30 de jul. de 2007

Ingmar Bergman - 1918/2007

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Marta es creyente y canta con voz potente las esperanzadas canciones. Yo soy incapaz de dominar mi desagrado, odio a Dios y a Jesucristo, sobre todo a Jesucristo que me repugna con su tono, su babosa comunión y su sangre. Dios no existe, nadie puede demostrar que exista.

IB, La linterna mágica, Tusquets editores, 1988


Paracelso - Criaturas

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Nuestras criaturas tienen cuatro tipos de habitación: acuática, aérea, terrestre e ígnea. Aquellos que habitan en el agua se llaman Ninfos; en el aire, Silfos; en la tierra, Duendes o Pigmeos y en el fuego, Salamandras. No creo que estos sean los nombres que verdaderamente ellos utilizan entre sí, y pienso que se les han atribuido por personas que no han estado nunca en contacto con ellos. Pero, puesto que están en uso entre nosotros, los conservaré, aunque también se puede llamar a las criaturas acuáticas Ondinas, a las aéreas Silvestres, a las terrestres Gnomos y a las ígneas Vulcanos. En último término, poco importan los nombres, lo que es preciso saber es que estas cuatro clases de seres habitan en medios muy diferentes que los ninfos, por ejemplo, no tienen en absoluto comercio con los pigmeos. De esta forma, los hombres, comprendiendo la sabiduría de Dios, ven que éste no ha dejado un solo elemento vacío o estéril.

Se sabe que hay cuatro elementos: aire, agua, tierra y fuego. Se sabe también que nosotros, los hombres, descendientes de Adán, vivimos en el aire, que estamos rodeados, como los peces lo están por el agua. Para los peces la onda reemplaza el aire, para los hombres, el aire reemplaza el agua. Cada criatura es apropiada al elemento en el que está sumergida; los ondinos, concebidos para vivir en el agua, se asombran al vernos vivir en el aire, como nosotros nos admiramos de verlos vivir en el agua. De la misma forma, los gnomos atraviesan sin la menor dificultad las rocas más densas, como nosotros atravesamos el aire, porque la tierra está en su caos y porque este caos está formado por piedras y rocas, como el nuestro lo está de aire.

Cuanto más espeso es el caos, sus habitantes son más sutiles, y viceversa. Los gnomos, que habitan un caos espeso, son sutiles; el hombre, que habita un caos sutil, es espeso. Son los silvestres los que se parecen más a nosotros; viven en el aire, se sofocan en el agua, se aplastan bajo tierra y se consumen en el fuego.

Que esto no nos admire. Dios prueba que es Dios creando cosas que nosotros no podemos comprender, porque si pudiéramos comprender todo lo que Él ha creado, resultaría muy débil y nosotros querríamos compararnos a Él.

Para comprender lo que vamos a decir sobre la nutrición de nuestros seres, es necesario saber que cada caos tiene por encima de él un cielo y por debajo, una tierra; nuestro caos tiene encima el cielo y debajo la tierra; así, cielo y tierra nos nutren a nosotros. Los habitantes del agua, es decir, aquellos que tienen el agua por caos, tienen, por debajo de ellos, la tierra y por encima el cielo. Los gnomos que tienen la tierra por su propio caos, tienen por encima de ellos al agua y por debajo, la superficie de la tierra, porque la tierra reposa sobre el agua: así, los ondinos y los gnomos se nutren, en consecuencia. Los silfos, que tienen el mismo caos que los hombres, siguen su mismo régimen.

Nosotros tenemos el agua para aplacar nuestra sed; para apagar la suya, estos seres tienen un agua que nos es desconocida y que no podemos ver. Tienen necesidad de comer y beber, pero comen y beben aquello que es alimento y bebida propios de ellos.

Se visten y ocultan sus partes vergonzosas a su manera, no a la nuestra. Ellos nombran guardias, magistrados, jefes, como las abejas eligen una reina, o las bestias salvajes escogen un guía. Dios ha ocultado las partes secretas de todos los animales, pero no lo ha hecho para estos seres que, como el hombre, deben valerse de su propia industria. Como a nosotros, Dios les ha dado la lana de oveja. Dios, en efecto, puede crear ovejas diferentes de las que nosotros vemos y que pastan en el fuego, el agua o la tierra.

Nuestros seres duermen, reposan, velan de la misma forma que los hombres, tienen un sol y un firmamento como ellos. Los gnomos ven a través de la tierra, el sol, la luna y las estrellas, de la misma forma los ondinos descubren el sol a través del agua y las salamandras lo ven fecundar y calentar su caos y sucederse el verano, el invierno, el día y la noche.

Como nosotros, están sometidos a la peste, las fiebres, la pleuresía y otras enfermedades, enviadas por el cielo, porque son hombres, o mejor dicho, porque lo serán: ya que, hasta el juicio final, permanecerán como animales.

En cuanto a su físico, es bien evidente que varía: los ondinos de ambos sexos tienen aspecto humano, los silvestres son más espesos, más grandes, más robustos. los gnomos más pequeños, de una altura de unos dos palmos, las salamandras delgadas, gráciles, esbeltas. Los ninfos habitan en los ríos, cerca de los lugares en donde se lavan los hombres y bañan sus caballos. Los gnomos habitan en las montañas; es por esto por lo que se encuentran túneles y excavaciones del diámetro de un codo. En el monte Etna se pueden oír los gritos de las salamandras, el ruido de sus trabajos, que movilizan su elemento. Se conoce más fácilmente la habitación de los silfos, pudiendo verlos.

Podría añadir otras muchas cosas admirables, en relación con la moneda, las costumbres de estos seres. Lo haré cuando sea llegado el momento.

28 de jul. de 2007

Leon Tolstoi - El origen del mal

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En medio de un bosque vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban. Es más,por concesión divina o por tratarlas continuamente, el santo varón entendía el lenguaje de lasfieras y hasta podía conversar con ellas.

En una ocasión en que el ermitaño descansaba debajo de un árbol, se cobijaron allí, para pasar la noche, un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente. A falta de otra cosa para hacer y con el fin de pasar el rato, empezaron a discutir sobre el origen del mal.

-El mal procede del hambre -declaró el cuervo, que fue el primero en abordar el tema-. Cuando uno come hasta hartarse, se posa en una rama, grazna todo lo que le viene en gana y las cosas se le antojan de color de rosa. Pero, amigos, si durante días no se prueba bocado, cambia la situación y ya no parece tan divertida ni tan hermosa la naturaleza. ¡Qué desasosiego! ¡Qué intranquilidad siente uno! Es imposible tener un momento de descanso. Y si vislumbro un buen pedazo de carne, me abalanzo sobre él, ciegamente. Ni palos ni piedras, ni lobos enfurecidos serían capaces de hacerme soltar la presa. ¡Cuántos perecemos como víctimas del hambre! No cabe duda de que el hambre es el origen del mal.

El palomo se creyó obligado a intervenir, apenas el cuervo hubo cerrado el pico.

-Opino que el mal no proviene del hambre, sino del amor. Si viviéramos solos, sin hembras, sobrellevaríamos las penas. Más ¡ay!, vivimos en pareja y amamos tanto a nuestra compañera que no hallamos un minuto de sosiego, siempre pensando en ella "¿Habrá comido?", nos preguntamos. "¿Tendrá bastante abrigo?" Y cuando se aleja un poco de nuestro lado, nos sentimos como perdidos y nos tortura la idea de que un gavilán la haya despedazado o de que el hombre la haya hecho prisionera. Empezamos a buscarla por doquier, con loco afán; y, a veces, corremos hacia la muerte, pereciendo entre las garras de las aves de rapiña o en las mallas de una red. Y si la compañera desaparece, uno no come ni bebe; no hace más que buscarla y llorar. ¡Cuántos mueren así entre nosotros! Ya ven que todo el mal proviene del amor, y no del hambre.
-No; el mal no viene ni del hambre ni del amor -arguyó la serpiente-. El mal viene de la ira. Si viviésemos tranquilos, si no buscásemos pendencia, entonces todo iría bien. Pero, cuando algo se arregla de modo distinto a como quisiéramos, nos arrebatamos y todo nos ofusca. Sólo pensamos en una cosa: descargar nuestra ira en el primero que encontramos. Entonces, como locos, lanzamos silbidos y nos retorcemos, tratando de morder a alguien. En tales momentos, no se tiene piedad de nadie; mordería uno a su propio padre o a su propia madre; podríamos comernos a nosotros mismos; y el furor acaba por perdernos. Sin duda alguna, todo el mal viene de la ira.

El ciervo no fue de este parecer.

-No; no es de la ira ni del amor ni del hambre de donde procede el mal, sino del miedo. Si fuera posible no sentir miedo, todo marcharía bien. Nuestras patas son ligeras para la carrera y nuestro cuerpo vigoroso. Podemos defendernos de un animal pequeño, con nuestros cuernos, y la huida nos preserva de los grandes. Pero es imposible no sentir miedo. Apenas cruje una rama en el bosque o se mueve una hoja, temblamos de terror. El corazón palpita, como si fuera a salirse del pecho, y echamos a correr. Otras veces, una liebre que pasa, un pájaro que agita las alas o una ramita que cae, nos hace creer que nos persigue una fiera; y salimos disparados, tal vez hacia el lugar del peligro. A veces, para esquivar a un perro, vamos a dar con el cazador; otras, enloquecidos de pánico, corremos sin rumbo y caemos por un precipicio, donde nos espera la muerte. Dormimos preparados para echar a correr; siempre estamos alerta, siempre llenos de terror. No hay modo de disfrutar de un poco de tranquilidad. De ahí deduzco que el origen del mal está en el miedo.

Finalmente intervino el ermitaño y dijo lo siguiente:
-No es el hambre, el amor, la ira ni el miedo, la fuente de nuestros males, sino nuestra propia naturaleza. Ella es la que engendra el hambre, el amor, la ira y el miedo.




