16 dic. 2007

Michel Houellebecq en Buenos Aires




Dueño de una prosa fría y distante, pero también de una mirada sentimental, de un personaje público provocador, pero de un pensamiento sereno y decimonónico, el escritor francés Michel Houellebecq es, con cinco novelas, quien más ha explorado con fruición, pesar e inteligencia las endemias del mundo occidental poscapitalista: el consumo, el corporativismo, el turismo sexual, la experimentación genética, el terrorismo, la pornografía, la obscenidad hedonista, la saturación de información. La semana pasada, ante un pequeño y repleto auditorio en la Alianza Francesa, el autor dialogó con Alan Pauls sobre su obra y su visión del mundo. A continuación, para todos los que se quedaron afuera o no llegaron, Radar (Página 12) reproduce el texto leído por Pauls y algunos de los mejores pasajes de la charla ofrecida por Houellebecq.



Por Alan Pauls



Michel Houellebecq es uno de esos escritores que ya no tienen currículum sino prontuario. A esta altura del partido no son tanto sus libros los que llaman la atención en lo que los medios dicen de él; son sobre todo sus apariciones públicas, sus escándalos, sus monosílabos, sus exilios, sus performances como poeta-rapper, sus condenas a muerte, sus cambios de editor. Curiosa inflación de la figura de un escritor que si de algo puede jactarse es de haber apostado todo, incluso –o empezando por– su capital personal, a una sola ficha: convertirse en una máquina de describir, un dispositivo a la vez muy viejo y muy nuevo dedicado a relevar, a observar, a registrar... ¿qué, exactamente? No el yo, sin duda, no la subjetividad ni la interioridad humanas, sino la lógica fluida y monstruosa y asordinada que los corroe, los ridiculiza y quizá los extingue: la lógica de un mundo colonizado por el mercado, el mundo poscapitalista.

Es fácil leer la obra de este ex ingeniero agrónomo como una literatura “de agenda”. A lo largo de trece años y cinco novelas (Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales, Lanzarote, Plataforma, La posibilidad de una isla), Houellebecq ha explorado con una puntualidad asombrosa el repertorio de endemias más representativo y espectacular del occidente contemporáneo: el corporativismo, el consumo, el turismo sexual, la clonación, los experimentos biogenéticos, las ingenierías poshumanas, el terrorismo, el milenarismo, las sectas, los desastres naturales, la saturación hedonista, la pedofilia, el poder tecnocientífico, la información... Nada que haya gozado de quince minutos de fama en la primera plana de un diario o un noticiero de televisión puede faltar en una novela de Houellebecq. Gran balzaciano, este panoramista impasible tiene un ojo clínico que no tiene nadie y siempre se empeña en orientarlo hacia un objeto informe, irritante, a la vez ineludible y pedestre, que la literatura sólo toca con pinzas o para reducirlo a un mero decorado. Ese objeto es “la actualidad”, esa compulsiva vidriera de goces donde coexisten en pie de igualdad Steve Jobs y la estrella porno de moda, las vacas locas y David Bisbal, la nueva conjetura sobre el origen del universo y el último grito en atentados fundamentalistas, Philippe Sollers y el lanzamiento de la cámara Sony DSCF-101 con tres millones de pixeles. Enfrentado con la actualidad, Houellebecq actúa como un escáner implacable. Caracteriza universos, cataloga tipos, señala tendencias. Nada de la industria del presente parece escapársele. Pero esa perspicacia luminosa está teñida, como cortada por una especie de sarcasmo amargo, casi tóxico, el tipo de mal gusto que dejan en la boca todos esos saberes que sociólogos, semiólogos y mitólogos acuñaron a fines de los años ‘60 para criticar el capitalismo posindustrial y ahora, cuarenta años más tarde, son bibliografía obligatoria en las sesiones de marketing donde se piensa cómo seguir reproduciéndola.

