
¿Quién abandona el trajín por la hora solitaria?
¿Quién puede comer con tenedores de absoluta piedad?
¿Quién accede a trocar su día por un rostro que no ha de ver?

En Gestiones, Caracas, 1992


W. G. Sebald - Para qué sirve la literatura
Historia de una ciudad

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En el 2001, poco antes de morir en un accidente de auto, W. G. Sebald fue invitado a inaugurar la Casa de la Literatura de Stuttgart. Lo que sigue –mezcla de historia, autobiografía y reflexión sobre la utilidad de la literatura– es el texto completo de su discurso, hasta hoy inédito en castellano.

Todavía puedo vernos en los días previos a la Navidad de 1949, en nuestro living en lo alto del Engelwir Inn, en Wertach. Mi hermana tenía entonces ocho años, yo cinco, y ninguno de los dos se había acostumbrado realmente a nuestro padre, quien, desde su regreso de un campo de prisioneros de guerra francés, en febrero de 1947, había estado trabajando en el pueblo de Sonthofen como gerente (como él decía) y sólo pasaba en casa desde el sábado hasta el domingo a mediodía. Ante nosotros, abierto sobre la mesa, el nuevo catálogo de compras por correo Quelle, el primero que yo veía, con lo que me parecía un surtido de productos de cuento de hadas, del que durante la tarde, luego de largas discusiones en las que nuestro padre dio rienda suelta a su costado sensible, se decidió encargar un par de pantuflas de pelo de camello con broches de metal para cada uno de nosotros, los niños. Creo que los cierres relámpago seguían siendo bastante infrecuentes por entonces.

Pero además de las pantuflas encargamos un juego de cartas llamado Cuarteto de Ciudades, basado en fotos de las ciudades de Alemania, y lo jugamos a menudo durante los meses de invierno, ya cuando nuestro padre estaba en casa, ya con algún otro visitante que oficiara de cuarto jugador. ¿Tienes Oldenburg?, preguntábamos. ¿Tienes Wuppertal? ¿Tienes Worms? Aprendí a leer gracias a esos nombres, que nunca antes había escuchado. Recuerdo que debió pasar largo tiempo antes de que pudiera imaginarme algo acerca de esas ciudades –tan distinto sonaban respecto de los nombres locales de lugares como Kranzegg, Jungholz y Unterjoch– que no fueran las vistas que mostraban las cartas del juego: la gigantesca Roland de Bremen; la Porta Nigra, en Trier; la Catedral de Colonia; la Crane Gate en Danzig; las casas elegantes alrededor de una amplia plaza en Breslau.

En realidad, en Cuarteto de Ciudades, tal como lo reconstruyo en mi memoria, Alemania aún estaba indivisa –en aquel entonces, por supuesto, yo ni pensaba en eso–, y no sólo indivisa sino intacta, ya que las fotos de las ciudades, todas de un uniforme marrón oscuro, que a tan temprana edad me dieron la impresión de una patria tenebrosa, mostraban a todas las ciudades de Alemania sin excepción como habían sido antes de la guerra: los intrincados faldones debajo de la ciudadela del Burgo de Nürnberger; las casas entramadas con madera de Brunswick; la puerta Holsten de la vieja ciudad de Lübeck; las terrazas de Zwinger y Brühl, en Dresde.

El Cuarteto de Ciudades marcó no sólo el comienzo de mi carrera de lector sino el principio de mi pasión por la geografía, que irrumpió enseguida después de comenzar la escuela: un deleite en la topografía que se volvió cada vez más compulsivo a medida que se desarrollaba mi vida y al que he dedicado horas interminables inclinado sobre atlas y folletos de toda clase. Inspirado por el Cuarteto de Ciudades, pronto encontré a Stuttgart en un mapa. Vi que, comparada con otras ciudades alemanas, no estaba demasiado lejos de nosotros. Pero no podía imaginarme un viaje hacia allí, como tampoco pensar en el aspecto que pudiera tener la ciudad misma, ya que cada vez que pensaba en Stuttgart lo único que podía ver era la foto de la Estación Central de Stuttgart en una de las cartas del juego: un bastión de piedra natural diseñado por el arquitecto Paul Bonatz antes de la Primera Guerra Mundial, como me enteraría después, y completado apenas la guerra terminó, un edificio que en su arquitectura brutalmente angulada ya anticipaba en alguna medida lo que vendría, incluso quizá, si se me permite un salto mental tan caprichoso, anticipaba las pocas líneas escritas por una escolar inglesa de cerca de quince años (a juzgar por la torpeza de su escritura), de vacaciones en Stuttgart, a cierta señora J. Winn de Saltburn-by-the-Sea, en el condado de Yorkshire, en el dorso de una tarjeta postal que cayó en mis manos a fines de los años ‘60 en una tienda del Ejército de Salvación de Manchester, y que muestra otros tres altos edificios de Stuttgart así como la estación ferroviaria de Bonatz, curiosamente desde el mismo punto de vista que nuestro juego del Cuarteto de Ciudades, perdido tanto tiempo atrás. Betty, pues ése era el nombre de la chica que pasaba el verano en Stuttgart, escribe el 10 de agosto de 1939, apenas tres semanas antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, mientras mi padre ya estaba acercándose a la frontera entre Polonia y Eslovaquia con su convoy ferroviario, que la gente de Stuttgart es muy amistosa y que ha estado “paseando, tomando sol y visitando lugares, yendo a una fiesta de cumpleaños alemana, al cine y a un festival de la Juventud Hitleriana”.