María Julia De Ruschi - El fósil de una lluvia

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los huesos buscan su camino

los días buscan su camino

el dedal, el hilo, los cuervos

las hienas, la tijera
buscan su camino

las estrellas, las galaxias
tus manos sobre mi cabeza
buscan su camino

la pequeña flor entre la hierba
las manos de los vientos
el pichón del tero

buscan su camino

la palabra entre palabras

busca su camino

veinte millones de pobres

el pan, el aceite, la sal
buscan su camino

Nuestra Señora de Guadalupe
Electra, Julieta
el invierno
buscan su camino

el sol, el dolor en el pecho
la sangre sobre el papel, el durazno en el barco
buscan su camino

veinte millones de cristos

uno


En Salir de Egipto
Buenos Aires, bajo la luna, 2007


Ezra Pound por Henri Cartier Bresson

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27 de jul. de 2007

Umberto Eco - Pedir perdón

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¿Cuándo pedimos perdón? cuando hacemos algo maleducado que, sin embargo, no consideramos gravísimo, tanto que, por una parte, pretendemos que el ofendido nos perdone enseguida (tanto es así que, si sigue haciéndose el ofendido, le decimos “Vale ya, que te he pedido perdón, ¿no?”), y, por la otra, manifestamos el deseo de cerrar la desavenencia para poder seguir haciendo lo mismo. No se le ofrecen disculpas a alguien a quien se lo está matando a palos, sino sólo a quien se ha golpeado ligeramente mientras íbamos demasiado deprisa. En este sentido, nos aburre un poco el vicio ya universal por el que alguien pide perdón por grandes acontecimientos históricos, genocidios, injusticias que claman venganza ante Dios. En casos tan graves no se pide perdón: admitimos que nos hemos equivocado, y no pretendemos que los ofendidos tengan que dedicarse a mitigar las penas de nuestro virtuoso sufrimiento moral.

En su reciente discurso en Polonia, Ratzinger parece haber tomado distancias de todas las veces en las que su predecesor pidió perdón por algo que la Iglesia y/o los cristianos hicieron en el pasado. Uso “y/o” porque todo el asunto se juega a esta pequeña diferencia: el Papa deja entender que si los cristianos han hecho cosas poco recomendables, eso no significa que la Iglesia recomendara hacerlas; pero que, aun habiéndolas recomendado casualmente, hay que tener en cuenta los tiempos. Y en efecto, justificar la pena de muerte antes de Cesare Beccaria es distinto respecto de abogar por ella después. Sin embargo, aun queriendo considerar el espíritu de los tiempos, hay cosas que resultan difíciles de tragar. Véase un texto como Cristianos en armas. De San Agustín al papa Wojtyla, de Maria Teresa Fumagalli Beonio Brocchieri (Ediciones Laterza), que recorre antiguas prácticas y teorías de unos quince siglos de cristianismo, para mostrar con documentos en mano todas las veces que los padres y doctores de la Iglesia, teólogos y santos, han justificado o incluso glorificado la guerra, definiendo los muchísimos casos en los que era justo matar a los herejes, a los paganos, a los infieles, a los indios del Nuevo Mundo, y a otras categorías de personas desagradables y/o peligrosas. Estamos ante doscientas páginas de citas que empiezan desde Lactancio, a través de Agustín, Ambrosio, Bernardo, Tomás, Gregorio XIII (que bendice la Noche de San Bartolomé), Tomás Moro y Campanella, sin pasar por alto a los belicosos protestantes y anglicanos, hasta llegar al padre Gemelli o al “Catecismo para adultos” compuesto en 1991 por el episcopado francés, donde se recuerda que “preferible a la pérdida del honor... la guerra es un drama superior”.

El catálogo es éste, y habría de qué pedir perdón, aunque entiendo a Vittorio Messori que en el Corriere della Sera observaba que si entramos en el síndrome de pedir perdón, entonces la Iglesia debería descanonizar a muchos de sus santos de los siglos pasados, llegados a los altares precisamente por haber practicado como virtud lo que ahora se reconoce como culpa. El problema es que Messori usa un argumento de Indro Montanelli, y Montanelli, sospecho, no quería denunciar en absoluto un absurdo, que atormenta a Messori, sino señalar con alegre y feroz malicia una consecuencia inevitable. Lo que endulza el catálogo es que Fumagalli demuestra cómo con esta serie de partidarios de la guerra se entrelazan los esfuerzos apasionados de hombres de la Iglesia que intentaron suavizar los conflictos armados (considerados inevitables) dictando reglas orientadas a minimizar el horror, como la condena de la guerra santa por parte de Marsilio de Padua, o las exhortaciones de Nicolás de Cusa, que preconizaba una paz universal que habría de alcanzarse mediante el entendimiento entre las distintas religiones, hasta los pronunciamientos pontificios, desde Benedicto XV hasta Juan XXIII, contra la “inútil matanza”. Pero precisamente a causa de esta dialéctica entre “guerreros” y “pacíficos” tendríamos que rechazar el argumento de que los tiempos eran lo que eran. A muchos les ha sido posible ir contra la mentalidad de la propia época: junto con San Bernardo, que se habría comido a un musulmán para desayunar y a otro para cenar, estaba San Francisco, y contemporánea de Oriana Fallaci, ha sido la Madre Teresa de Calcuta. Con eso, el argumento de los tiempos no hay que rechazarlo por completo.

Aunque, en conclusión, Fumagalli ve estas contradicciones como vinculadas a nuestros más profundos instintos de agresividad, yo diría, más bien, que el mensaje evangélico, para transformarse en religión oficial, tuvo que hacer las cuentas con el mundo en el que se injertaba, con los usos y costumbres feroces del Imperio, con la mística guerrera de los pueblos bárbaros.

Se adaptó, tal como cristianizó las festividades paganas y les ofreció inmediatamente una pléyade de santos a los campesinos paganos incapaces de abandonar su consolador politeísmo. Una cosa es el mensaje cristiano y otra la civilización cristiana como fenómeno romano-barbárico.

¿Pedir perdón por una cultura que muchos consideran las raíces de Europa, y que ha fundido de forma indisoluble Evangelio y Cruzadas? Mejor sería, digo yo, aprender a valorar, a partir de esta lección, de las luces y de las sombras de otras religiones y otras culturas. Éste sí que sería un modo razonable de enmendarse.



26 de jul. de 2007

Voltaire - Adán en Diccionario filosófico

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Jean-Antoine Houdon
Busto de Voltaire, mármol, 1778
National Gallery of Art, Washington, D.C.


Adán. Mucho se ha hablado y escrito sobre Adán y Eva. Los rabinos han divulgado multitud de historietas sobre Adán y resultaría tan vulgar repetir lo que otros dijeron, que vamos a aventurar respecto a Adán una idea que se nos antoja nueva o que al menos no se halla en los autores antiguos, en los Padres de la Iglesia, ni en ningún predicador teólogo conocido. Me refiero al total silencio que sobre Adán guardó toda la tierra habitable, excepto Palestina, hasta la época en que empezaron a conocerse en Alejandría los libros hebreos, cuando se tradujeron al griego en el reinado de los Tolomeos. Pero, aun entonces, fueron poco conocidos. Los libros de entonces eran escasos y caros. Además, los judíos de Jerusalén estaban tan enfadados con los de Alejandría, proferían tantas acusaciones por haber traducido la Biblia en lengua profana, les injuriaban tanto por ello, que los hebreos alejandrinos ocultaron esa traducción mientras les fue posible. Buena prueba de ello es que ningún autor griego ni romano la menciona hasta el reinado del emperador Aurelio.

El historiador Josefo, al responder a Apión (Historia antigua de los judíos, lib. I, capítulo IV), confiesa que los judíos estuvieron mucho tiempo sin tener trato alguno con las demás naciones. Son sus palabras: «Habitamos un territorio muy lejos del mar. No nos dedicamos al comercio y no nos comunicamos con los demás pueblos. No es, pues, de extrañar que nuestra nación, apartada del mar y sin haberse ocupado de escribir, sea tan poco conocida».

A nosotros sí que nos extraña que Josefo diga que su nación hacía alarde de no escribir cuando tenía publicados ya veintidós libros canónicos, sin contar el Targum de Onkelos. Aunque debemos considerar que veintidós volúmenes muy pequeños nada significaban comparados con el gran número de libros que componían la biblioteca de Alejandría, cuya mitad fue quemada en la guerra de César. De lo que no cabe duda es que los judíos habían escrito y leído muy poco, eran profundamente ignorantes en astronomía, geometría, geografía y física, no conocían la historia de los demás pueblos y que empezaron a instruirse en Alejandría. Su lengua era una mezcla bárbara del antiguo fenicio y de caldeo corrompido, y tan pobre que carecía de algunos de los modos en la conjugación de los verbos.

Por lo tanto, al no comunicar a ningún extranjero sus libros ni sus títulos, ningún habitante de la tierra a excepción de ellos había oído hablar de Adán, Eva, Abel, Caín y Noé. Sólo Abrahán, con el tiempo, llegó a ser conocido en los pueblos orientales, pero ningún pueblo antiguo creía que Abrahán o Ibraim fueran el tronco del pueblo hebreo

Tan insondables son los designios de la Providencia que el género humano ignoró a su padre y a su madre hasta tal punto que los nombres de Adán y Eva no se encuentran en ningún autor griego, en Grecia, Roma, Persia, Siria, ni en la misma Arabia, hasta la época de Mahoma. Dios permitió que los títulos de la gran familia humana los conservara la más pequeña y desventurada parte de la misma.

¿Cómo es posible que a Adán y Eva los desconocieran todos sus hijos? ¿A qué se debe que no hallemos en Egipto ni en Babilonia ningún rastro, ninguna tradición de nuestros primeros padres? ¿Por qué Orfeo, Limus y Tamaris no se ocupan de ellos? De haber sido citados nos lo hubieran dicho Hesiodo y Homero, que se ocupan de todo excepto de estos protoautores de la raza humana.

Clemente de Alejandría, que nos ha legado tan valiosos testimonios de la Antigüedad, hubiera mencionado en algún pasaje a Adán y Eva. Eusebio, en su Historia Universal, que nos ofrece las pruebas más remotas de esa misma Antigüedad hubiera podido siquiera aludir a nuestros primeros padres. Está probado, pues, que fueron por completo desconocidos de las naciones antiguas.

En el libro de los brahmanes titulado el Ezour‑Veidam se encuentran el nombre de Adimo y el de Procriti, su mujer. Si Adimo tiene algún parecido con Adán, los hindúes contestan a esto: «Fuimos una gran nación establecida en las riberas del Indo y en las del Ganges, muchos siglos antes que la horda hebrea se estableciera en las orillas del Jordán. Los egipcios los persas y los árabes venían a aprender de nuestro pueblo y a comerciar con él cuando los judíos eran todavía desconocidos para el resto de los hombres; es obvio, pues, que no pudimos copiar nuestro Adimo de su Adán. Nuestra Procriti en nada se parece a su Eva, y por otro lado su historia es completamente distinta. Es más, el Vedas, cuyo comentario es el Ezour‑Veidam, pasa entre nosotros por ser más antiguo que los libros judíos, y el Vedas es una nueva ley dictada a los brahmanes mil quinientos años después de la primera, llamada Shasta».

Esas son, poco más o menos, las objeciones que los brahmanes suelen oponer, aún hoy, a los comerciantes de nuestros países que van a la India y les hablan de Adán y Eva, Abel y Caín.

