24 nov. 2007

Voltaire - Reliquias


Llamamos reliquia a una parte del cuerpo o ropaje de una persona a quien la Iglesia considera digna de veneración.


Jesús condenó la hipocresía de los judíos cuando les dijo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que construís los sepulcros para los profetas y adornáis los monumentos de los justos! » (Mateo, cap. 23, 29). Sin embargo, los cristianos ortodoxos lo mismo veneran la reliquia que la imagen de los santos, y cuando un doctor, de nombre Enrique, se atrevió a decir que los huesos y demás reliquias convertidas en gusanos no deben adorarse, el jesuita Vázquez decidió que la opinión de Enrique era absurda y vana, porque no importa de qué manera se opera la corrupción y por tanto lo mismo podemos adorar las reliquias en forma de gusanos que de cenizas.


Pero cualquiera de ambas opiniones que admitamos, san Cirilo de Alejandría confiesa, en su libro Contra Juliano, que el origen de las reliquias es pagano. He aquí la descripción de su culto que hace Teodoreto, que vivía en los primeros años de nuestra era (Cuestión 51 sobre el Éxodo): Asistían a los templos de los mártires--nos cuenta ese sabio obispo-- para pedir, unos, que les conservaran la salud, otros, que curaran sus enfermedades, y las mujeres estériles para lograr ser fecundas. Cuando esas mujeres conseguían tener hijos pedían también que se los conservaran. Quienes iban a emprender un viaje suplicaban a los mártires que fueran sus guías y compañeros, y cuando volvían se presentaban en el templo para manifestarles su gratitud. No les adoraban como dioses, pero les honraban como hombres divinos pidiéndoles que fueran sus intercesores.


Los ex votos de los templos son pruebas palpables de que quienes pedían con fe habían conseguido sus deseos o la curación de sus enfermedades. Colgaban en los templos ojos, pies y manos de oro y de plata, testimonios que pregonaban la virtud de los que estaban encerrados en aquellos sepulcros. Teodoreto añade que cuando destruyeron los templos de los dioses aprovecharon los materiales para construir los templos de los mártires, porque el Señor--dice aludiendo a los paganos--, sustituyó sus muertos por vuestros dioses, hizo ver la vanidad de éstos y transfirió a otros los honores que a éstos les rendían. De ello se queja amargamente el sofista Garde, deplorando la suerte del templo de Serapis, en Canope, que derribaron por orden del emperador Teodosio I, en 389.


Gentes que nunca habían participado en ninguna guerra--dice Ennapins--fueron capaces de arrancar las puertas del templo y, sobre todo, para llevarse las ricas ofrendas que encerraba. Entregaron los templo a los monjes, gentes infames e inútiles, que sólo por vestir un hábito pardo y sucio adquirían tiránica autoridad sobre los pueblos, y en el lugar de los dioses esos monjes colocaron, para ser adorados, cabezas de bandidos decapitados por sus crímenes y que salaron para conservarlas.


El pueblo es supersticioso y por la superstición se le encadena. Los milagros que urdieron con las reliquias fueron el imán que atrajo a las iglesias la riqueza de todas partes. La granujería y la credulidad llegaron a tal extremo que en 386 el emperador Teodorico se vio obligado a promulgar una ley prohibiendo trasladaran los cadáveres enterrados, fragmentaran las reliquias corporales de cada mártir y traficaran con ellas.


Durante los tres primeros siglos del cristianismo celebraban el día de la muerte, que llamaban su día natal, reuniéndose en los cementerios donde descansaban sus cuerpos para rezar por ellos, como queda dicho en el artículo Misa. No se creía entonces que, más tarde, los cristianos robarían los cadáveres de los templos, trasladarían sus cenizas y huesos de un sitio a otro, los mostrarían en los púlpitos y harían con ello un tráfico que la avaricia excitaría a llenar el mundo de reliquias falsas.


El tercer Concilio de Cartago, celebrado en 397, declaró canónico el Apocalipsis de San Juan, cuya autenticidad hasta entonces había sido puesta en duda, y que en el capítulo VI dice: «Vi debajo del altar las almas de los que fueron muertos por la palabra de Dios» y autorizó poner reliquias de los mártires en los altares. Esta práctica se consideró tan indispensable que san Ambrosio no quiso consagrar una iglesia porque no tenía reliquias en los altares, y en 692 el Concilio de Constantinopla mandó derribar los altares que no hubiese reliquias. Otro Concilio de Cartago opinó lo contrario, mandando en 401 a los obispos que hicieran derribar los altares erigidos en los campos y caminos en honor de los mártires para que desenterraban las supuestas reliquias, valiéndose para esto de los sueños y revelaciones de todo el mundo.


