5 ago. 2007

Los libros y el reino del azar




Una biblioteca no es sólo un lugar de orden y de caos; es también el reino del azar. Los libros, aun después de tener asignado un estante y un número, conservan una movilidad propia. Abandonados a sus propios recursos, se reúnen formando agrupaciones inesperadas obedeciendo a reglas secretas de similitud, genealogías nunca registradas o intereses y temas comunes. En rincones desatendidos o en montones apilados junto a la cabecera de nuestra cama, en cajas de cartón o en estantes uniformes, a la espera de ser clasificadas y catalogadas en un día futuro muchas veces aplazado, las historias que los libros encierran se agrupan en torno a lo que Henry James llamó un "propósito general", que a veces escapa a la comprensión de los lectores: "El hilo en que estaban enfiladas las perlas, el tesoro enterrado, la figura en el tapiz".

Para Umberto Eco una biblioteca debería participar de la azarosa condición de un rastro. Los domingos por la mañana se instala un chamarilero en un pueblo vecino al mío. No tiene las pretensiones de los reputados rastros de París ni el prestigio de las ferias de antigüedades que se celebran regularmente en toda Francia. El chamarilero reúne un batiburrillo de objetos, desde enormes muebles rústicos del siglo XIX hasta trozos de encaje y brocado antiguos, desde piezas desportilladas de porcelana o cristal a tornillos oxidados y herramientas de jardinería, desde óleos lamentables y fotos de familias anónimas hasta coches en miniatura abollados y muñecas de plástico tuertas. Estos campamentos comerciales recuerdan las antiguas ciudades en ruinas imaginadas por Stevenson desde una perspectiva infantil, en su poema "Travel":

Allí iré cuando sea hombre
en una caravana de camellos,
y entre sombras haré un fuego
en un cuarto polvoriento;
pintados en las paredes
veré héroes, luchas y ritos,
y en un rincón, los juguetes
de antiguos niños de Egipto.

En esta chamarilería, mi interés se centra generalmente en los cajones llenos de postales, estampas, calendarios, y, especialmente, libros. A veces éstos se exhiben bajo un rótulo obvio: historia de la región o esoterismo, cría de animales o historias de amor. Pero por lo general se mezclan al azar traducciones de Homero del siglo XVIII encuadernadas en piel con manoseados ejemplares de las obras de Simenon de la época de la guerra, novelas firmadas por el autor (yo encontré en una caja de "2 a 8 euros" un ejemplar de Chéri de Colette, publicado en 1947, que lleva la misteriosa inscripción "A Gloriane, que intenta ´recomponer mujeres y milagrosamente lo consigue") con incontables best-sellers americanos olvidados hace largo tiempo.

Los libros se reúnen debido al capricho de un coleccionista, a los avatares de una comunidad o al paso de la guerra y el tiempo; debido a la negligencia, al cuidado, a la imprevisibilidad de la supervivencia o a la azarosa selección del gremio de los chamarileros, y pueden pasar siglos antes que su agrupación adquiera, a los ojos de un lector, la forma identificable de una colección. Toda biblioteca, como descubrió Dewey, tiene que estar sujeta a una ordenación, y, sin embargo, no toda ordenación está voluntaria o lógicamente estructurada. Hay bibliotecas que deben su creación a una afectación del gusto, o a regalos o encuentros casuales. En el desierto de Adrar, en la Mauritania central, las ciudades-oasis de Chinguetti y Ouadane albergan todavía docenas de antiguas bibliotecas cuya ordenación, cuya existencia incluso, se debe al azaroso paso de caravanas que transportaban especias, peregrinos, sal y libros. Desde el siglo XV al XVIII, estas ciudades constituían escalas obligatorias en el camino a La Meca. Los libros en ellas depositados a lo largo de los años por motivos de comercio o de seguridad (tesoros entre los que se contaban obras de las famosas escuelas coránicas de Granada y de Bagdad, de El Cairo y de Meknès, de Córdoba y de Bizancio) se conservan ahora en las casas particulares de varias familias destacadas. En Chinguetti, por ejemplo, un oasis que se jactaba de tener doce mezquitas y veinticinco mil habitantes durante su edad de oro en el siglo XVIII, cinco o seis familias entre las tres mil almas que permanecen en él conservan para el lector curioso más de diez mil volúmenes de astronomía, sociología, comentarios del Corán, gramática, medicina y poesía, según datos de Th. Monod ( Méharées ). Gran parte de esas obras se pidieron prestadas a sabios viajeros y fueron copiadas por los bibliotecarios de estas eruditas ciudades; en ocasiones, por el contrario, eran estudiantes los que llegaban a ellas y pasaban meses copiando uno de los libros conservados en los estantes de la biblioteca.