El fenicio Sanchoniathon, que vivía indudablemente antes de la época en que situamos a Moisés, y que Eusebio cita como autor auténtico, atribuye diez generaciones a la raza humana, al igual que Moisés, hasta la época de Noé. Pues bien, al reseñar esas diez generaciones no habla de Adán y Eva, de ninguno de sus descendientes y ni siquiera de Noé. Pero aún hay más, los nombres de los primeros hombres, sacados de la traducción griega que hizo Filón de Biblos, son: Kou, Genos, Fox, Libau, Uson, Halieus, Chrisor, Tecnites, Agrove y Anime. Ellos constituyen las diez primeras generaciones. En ninguna de las antiguas dinastías de Caldea, ni en las de Egipto, encontramos el nombre de Adán ni el de Noé. En resumen, todo el mundo antiguo calla su existencia.

Preciso es confesar que no ha habido ejemplo alguno de semejante olvido. Todos los pueblos se han atribuido orígenes legendarios, creyendo raras veces en su origen verdadero. Es incomprensible que el padre de todas las naciones de la tierra fuera desconocido durante muchísimo tiempo; su nombre debía haber corrido de boca en boca de un extremo a otro del mundo, siguiendo el curso natural de las cosas humanas. Humillémonos ante los decretos de la Providencia que permitió tan asombroso olvido.

Todo fue misterioso y recóndito en la nación que dirigía Dios, en la nación que abrió el camino del cristianismo, y que fue el olivo borde en el que se injertó el olivo cultivado. Los nombres de los progenitores del género humano, desconocidos para los hombres, deben ocupar la categoría de los grandes misterios.

Me atrevo a afirmar que fue necesario un verdadero milagro para cerrar los ojos y oídos de todos los pueblos, y destruir en ellos la memoria y hasta el vestigio de su primer padre. ¿Qué hubieran respondido César, Antonio, Craso, Pompeyo Cicerón, Marcelo y Metelo al infeliz judío que, al venderles un bálsamo, les hubiera dicho: «Todos nosotros descendemos del padre común llamado Adán»? El Senado romano en pleno le hubiera contestado: «Enseñadnos nuestro árbol genealógico». Entonces el judío hubiera aducido las diez generaciones hasta Noé, hasta la inundación de todo el Globo por el diluvio, que también fue otro secreto. El Senado le hubiera objetado preguntándole cuántas personas había dentro del arca para alimentar a todos los animales en diez meses y todo el año siguiente, durante el cual no se podrían procurar ninguna clase de alimento. El judío les contestaría: «Había en el arca ocho personas, Noé y su mujer, sus tres hijos Sem, Cam y Jafet, y las esposas de éstos. Toda esa familia descendía de Adán por línea directa».

Cicerón se habría enterado a no dudar de los monumentos y testimonios irrefutables que Noé y sus hijos hubieran dejado en el mundo de nuestro padre común. Después del diluvio, en toda la tierra hubieran resonado los nombres de Adán y de Noé, el uno como padre y el otro como restaurador de las razas humanas, sus nombres hubieran salido de todas las bocas en cuanto hablaran, figurarían en todos los pergaminos que se escribieran y en las puertas de los templos que se edificaran, en las estatuas que se les erigieran. «Conocíais tan trascendental secreto y nos lo habéis ocultado», exclamaría el Senado, y el judío replicaría: «Es que los hombres de mi nación somos puros y vosotros sois impuros». El senado romano se echaría a reír o mandaría que azotaran al judío. ¡Tan aferrados están los hombres a sus prejuicios!

La piadosa Madame de Bourignon afirma que Adán fue hermafrodita como todos los primeros hombres del divino Platón. Dios reveló ese gran secreto a la devota dama, pero como no me lo ha revelado a mí, no me ocuparé de él. Los rabinos judíos que leyeron los libros de Adán conocen el nombre de su preceptor y el de su segunda mujer, pero como tampoco he leído los libros de nuestro primer padre tampoco trataré de ellos. Algunos espíritus hueros, aunque muy instruidos, se asombran al leer en el Veda de los antiguos brahmanes que el primer hombre fue creado en la India, que se llamaba Adimo, que significa engendrador, y que su mujer se llamaba Procriti, que significa vida. Aseguran que la secta de los brahmanes es más antigua que la de los judíos y que éstos sólo pudieron escribir bastante más tarde en lengua cananea, puesto que ellos se establecieron muy tarde en el pequeño país de Canaán. Añaden que los hindúes siempre fueron inventores, que los judíos siempre imitaron; que aquéllos fueron ingeniosos y éstos zafios; que no se comprende que Adán, que era rubio y de pelo largo, fuera el padre de los negros, que son del color de la tinta y tienen por pelo lana negra y encrespada. Y no sé cuántas cosas más. Yo nada digo sobre esto. Dejo estas indagaciones al reverendo padre Berruyer, de la Compañía de Jesús, que es el autor más inocente que he conocido. Quemaron su obra porque juzgaron que quiso poner la Biblia en ridículo. Pero yo no puedo creer que tuviera ingenio para ello.

No vivimos ya en un siglo en que pueda examinarse seriamente si Adán poseyó o no la ciencia infusa. Los que promovieron durante mucho tiempo esta cuestión era porque carecían por igual de ciencia infusa y de ciencia adquirida.

Resulta tan difícil saber en qué época se escribió el libro del Génesis que habla de Adán, como conocer la fecha de los Vedas y de otros antiguos libros asiáticos. Pero es importante notar que no permitían a los judíos leer el primer capítulo del Génesis antes de cumplir los veinticinco años. Muchos rabinos dicen que la creación de Adán y Eva y su historia sólo es una alegoría. Todas las naciones antiguas conocidas han ideado alegorías semejantes, y como por un acuerdo singular, que denota la debilidad de nuestra naturaleza, todas han explicado el origen del mal moral y del mal físico de forma muy parecida. Los caldeos, los indios, los persas y los egipcios se han explicado casi de igual modo la mezcla del bien y del mal inherente a la naturaleza humana. Los judíos que salieron de Egipto conocían la filosofía alegórica de los egipcios; más tarde mezclaron sus vagos conocimientos adquiridos con los que aprendieron de los fenicios y de los babilonios durante su larga esclavitud. Ahora bien, como es natural y lógico que el pueblo grosero imite groseramente las ideas de un pueblo civilizado, no debe extrañar que los judíos inventaran que la primera mujer fue formada de la costilla del primer hombre, que soplase Dios en el rostro de Adán el espíritu de la vida, que prohibiera Dios comer el fruto de cierto árbol y que el quebranto de esta prohibición produjera la muerte, el mal físico y el mal moral. Imbuídos en la idea que adquirieron en pueblos más antiguos de que la serpiente es un ser muy astuto, le atribuyeron fácilmente el don de la inteligencia y el don de la palabra.

Este pueblo, que por estar arraigado en un rincón de la tierra la creía larga, estrecha y plana, pensó también que todos los hombres descendían de Adán sin suponer siquiera que pudieran existir los negros, cuyo aspecto es muy distinto del nuestro, y sin imaginar que éstos ocupaban vastas regiones. Como tampoco podían imaginar la existencia de América.

Es sumamente extraño que se permitiera al pueblo judío leer el Exodo, pródigo en milagros, y no les dejaran leer antes de los veinticinco años el primer capítulo del Génesis, en el que todo es milagroso porque trata de la creación. Debió ser, por el modo singular de expresarse el autor en el primer versículo: «En el principio hicieron los dioses el cielo y la tierra» (1). Temían, sin duda, dar ocasión a los judíos jóvenes para que adorasen múltiples dioses. Esto pudo ser también porque Dios, que creó al hombre y a la mujer en el primer capítulo, los rehace en el segundo, y no querían que la juventud se enterase de esta apariencia de contradicción. O porque se dice en este capítulo que los dioses hicieron al hombre a su imagen y semejanza y esta frase presentaba a los ojos de los judíos un Dios demasiado corporal. O porque diciéndose en el susodicho capítulo que Dios sacó una costilla a Adán para formar a la mujer, los muchachos que no se chuparan el dedo se palparían las costillas y verían que no les faltaba ninguna. O acaso también porque Dios, que acostumbraba a pasearse al mediodía por el jardín del Edén, se burló de Adán después de su caída y su tono satírico pudiera inspirar a la juventud afición a las burlas. Cada línea del capítulo en cuestión proporciona razones plausibles para prohibir su lectura, pero si nos fundamos en dichas razones no se comprende cómo se permitió la lectura de los demás capítulos. A pesar de todo, siempre resulta sorprendente que los judíos no pudieran leer el referido capítulo hasta los veinticinco años.

(1) Los dioses, ésta es la exacta traducción de la palabra elohim. Con frecuencia se cita esa palabra para demostrar que la lengua hebrea fue hablada en época muy antigua por algún pueblo politeísta.
No nos ocuparemos aquí de la segunda mujer de Adán, llamada Lilith, que los rabinos le atribuyen, porque reconocemos que sabemos muy pocas anécdotas de su familia.


24 de jul. de 2007

El péndulo de Foucault

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Fue entonces cuando vi el Péndulo.

La esfera, móvil en el extremo de un largo hilo sujeto de la bóveda del coro, describía sus amplias oscilaciones con isócrona majestad.

