4 dic. 2007

Entrevista a Michel Houellebecq


El autor de Plataforma, que viene a Buenos Aires para pronunciar una conferencia el próximo miércoles, es hoy el "niño terrible" de la literatura francesa y una celebridad cuyos libros se venden por millones. En este diálogo, expresa el desencanto que le inspira la condición humana

Si Molière hubiera conocido a Michel Houellebecq, seguramente lo habría tomado como fuente de inspiración para crear uno de sus mejores personajes. A los 51 años, el escritor contemporáneo francés más célebre del mundo reconoce que los adjetivos que suelen utilizar sus innumerables detractores para describirlo -provocador, nihilista, islamófobo, misógino, depresivo y, sobre todo, misántropo- son bastante apropiados. Lo suficiente como para transformarlo en inspiración de cualquier buen dramaturgo.

Pero eso no es todo. Después de haber escrito cuatro novelas -traducidas a 36 idiomas- que lo propulsaron a la fama universal y lo convirtieron en millonario, Houellebecq decidió que ahora debía comenzar a definirse como "ex escritor".


-¿Por qué escribió en su blog "cuando era escritor"? ¿Ha decidido dejar de escribir?

-Es que escritor no es una profesión. No veo por qué, cuando uno no escribe, tiene que presentarse como escritor -explicó a adn CULTURA en una entrevista exclusiva, pocas semanas antes de viajar a Buenos Aires.

Dialogar por teléfono con Houellebecq es una de las experiencias más desconcertantes que puede vivir un periodista en su carrera. Michel Houellebecq no habla, susurra; no explica, sugiere; no participa, se somete; no dice la verdad, miente con descaro; no se entusiasma, se aburre mortalmente. Entrevistarlo es simplemente una lotería: imposible hacer esfuerzos para arrancarle una palabra o una idea si el ejercicio le cae en un día de spleen . Y Dios sabe si los tiene.

¿Qué hacer con alguien que atraviesa la vida como una condena? Para él, "el sólo hecho de existir ya es una desgracia" y "el hombre no es más que un adolescente disminuido".

-¿En verdad usted es totalmente insensible a la juventud, a la belleza y a la energía?

-Sí.

-¿Y por qué razón?

-No sé.

-¿Es cierto que, para usted, la muerte justifica la vida?

-Eso es un disparate. ¿De dónde sacó eso?

-De una entrevista que dio hace un tiempo a una revista. Allí decía, además: "Saber morir bien debería ser un objetivo fundamental".

-Condeno con energía esa afirmación. Yo no puedo haber dicho eso.

-Antes de ir más lejos, ¿es verdad que usted es partidario de mentir cada vez que le resulta posible, sobre todo en las entrevistas?

-Yo creo que no hay que dudar en decir cualquier cosa cuando la pregunta es desagradable.

-Pero, en el caso de su biografía, usted también suele cambiar detalles con frecuencia.

-Puede ser.

Michel Thomas -según el registro civil-, es un quincuagenario inexorablemente deprimido que cultiva una relación ambigua, casi autobiográfica, con los personajes de sus novelas, esos antihéroes apagados que tanto se le parecen.

De aspecto más bien común para los cánones franceses de la sofisticación, anti-star por excelencia, Houellebecq se imagina a sí mismo como un icono kitsch posmoderno.

"Con su expresión desencantada y su caminar dubitativo, se parece más a un vagabundo que a un literato mundialmente célebre", escribió el periódico británico The Observer .

Hijo de un guía de alta montaña en la isla de La Reunión y de una pionera de medicinas alternativas que nunca se ocuparon de él, el pequeño Michel creció con sus abuelos en un barrio deprimente de la periferia de París.

Tiene un diploma de ingeniero agrónomo, fue analista-programador informático en la Asamblea Nacional y guarda en los ferrocarriles franceses.

