11 nov. 2007

Edgar Bayley - La libreta de tapas negras



A las cinco de la mañana el Dr. Pi había subido al tren que lo llevaba ahora a través de la llanura. El sol estaba alto cuando decidió consultar su libreta de tapas negras. Todo está en orden, se dijo, y cerró la libreta. Entró al vagón un hombre sin piernas y con muletas ofreciendo billetes de lotería. El tren tomó una curva y el hombre cayó sobre el Dr. Pi. El lotero dio un alarido:

-¡Mis billetes, mis billetes! Se han ido por la ventanilla abierta.

-Aquí los tiene –dijo serenamente el Dr. Pi-. Devuélvame mi libreta de tapas negras.

-Tómela. En esta libreta no está lo que me interesa.

Llegaron a Mercedes, en San Luis, y el Dr. Pi hizo un breve paseo por la estación. En la sala de espera una mujer rubia lo miró con atención. La acompañaba un hombre de barba, muy delgado, y con anteojos negros. Gesticulaba, hablaba sin que se oyera nada, pues estaba afónico, y daba golpes con sus zapatos de taco alto sobre el piso de madera. Era bajo y se levantaba a cada momento del banco donde estaba sentado. Trataba de gritar, pero no emitía sonido alguno. La mujer miraba distraída y consultaba su reloj.

Entró una muchacha vendiendo naranjas y perejil. El barbudo hizo un gesto de indignación y la echó. Siguió dando zapatetas. La rubia lo miraba apenas. Salió y subió al tren. El barbudo pareció enojarse. La muchacha del perejil y las naranjas volvió a ofrecerle su mercadería. El barbudo la besó y le dio un puñado de monedas. La rubia cerró la ventanilla. El Dr. Pi se sentó a su lado. La rubia lo abrazó y le dijo:

-Aquí tienes tu libreta de tapas negras.

En Vida y memoria del doctor Pi y otros relatos
Buenos Aires, Ultimo Reino, 1983