Umberto Eco, El péndulo de Foucault

Manuel Eidán - Cortázar o el genio de la pistola

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Si el cinico es aquel que se jacta de sus vergüenzas, el que las exhibe en toda su desnudez coram populo, con todas su llagas y muñones infectos bajo la gabardina abierta, ya sea para subvertir un orden o para denunciar las llagas de la hipocresía ajena, tan semejante a la propia por otra parte, Cortázar no es literalmente un cínico, aunque su literatura lo sea de un modo indirecto, más o menos mediato, y por lo mismo más eficaz, más inteligente. El cinismo cortazariano es de otra índole, y en sus mejores textos se disfraza generalmente de ironía, de impiadoso sarcasmo, a ratos de un cierto ingenuo matonismo subversivo que se ensaña sobre todo con la estupidez de los fuertes, aunque tampoco le perdona la vida a los presuntos débiles, empezando por él mismo. El suyo sería un cinismo intelectual, necesariamente moral, estético, dialéctico porque no puede dejar de serlo. Se trata de un exhibicionismo de la inteligencia, de un alarde de obscenidad estética sin obscenidad ética. Los más de sus personajes son cínicos (lo mejor de su literatura viene de la mano de ese cinismo a priori, de nodriza esencial, de gamberro de la última fila), aunque naturalmente esta suerte de juicio sumarísimo no quiere probar que sean impúdicos o siquiera desvergonzados más allá de lo que a su literatura conviene. Esta contradicción, si existe en algún plano fuera del lenguaje, es sólo especiosa y exige desarrollo ulterior. El verdadero cínico es pudoroso por analogía, más que por cortesía, entre otras cosas porque no puede dejar de ser un payaso, un fingidor. Uno siente a veces que Cortázar, ese cínico genial de quinto grado, de barra de facultad o cine de barriada, incluso finge su cinismo, ya que ni siquiera necesita fingir su genialidad. El era un genio que lo sabía, así como hay genios que carecen de la conciencia de serlo. En un pasaje de Rayuela dice algo así como que genio es aquel que se elige genial y la clava. O sea que no basta con ser un genio, hay que serlo por elección. Esta es una idea que quizá sorprenda un poco al distraído, sobre todo viniendo de un tipo tan alejado de la caricatura del compadrito argentino como del atirantado intelectual de chaqué y cuello duro que tanto detestaba con razón. Uno sospecha que Cortázar gozaba discretamente de su cinismo gamberro, que le gustaba hacer reír a la clase casi tanto como asombrarla. Si no hubiera sido argentino, tal vez hubiera merecido ser inglés, tal vez incluso finlandés si hacemos caso a los entomólogos del chisme de portería, a los quincalleros de recova y columna de culto. Yo no voy a incurrir en eso. Los escritores, buenos o malos, geniales o medio pensionistas, sólo tienen derecho a respirar el aire abierto de su obra. Esta condena es sólo por su bien, y más que nada por el bien de nosotros, sus sufridos lectores. Lo que corra fuera de esa intemperie cerrada debería permanecer siempre en la penumbra, incluso más lejos todavía, en la total obscuridad. El caso Cortázar no es una excepción. En algunos momentos su brillantez puede ser tan abrumadora que uno siente como que le falta humanidad, a fuerza de querer ser humano. Es como si sintiéramos obsceno tanto talento, como una especie de agravio personal. ¿Es justo que este tipo sea tan brillante y yo tan poca cosa, etc? Se supone que ante un genio así uno no puede hacer otra cosa que cerrar el libro o sacar la pistola y disparar. Y si no tienes a mano la pistola, ni arma corta que la reemplace, qué le vamos a hacer. No tires el libro por la ventana y sigue leyendo. Dejar de seguir leyéndolo es díficil, para algunos imposible, para nadie un placer.

Madrid, julio 2007

23 de jul. de 2007

Arno Minkkinen

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René Char - La lujuria

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El águila ve como se borran gradualmente las huellas de la memoria helada
La extensión de la soledad hace apenas visible la presa que huye
A través de cada una de las regiones
Donde uno mata donde a uno lo matan libremente
Presa insensible
Proyectada indistintamente
Más acá del deseo y más allá de la muerte


El soñador embalsamado en su camisa de fuerza
Rodeado de utensilios efímeros
Figuras que se desvanecen apenas formadas
Su revolución celebra la apoteosis de la vida que declina
La desaparición progresiva de las partes lamidas
La caída de los torrentes en la opacidad de las tumbas
Los sudores y malestares que anuncian el fuego central
Y finalmente el universo con todo su pecho atlético
Necrópolis fluvial
Después del diluvio de los rabdomantes


Ese fanático de las nubes
Tiene el poder sobrenatural
De desplazar a considerables distancias
Los paisajes habituales
De romper la armonía acumulada
De tomar irreconocibles los lugares fúnebres
Al día siguiente de los homicidios provechosos
Sin que la conciencia originaria
Se cubra con el deslizamiento purificador del suelo.


De Le Marteau Sans Maître
Versión de Aldo Pellegrini
Fuente: ddooss

22 de jul. de 2007

Paracelso - Sobre la influencia de los astros

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Debemos advertir a todo médico que las Entidades del hombre son dos: la Entidad del Semen y la Entidad de la Potencia (Ens seminis e Ens virtutis), las cuales deben retener cuidadosamente y recordar en el momento oportuno. Ahora, y como texto iniciatorio de este Tratado de la Entidad Astral, enunciaremos un axioma que consideramos perfectamente adecuado. Es el siguiente: “Ningún astro del firmamento, sea planeta o estrella, es capaz de formar o provocar nada en nuestro cuerpo, ya sea color, belleza, fuerza o temperamento.”

Sin embargo, como se ha dicho que la Entidad Astral puede perjudicamos (loedere) de diversas maneras, yo debo decir a mi vez que ello es falso y que va es hora que desterréis de vuestros espíritus esos absurdos juicios, basados en la naturaleza o en la posición de las estrellas, que sólo pueden mover a risa.

En este punto vamos a detenemos, sin llevar más adelante este discurso contra nuestros adversarios: primero porque la finalidad de este Paréntesis no es responder a cada instante a todas las cuestiones que se nos plantean exprofeso, para lo cual haría falta disponer de una cantidad de papel y de tinta tan grande como debería ser nuestra capacidad de contestar, por más asistidos que estuviéramos de la inspiración y de la ayuda divina. Y en segundo lugar porque a pesar de que hayáis comprendido que los astros no confieren ninguna propiedad ni naturaleza individual, seguís adoptando la opinión contraria, basados en el hecho de que a veces son capaces de atacamos y aún de provocar la muerte.

La verdad es que no por haber nacido en la línea de Saturno nos corresponde una vida más o menos larga; ello es perfectamente vano. El movimiento de Saturno no afecta a la vida de ningún hombre y menos la prolonga o la abrevia. Aparte de lo cual, y aunque ese planeta no hubiera operado su ascensión a la esfera celeste, habrían habido y existirían hombres dotados del carácter de ese astro. E igualmente existirían lunáticos, aunque jamás hubiera aparecido ninguna luna en la naturaleza del firmamento.

Tampoco debéis creer que la ferocidad y la crueldad de Marte sea responsable de la existencia y de la descendencia de Nerón, pues una cosa es que ambas naturalezas hayan coincidido en ese punto y otra que se hayan mezclado o tomado entre sí.

Para ejemplo de lo que acabamos de decir os recordaremos, entre otros, el caso de Helena y Venus. Ambas fueron indudablemente de la misma naturaleza y, sin embargo, Helena habría sido adúltera aunque Venus no hubiera existido jamás. A lo que añadiremos que aunque Venus sea en la historia mucho más antigua que Helena, las cortesanas existieron mucho antes que una y otra.

Libro de las entidades, cap. I

Henri Michaux escucha a Jorge Luis Borges en 1983

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Paris, Collége de France, 1983

En Henri Michaux, Icebergs, Madrid, Círculo de las Bellas Artes, 2006


Octavio Paz - El príncipe y el clown* (sobre Henri Michaux)

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Mano de Henri Michaux


Ver es un acto que postula la identidad última entre aquel que mira y aquello que mira. Postulado que no necesita prueba ni demostración: los ojos, al ver esto o aquello, confirman tanto la realidad de lo que ven como su propia realidad. Mutuo reconocimiento: me reconozco en lo que reconozco. Ver es la tautología original y paradisiaca. Felicidad del espejo: me descubro en mis imágenes. Aquello que miro es aquel que mira: yo mismo. Coincidencia que se desdobla: soy una imagen entre mis imágenes y cada una de ellas, al mostrar su realidad, confirma la mía… De pronto, y muy pronto, la coincidencia se rompe: no me reconozco en lo que veo ni lo reconozco. El mundo se ha ido de sí mismo, no sé adónde. No hay mundo. ¿O soy yo el que se ha ido? No hay dónde. Hay una falta –en el sentido geológico: no una falta sino una hendedura– y por ella se precipitan las imágenes. El ojo retrocede.

Hay que tender entre una orilla y otra de la realidad, entre el que mira y aquello que mira, un puente, muchos puentes: el lenguaje, los lenguajes. Por esos puentes atravesamos las zonas nulas que separan esto de aquello, aquí de allá, ahora de antes o después. Pero hay algunos obstinados –unos pocos cada cien años– que prefieren no moverse. Dicen que los puentes no existen o que el movimiento es ilusorio; aunque nos agitamos sin cesar y vamos de una parte a otra, en realidad nunca cambiamos de sitio. Henri Michaux es uno de esos pocos. Fascinado, se acerca al borde del precipicio y, desde hace muchos años, mira fijamente. ¿Qué mira? El hueco, la herida, la ausencia.

El que mira la falla no va en busca del reconocimiento. No mira para confirmar su realidad en la del mundo. Mirar se vuelve una negación, un ascetismo, una crítica. Mirar como mira Michaux es deshacer el nudo de reflejos en que la vista ha convertido al mundo. Mirar así es cegar la fuente, el surtidor de las certidumbres a un tiempo radiosas e insignificantes, romper el espejo donde las imágenes, al contemplarse, se beben a sí mismas. Mirar con esa mirada es caminar hacia atrás, desandar lo andado, retroceder hasta llegar al fin de los caminos. Llegar a lo negro. ¿Qué es lo negro? Michaux ha escrito: le noir ramène au fondement, à l’origine. Pero el origen es aquello que, a medida que nos acercamos, se aleja. Es un punto de la línea que dibuja el círculo y en ese punto, según Heráclito, el comienzo y la extremidad se confunden. Lo negro es un fundamento pero también es un despeñadero. Lo negro es un pozo y el pozo es un ojo. Mirar no es rescatar las imágenes caídas en el pozo del origen sino caer en ese pozo sin fondo, sin comienzo. Caer en uno mismo, en su ojo, en su pozo. Contemplar en el estanque ya sin agua la lenta evaporación de nuestra sombra. Mirar así es ser el testigo de las conjugaciones de lo negro y de las disipaciones de la transparencia.

Para Michaux la pintura ha sido un viaje al interior de sí mismo, un descenso espiritual. Una prueba, una pasión. También un testimonio lúcido del vértigo: durante la caída interminable mantuvo los ojos abiertos y pudo descifrar, en las manchas verdes y negras de las paredes del pozo, las escrituras del miedo, el terror, la rabia. En un pedazo de papel, sobre su mesa, a la luz de una lámpara, vio un rostro, muchos rostros: la soledad de la criatura en los espacios amenazantes. Viajes por los túneles del espíritu y los de la fisiología, expediciones a través de las inmensidades infinitesimales de las sensaciones, las impresiones, las percepciones, las representaciones.

Historias, geografías, cosmologías de los países de allá dentro, indecisos, fluidos, en perpetua desagregación y gestación, con sus vegetaciones feroces, sus poblaciones espectrales. Michaux es el pintor de las apariciones y las desapariciones. Es frecuente, ante esas obras, elogiar su fantasía. Confieso que a mí me conmueve su exactitud. Son verdaderas instantáneas del horror, la ansiedad, el desamparo. Mejor dicho: vivimos entre poderes indefinibles pero, aunque ignoramos sus verdaderos nombres, sabemos que encarnan en imágenes súbitas, momentáneas, que son el horror, la angustia, la desesperación en persona.