En 1994 publicó su primer libro, Ampliación del campo de batalla , que se llegó a comparar con El extranjero , de Albert Camus. Por entonces ya se había divorciado de su primera mujer, había tenido un hijo, Etienne, y había sido internado en un hospital psiquiátrico, víctima de su primera depresión.

-¿Es verdad que usted no siente una simpatía particular por los psicoanalistas?

-Algo así. Con la excusa de reconstruir el "yo", los psicoanalistas realizan, en realidad, una escandalosa destrucción del ser humano.

Su segunda novela, Las partículas elementales (1998), fue un éxito editorial que vendió 500.000 ejemplares en Francia. Es la historia de Michel y Bruno, dos medio hermanos que crecen entre los años 1960 y 1970 y que terminan sintiéndose traicionados por las falsas promesas de liberación de esa época. Desencantado, Bruno se consagra a la búsqueda de la felación perfecta, mientras que Michel, un científico especialista en la eugenesia, trabaja con éxito en la erradicación del género humano. Ese libro le valió una merecida fama de misógino.

En la trama, Houellebecq mata a sus dos heroínas y hace un retrato feroz de la madre de Michel (¿su propia madre?), adepta del amor libre. En otra novela, uno de sus personajes femeninos es liquidado por terroristas islámicos En pocas palabras, las mujeres no son muy bien tratadas en las novelas de Houellebecq. Algunas de sus heroínas "no disfrutan como se debe del sexo" y otras "son incapaces de conocer el amor".

Houellebecq retomó los temas siniestros de Las partículas elementales en su siguiente libro, Plataforma (2001), donde describe en términos terriblemente crudos el mundo del turismo sexual en Asia. La historia culmina con un atentado islamista donde muere la amante del narrador (que también se llama Michel).

Poco antes de la publicación del libro, después de haber bebido algunas copas de más, Houellebecq desencadenó la ira y las amenazas de la comunidad musulmana de Francia tras declarar en una entrevista: "El Islam es la más boluda ( sic ) y la más asesina de todas las religiones".

El escándalo se produjo en 2001, pocos días antes del atentado terrorista contra las torres gemelas en Nueva York. Para mucha gente, Houellebecq se transformó de inmediato en una especie de profeta cuyas tesis sobre el derrumbe de la civilización occidental parecían imbuidas de un auténtico contenido premonitorio.

-Aunque mucho se ha escrito sobre ese escándalo, no puedo dejar de preguntarle la razón de esa afirmación.

-Yo creo que no vale la pena seguir elaborando sobre esas declaraciones. Mejor lo dejamos así.

-Hablando de religión, en Plataforma usted se burla de la existencia del reino de los cielos.

-¿Y qué otra cosa se puede hacer? ¿Tomárselo en serio?

-Pero, entonces, ¿por qué afirma que una de las personas que más lo irritan es el filósofo ateo Michel Onfray? Finalmente, no hay mucha diferencia entre ustedes dos.

-¡Desde luego que la hay! Onfray no tiene ni una décima parte de mi talento. Es un ignorante verborrágico. Los hombres no esperaron a Onfray para saber que Dios no existe.

-Le recuerdo que usted está por visitar un continente donde más del 90 por ciento de la gente es creyente.

-Pues, se equivocan.

Las amenazas y la presión desatadas por sus afirmaciones sobre el islam consiguieron que Marie-Pierre, su segunda mujer, decidiera abandonarlo. Profundamente afectado, Houellebecq se fue de Francia "a tomar aire por un tiempo".

Esa ausencia terminó siendo permanente. Desde entonces, Houellebecq reside alternativamente en Irlanda y en España, donde escribió su cuarta y última novela, La posibilidad de una isla .

-¿Por qué vivió tanto tiempo en España?

-Tengo tendencia a instalarme en el sitio en que escribo mis libros. La trama de La posibilidad de una isla se desarrolla en la isla canaria de Lanzarote, aunque yo vivía en Andalucía.