San Agustín, en su Ciudad de Dios (lib. 22, cap. 8), nos cuenta que, en 415, Luciano, párroco de la aldea de Cafarmagata, no lejos de Jerusalén, vio en sueños hasta tres veces al rabino Gamaliel, quien le reveló que su cuerpo, el de su hijo, el de San Esteban y el de Nicodemo, estaban enterrados en el lugar de su parroquia que le indicaría. Le suplicó que no los dejara más tiempo en el olvidado sepulcro donde yacían desde siglos y fuera a decírselo a Juan, obispo de Jerusalén, para que los sacara en seguida si quería evitar los desastres que amenazaban al mundo. Gamaliel agregó que este traslado debía realizarse durante el episcopado de Juan, que murió un año después. El cielo ordenaba que el cuerpo de san Esteban fuera trasladado a Jerusalén.


El párroco entendió mal lo que dijo Gamaliel o fue desafortunado pues por más que cavó no pudo encontrar los cadáveres. Ello obligó a Gamaliel a aparecerse a un monje sencillo e inocente y darle de nuevo las señas del sitio donde descansaban las sagradas reliquias. Pero, entretanto, Luciano encontró el tesoro que buscaba según la revelación que Dios le hizo. En dicho sepulcro había una losa en la que estaba grabada la palabra cheliel, que en hebreo significa corona. Cuando abrieron el féretro de Esteban tembló la tierra, fluyó un aroma delicioso y muchísimos enfermos se curaron. El cuerpo del santo estaba reducido a cenizas, excepto los huesos, que trasladaron a Jerusalén y depositaron en la iglesia de Sión.


Avito, sacerdote español que se hallaba entonces de Oriente, tradujo al latín esta historia que Luciano escribió en griego. Como Avito era amigo de Luciano, obtuvo de éste un puñado de cenizas del santo y algunos huesos de tantas virtudes que probaban de modo visible su santidad y de los que emanaba un perfume más delicioso que los más agradables aromas. Estas reliquias, que llevó Osorio a la isla de Menorca, convirtieron allí en ocho días a quinientos cuarenta judíos.


Poco después supieron, por diversas revelaciones, que en Egipto los monjes tenían reliquias de san Esteban, llevadas allí por gentes desconocidas. Como los monjes, entonces, no eran sacerdotes ni tenían iglesias propias, fueron a incautarse de dichas reliquias para trasladarlas a una iglesia cercana a Usale. Algunas personas vieron encima de dicha iglesia una estrella que, al parecer, guió el traslado del santo mártir. Las reliquias no permanecieron mucho tiempo en la citada iglesia, pues el obispo de Usale, deseando enriquecer la suya, las sacó de allí y se las llevó en un carro, acompañado por gente del pueblo que cantaba alabanzas a Dios y portaba cirios y luminarias.


Así llevaron las reliquias a la iglesia y las colocaron sobre un trono bajo dosel; luego, las pusieron en una urna de cristal sobre un blando lecho y cerraron la urna con llave dejando una ventanilla para que a través de ella pudieran tocar unos lienzos que tenían la virtud de curar diversas enfermedades. Un puñado de polvo recogido de la urna que encerraba la reliquia curó de repente a un paralítico, y varias flores ofrecidas al santo que aplicaron a los ojos de un ciego le devolvieron la vista. Se hizo también allí el milagro de resucitar siete u ocho muertos.


San Agustín, en Contra Fausto (lib. 22, cap. 4), trata de justificar ese culto distinguiéndolo del de la adoración, que sólo debe rendirse a Dios, y se ve obligado a convenir (De las costumbres de la Iglesia, cap. 39) que conoce a muchos cristianos que adoran los sepulcros e imágenes. Añade que algunos beben copiosamente sobre las tumbas y que dando festines a los cadáveres se entierran sobre los que están enterrados.


En efecto, al extinguirse el paganismo e ilusionados de encontrar en la Iglesia cristiana, aunque con distintos nombres, hombres divinizados, los pueblos los honraron tributándoles los mismos honores que a los dioses. Ahora bien, se equivocará el que quiera deducir las ideas y prácticas del vulgo por las ideas ilustradas de los obispos y filósofos. Sabido es que los sabios paganos hacían las mismas distinciones que nuestros sabios obispos. «Debemos —decía Hierocles en Sobre los versos de Pitágoras— reconocer y servir a los dioses, pero teniendo gran cuidado de poner sobre ellos al Dios supremo, que es su autor y padre. No debemos exaltar excesivamente la divinidad de aquéllos, y el culto que les tributamos debe llegar hasta su único creador, que podemos llamar propiamente el dios de los dioses, ya que es el más excelente y el Señor de todo». Y Porfirio en De la abstinencia (lib. II), que como san Pablo califica al Dios supremo superior a todo, añade que no se le debe sacrificar nada sensible, nada material, porque siendo espíritu puro todo lo material es impuro para El. Sólo pueden honrarle dignamente el pensamiento y los sentimientos del alma, cuando no está manchada por ninguna pasión impura.