Las criaturas de Michaux son revelaciones insólitas que, sin embargo, reconocemos: ya habíamos visto, en un hueco del tiempo, al cerrar los ojos o al volver la cabeza, en un momento de indefensión, esos rasgos atroces y malévolos o sufrientes, vulnerables y vulnerados. Michaux no inventa: ve. Nos asombra porque nos muestra lo que está escondido en los repliegues de las almas. Todas esas criaturas nos habitan, viven y duermen con nosotros. Somos, simultáneamente, su campo de cultivo y su campo de batalla.

La pintura de Michaux nos estremece por su veracidad: es un testimonio que revela la irrealidad de todos los realismos. Lo que he llamado, a falta de palabra mejor, su exactitud, es una cualidad que aparece en todos los grandes visionarios. Más que un atributo estético es una condición moral: se requiere valor, integridad, pureza, para ver de frente a nuestros monstruos. Hablé antes de su lucidez; debo mencionar ahora su complemento: el abandono. Solo, desarmado, indefenso, Michaux convoca a las potencias temibles. Por eso su arte –si esa palabra puede designar con propiedad a sus obras poéticas y pictóricas– es también una prueba. El artista, se ha dicho muchas veces, es un hacedor; en el caso de Michaux, ese hacer no es estético únicamente. Sus cuadros no son tanto ventanas que nos dejan ver otra realidad como agujeros y aberturas perforados por los poderes del otro lado. El espacio, en Michaux, es anímico. Más que una representación de las visiones del artista, el cuadro es un exorcismo. La familiaridad de Michaux con lo que no hay más remedio que llamar lo divino y lo demoniaco, no debe engañarnos sobre el sentido de su empresa. Si busca un absoluto, un más allá, ese absoluto no tiene nombre de dios; si busca una presencia, esa presencia no tiene rostro ni substancia. Su pintura, como su poesía, es una lucha contra los fantasmas, los dioses y los demonios.

El elemento corporal no ha sido menos decisivo en su creación pictórica que el espiritual. Su exploración del «espacio de adentro» ha coincidido con su exploración de las materias e instrumentos del oficio de pintar. Cuando decidió probarse en la expresión plástica, hacia 1937, no había pasado por los años de aprendizaje que son el camino obligado de todos los pintores. Nunca había estado en una academia de arte ni había tomado una lección de dibujo. De ahí el carácter encarnizado de muchas de sus obras. Su relación con el papel, la tela, los colores, las tintas, las planchas, los ácidos, la pluma y el lápiz, no ha sido la del maestro con sus instrumentos sino la de aquel que lucha cuerpo a cuerpo con un desconocido. Estos combates fueron una liberación. Michaux se sintió más seguro, menos oprimido por los antecedentes y los precedentes, por las reglas y el gusto. Lo sorprendente es que en su pintura no hay huellas, ni siquiera en sus inicios, de las torpezas del principiante. ¿Desde el principio fue dueño de sus medios? Lo contrario: desde el principio se dejó guiar por ellos. Sus maestros fueron los materiales mismos. Su pintura tampoco es bárbara. Más bien es refinada, con un refinamiento que no excluye la ferocidad y el humor. Pintura rápida, nerviosa, sacudida por corrientes eléctricas, pintura con alas y picos y garras.

Michaux pinta con el cuerpo, con todos los sentidos juntos, confundidos, tensos, como si quisiese hacer de la tela el campo de batalla o de juego de las sensaciones y las percepciones. Batalla, juego: también música. Hay un elemento rítmico en esta pintura. La mano ve, el ojo oye. ¿Qué oye? Los oleajes de los colores y las tintas, el rumor de las líneas que se anudan, el estrépito seco de los signos, insectos que combaten sobre las hojas. El ojo oye la circulación de las grandes formas impalpables en los espacios vacíos. Torbellinos, remolinos, explosiones, migraciones, inundaciones, desmoronamientos, marañas, confabulaciones. Pintura del movimiento, pintura en movimiento.

La experiencia de las drogas también fue, a su manera, una experiencia física como la del combate con las materias pictóricas. El resultado fue, asimismo, una liberación psíquica. El pozo se volvió surtidor. La mezcalina provocó el manar de dibujos, grabados, reflexiones y notas en prosa, poemas. En otro lugar [de In/mediaciones] he tocado el tema de las substancias alucinógenas en la obra de Henri Michaux. No menos poderosa que la acción de las drogas –y más constante, pues lo ha acompañado en todas sus aventuras– ha sido la influencia del humor. En el lenguaje corriente la palabra humor tiene un significado casi exclusivamente psicológico: disposición del temperamento y del espíritu. Pero el humor también es un líquido, una substancia, y de ahí que pueda ser comparado a las drogas. Para la medicina medieval y renacentista el temperamento melancólico no dependía sólo de una disposición del espíritu sino de la combinada influencia de Saturno y la bilis negra. La afinidad entre el temperamento melancólico, el humor negro y la predisposición a las artes y las letras, intrigó a los antiguos. Aristóteles afirma en el «Problema xx» que en ciertos individuos «el calor de la bilis está cerca de la sede de la inteligencia y por esto el furor y el entusiasmo se apoderan de ellos, como sucede con las Sibilas y las Bacantes y con todos aquellos inspirados por los dioses […]. Los melancólicos sobrepasan a los otros hombres en las letras, las artes y en la vida pública». Entre los grandes melancólicos Aristóteles cita, previsiblemente, a Heráclito y a Demócrito. Ficino recoge esta idea y la enlaza con el motivo astrológico de Saturno: «La melancolía o bilis negra llena la cabeza con sus vapores, enardece el cerebro y oprime el ánima noche y día con visiones tétricas y espantosas...». De Ficino a Agrippa y de Agrippa a Durero y a su Melancolía I, Shakespeare y Hamlet, Donne, Juana Inés de la Cruz, los románticos, los simbolistas... En Occidente la melancolía ha sido la enfermedad de los contemplativos y los espirituales (1).

En la composición de la tinta negra de Michaux, química espiritual, hay un elemento saturniano. Una de sus primeras obras se llama Príncipe de la noche (1937). Es un personaje suntuoso y fúnebre que, inevitablemente, hace pensar en el Príncipe de Aquitania de El desdichado. Casi de la misma época es otro gouache, que es su doble y su réplica: Clown. La relación entre el Príncipe y el Clown es íntima y antigua. Es la relación entre la mano y la mejilla: Je le gifle, je le gifle, je le mouche ensuite par dérision. Esa relación también es la del soberano y la del súbdito: Dans ma nuit, j’assiège mon Roi, je me lève progressivement et je lui tords le cou… Je le secoue et le secoue comme un viex prunier, et sa couronne tremble sur sa tête. Et pourtant, c’est mon Roi. Je le sais et il le sait, et c’est bien sûr que je suis à son service. Pero ¿quién es el rey yquién es el bufón? El secreto de la identidad de cada personaje y el de sus metamorfosis está en el tintero de la tinta negra. Las apariciones brotan de lo negro y regresan a lo negro. En la tradición pictórica de Occidente no abunda el humor y las obras modernas en que aparece pueden contarse con los dedos, de Duchamp y Picabia a Klee y de Max Ernst a Matta. La invención de Michaux en este dominio ha sido decisiva y fulgurante. Los seres fosforescentes que brotan de su botella de tinta negra no son menos sobrecogedores que los que surgen de las ánforas donde encierran a los djinn.

Las primeras tentativas plásticas de Michaux fueron dibujos de líneas y «alfabetos». El signo lo atrajo desde el comienzo. Un signo liberado de su carga conceptual y más cerca, en el dominio oral, de la onomatopeya que de la palabra. La pintura y la escritura se cruzan en Michaux sin jamás confundirse. Su poesía quisiera ser ritmo puro mientras que su pintura está como recorrida por el deseo de decir. En un caso, nostalgia de la línea y, en el otro, de la palabra. Pero sus poemas, en las fronteras de la glosolalia y del silencio, dicen; y sus pinturas, al borde del decir, callan. Lo que dice su pintura es intraducible al lenguaje de la poesía y viceversa. No obstante, ambas confluyen: el mismo maelström las fascina. Mundo de las apariciones, aglomeraciones y disoluciones de las formas, mundo de líneas y flechas acribillando horizontes en fuga: el movimiento es metamorfosis continua, el espacio se desdobla, se dispersa, se esparce en fragmentos animados, se reúne consigo mismo, gira, es una bola incandescente que corre por un llano pelado, se detiene al borde del papel, es una gota de tinta preñada de reptiles, es una gota de tiempo que revienta y cae en una terca lluvia de semillas que dura un milenio.

Las criaturas de Michaux sufren todos los cambios, de la petrificación a la evaporación. El humo se condensa en montaña, la piedra es maleable y, si soplas sobre ella, se disipa, vuelta un poco de aire. Génesis pero génesis al revés: las formas, chupadas por el maelström, regresan hacia su origen. Caída de las formas hacia sus formas antiguas, embrionarias, anteriores al yo y al lenguaje mismo. Manchas, marañas. Después, todo se desvanece. Ya estamos ante lo ilimitado, ante lo que Michaux llama lo «transreal ». Antes de las formas y de los nombres. El más allá de lo visible que es también el más allá de lo decible. Fin de la pintura y de la poesía. En una última metamorfosis la pintura de Michaux se abre y muestra que, verdaderamente, no hay nada que ver. En ese instante todo recomienza: lo ilimitado no está afuera sino adentro de nosotros.

México, 6 de octubre de 1977

* Prólogo a la exposición retrospectiva de Henri Michaux celebrada en París (Plateau Beaubourg) y después en Nueva York (Museo Guggenheim) en 1978. Este texto se publicó en In/mediaciones, Barcelona, Seix Barral, 1979

1 Cf. Giorgio Agamben, Estancias, Valencia, Pre-Textos, 1995


En Henri Michaux, Icebergs, Madrid, Círculo de las Bellas Artes, 2006


21 de jul. de 2007

Umberto Eco - La sabia Lía

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Regresé del Piamonte cargado de remordimientos. Pero tan pronto como volví a ver a Lia olvidé todos los deseos que había acariciado.

Sin embargo, el viaje me había dejado otras huellas, y ahora me parece inquietante que entonces no me hubieran inquietado. Estaba fijando el orden definitivo, capítulo por capítulo, de las imágenes para la historia de los metales, y ya no lograba eludir al demonio de la semejanza, com ya me había sucedido en Río. ¿Qué diferencia había entre esta estufa cilíndrica de Réaumur, 1750, esta cámara de calor para incubar huevos, y este atanor del siglo XVII, vientre materno, útero oscuro para incubar sabe Dios qué metales místicos? Era como si hubiesen instalado el Deutsches Museum en el castillo piamontés que había visitado la semana anterior.