Como sus otros libros, esa novela despertó mucho revuelo. También en este caso, su protagonista es un héroe antipático, falócrata y desencantado. Como de costumbre, es difícil saber si el Daniel de la ficción piensa como Houellebecq o es Houellebecq que piensa como el personaje del libro. La novedad en esta última novela son las sectas.

¿Por qué? Porque para el autor las iglesias monoteístas -que, dice, agonizan- están siendo reemplazadas por raelianos y cienciologistas de todo tipo.

En La posibilidad de una isla , Daniel 1, un humorista políticamente incorrecto, lector de Balzac y realizador de filmes improbables, termina en el seno de los "elohimitas", una secta que "venera a unas criaturas extraterrestres, responsables de la creación de la humanidad". Paralelamente, Daniel 24, clon del clon del clon de Daniel, especie de neo-humano que vive en el futuro, sin deseos ni pasión, ve a los últimos hombres sobrevivir en un estado cercano al salvajismo.

-¿Usted cree realmente que la vida es tan terrible?

-Creo que, en la actualidad, los hombres no sirven para nada, excepto para preservar la especie.

-Pero, entonces, ¿en qué categoría coloca usted la creación? ¿Qué es escribir, hacer música, dirigir una película, como acaba de hacerlo usted?

-No sé. Quizás haya en todo eso una dimensión sensual o lúdica.

-Por otra parte, se puede decir que en sus libros da una importancia particular al amor. Hay una frase interesante de un protagonista de una de sus historias que podría ser suya, según la cual, el amor puede resolver los problemas espirituales. "Saber amar es una sabiduría superior".

-No me acuerdo, pero se me parece mucho. En mis libros, los personajes capaces de amar suelen ser bastante bien tratados

Para la salida de ese libro, el autor abandonó a su editor y firmó un contrato sin precedentes de 2,2 millones de dólares con Fayard, que incluyó los derechos de un filme que acaba de realizar él mismo. En el sofisticado mundo de la edición francesa, el gesto de Houellebecq fue comparado con un "vulgar pase futbolístico". El escándalo sirvió para colgarle definitivamente la etiqueta de voraz "marketinero" y para hacerle perder un codiciado Goncourt que ese año, más que nunca, parecía estarle destinado.

La atribución de ese premio a François Weyergans fue un golpe duro. Sobre todo porque Houellebecq está convencido de que La posibilidad de una isla es, sin duda, su mejor novela.

"Creo que es el mejor de mis libros porque es la síntesis de todo lo que he hecho hasta ahora. La tercera parte de esa novela es realmente novedosa. Esa parte permite adivinar la dirección que tomaré a partir de ahora: es casi seguro que, de aquí en más, evolucionaré fuera del mundo", afirma.

-Hablando del mundo. En ese libro escribió que "el mundo es de tamaño medio". ¿Qué quiere decir eso?

-No lo sé. Pero es una linda expresión. Creo que nunca hay que perder de vista la dimensión estética de la escritura.

-¿Aunque lo que uno escribe no quiera decir nada?

-Tal vez.

-Usted también suele afirmar que la literatura es el único arte conceptual.

-¿Y usted no lo cree?

-En realidad imagino que debe de haber muchos plásticos o cineastas que no estarán muy de acuerdo.

-Me da igual.

-Hay otra frase suya que es muy interesante: "Aprender a ser poeta es desaprender a vivir".

-Es verdad. También pienso que la poesía es más importante que la prosa. Porque se acerca mucho más a la categoría platónica de la belleza.

En plena celebridad, un día se le ocurrió consagrarse a la música. En 2000 sacó un primer álbum como cantante de rap, Presencia humana , una experiencia que quedó grabada en la memoria de sus colaboradores como una auténtica pesadilla.

"En las giras desaparecía, se quedaba varado en alguna parte de las autopistas, deprimido, y había que reembolsar a los organizadores de los conciertos. Si llegaba, se olvidaba de cantar cuando comenzaba la música", recuerda el compositor y ex amigo Bertrand Burgalat. Caprichoso, Houellebecq ponía cara de niño abandonado y reclamaba constantemente sumas de dinero que no figuraban en los contratos.