Ese efecto de resaca histórica es uno de los factores más notables de la ficción de Houellebecq, mucho más, quizá, que el cinismo que reivindican a menudo sus personajes o que los sopapos que sus provocaciones políticas propinan al lector biempensante. Otro factor, que hace un juego perfecto con la resaca, es el tono que esa ficción elige para desplegarse. Es el tono crudo, neutro y como anestesiado de un informante escrupuloso pero exhausto, obligado a informar sobre un estado de cosas que no necesita de él, ni de su informe, ni de su tono, ni de nada que no sea él mismo, la propia compulsión que ese estado de cosas experimenta para seguir, para ir más allá, básicamente más allá de lo humano. Es el tono –para hacernos una rápida idea– de un Albert Camus que permanece en vela, pero ya no tiene una sola gota de energía, lobotomizado por años y años de estadísticas, cálculo de trends, trabajos de campo, sondeos de opinión, compulsas motivacionales. Es el tono de un burócrata vitalicio atrapado en la peor de las situaciones: no poder evitar ocuparse de un mundo que ya no lo desea. Mucho más que los temas calientes, las bravuconadas sexuales o la incorrección política, es ese idioma implacable y deshidratado lo que nos corta el aliento en los libros de Houellebecq, del mismo modo en que, en un escritor como Sade, el escándalo viene menos de las aberraciones eróticas que de la prosa distante y gélida que las narra. Hay en efecto algo en esa lengua administrativa de Houellebecq –escritor “frío”, “sin alma”, “desapegado”, como lo describe a menudo la prensa– que recuerda inevitablemente al decir maquínico de Sade, el escritor más candente de la literatura francesa: el mismo talento descriptivo, la misma capacidad de razonar el goce del Mal, la misma impunidad para mimetizarse con posiciones intolerables. La misma adicción a una risa negra, sin fondo. Y la misma arte para reducir un gran fantasma occidental, el sexo, a un manual de instrucciones seco pero eficaz, que cualquier hijo de vecino puede poner en práctica en casa sin dificultades.

Hay mucho sexo en los libros de Houellebecq; quizás el mejor, el sexo menos erótico y más contagioso que pueda rastrearse en la ficción contemporánea. Es un sexo que tiene al menos tres variantes. La primera –sin duda una de las más originales– es problemática, desdichada, siempre insatisfactoria: es un sexo de gente traumatizada o vaciada de deseo. Otra es el sexo eficaz, exitoso, en el que cada órgano y cada deseo buscan y encuentran siempre su lugar; el sexo literal que Houellebecq parece calcar del cine porno como nadie, asordinando siempre el énfasis virtuoso que lo envuelve en la pantalla. La tercera es el sexo extático, el que corona o transgrede la voluntad de eficacia con un plus inclasificable que se vive como un trance (un desvanecimiento, un deseo de muerte). Cada una de esas variantes sexuales implica una cierta economía del tiempo: la primera es la interrupción; la segunda, la continuidad mecánica; la tercera, una especie de abolición abrupta y brutal. De las tres, la segunda es la que mejor responde al mundo pleno y autosuficiente de las novelas de Houellebecq, donde dos ideas como fornicar y vomitar pueden tentar al mismo tiempo, con las mismas chances de ganar, al tipo que mira a una mujer que le sonríe. Las otras dos, la torpe y la mística, brillan siempre como dos anomalías aristocráticas. Una es un síntoma, el rastro tragicómico pero vivo que deja una humanidad en retirada; la otra es sin duda una felicidad, pero una felicidad imposible, siempre condenada al desastre. Ambas encierran, sin embargo, esa energía desesperada y romántica que tarde o temprano termina tajeando como un relámpago el famoso depresionismo houellebecquiano.

Ampliación del campo de batalla cita a Barthes: “De pronto me fue indiferente no ser moderno”. Houellebecq se apropia de esa indiferencia y parece dictaminar: las alternativas al desierto poscapitalista no son, no podrían ser modernas, porque la modernidad es la madre del poscapitalismo; las alternativas sólo podrían ser anacrónicas. Las alternativas son la poesía (que por algún milagro siempre parece sobrevivir al desencanto houellebecquiano), las evidencias de cierto sentido común existencial (“En el fondo uno nace solo, vive solo y muere solo”, reflexiona en algún momento un personaje), la emoción simple, el sentimiento desnudo, el afecto del que prácticamente es imposible decir nada, nada al menos que pueda corromperlo con alguna dosis de inteligencia. Esas son las únicas islas posibles. “He tenido que conocer/ Lo mejor que hay en la vida,/ Dos cuerpos que disfrutan de su felicidad/ Uniéndose y renaciendo sin fin”, dice el último poema de La posibilidad de una isla, el poema que enciende la mecha y empuja a una mujer neohumana a desertar del posmundo en el que vegeta y a buscar una nueva utopía humana.