Compré esa postal, con la imagen de la estación de tren y el mensaje en el dorso, en una de mis largas caminatas por la ciudad de Manchester, antes de conocer Stuttgart. En tiempos de posguerra, cuando yo crecía en el Allgäu, no se viajaba mucho, y cuando se hacía una excursión, en esa época en que el “milagro económico” empezaba, se iba en ómnibus al Tirol, a Voralrberg o, como mucho, a Suiza. Nadie solicitaba excursiones a Stuttgart ni a ninguna de las otras ciudades que aún lucían tan gravemente dañadas, de modo que hasta que dejé mi tierra natal, a la edad de 21 años, Stuttgart siguió siendo para mí una tierra desconocida, remota y signada por algo que no estaba del todo bien.

En mayo de 1976 bajé por primera vez del tren en la estación de Bonatz, pues alguien me había dicho que el pintor Jan Peter Tripp, con el que había ido a la escuela en Oberstdorf, vivía en la Reinsburgstrasse de Stuttgart. Recuerdo la visita que le hice como un acontecimiento notable, porque al mismo tiempo que sentía una admiración inmediata por el trabajo de Tripp, se me ocurrió que yo también querría algún día hacer algo más que dar conferencias y dictar seminarios. Aquella vez Tripp me regaló uno de sus grabados, en el que el juez insano Daniel Paul Schreber aparecía con una araña en su cráneo –¿hay algo más terrible que las ideas que siempre se escabullen de nuestras mentes?–, y de ese grabado deriva mucho de lo que he escrito desde entonces, incluso en mi manera de proceder: adherir a la perspectiva histórica exacta, inscribir con paciencia y reunir cosas aparentemente dispares, a la manera de una naturaleza muerta.

Desde entonces he estado preguntándome qué conexiones invisibles determinan nuestras vidas y cómo se enhebran los hilos. Por ejemplo, qué une mi visita a la Reinsburgstrasse con el hecho de que en los años inmediatamente posteriores a la guerra fuera la sede de un campo para personas así llamadas desplazadas, un lugar requisado el 20 de marzo de 1946 por cerca de ciento ochenta oficiales de la policía de Stuttgart, ocasión en la que, aun cuando la requisa apenas descubrió unos pocos huevos de gallina vendidos en el mercado negro, se efectuaron algunos disparos y uno de los internos del campo, que acababa de reunirse con su mujer y sus dos hijos, perdió la vida.

¿Por qué no consigo sacarme esos episodios de la cabeza? ¿Por qué cuando tomo la avenida hacia el centro de la ciudad de Stuttgart pienso, cada vez que llegamos a la estación Feuersee, que los fuegos siguen ardiendo sobre nosotros y que desde los terrores de los últimos años de la guerra, aun cuando hayamos reconstruido todo lo que nos rodea tan maravillosamente bien, hemos estado viviendo en una especie de zona subterránea? ¿Por qué esa noche de invierno el viajero tuvo la impresión, viniendo de Möhringen y sorprendiendo desde el asiento trasero del taxi la primera imagen del nuevo complejo administrativo de la empresa Daimler, que la red de luces que brillaban en la oscuridad era como una constelación de estrellas propagadas por todo el mundo, de modo que esas estrellas de Stuttgart no sólo son visibles en las ciudades de Europa y en los bulevares de Beverly Hills y Buenos Aires sino dondequiera que las columnas de vagones con sus cargas de refugiados estén moviéndose por caminos polvorientos, obviamente sin detenerse jamás, en las zonas de devastación que siempre están extendiéndose en alguna parte, en Sudán, Kosovo, Eritrea o Afganistán?