En suma, san Agustín, al confesar ingenuamente que no se atreve a hablar con libertad de algunos abusos similares para no escandalizar a las personas devotas o provocar confusiones, deja comprender que los obispos se portaban con los paganos, para convertirlos, con la misma tolerancia que san Gregorio recomendaba dos siglos después para convertir a Inglaterra. Dicho santo, contestando a la consulta que hizo el monje Agustín respecto a algunas ceremonias mitad civiles y mitad paganas, a las que no querían renunciar los ingleses recién convertidos, respondió: «No se pueden quitar de golpe todos sus hábitos a los hombres toscos; no se llega a la cima de un peñón escarpando y saltando, sino arrastrándose paso a paso».


La respuesta que dio el mismo san Gregorio a Constantina, hija del emperador Tiberio Constantino y esposa de Mauricio, cuando le pidió la cabeza de san Pablo para colocarla en la iglesia que fundó dedicada al apóstol, no es menos notable. El papa contesta a la princesa que los cuerpos de los santos resplandecen con tantos milagros que nadie se atreve a acercarse a sus sepulcros para rezarles sin experimentar terror pánico; que a su predecesor Pelagio II, al querer tomar el dinero que había sobre la tumba de san Pedro para retirarlo a cierta distancia, se le mostraron signos espantosos; que ante él —el papa Gregorio— cuando trataban de reparar el monumento de san Pablo, era preciso cavar más hondo, el que cavaba tuvo la audacia de quitar los huesos para trasladarlos a otra parte y se le aparecieron también signos tan terribles que murió de repente; que su predecesor, al pretender reparar la tumba de san Lorenzo, descubrió imprudentemente el féretro que contenía el cuerpo de dicho mártir y los monjes y obreros que trabajaban murieron todos en el espacio de diez días; que cuando los romanos dan reliquias, nunca tocan los cuerpos sagrados, sino que se concretan en depositar en una caja algunos lienzos que tienen igual virtud que las reliquias y obran los mismos milagros; que cuando unos griegos dudaron de ese hecho, el papa León hizo que le trajeran unas tijeras y cortando en su presencia esos lienzos cuando los acercaron a los cuerpos santos salió sangre de ellos; que en Roma y en todo Occidente es sacrilegio tocar los restos de los santos, y que si alguien osa hacer tal cosa puede asegurarle que su crimen no quedará impune.


Por esto no puede creer que los griegos tengan la costumbre de transportar las reliquias, ni que los orientales afirmen que los cuerpos de san Pedro y san Pablo les pertenecen. Cuando fueron a Roma para llevárselos a su país, al llegar a las catacumbas donde yacían sus cuerpos, truenos horrísonos y relámpagos espantosos los dispersaron aterrorizados, obligándoles a renunciar a su idea y que quienes sugirieron a Constantina la idea de reclamar la cabeza de san Pablo no tuvieron otro designio que la de hacerle perder la gracia del Papa. Y san Gregorio termina con estas palabras: «Confío en Dios en que no os privará del fruto de vuestra buena voluntad, ni de la virtud de los santos apóstoles, y si no podéis gozar de su presencia corporal gozaréis siempre de su protección».


Pese a cuanto dice el citado papa, la Historia eclesiástica atestigua que los traslados de reliquias eran tan frecuentes en Occidente como en Oriente. Además, el autor de las notas de la mencionada carta observa que el mismo san Gregorio, más tarde, cedió varios cuerpos de santo y que otros papas dieron hasta seis o siete a una misma persona.


Conocido todo esto, ¿debemos sorprendernos del favor que gozaron las reliquias entre los pueblos y los reyes? Los juramentos más corrientes entre los antiguos franceses se hacían sobre la reliquia de un santo. Así, los reyes Gontrán, Sigeberto y Chilperico repartieron los estados de Clotario y convinieron en disfrutar de París jurando sobre las reliquias de Poliyeto, san Hilario y san Martín. El catecismo del Concilio de Trento aprobó también la costumbre de jurar sobre las reliquias.


Es sabido que los reyes de Francia de la primera y segunda estirpes conservaban en sus palacios gran número de reliquias, entre ellas la capa de san Martín, que llevaban en su séquito y hasta en sus ejércitos, y desde palacio enviaban las reliquias a provincias siempre que había de prestarse juramento de fidelidad al rey o tenían que cerrar algún tratado.


En Diccionario Filosófico