"Yo, que lo conocí en la época en que publicó Ampliación del campo de batalla , tuve la sensación de que, con el éxito de Partículas comenzó a comportarse como si estuviese infantilizado por su entorno", confesó Burgalat.

Por la noche, después de los conciertos, Houellebecq hacía su propio casting para el cortometraje erótico-sáfico La Rivière , que dirigió poco tiempo después.

Para algunos, la vida sexual del escritor no tendría nada que envidiarle al marqués de Sade. Houellebecq tendría una líbido cercana a la patología, presente en toda su obra artística. Otros críticos lo comparan con Howard-Phillips Lovecraft y con Louis-Ferdinand Céline.

"Teniendo en cuenta que el 99 por ciento de la población del planeta padece de neurosis sexual, Michel es exactamente como todo el mundo", afirma su amigo el escritor Philippe Sollers.

Para otros no es tan así.

"Su marketing de la abyección es deliberado. Yo creo que, en el fondo, Houellebecq es realmente racista y misógino", replica Eric Naulleau, autor del libro Socorro, Houellebecq regresa .

Avaro, pesimista, desesperado, cómico, esquizofrénico, alcohólico y fumador compulsivo. Siempre lleva un cigarrillo encendido, que porta -con gesto extravagante- entre el anular y el mayor. Pero, ¿quién es finalmente ese hombre que, a juzgar por su éxito, muchos no dudan en calificar de "Harry Potter francés"?

Como nadie es profeta en su tierra, la pregunta parece ser mucho más pertinente en el extranjero que en su propio país. A fines de octubre, la Universidad de Amsterdam organizó el tercer coloquio internacional sobre "El mundo de Michel Houellebecq". Al término de diez horas de debates y ponencias, los especialistas llegados de todo el planeta parecieron estar de acuerdo en que "al establecer pasarelas sexuales sobre las ideologías derrumbadas, Houellebecq permitió a una generación posar una mirada menos catastrófica sobre un futuro posmoderno francamente poco atractivo".

En 2006, los universitarios reunidos en Edimburgo también disecaron su obra con ahínco de entomólogos. Un eminente profesor de Cambridge examinó con minucia "las peregrinaciones privadas de Houellebecq en los clubes échangistes de París y de Cap d Agde".

En todos esos coloquios, un dilema vuelve como un boomerang : ¿Houellebecq cree en lo que escribe?

Cada vez que le hacen esa pregunta, el escritor se muestra evasivo: "Mi obra no es autobiográfica", repite. Eso no impide que su descripción literaria del hombre coincida con su convicción personal de que la humanidad no tiene futuro.

Más que reaccionario, como lo califican muchos, Michel Houellebecq es definitivamente un pesimista en el más puro concepto de Schopenhauer. Es brillante y mucho más infeliz que sus lectores. A estas alturas, hasta ha dejado de creer que la clonación salvará al mundo, como lo afirmaba en Las partículas elementales .

En el fondo, a su juicio, sólo los perros valen la pena. Desde que se separó de su segunda mujer, su corgi -Clément- se ha convertido en el personaje central de su vida afectiva y hasta literaria: "La bondad, la compasión, la fidelidad, el altruismo permanecen cerca nuestro como misterios impenetrables, contenidos sin embargo en el espacio limitado del envoltorio corporal de un perro", le hace decir a Daniel en La posibilidad de una isla , refiriéndose a su propio perro, Fox.

-¿Usted se da cuenta de que esta entrevista ha sido difícil?

-Probablemente.

-Daría la sensación de que hablar con la prensa le provoca una fatiga existencial.

-No solo con la prensa

-¿Con quién más?

-Con todos. Con el tiempo me he transformado en un auténtico misántropo.


Por Luisa Corradini
Para LA NACION


Fuente:http://tinyurl.com/38q4tf