¿Y si el cínico, el pesimista, el gran desapegado fuera en el fondo un sentimental? ¿Y si la apatía con que las ficciones de Houellebecq constatan la lógica de un presente atroz estuviera siempre acechada por la sombra de un sueño crédulo: el sueño de que “dos cuerpos que disfrutan de su felicidad” rompan el cerco de lo actual y reintroduzcan un poco de tiempo real –un poco de pasado y de futuro–, no sé si en nuestras vidas pero sí, al menos, en nuestras novelas? En su primera novela, Houellebecq ya confesaba el desafío que había asumido al escribir ficción: encontrar la forma novelesca capaz de retratar la indiferencia, el vacío, la nada. La forma más adecuada a una civilización que –salvo las sardinas en lata– ya no concibe nada de larga duración. Las cuatro novelas que publicó prueban que la encontró, pero que al mismo tiempo que esa forma adecuada al mundo encontró también su resistencia y su antídoto: una suerte de neoinocencia, el extraño tipo de entusiasmo y de confianza que –inyectándole tiempo, todo ese tiempo que el mundo ya no tiene– la contradicen y la ponen en peligro.


El mundo en el espejo, por Michel Houellebecq

Cómo me convertí en el mejor

Al principio, durante bastante tiempo, sólo escribí poemas. Creo que si hubiese tenido dinero, podría haber continuado así toda mi vida. Me gustaba mucho, me sentía bien, pero lamentablemente tuve que ponerme a trabajar. Traté de demorar un poco el momento, pero al final tuve que ponerme a trabajar. Y entonces me pareció que mi vida se había terminado. Me di cuenta al mismo tiempo de que en el mundo, la vida que yo llevaba no tenía rastros en ningún libro de mi época. Entonces escribí Ampliación del campo de batalla porque eso faltaba en los libros. No lo veía aparecer para nada.

Es un libro bastante violento, una insolencia real que tuvo un cierto impacto y creo que perdí algo de esa insolencia (lo lamento) al volverme un poco humilde y más armonioso, pero es por cierto un libro insolente. Y creo que puede ser sorprendente, porque la única idea expresada realmente en ese libro, luego de que verifico que algunas personas tienen una vida sexual rica, otros una vida sexual pobre o nula, es que eso no es una cuestión de moral ni nada por el estilo. Hay personas que son seductoras o no, simplemente. No es una idea brillante. Pero incluso eso no estaba dicho en la literatura francesa. Me volví muy fácilmente el mejor escritor francés, pero el nivel de arranque era muy bajo. Si hubiera estado en la época de Balzac nadie se habría fijado en mí, pero de golpe me volví famoso. Me volví célebre y casi casi me consideran un intelectual. Pero insisto: porque el nivel de partida era bajo.


La maté porque era mía (el hombre que amaba a las mujeres)

Ester, en La posibilidad de una isla, me cansó de una manera que ustedes no pueden imaginar. Y tengo bastante mérito porque no la maté a pesar de eso. Cuando un personaje me cansa realmente, lo liquido. Me reprochan que siempre mato a las mujeres, lo que pasa que me cansan más las mujeres. Pero no soy malo, me parece que los personajes me salen bastante bien y, a pesar de que soy un escritor no tan bueno como Dostoievski, que es quien más me ha marcado en mi adolescencia por cierto, junto a Pascal, creo que mis mujeres me salen mejor. Me parece que a él las mujeres no le interesaban demasiado. A mí sí. Y hay que interesarse por esos personajes, porque si no uno no llega a nada.


Somos nuestra clase

Mis libros están más del lado de lo sociológico que de lo psicológico. Verdaderamente, creo que los seres humanos están más explicados por su nivel y su posición social, que por su historia personal. Y eso es muy violento. Si uno le dice a alguien: “Vos pensás tal cosa, pero es normal porque son las ideas típicas de tu ambiente”, la gente lo toma muy mal. Prefieren ser explicados por una neurosis infantil o por sus signos astrales. Pero si uno le dice: “Tenés la opinión típica de un gran burgués”, desprecian la explicación. Pero esa reducción a la sociología es sumamente violenta, de una violencia inusitada. Y explica muchas de las complicaciones que tuve.


Céline hundió Francia

En Francia hay algo que empieza a irritarme bastante: hay una tendencia a volver hacia libros más modestos que no son deprimentes. Hay un retorno a los buenos sentimientos. Yo no soy para nada cínico, soy un romántico, evidentemente. Pero, a pesar de eso, hay que tener en cuenta la parte mala y deprimente.