¿Y cuán lejos está eso del punto en el que volvemos hoy a fines del siglo XVIII, cuando la esperanza de que la humanidad pudiera mejorar y aprender se inscribía con letras elegantes en nuestro firmamento filosófico? En aquel entonces, Stuttgart, criada entre viñedos y laderas florecidas, eraun pequeño lugar de unas 20 mil almas, algunas de las cuales, como leí una vez, vivían en los pisos más altos de las torres de la iglesia colegiada. Uno de los hijos de la región, Friedrich Hölderlin, se dirige con orgullo a esa pequeña, aún soñolienta Stuttgart, donde temprano por la mañana llevan el ganado al mercado a beber de las fuentes de mármol negro, como a la princesa de su tierra natal, y le pide, como si ya intuyera el inminente giro tenebroso que habrán de tomar la historia y su propia vida: “Recibe con benevolencia al forastero que soy”. Entonces una época de violencia empieza a desplegarse, y con ella llega la desgracia personal. Las gigantescas zancadas de la Revolución, escribe Hölderlin, ofrecen un espectáculo monstruoso. Las fuerzas francesas invaden Alemania. El ejército se desplaza de Sambre-Maas hacia Frankfurt, donde después de fuertes bombardeos reina la máxima confusión. Hölderlin, con su compañero Gontard, ha huido de esa ciudad hacia Kassel vía Fulda. Cuando regresa está crecientemente desgarrado entre sus ilusionadas fantasías y la imposibilidad real de su amor, que transgrede el sistema de clases. Sin embargo, pasa los días sentado con Susette en la glorieta del jardín o a la sombra de los árboles, pero siente que el costado humillante de su posición se le vuelve cada vez más opresivo. De modo que debe partir otra vez. Ha emprendido tantos viajes a pie en su vida de apenas 30 años, viajes por las montañas de Rhone, por el Harz, al Knochenberg, a Halle y Leipzig, y ahora, después del fiasco de Frankfurt, otra vez a Nürtingen y Stuttgart.

Poco después vuelve a ponerse en marcha rumbo a Hauptwil, Suiza; acompañado por amigos, atraviesa el ventoso Schönbuch rumbo a Tübingen; luego, solo, sube la escarpada montaña y baja del otro lado, tomando el camino solitario hacia Sigmaringen. De allí hasta el lago son quince horas de marcha. Un viaje tranquilo por el agua. Al año siguiente, luego de una breve estadía con su familia, está en camino otra vez y atraviesa Colmar, Isenheim, Belfort, Besançon y Lyons, va al oeste y al sudoeste, pasa por las tierras bajas del Loira superior a mediados de enero, cruza las temibles cumbres de Auvergne enfundadas en nieve, atraviesa tormentas y desiertos hasta que finalmente llega a Bordeaux. Aquí será feliz, le dice el cónsul Meyer cuando llega, pero seis meses después, exhausto, afligido, los ojos vacilantes y vestido como un mendigo, ha vuelto a Stuttgart. Recibe con benevolencia al forastero que soy. ¿Qué fue exactamente lo que le pasó? ¿Perdió su amor, no logró superar su desventaja social, fue capaz, después de todo, de ver más allá en su desdicha? ¿Supo acaso que la patria se apartaría de su visión de paz y belleza, que pronto los que son como él serían vigilados y encerrados y que no habría para él otro lugar que la torre? A quoi bon la littérature? [“¿Para qué sirve la literatura?”]

Quizá sólo para ayudarnos a recordar, y enseñarnos a comprender que algunas extrañas conexiones no pueden explicarse por la lógica causal: por ejemplo, la conexión entre la ex residencia principesca de Stuttgart, más tarde una ciudad industrial, y el pueblo francés de Tulle, que está construido sobre siete colinas –“Elle a des prétentions, cette ville”, me escribió hace algún tiempo una dama que vive allí, “Esta ciudad tiene sus pretensiones”–, entre Stuttgart, pues, y Tulle, en la región de Corrèze, por la que Hölderlin pasó camino a Bordeaux y donde el 9 de junio de 1944, exactamente tres semanas después de ver yo por primera vez la luz del día, en la casa Seefeld en Wertach, y a casi exactamente ciento un años del día después de la muerte de Hölderlin, toda la población masculina del pueblo fue arreada a los jardines de una fábrica de armamentos por la división SS del Reich, decidida a castigarlos. Noventa y nueve de ellos, hombres de todas las edades, fueron colgados de los postes de luz y los balcones del barrio de Souillhac a lo largo de ese oscuro día, que todavía ensombrece los recuerdos del pueblo de Tulle. El resto fue deportado a campos de trabajos forzados y campos de exterminio, a Natzweiler, Flossenbuürg y Mauthausen, donde muchos fueron obligados a trabajar hasta morir en las canteras de piedras.
Así, pues, ¿para qué sirve la literatura? ¿Tendré la misma suerte, se pregunta Hölderlin, que los miles que en sus días de primavera vivieron a la vez en el presentimiento y en el amor, pero fueron capturados por las Parcas vengadoras en un día embriagado, secreta y silenciosamente traicionados, para que hicieran penitencia en la oscuridad de un reino demasiado sobrio, donde la confusión salvaje reina en la luz alevosa, donde cuentan el tiempo lento en la helada y la sequía, y el hombre sigue alabando en suspiros la inmortalidad? La imagen sinóptica del otro lado de la barrera de la muerte que presenta el poeta en estas líneas está a la vez ensombrecida e iluminada, sin embargo, por el recuerdo de aquellos a los que se les hizo la más grande injusticia. Hay muchas formas de escritura; sólo en la literatura, sin embargo, puede haber un intento de restitución que vaya más allá del mero recitado de los hechos, más allá de la erudición. Un lugar [la Casa de la Literatura] que está al servicio de semejante tarea resulta pues muy apropiado en Stuttgart, y le deseo a él y a la ciudad que lo protege todo el bien para el futuro.

Traducción: Alan Pauls
Fuente Pagina 12, Radar