Me resultaba cada vez más difícil desligar el mundo de la magia de lo que hoy llamamos el universo de la precisión. Personajes que en la escuela me habían señalado como portadores de la luz matemática y física en medio de las tinieblas de la superstición se me revelaban como gente que había trabajado con un pie en la Cábala y otro en el laboratorio. ¿No estaría releyendo toda la historia con los ojos de nuestros diabólicos? Pero después encontraba textos absolutamente fiables donde se decía que los físicos positivistas, apenas trasponían el umbral de la universidad, iban a chapucear en sesiones de espiritismo y cenáculos astrológicos, y que Newton había descubierto la ley de la gravitación universal porque creía en la existencia de fuerzas ocultas (recordaba sus incursiones en la cosmología rosacruciana).

Había convertido la incredulidad en un deber científico, y ahora tenía que desconfiar incluso de los maestros que me habían enseñado a ser incrédulo. Pensé: soy como Amparo, no creo pero me dejo atrapar. Y me sorprendía reflexionando sobre el hecho de que al fin y al cabo la altura de la gran pirámide era realmente una mil millonésima parte de la distancia entre la Tierra y el Sol, o de que realmente se podían trazar analogías entre la mitología céltica y la mitología amerindia. Y estaba empezando a interrogar a todo lo que había a mi alrededor, las casas, los rótulos de las tiendas, las nubes en el cielo y los grabados que veía en las bibliotecas, no para que me contasen su historia, sino la otra, que ciertamente ocultaban, pero que acababan revelando a causa y en virtud de sus misteriosas semejanzas.

Me salvó Lia, al menos momentáneamente.

Le había contado todo (o casi todo) sobre la visita al Piamonte, y cada noche regresaba yo a casa con nuevos datos curiosos para añadir a mi fichero de referencias. Ella comentaba:

--Come, estás flaco como un palillo.

Una noche se había sentado junto al escritorio, se había separado el flequillo que le cubría la frente, para poder mirarme directamente a los ojos, había puesto las manos en el regazo, como las amas de casa. Nunca se había sentado así, con las piernas separadas, la falda estirada entre ambas rodillas. Pensé que no era una postura demasiado elegante. Pero después miré su rostro, que me pareció más luminoso, tenuemente sonrojado.

La escuché, aunque todavía no supiese por qué, con respeto.

--Pim --me dijo--, no me gusta la forma en que te estás tomando la historia de Manuzio. Antes
recopilabas datos como quien recoge conchas.

Ahora parece que te apuntes los números de la lotería.

--Es porque con éstos me divierto más.

--No te diviertes, te apasionas, no es lo mismo. Ten cuidado, porque con éstos puedes llegar
a enfermar.

--No exageres también tú. A lo sumo los enfermos son ellos. Uno no se vuelve loco porque
trabaje de enfermero en un manicomio.

--Eso habría que probarlo.

--Sabes que siempre he desconfiado de las analogías. Y ahora me encuentro en medio de una fiesta de analogías, una Coney Island, un Primero de Mayo en Moscú, un Año Santo de analogías, veo que algunas son mejores que otras y me pregunto si por azar no existirá alguna explicación.

--Pim --dijo Lia--, he visto tus fichas, porque tengo que volver a ordenarlas. Cualquier descubrimiento que puedan hacer tus diabólicos ya está aquí, fíjate.

Y se daba palmadas en el vientre, en las caderas, en los muslos y en la frente. Así sentada, las piernas tan separadas que le estiraban la falda, de frente, parecía una robusta y lozana nodriza, ella, que era tan esbelta y ágil, porque ahora una sabiduría sosegada la iluminaba de autoridad matriarcal.

--Pim, los arquetipos no existen, sólo existe el cuerpo. Dentro de la barriguita todo es bonito, porque allí crecen los nenes, allí se mete, feliz, tu pajarito, y allí se junta la comida rica y buena, por eso son bonitas e importantes la caverna, la sima, el pasadizo, el subterráneo, incluso el laberinto, que está hecho como nuestras buenas y santas tripas, y cuando alguien debe inventar algo importante dice que procede de allí, porque también tú viniste de allí el día de tu nacimiento, y la fertilidad está siempre en un agujero, donde primero se macera algo y después, sorpresa, un chinito, un dátil, un baobab. Pero arriba es mejor que abajo, porque si te pones cabeza abajo se te sube la sangre a la cabeza, porque los pies apestan y el pelo no tanto, porque es mejor subirse a un árbol para coger los frutos que acabar bajo tierra engordando gusanos, porque es raro que te hagas daño dándote por arriba (tienes que estar en una buhardilla) y en cambio sueles hacértelo por abajo, al caer, y por eso lo alto es angélico y lo bajo diabólico. Pero como también es cierto lo que acabo de decirte sobre mi barriguita, las dos cosas son igualmente ciertas, es bonito lo bajo y lo interior, en un sentido, así como en el otro lo es lo alto y lo exterior, y aquí no cuenta el espíritu de Mercurio y la contradicción universal. El fuego te calienta y el frío te provoca una pulmonía, sobre todo si eres un sabio de hace cuatro mil años, de manera que el fuego tiene virtudes misteriosas, porque también te sirve para guisar un pollo. Pero el frío conserva ese mismo pollo, y el fuego, si lo tocas, te hace salir una ampolla así de grande, de manera que, si piensas en algo que se conserva desde hace milenios, como la sabiduría, tienes que situarla en una montaña, en lo alto (ya sabemos que es bueno), pero en una caverna (que también es buena) y en el frío eterno de las nieves tibetanas (que es buenísimo). Y, si te intriga el hecho de que la sabiduría venga de Oriente y no de los Alpes suizos, has de saber que es porque el cuerpo de tus antepasados, cada mañana, cuando se despertaba aún en la oscuridad, miraba al este esperando que saliese el sol y no lloviese, vaya país.

--Sí, mamá.

--Claro que sí, niño mío. El sol es bueno porque sienta bien al cuerpo, y porque tiene la buena costumbre de volver a aparecer cada día, por tanto es bueno todo lo que vuelve, y no lo que pasa y se marcha y si te he visto no me acuerdo. La manera más cómoda de regresar por donde se ha pasado ya, sin recorrer dos veces el mismo camino, consiste en moverse en círculo. Y, como el único animal que se aovilla en círculo es la serpiente, por eso hay tantos cultos y mitos de la serpiente, porque es difícil representar el regreso del sol enrollando un hipopótamo. Además, si tienes que hacer una ceremonia para invocar el sol, te conviene moverte en círculo, porque si te mueves en línea recta te alejas de casa y la ceremonia tendría que ser muy breve, sin contar que el círculo es la estructura más cómoda para un rito, y lo saben hasta los saltimbanquis que actúan en las playas porque en círculo todos ven al que está en el centro, mientras que, si toda una tribu se pusiese en línea recta como una hilera de soldados, los de más lejos no verían, y por eso el círculo y el movimiento rotatorio y el regreso cíclico son fundamentales en todo culto y en todo rito.

--Sí, mamá.

--Claro que sí. Y ahora pasemos a los números mágicos que tanto les gustan a tus autores. Uno eres tú que no eres dos, una es la cosita que tienes ahí, y una la que tengo aquí, una es la nariz y uno el corazón, de modo que ya ves cuántas cosas importantes son uno. Y dos son los ojos, las orejas, los agujeros de la nariz, mis senos y tus pelotas, las piernas, los brazos, las nalgas. Tres es más mágico que todos porque nuestro cuerpo lo ignora, no tenemos nada que sea tres cosas, y debería ser un número misteriosísimo, que atribuimos a Dios, dondequiera que vivamos. Pero si te paras a pensar, yo tengo una sola cosita y tú tienes una sola cosita, calla, y no hagas gracias, y si ponemos esas dos cositas juntas sale una nueva cosita y ya somos tres. Pero entonces, ¿se necesita un profesor universitario para descubrir que todos los pueblos tienen estructuras ternarias, trinidades y cosas por el estilo? Mira que las religiones no se hacían con ordenador, era toda gente bien, que follaba como es debido, y todas las estructuras trinitarias no son un misterio, son el relato de lo que haces tú, de lo que hacían ellos. Pero dos brazos y dos piernas dan cuatro, y así resulta que también cuatro es un número bonito, sobre todo si piensas que los animales tienen cuatro patas y que a cuatro patas se mueven los niños pequeños, como sabía la Esfinge. Del cinco ni que hablar, son los dedos de la mano, y con dos manos tienes ese otro número sagrado que es el diez, y por fuerza han de ser diez los mandamientos, porque, si fuesen doce, cuando el cura dice uno, dos, tres y muestra los dedos, al llegar a los dos últimos tendría que pedirle prestada la mano al sacristán. Ahora toma el cuerpo y cuenta todo lo que sobresale del tronco, con brazos, piernas, cabeza y pene, son seis, pero en el caso de la mujer son siete, por eso creo que tus autores nunca se han tomado en serio el seis, salvo como el doble del tres, porque sólo funciona para los machos, que no tienen ningún siete, y cuando ellos mandan prefieren verlo como un número sagrado, olvidando que también mis tetas sobresalen, pero paciencia. Ocho; --Dios mio, no tenemos ningún ocho... no, espera, si el brazo y la pierna no cuentan como uno sino como dos, porque ahí están el codo y la rodilla, tenemos ocho huesos grandes que se bambolean desde el tronco, y si les sumas este último tienes el nueve, que con la cabeza da diez. Pero sin alejarte del cuerpo puedes obtener todos los números que quieras, piensa en los agujeros.

--¿En los agujeros?

--Si, ¿cuántos agujeros tiene tu cuerpo?

--Pues... --me contaba--. Ojos narices orejas boca culo, suman ocho.

--¿Ves? Razón de más para que el ocho sea un número bonito. ¡Pero yo tengo nueve! Y con el noveno te traigo al mundo, ¡por eso el nueve es más divino que el ocho! ¿Quieres que te explique otras figuras que se reiteran? ¿Quieres la anatomía de esos menhires que tus autores no se cansan de nombrar? Estamos de pie durante el día y acostados de noche; también tu cosita, no, no me digas lo que hace de noche, el hecho es que trabaja derecha y descansa acostada. De modo que la postura vertical es vida, y está en relación con el sol, y los obeliscos se yerguen hacia arriba como los árboles, mientras que la postura horizontal y la noche son sueño y luego muerte, y todos adoran menhires, pirámides, columnas, mientras que nadie adora balcones y balaustradas. ¿Has oído hablar alguna vez de un culto arcaico de la barandilla sagrada? ¿Ves? Además, tampoco el cuerpo te lo permite, si adoras una piedra vertical, aunque seáis muchos podéis verla todos, pero si adoras algo horizontal sólo lo ven los que están en primera fila y los demás que empujen mientras gritan yo también, yo también, y no es un espectáculo muy apropiado para una ceremonia mágica...

--Pero los ríos...

