3 oct. 2007

Jacobo Fijman - Acerca de Lautreamont




1

Lo imagino rubio. De ojos celestes. Alto varios metros. La piel azul y las manos huesudas. Dotado de una gran imaginación. Pero satánico.
Atormentado por las cosas reales y vulgares y por las ideas que se hacía del más allá de la muerte y de la muerte misma.
Era lo que diríamos hoy, un introvertido. Se lo supone fino, elegante, de una dentadura tremenda; con colmillos.
Debe estar ahora no en el infierno sino en el hades, que es el reino de la muerte.
Él está como dormido; insomnis mortis.
Durante su vida debe haber abusado de las drogas que llevan a los otros paraísos, los paraísos del mal.
Eso, es lo que se deduce de sus escritos. Donde se hace sentir su soledad y su desesperanza.
No tenía nada de religioso. Era un muerto, como diría un teólogo moralista.
No supo nunca más que de penas y no dio nunca con la contricción, ese dolor perfecto, ni con la tricción, ese dolor imperfecto al que se entregan los pecadores arrepentidos para que se les restituya a la primera gracia y continuar su vida penitencial hasta arraigarse en un estado de paz y esperar la buena muerte.
Pero él no da señales de haber tenido ninguna instrucción religiosa -aunque nombre mucho a Dios-que lo pudiera llevar a la salud espiritual.
Sin embargo, a pesar de todo lo quiero y lo voy a ayudar.
Este hombre atormentado, buscó con avidez; pero por sí mismo no dio con nada más que con el sufrimiento y la demencia de gran poeta.
Nació en el Uruguay, y se supone que haya muerto. Aunque nadie lo sabe.
Es como si no hubiera existido como ser físico.
Era de agua. Era flemático de temperamento y lo concibo como existiendo en un mar agitado y oscuro.
Dios no quiso que lo conociera, no quiso concederle la gracia que concede al resto de los mortales, a los fieles que componen el cuerpo místico de Cristo.
Lautréamont era soberbio; se negó a rebajarse a ser un niño.
No amó las cosas de la tierra como las aman algunos privilegiados de complexión melancólica. Él amaba lo que no sabía; buscaba a Dios pero no dio con Él. Se supone que Dios no quiso darle los beneficios que entrega a criaturas más inferiores que su naturaleza.
Lautréamont me conocía y me conoce. Como Juez he tenido que verlo. Me pidió que no lo olvidara. Que intercediera por él ante Dios que es mi amigo.

2

Hace un tiempo nos encontramos en otra región. Cuando lo vi, estaba como despejándose del sueño. Estaba con aguas, con algas, pero no con peces. Los peces se habían ido. Estaba acostado en el mar. Yo caminaba sobre las aguas y lo llamé: Lautréamont, Lautréamont, le dije, soy Fijman.
Y él me contestó que me quería. Que seríamos amigos ahora en el mar, porque los dos habíamos sufrido en la tierra. Pero no lloramos.
Nos abrazamos. Después quedamos en silencio.

Textos compilados por Carlos Artusa