En Ouadane, cuenta A. M. Tolba ( Villes de sable. Les cités bibliothèques du désert mauritien ), se narra la historia de un mendigo que, a comienzos del siglo XV, llegó a las puertas de la ciudad hambriento y vestido de harapos. Lo llevaron a la mezquita, lo vistieron y alimentaron, pero nadie consiguió que revelara su nombre o la ciudad en que había nacido. Lo único que parecía importarle era pasar largas horas entre los libros de Ouadane leyendo en completo silencio. Finalmente, después de ser testigo durante varios meses de tan misteriosa conducta, el imán perdió la paciencia y le dijo: "Está escrito que aquel que reserva sus conocimientos para sí mismo no será bien recibido en el Reino de los Cielos. Cada lector no es más que un capítulo en la vida de un libro y a menos que pase sus conocimientos a otro es como si condenara al libro a ser enterrado vivo. ¿Deseas esa suerte a los libros que tan bien te han servido?". Al oír esto el hombre abrió la boca y pronunció un largo y maravilloso comentario del texto sagrado que tenía ante él. El imán cayó en la cuenta entonces de que el visitante era cierto famoso erudito que, harto de la sordera del mundo, había prometido callar hasta que llegara a un lugar en que se apreciara verdaderamente la sabiduría.

En ocasiones, el punto de partida de una biblioteca es imponderable. En el año 336 d. C., un monje budista, cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros, se aventuró a peregrinar a lo largo de la Ruta de la Seda entre el desierto de Gobi y los yermos de Taklimakán, en la vasta zona del Asia Central que, dos siglos antes, el geógrafo griego Pausanias había llamado la tierra de Seres, remitiendo así a la palabra griega que designaba el gusano de seda. Allí, entre la arena y las piedras, el monje tuvo una visión del Señor en medio de una constelación de mil puntos de luz (que los no creyentes han tratado de explicar como el efecto del sol en los fragmentos de pirita diseminados sobre las laderas de las montañas de la región). Para conmemorar este acontecimiento, el monje excavó una cueva en la roca, enyesó las paredes y las pintó con escenas de la vida de Buda.

Durante los mil años siguientes, casi quinientas cuevas se abrieron en la roca y se embellecieron con exquisitos murales y refinadas estatuas de arcilla, dando lugar al famoso Santuario de Mogao de China occidental. Estas imágenes, esculpidas y pintadas por sucesivas generaciones de devotos artistas, registran la transformación de la iconografía budista china y tibetana, esencialmente abstracta, en una religión figurativa que exigía la representación de historias fabulosas relativas a dioses aventureros, reyes ambiciosos, monjes ilustrados y héroes embarcados en búsquedas místicas. Con el tiempo, el santuario recibió diferentes nombres, entre ellos el de Mogaoku, o "Cuevas de Altura Inigualable", o el de Qianfodong, o "Lugar de los Mil Budas" (véase J. Giès y M. Cohen, Sérinde. Terre de Bouddha ). Más tarde, en el siglo XI, probablemente con el fin de que no fuera objeto de la codicia de ejércitos extranjeros, una colección formada por más de cincuenta mil manuscritos y pinturas de valor incalculable fue escondida y encerrada en una de las cuevas de Mogao, transformando así ese lugar de manera totalmente fortuita en "el primer y mayor archivo del mundo de documentos de papel y en la única biblioteca budista de su tiempo" (S. Whitfield y U. Sims-Williams, The Silk Road: Trade, Travel, War and Faith ), la cual habría de permanecer intacta durante siete siglos.


Por Alberto Manguel
La Nacion, Buenos Aires, 5 de agosto de 2007


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