24 ago. 2007

Plauto - Aulularia, Comedia - Fragmentos



Esta obra gira en torno al personaje Euclión, pobre anciano que ha encontrado una olla llena de oro enterrada por su abuelo y que se ve, de pronto, inquietado por el deseo de ocultarla para que no se la roben. La intriga es doble, presentándonos a Fedra, su hija, violada por Licónides. Estas dos historias terminan convergiendo provocando los típicos malos entendidos de una comedia de enredo Aquí nos encontramos a Licónides confesando su crimen, la violación, a Euclión y a éste creyendo que le habla del robo de su olla llena de oro.

Acto IV - Escena X

Euclión.- ¿Quién está hablando por aquí?

Licónides.- Soy yo, un desgraciado.

Euclión.- Yo sí lo soy, y terriblemente arruinado; yo, que ando abatido por tantos males y pesares.

Licónides.- Ten buen ánimo.

Euclión.- ¿Y cómo podría animarme?

Licónides.- De esto que te tiene tan preocupado, yo soy el culpable. Lo confieso.

Euclión.- ¿Qué oigo?

Licónides.- La verdad.

Euclión.- ¿Qué daño te causé yo, joven, para que obraras así y nos echaras a perder, a mí y a los míos?

Licónides.- Un dios me empujó a hacerlo. Él me arrastró hacia ella.

Euclión.- ¿Cómo?

Licónides.- Reconozco que obré mal y sé que soy culpable. Por esto vengo a rogarte que, benignamente, sepas concederme el perdón.

Euclión.- ¿Cómo has podido atreverte a tocar lo que no era tuyo?

Licónides.- ¿Qué se puede hacer? El mal ya está hecho. No es posible hacer nada más. Creo que así lo quisieron los dioses, puesto que sin su voluntad la cosa no hubiese sucedido; de eso estoy seguro.

Euclión.- Yo también estoy seguro de que los dioses quieren que te deje morir bien atado, en mi casa.

Licónides.- No hables así.

Euclión.- Pues, ¿por qué la tocabas sin permiso? Era mía.

Licónides.- Lo hice por culpa del amor y del vino.

Euclión.- ¡Ah, gran desvergonzado! ¿Con semejante discurso te has atrevido a venir, imprudente? Si esto es ley, y con esto pudieras excusarte, podríamos ir a robar las joyas de las señoras, en plena luz del sol. Después, si nos cogían, nos excusaríamos diciendo que lo hacíamos impulsados por la embriaguez o el amor. Demasiado baratos deben costar el vino y el amor, si el borracho y el amante pueden satisfacer, a su gusto, todos los caprichos.

Licónides.- Pero si he venido por propia voluntad a pedirte perdón por mi locura.

Euclión.- No me gustan los hombres que, cuando ya han hecho el mal, suelen venirte con excusas. Tú sabías muy bien que no era tuya. No debiste tocarla para nada.

Licónides.- Puesto que me he atrevido a tocarla, no te pido más que el poderla conservar, por encima de todo.

Euclión.- ¿Conservarla, a pesar mío y siendo mía?

Licónides.- No deseo obtenerla, en contra de tu voluntad, pero creo que ella me pertenece. Además, Euclión, al punto vas a convencerte de que conviene que ella sea mía.

Euclión.- ¡Sí, por Hércules! Yo te llevaré enseguida junto al pretor y le diré que te abra un proceso, si no me la devuelves.

Licónides.- ¿Yo? ¿Qué tengo que devolverte?

Euclión.- Lo mío que me has robado.

Licónides.- ¿Que yo he robado algo tuyo? ¿Dónde? ¿De qué se trata?

Euclión.- (Irónicamente) ¡Quiérame bien Júpiter, de modo que tú no lo sepas!

Licónides.- Si no me dices lo que pides...

Euclión.- Hablo de la olla de oro, esto es lo que pido; aquella olla que tú mismo has dicho que habías robado.