--Los ríos, no se los adora porque sean horizontales, sino porque tienen agua, y no querrás que te explique la relación entre el agua y el cuerpo... En resumidas cuentas, estamos hechos así, con este cuerpo, todos, y por eso producimos los mismos símbolos a millones de kilómetros de distancia y necesariamente todo se parece, y ahora piensa que a las personas con algo en la cabeza el hornillo del alquimista, todo cerrado y caliente por dentro, les recuerda la barriga de la mamá que fabrica los nenes, sólo tus diabólicos ven a la Virgen que va a parir al niño y piensan que es una alusión al hornillo del alquimista. Así se han pasado miles de años buscando un mensaje, y todo estaba ahí, bastaba con que se miraran en el espejo.

--Tú me dices siempre la verdad. Tú eres mi Yo, que por lo demás es mi Ello visto por Ti. Quiero descubrir todos los arquetipos secretos del cuerpo.

Aquella noche inauguramos la expresión “hacernos unos arquetipos” para referirnos a nuestros momentos de ternura.

Cuando ya me estaba durmiendo, Lia me tocó en un hombro.

--Se me olvidaba --dijo--. Estoy embarazada.

El péndulo de Foucault, cap. 63

18 de jul. de 2007

Marcel Duchamp y John Cage

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Robert Burton (1576-1639) - Un tercero en discordia

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En su Vida de Apolonio, refiere Filostrato que un mancebo de veinticinco años, Menipio Licio, encontró en el camino de Corinto a una hermosa mujer, que tomándolo de la mano, lo llevó a su casa y le dijo que era fenicia de origen y que si él se demoraba con ella, la vería bailar y cantar y que beberían un vino incomparable y que nadie estorbaría su amor. Asimismo le dijo que siendo ella placentera y hermosa, como lo era él, vivirían y morirían juntos. El mancebo, que era un filósofo, sabía moderar sus pasiones, pero no ésta del amor, y se quedó con la fenicia y por último se casaron. Entre los invitados a la boda estaba Apolonio de Tiana, que comprendió en el acto que la mujer era una serpiente, una lamia, y que su palacio y sus muebles no eran más que ilusiones. Al verse descubierta, ella se echó a llorar y le rogó a Apolonio que no revelara el secreto. Apolonio habló; ella y el palacio desaparecieron.

Fuente: ddooss

Voltaire - Ateo y Ateísmo (En Diccionario filosófico)

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ATEO. Entre los cristianos hubo muchos ateos, pero en la actualidad hay muchos menos. Esto, que a primera vista parece una paradoja y si bien se mira se antojará una verdad, se debe a que la teología condujo con mucha frecuencia a los espíritus al ateísmo y la filosofía los sacó de él. En los tiempos primitivos podía perdonarse a los hombres que dudaran de la, Divinidad, porque veían que los que la anunciaban disputaban unos con otros respecto a la naturaleza de ésta. Los primeros padres de la Iglesia sostuvieron que Dios era corporal; quienes les sucedieron, no le concedían extensión y, sin embargo, le hacían morar en una parte del cielo; según unos, creó el mundo al crear el tiempo, y según otros creó el tiempo después; éstos sostenían que su Hijo era semejante a El y aquéllos que el Hijo no era semejante al padre. Tampoco estaban de acuerdo acerca del modo cómo la tercera persona derivaba de las otras dos. También disputaban si el Hijo, en el mundo, se componía o no de dos personas.

De modo que, sin que ellos lo advirtieran, plantearon la cuestión en estos términos: si había en la Divinidad cinco personas, contando dos en Jesucristo en el mundo y tres en el cielo, o tres personas, considerando sólo a Cristo como Dios. Discutían también sobre su madre, sobre el descendimiento al infierno y al limbo, sobre la manera cómo se comía el cuerpo del hombre Dios, cómo se bebía su sangre, sobre su gracia, sobre los santos y sobre otras muchas materias.

Al ver tan en desacuerdo los confidentes de la Divinidad y anatematizándose recíprocamente siglo tras siglo, pero de acuerdo todos ellos en la desenfrenada ambición de riquezas y poder, al contemplar por otra parte el cúmulo de desgracias y crímenes que infectaban la tierra, muchos de ellos, provocados por las contiendas de los directores de almas, debemos confesar que era lícito al hombre razonable dudar de la existencia de un Ser Supremo de tan extraño carácter, y al hombre sensible creer que el Dios que espontáneamente había creado antes tantos desgraciados no debía existir.

Supongamos, por ejemplo, que un físico del siglo XV lea en la Suma de santo Tomás estas palabras: «La virtud del cielo, en lugar del esperma, es suficiente con los elementos y la putrefacción para producir la generación de los animales imperfectos». He aquí las deducciones que de ese pensamiento hubiera sacado el físico: Si la podredumbre y los elementos bastan para producir animales informes, es de suponer que con algo más de podredumbre y poco más de calor podríamos obtener animales más completos. La virtud del cielo en este caso no es más que la virtud de la naturaleza. Creeré, pues, como Epicuro y santo Tomás, que los hombres pueden nacer del limo de la tierra y de los rayos del sol, y todavía ese origen es demasiado noble para seres tan desgraciados y perversos. ¿Porqué he de creer, pues, en un Dios creador que sólo me presentan formulando ideas contradictorias e irritantes? Por fortuna nació la física y con ella la filosofía, y entonces se supo a ciencia cierta que el limo del Nilo no es capaz de producir un insecto, ni una espiga de trigo, y hemos tenido que reconocer gérmenes, relaciones, medios y correspondencia asombrosa sobre todos los seres. Hemos estudiado los rayos de luz que parten del sol y van a iluminar esferas celestes y el anillo de Saturno a trescientos millones de leguas de distancia, para llegar a la Tierra y formar dos ángulos opuestos por el vértice en el ojo de un insecto reflejando la naturaleza en su retina. Nació luego un filósofo que descubrió las sencillas y sublimes leyes que rigen los cuerpos celestes girando en el abismo del espacio. Por tanto, al conocer mejor la obra admirable del universo hemos reconocido al Supremo arquitecto, y sus leyes uniformes y constantes nos han hecho reconocer un Supremo legislador. La sana filosofía destruyó, pues el ateísmo, al que la oscura teología daba armas.

A un reducido número de espíritus descontentadizos, a quienes afectan más las supuestas injusticias de un Ser Supremo que halaga su sabiduría sólo les quedó el recurso de obtinarse en negar la existencia de ese primer motor. Argumentan que la naturaleza existe durante toda la eternidad y todo está en movimiento en la naturaleza; por tanto, todo cambia en ella continuamente. Así, si todo cambia siempre, es preciso que lleguen todas las combinaciones posibles, y la combinación presente de todas las cosas pudo ser efecto exclusivo del movimiento y del cambio eterno. Tomad seis dados, echadlos y apostamos uno contra mil a que no sacaréis seis veces el mismo número en los seis dados. De esa forma, en el transcurso de una infinidad de siglos, no es imposible que una de las combinaciones infinitas sea la creación del universo.

Este argumento ha seducido a espíritus muy lúcidos, pero que no se dan cuenta que el infinito se opone a ese raciocinio y, en cambio, no se opone a la existencia de Dios. Debían también comprender que si todo cambia, las menores especies de las cosas no debían ser inmutables, como son desde hace muchísimo tiempo. Por lo menos no tienen ninguna razón para creer que no se forman nuevas especies todos los días, y por el contrario, es muy probable que una mano poderosa, superior a esos cambios continuos, mantenga todas las especies en los límites que ha prescrito. De modo que el filósofo que reconoce a Dios tiene para defender su causa multitud de probabilidades que equivalen a la certidumbre, y el ateo sólo tiene dudas. Podríamos aducir más pruebas filosóficas que destruyen el ateísmo.

Respecto a la moral, es evidente que vale más reconocer a Dios que negarlo. Interesa a todos los hombres que exista una divinidad que castigue lo que la justicia humana deja impune, pero también es evidente que vale más no reconocer a ningún dios que adorar a un bárbaro al que sacrifican hombres, como sucede en algunas naciones. Esta verdad la ilustraremos con un ejemplo.

En la época de Moisés, los hebreos no tenían noción alguna de la inmortalidad del alma, ni de la vida futura. Su legislador sólo les anunció de parte de Dios recompensas y castigos puramente temporales; por tanto, para ellos, la cuestión es vivir. Moisés ordenó a los levitas que degollaran veintitrés mil hermanos suyos porque adoraban un becerro de oro o dorado. En otra ocasión, el pueblo de Moisés quitó la vida a veinticuatro mil hombres por haber tenido comercio carnal con las jóvenes del país, y otros doce mil fueron asesinados porque algunos quisieron sostener el arca que iba a caer. Por esto, respetando siempre los designios de la Providencia, podemos humanamente afirmar que hubiera sido preferible para esos cincuenta y nueve mil hombres que no creían en la vida futura haber sido ateos y vivir, a ser degollados de parte del Dios que reconocían.

Es posible que no se enseñe el ateísmo en las escuelas de los hombres de letras de China; sin embargo, es cierto que muchos de sus hombres de letras son ateos, pero es porque sólo son filósofos a medias, y aunque lo sean, no cabe duda de que es preferible vivir con ellos en Pekín, disfrutando de la benignidad de sus costumbres y de sus leyes, a vivir en Goa, expuestos a pasar los días encadenados en las prisiones de la Inquisición y salir sólo de ellas disfrazados con una ropa llena de azufre para ir a morir abrasados en las llamas de una hoguera.

Quienes defienden que puede subsistir una sociedad de ateos tienen razón, porque las leyes son las que forman las sociedades, y esos ateos siendo filósofos por añadidura, pueden pasar la vida tranquila y feliz al amparo de esas leyes, viviendo más fácilmente en sociedad que los fanáticos supersticiosos. Poblad una ciudad de epicúreos, de Simónides, de Protágorss y de Spinozas, y poblad otra ciudad de jansenistas y molinistas; comprobaréis de ese modo la verdad del pensamiento que acabo de sentar. El ateísmo, considerándolo sólo con relación a esta vida, sería muy peligroso en un pueblo feroz, pero no es menos pernicioso tener falsas ideas sobre la divinidad. Casi todos los grandes del mundo viven como si fueran ateos. Quien tiene gran experiencia y muchos años sabe reconocer a un dios cuya presencia y justicia no ejercen la menor influencia sobre las guerras, los tratados y los móviles de ambición, de interés o de placer, que consumen todo su tiempo, y observa todas las reglas establecidas en la sociedad, y le es mucho más grato vivir así que con supersticiosos y con fanáticos. Confieso que siempre esperaré que sea más justo quien cree en Dios que el que no cree, pero también esperaré más disgustos y persecuciones de los supersticiosos. El ateísmo y el fanatismo son dos monstruos que pueden desgarrar y destruir la sociedad, pero el ateo, aunque persevere en su error, conserva siempre el juicio, que le corta las garras, mientras el fanático está atacado de una continua locura que afila las suyas.

