23 dic. 2007

Marosa di Giorgio - Misal con pariente viejo




Salió del bosque negro de los enebros, con unos tártagos en las manos. Iba a caer la tarde y el viento movía nieve.

Viajó con un solo ojo, el único que le quedaba, pero al divisar el caserón, se puso otro, ficticio, de vidrio azulado. Había olvidado las llaves y golpeó.

Ella dijo: -¿Quién?

Creyendo que era el viento. Pero era él. Entró.

Le dio los tárragos. Le dijo: - Los traje para usted, señora sobrina, los traje para usted.

Ella no sabía qué estaba pasando. Pero, lo encontraba distinto. Como si fuese otro su señor tío y amo. Como si estuviese mucho más alto, más grande.

Éste preguntó: -¿No se halla en casa su señora tía y ama, y mi hermana buena?

-No, fue a la aldea. Para las compras.

-Ah. Y tardará en llegar.

Por alguna oscura intuición, se atrevió a mentir.

-No, está por venir, ya.

-Señora sobrina –ella lo miraba; dentro de su falda burda, el corpiño con lentejuelas viejas- yo ya me olvido… ¿Cómo se llama? Usted, ¿cómo se llama?

-…No sé…

-Ah, sí, no oigo bien. Ah, sí. José. Señora sobrina José…

Ella echó a correr en busca de búcaros y puso los tártagos en un poco de agua,

El le decía: -Señora sobrina y ¿cómo está el mundo? ¿Cómo están sus reglas?

Ella, que aún no había crecido mucho, no sabía bien qué era y no contestó.

Sólo dijo otra vez: -No sé.

El la siguió hasta la cocina, donde nunca llegaba. Nunca. Ella dijo precipitadamente: -Voy a hacer una sopa, varias.

Pero se olvidaba de los ingredientes, de todas las cucharas. Cayó arroz al piso que pareció colmarse de todos los bichos.

El, ya más lejos, decía: -Hum.

Ella vio la cama, patente, con los ropones hasta el suelo. Se deslizó abajo, como un hálito, cuando él estaba de espaldas.

Quedó todo quiero.

Pero debajo de la cama había cosas, seres, tocó varios hongos en plantío, había un plantío. (Así que ella nunca había barrido allí. ¿Cómo había pasado eso?)

Que no se dieran cuenta.

Rompió un hongo, se lo comió, a causa de su nerviosidad.

Oyó que él decía , de lejos: - Cuidado con lo que está ahí. Es mío. Fui yo quien hizo los hongos. Yo los hice. Si me robó uno, y se lo comió, ya verá, tienen veneno, se morirá.

Ella, aterrada, salió a la luz, a ver si en el aire y en la luz, se salvaba. El estaba ahí cerca, casi al lado, mucho más cerca de lo que ella creía, nunca se había alejado.

Le dijo: -Venga, señora sobrina… Yo, sólo le ofrezco… un casamiento. Verá.

¿Un casamiento? Y ¿qué era un casamiento? No había visto ninguno en su vida. Ah, sí, sólo uno, a los dos años. O antes de su nacimiento. Se lo habían contado.

Y ahora recordaba. Un casamiento es una cosa linda, tiene muchos pasteles de varios colores. Y todos están en un retrato, vestidos de blanco. Entonces, ella estaba corriendo de una cosa linda.

Pero, en ese instante, él le tocó el pelo burdo, como había visto recién en el bosque, que hacía un zorro viejo –y la circunstancia era igual- con un pichón de zorra.

Dijo: -Venga para acá, pichón de zorra. Venga para acá.

Ella se zafó.

El dijo: -Pero, venga para acá, pichón de nada.

Ella que estaba con los ojos bajos, de súbito, los levantó.

Y lo vio, allí de pie. Bajo la ceja, aquel artificio, la lengua que titilaba –vio- roja como la de un perro.

Y otra imponente lengua en otro sitio.



En Misales

Buenos Aires, el cuenco de plata, 2005