Licónides.- ¡Por Pólux, yo no he dicho ni hecho semejante cosa!

Euclión.- ¿Dices que no?

Licónides.- Ya lo creo. Digo que no, una y mil veces. Nada sé, ni he oído hablar tampoco del oro, ni de la olla que dices.

Euclión.- Veamos. Aquélla que te has llevado del bosque de Silvano. Devuélvemela y estaría de acuerdo en dividirla contigo, mitad y mitad. Aunque seas un ladrón, no me disgustas. ¡Vamos, devuélvela!

Licónides.- Tú estás loco, tratándome de ladrón. Creía, Euclión, que estabas al corriente de otra cuestión que me con cierne a mí. Sobre ella, quiero hablarte con toda tranquilidad, si tienes tiempo.

Euclión.- Dime con toda sinceridad, ¿no has robado el oro?

Licónides.- No, con sinceridad lo digo.

Euclión.- ¿Y no sabes quién lo ha robado?

Licónides.- No, y también lo digo sinceramente.

Euclión.- Si supieses quién la ha robado, ¿me lo dirías?

Licónides.- Te lo diría.

Euclión.- ¿No aceptarías tampoco una parte del que la tiene, ni encubrirías al ladrón?

Licónides.- No, tampoco.

Euclión.- ¿Y si me engañas?

Licónides.- Entonces, que Júpiter haga conmigo lo que quiera.

Euclión.- Bueno, ya tengo bastante. Ahora, dime lo que querías decirme.

Licónides.- Por si no nos conoces, ni a mí ni a mi familia, aquí vive mi tío (señalando la casa de Megadoro). Mi padre era Antímaco y yo me llamo Licónides. Mi madre es Eunomia.

Euclión.- Ya conozco esta familia. Pero me gustaría saber qué quieres.

Licónides.- Tú tienes una hija.

Euclión.- Sé, está en casa.

Licónides.- La has prometido, según creo, a mi tío.

Euclión.- Veo que estás enterado.

Licónides.- Pues bien, me ha enviado a decirte que él renuncia a ella

Euclión.- ¡Renuncia, cuando ya todo está a punto y la ceremonia también está preparada! ¡Que todos los dioses y diosas inmortales le pierdan! Por su culpa, yo he perdido hoy todo aquel oro.

Licónides.- Tranquilízate y no digas esas palabrotas. Ahora, para que todo vaya a salir bien para ti y para tu hija, di: "¡Así lo quieran los dioses!"

Euclión.- ¡Así lo quieran los dioses!

Licónides.- Y así lo quieran los dioses también para mí! Pero escucha. No hay ningún hombre, por poco que valga, que no sienta vergüenza por una falta que haya cometido y no quiera justificarse. Por todo lo que más quieras, Euclión, si en mi locura hice algo malo contra ti o contra tu hija, perdónalo Y dámela por esposa, tal como manda la ley. Ya lo reconozco; abusé de tu hija en la víspera de la fiesta de Ceres: el vino, la fuerza de la juventud.

Euclión.- ¿Qué oigo? ¡Qué mala noticia!

Licónides.- ¿Por qué te quejas? Yo he hecho que seas abuelo en las bodas de tu hija. Porque tu hija ha dado a luz, al cabo de nueve meses. Haz cuentas. Por esto, mi tío ha renunciado a ella en mi favor. Entra y podrás ver si es verdad todo cuanto te digo.

Euclión.- ¡Estoy completamente perdido! ¡Tantas desgracias se vienen uniendo a mi desgracia! Entraré para ver qué hay de verdad en todo esto.

Licónides.- enseguida vengo. (Solo). La cosa parece que ha llegado ya a puerto seguro. Pero no sé dónde debe estar mi esclavo Estróbilo. Tendré que aguardar aquí un rato, después voy a ir adentro, con Euclión. Mientras tanto, él podrá informarse por boca de la vieja nodriza que sirve a la hija: ella lo sabe todo.

Plauto,Aulularia,A.IV,E.X