Desdichadamente si se trata de saber si la literatura norteamericana merece dominar en Francia, globalmente –aparte de algunas excepciones– diría que sí. El nivel no es excepcional, pero me parece que Louis-Ferdinand Céline le causó bastante daño a la literatura francesa. El tenía un estilo, como todo el mundo tiene un estilo, pero se alzó mucho contra las ideas. Eso es normal porque él mismo no tenía ideas, y cuando tuvo ideas eran bastante estúpidas, como el antisemitismo y esas cosas. Además, tiene una forma de escritura que quiere hacerse notar: con puntuaciones visibles, cosas extrañas, y eso hizo bastante mal a la literatura francesa. Hay que decir también que el nivel de los periodistas es bastante malo en Francia. Cuando se les habla de estilo, entienden Céline. Tienen poca cultura.


Otros en vez de Marx

El comienzo del siglo XIX francés es un período bastante brillante. Lo que es bastante normal, porque la Revolución Francesa fue un acontecimiento sin precedentes; todas las bases del antiguo sistema social se vinieron abajo y hubo un esfuerzo intelectual para imaginar lo que podría dar nuevas bases a la sociedad. Ese esfuerzo fue impresionante. Vale la pena leer a Fourier, Comte, Tocqueville. Tocqueville escribe de una manera estupenda, en cambio Auguste Comte y Fourier son, a veces, ilegibles.

Marx llegó un poco después. Y se quedó con las apuestas que habían hecho otros porque tenía fórmulas de choque. No muy profundo, pero con fórmulas de choque. Por ejemplo, “la religión es el opio del pueblo” o “la filosofía sólo se contentó con describir el mundo, hay que transformarlo”. Es un autor más bien de fórmulas de choque. Sería excelente publicitario actualmente. Pero en realidad, la reducción a lo económico no funciona para nada.

Fourier tuvo el mérito de haber planteado problemas de conformación de familias. Comte se planteó la pregunta de si la sociedad podía sobrevivir sin religión, lo que es una buena pregunta. Esos autores merecen una relectura.

En cambio no tengo una gran estima por el siglo XX, en general. El nivel cambió mucho y últimamente estoy bastante contento de haber cambiado de siglo. También hay que reconocer que alguien como Balzac, por ejemplo, tuvo una suerte extraordinaria. Posiblemente sea el novelista mejor dotado que existió. Y llegó en el momento en que la sociedad se transformaba, ahí, delante de sus ojos.

En el mundo actual es mucho menos interesante estar en Francia que en Rusia. Es una sociedad que evoluciona poco. Entonces, bueno, hago lo que puedo en las condiciones en que estoy ubicado. Pero es cierto que algunos otros y yo mismo hemos encontrado la literatura francesa en un estado bastante lamentable. Hay que decirlo así como es.


Botellas

Una vez fui fotografiado por un fotógrafo francés que retrata a muchos escritores, y me dijo: “¿Por qué tantos escritores beben?”. No es para buscar inspiración, por cierto, es por la misma razón que los obreros, porque es un trabajo de fuerza, un esfuerzo, escribir. Yo escribía poemas y no pensaba mucho en todo eso, pero ahora que escribo novelas es cierto, es un trabajo de esfuerzo.


Un estilo cuesta abajo

Trato de escribir de una manera no muy complicada, no más complicada que la frase que estoy tratando de armar. Escribo un poco como se baja una cuesta en bicicleta, digamos. Hay que estar listo para salirse de la ruta en cualquier momento y hacer pequeños movimientos para corregir la trayectoria y no salirse del camino.

En general creo que mis libros no son difíciles de leer, no es una lectura penosa, digamos. En cambio los libros que están concebidos como una subida, como un ascenso, uno generalmente no los termina.


El mundo USAdo

Es interesante hablar de la democracia porque es el producto de marca de los Estados Unidos. Ellos se ven como quienes llevan la democracia a todas partes en el mundo.

En lo que hace al dominio cultural norteamericano hay que admitir que ya el mundo no puede seguir girando sin una lengua universal. El francés, en realidad, es bastante complicado. A veces tiene complicaciones inútiles. No creo que haya un destino del francés como lengua mundial. Tal vez funcionó en el siglo XVIII, porque los nobles en las cortes tenían tiempo libre para dedicarse más al idioma. El español podría haber tenido una buena chance, pero lamentablemente se olvidaron de colonizar países asiáticos que van a volver a convertirse en potencia dominante en el futuro.

Creo que, en general, los Estados Unidos perdieron: no tienen ninguna chance futura frente a India y China, pero su dominio cultural va a seguir existiendo, porque ellos están muy aferrados a eso.