De los ateos modernos. Somos seres inteligentes que no pudieron ser creados por un ser tosco, insensible y ciego; luego la inteligencia de Newton provino de otra inteligencia. Cuando contemplamos una máquina complicada comprendemos en seguida que es producto de un experto constructor. El mundo es una máquina admirable construida por una gran inteligencia. No por antiguo este argumento es malo.

Todos los cuerpos vivos se componen de palancas y poleas, que actúan obedeciendo a leyes de la mecánica, de juegos que hacen circular continuamente las leyes de la hidrostática, y nos admiramos de que todos esos seres estén dotados de sentimiento, que no tiene nada que ver con su organización.

El movimiento de los astros y de la tierra alrededor del sol se opera en virtud de las leyes más profundas de las matemáticas. ¿Cómo Platón que no conocía ninguna de esas leyes, pudo decir que la tierra estaba cimentada sobre un triángulo equilátero y el agua sobre un triángulo rectángulo; cómo el extraño Platón, que afirmó que sólo podían existir cinco mundos, porque sólo existían cinco cuerpos regulares, y que ignoraba la trigonometría esférica, pudo tener tan gran genio e instinto perspicaz, que llamó Dios al Eterno Geómetra y pudo comprender que existía una inteligencia creadora? Hasta el propio Spinoza tiene que confesarlo. Es imposible negar esa verdad que nos rodea y abruma por todas partes.

Y sin embargo, conozco espíritus sediciosos y tercos que niegan la existencia de la inteligencia creadora y propugnan que únicamente el movimiento creó por sí mismo todo lo que vemos y somos. Sostienen con audacia que la combinación del universo era posible puesto que existe; luego, también es posible que sea obra del movimiento. Dicen también: elijamos cuatro planeta, Marte, Mercurio, Venus y la Tierra. Pensemos en el sitio que ocupan haciendo caso omiso de los demás, y se verá que tenemos muchas probabilidades para creer que sólo el movimiento los ha colocado en sus sitios respectivos. Tenemos de nuestra parte veinticuatro probabilidades en esta combinación; queremos decir que apostamos veinticuatro contra uno a que esos planetas no se encontrarían donde se encuentran por la relación de unos a otros. Añadamos a esos cuatro planetas el de Júpiter y tendremos ciento veinte probabilidades contra una para apostar que Júpiter, Marte, Venus, Mercurio y la Tierra, no ocuparían el sitio que hoy ocupan. Añadamos también a Saturno, y tendremos seiscientas veinte probabilidades contra una para colocar esos seis grandes planetas en los sitios que ocupan y a la distancia que están. Por tanto, queda demostrado que en setecientas veces el movimiento pudo situar los seis planetas principales en los sitios que ocupan.

Si consideráis en seguida los demás astros secundarios, sus combinaciones, sus movimientos y los seres que vegetan, viven, sienten, piensan y obran en todos los Globos, aumentaréis el número de las probabilidades; multiplicad ese número en toda la eternidad hasta el número que llamamos infinito y en esa multiplicación obtendremos siempre una unidad en favor de la formación del mundo tal como está formado exclusivamente por el movimiento. Por tanto, es posible que en toda la eternidad el movimiento de la materia haya creado el universo tal como existe; luego no sólo es posible que el mundo sea como es, sólo por el movimiento, sino que es imposible que deje de ser, como decimos, después de las infinitas combinaciones.

La suposición que acabo de describir con detalle la encuentro extraordinariamente quimérica por dos razones: la primera, porque en ese universo imaginado no existen seres inteligentes, ni me podéis demostrar que el movimiento produzca la inteligencia; la segunda razón estriba en que, según vuestra confesión, puede apostarse el infinito contra uno a que una causa inteligente y creadora anima el universo. Cuando el hombre se encuentra solo frente al infinito, comprende su insignificancia.

El propio Spinoza admite esa inteligencia como base de su sistema: no le habéis leído y debéis hacerlo. ¿Por qué pretendéis ir más lejos que él y, con necio orgullo, sumergir vuestra débil razón en el abismo donde Spinoza no se atrevió a descender? Convenceos de que es una extrema locura afirmar que una causa ciega consiga que el cuadro de una revolución de un planeta equivalga siempre al cuadro de las revoluciones de los demás planetas, como el cubo de su distancia equivalga al cubo de las distancias de los demás, al centro común. ¡Los astros son grandes geómetras, y el Eterno geómetra reguló la carrera de los astros!

Ahora bien, ¿dónde está el Eterno geómetra? ¿Está en un sitio o en todos ellos sin ocupar espacio? No lo sé. ¿Dirige el universo con su propia sustancia? Tampoco lo sé. Lo único que sé es que debemos adorarle y ser justos.



ATEÍSMO. De la comparación que se hace con frecuencia entre el ateísmo y la idolatría. Nunca se refutará bastante la opinión que sostiene el jesuita Richeome sobre los ateos y los idólatras, opinión mantenida antiguamente por san Gregorio Nacianceno, san Cipriano, Tertuliano y santo Tomás, y que Arnobe expuso con energía diciendo a los paganos: «¿No os avergonzáis de censurar que despreciemos a vuestros dioses, cuando es más justo no creer en ningún dios que imputarles acciones infames?». Esta opinión la manifestó muchos años antes Plutarco, diciendo que prefería que le dijeran que no había existido a que le creyeran inconstante, colérico y vengativo, opinión que robusteció la dialéctica contundente de Bayle.

El fondo de esta controversia, suscitada por el jesuita Richeome y sostenida por Bayle, es el siguiente:

«En la puerta de una casa había dos porteros que les preguntaron: "¿Se puede hablar con vuestro señor?" "No está", responde uno de ellos. "Sí está —afirma el otro portero—, pero se halla muy ocupado fabricando moneda falsa, falsos contratos, puñales y venenos para perder a los que han ejecutado sus deseos". El ateo se parece al primero de esos dos porteros, y el pagano, al segundo. Es, pues, evidente que el pagano ofende más a la Divinidad que el ateo».

Con el permiso del padre Richeome y de Bayle, les diremos que ése no es precisamente el quid de la cuestión. Para que el primer portero se parezca a los ateos no es preciso que diga «mi señor no está», sino «yo no tengo señor. El que suponéis que lo es no existe y mi compañero es un tontaina, que os dice que el señor se ocupa en hacer venenos y afilar puñales para asesinar a quienes cumplen su voluntad. Semejante ser no existe en el mundo».

Richeome argumenta en falso, y Bayle se olvida en sus difusos discursos del honor que hace a Richeome comentándole inoportunamente. Plutarco se expresa mejor al preferir las gentes que digan que no ha existido a las que afirman que es un hombre insociable. En efecto, nada le importa que nieguen su existencia, pero sí le importa que desdoren su reputación. No está en el mismo caso el Ser Supremo.

Ahora bien, Plutarco apenas se ocupa del verdadero objeto de la cuestión. No se trata de averiguar quién ofende más al Ser Supremo, si el que le niega o quien lo desfigura. No es imposible saber, excepto por la revelación, si Dios se ofende de las charlatanerías que sobre El propalan los hombres. Los filósofos, sin sospecharlo siquiera, caen con frecuencia en ideas vulgares al suponer que Dios está celoso de su gloria, que es colérico y vengativo, tomando estas figuras retóricas por ideas reales. Lo único que en verdad interesa a todo el mundo es saber si vale más, para el bienestar de los hombres, creer que existe un Dios justiciero que recompensa las buenas acciones ocultas y castiga los crímenes secretos, o creer que no existe.

Bayle prodiga en sus escritos todas las infamias que la leyenda imputa a los dioses paganos; sus adversarios le replican, citándole lugares comunes que nada significan, y los partidarios de Bayle y sus enemigos pelean casi siempre sin avenirse. Convienen unos y otros en que Júpiter es adúltero, Venus es impúdica y Mercurio un rateruelo, pero me parece que no es esto de lo que debían tratar, sino distinguir las Metamorfosis de Ovidio de la religión antigua de los romanos. Sabido es que ni Roma, ni Grecia, dedicaron nunca altares a Mercurio el rateruelo, a Venus la impúdica, ni a Júpiter el adúltero.

Al dios que los romanos llamaban Deus, optimus, maximus, jamás le atribuyeron que incitase a Clodio a acostarse con la mujer de César, ni a César a ser el Gitón (*) del rey Nicomedes. Cicerón no dice que Mercurio indujera a Verres a robar a Sicilia, aunque en la leyenda Mercurio roba las vacas a Apolo. En la verdadera religión pagana, Júpiter era bueno y justo, y los dioses secundarios castigaban a los perjuros en los infiernos. Por esto los romanos, durante muchos años, cumplían religiosamente sus juramentos, y su religión les fue muy útil. No estaban obligados a creer en los dos huevos de seda, ni en la metamorfosis de la hija de Inacus en vaca, ni en el amor de Apolo a Jacinto. No se debe, pues, decir que la religión de Numa deshonraba la divinidad.

A esta cuestión siguió otra: si podría subsistir un pueblo de ateos. En esto debemos distinguir entre el pueblo propiamente dicho y una sociedad compuesta de filósofos. Es indudable que en todas las naciones el pueblo necesita un freno, y el propio Bayle, si hubiera tenido que gobernar a quinientos o seiscientos individuos, les hubiera inculcado la existencia de un Dios justiciero. Pero Bayle no hubiera hablado del mismo modo a los epicúreos, que eran ricos, amantes de la paz, practicaban las virtudes sociales, sobre todo la amistad, huían de los asuntos públicos y pasaban una vida inocente y cómoda. Creo que con esto queda zanjada la cuestión por lo que toca a la sociedad y a la política.

Respecto a pueblos enteramente salvajes ya queda dicho en la Introducción al ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones, que no pueden contarse ni entre los ateos ni entre los teístas. Preguntarles cuál es su creencia sería lo mismo que preguntarles si seguían la doctrina de Aristóteles o la de Demócrito: ni saben ni conocen nada. Ni son ateos, ni peripatéticos. Pero se nos puede objetar que viven en sociedad y no creen en Dios; luego se puede vivir en sociedad sin religión. A esta objeción contestaré que los lobos también viven como ellos y no constituye una sociedad la reunión de bárbaros antropófagos. Además, os preguntare: ¿cuando prestáis una cantidad a algún miembro de la sociedad a que pertenecéis, quisierais que vuestro deudor, vuestro procurador, vuestro notario y vuestro juez no creyera en Dios?

(*) Gitón, joven homosexual en el que personificó Petronio el pecado de sodomía de la juventud romana.