13 nov. 2007

Antoni Mari sobre Thomas Bernhard: Reflexión sobre la pérdida



Su obra nos reconcilió con nuestra contemporaneidad, hizo que nos sintiéramos dignos de los momentos que vivimos y que ese presente maltrecho alcanzara la dignidad de la categoría. En su obra reconocimos nuestro propio pasado, ese pasado de huérfanos con los únicos recursos que nuestra imaginación nos procura y que nos permite nuestra voluntad de vivir, y comprendimos nuestro propio presente y la dificultad y el esfuerzo que supone el sostenerlo con la dignidad de los hombres.

En sus libros reconocimos a nuestros viejos maestros, actualizados por esa expresión vehemente y tierna, por esa cadencia reiterativa y atrabiliaria que va hilvanando los pocos resortes que nos atan a la vida. Porque, en las figuras que atraviesan los textos de Thomas Bernhard, es la ternura y la piedad lo que los ata a la vida, lo que las mantiene firmes, y es un decir, entre tanta muerte y tanta desolación. Es, paradójicamente, el amor y la entrega lo que las sostiene. Un amor y una disposición que ellos han reconocido en las creaciones del espíritu humano: en la música de Bach y de Mozart, en la poesía de Trakl, en las novelas de Goethe, en la filosofía de Schopenhauer: pero que no ha podido reconocer en las acciones de los hombres. La vida ya no se manifiesta a través de la existencia humana, la vida, la verdadera vida sólo puede reconocerse en la música y en la poesía. En la construcción del arte. Es el arte el último reducto que le queda a este hombre, a todos los hombres, para sobrevivir. Y es a la vez el arte, las Variaciones Goldberg de El malogrado, lo que mata con más prontitud y más eficacia. Es la dedicación a las "ciencias del espíritu" lo que pervierte el espíritu, pero también lo que le permite su supervivencia.

El individualismo de Bernhard, su agrio espíritu crítico, su radical solipsismo, su melancolía ysu incapacidad para la vida son, paradójicamente, una afirmación furiosa de la vida. Todos somos sobrinos de Wittgenstein, todos vivimos en lazaretos a los cuales no podemos sustraernos. Todos somos prícipes acediosos recluidos en nuestros palacios de miseria: condenados a contemplarnos en lo que hemos hecho de nosotros mismos y en lo que hemos perdido en el camino y no podemos olvidar y que la propia existencias nos muesetra como una absurda y dolorosa burla. Pero es la contemplación de esa burla, es la reflexión sobre todo lo perdido lo que nos permite tomar en consideración aquello que todavía conservamos y lo mucho que tenemos por perder. Y estamos dispuestos a perderlo porque ya casi nada nos pertenece; casi nada, salvo esa facultad inquebrantable para la reflexión sobre la pérdida. (...)

Antoni Marí, "Reflexión sobre la pérdida" en La vida de los sentidos