Se podría hablar muy bien del dominio cultural norteamericano, pero el problema es que la mayor parte de los habitantes del mundo van a acostumbrarse a hablar dos idiomas. Uno lo hablarán bien, con toda claridad, el español, el portugués, el checo. Y otro lo hablarán bastante mal y sin placer. He visto chinos que hablan en inglés. Directamente no les interesa para nada, les jode bastante. Lo que les importa es el chino, el inglés lo hablan para salir del paso. Hablan en inglés para el business, para los negocios y basta. Mucha gente es lo suficientemente inteligente para hacer eso.

Pero si el inglés se convirtiera también en lengua de cultura, sería molesto. Porque se volvería a una situación en que la cultura sería súbitamente accesible a una pequeña minoría que habla la lengua de la cultura. Algo parecido a la Edad Media cuando se trataba del latín. Creo que habría que evitar más bien que desaparezcan las culturas en lenguas locales.

¿Cómo hacer esto?

Yo pensé una idea. Una idea un poco extraña. Hay que desarrollar el orgullo. Cuando uno está muy consciente de su propio valor, y consciente de que al lado nuestro los otros no valen gran cosa, como los norteamericanos en este momento, entonces los otros terminan por creer eso. Entonces, hay que desarrollar el orgullo nacional. Claro que esto tiene muchos inconvenientes, porque el orgullo nacional es la causa típica de las guerras. Es una fuerza peligrosa, realmente. Pero estando de visita en Rusia me di cuenta de que era útil eso. Me impresionó mucho.

Allí, un lector me hizo una pregunta bastante extraña. Era un hombre de unos sesenta años. Me preguntó: “¿A usted no le parece que hicimos mal en renunciar a la conquista del espacio?”.

Yo realmente no sabía nada de ese tema y sigo sin saberlo. Pero mi editor me dijo que el que había hecho la pregunta era alguien bastante conocido en Rusia, un ex cosmonauta. Y ahí me di cuenta de que Rusia, en efecto, tiene un nacionalismo y guardó una sensación de haber sido un gran país. Hay una cierta nostalgia de las estrellas de aquellos tiempos en que podía competir. Y esa nostalgia, ese orgullo, puede hacerlos capaces de grandes cosas nuevamente. Por lo tanto, el orgullo nacional no es una fuerza netamente negativa.

Entonces cómo utilizar las fuerzas negativas. Muy poca gente se ha planteado esa pregunta. Charles Fourier, por ejemplo. Muy conocido por sus fantasías sexuales, los falansterios y todas esas cosas. Hay otro tema que le preocupa mucho a Fourier: cómo utilizar las pasiones negativas, o sea la vanidad, el deseo de ser más que los demás, incluso la maldad, la avaricia. Cómo utilizar eso.

Habría que leerlo en detalle, pero tiene soluciones para esos temas. Hay un párrafo bastante divertido: “Cómo utilizar el gusto de los chicos por la mugre”. A veces da la impresión de una cierta locura, pero esto irrumpe de manera agradable entre las personas que imaginan una humanidad modificada y que reconstruyen la sociedad a partir de una humanidad modificada, sin pensar en el modo en que esa modificación tiene que hacerse.

Fourier se dio cuenta de que con el fin de la aristocracia, del Antiguo Régimen por supuesto, lo que iba a modificarse también era el matrimonio por conveniencia. Las uniones matrimoniales, sin preocuparse por los sentimientos. Entonces llegó a la conclusión de que la infidelidad conyugal, que no era un problema en tiempos del Antiguo Régimen, se iba a convertir en una cuestión dramática. Iba a provocar desdichas de gran importancia. Entonces la solución utópica: hay que imaginar que las personas son fieles. Solución de Fourier: no, no es posible.

Lo que observamos actualmente es que las personas se casan a partir de un deseo sexual, básicamente. Entre otras cosas, pero también sexual. Cuando ese deseo desaparece, a la pareja no le va muy bien. Las parejas tienen menos chicos, entonces la humanidad va desapareciendo de a poco, se va achicando.

No es un problema menor. En el fondo los problemas económicos, estratégicos, no pesan mucho de acuerdo con los problemas demográficos. Europa está achicándose demográficamente, para decirlo de una manera simple. Ni más ni menos que eso. Y todo eso porque no fueron resueltas esas cuestiones de moral sexual. Bastante triste, ¿no?

Para esto no tengo solución. Pero habría que leer un poco a Fourier, creo que valdría la pena.



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