8 ago. 2007

De los varios Edipos




Por lo menos doce poetas griegos, además de Sófocles, nos ofrecen tragedias sobre Edipo que no han sobrevivido. Entre ellos se incluyen Esquilo, de cuya trilogía sobre Edipo solamente se conserva la tercera obra: Los Siete contra Tebas (su Layo, su Edipo y su pieza satírica La Esfinge se han perdido), Eurípides, y Meleto -uno de los que acusaron a Sócrates-. Entre los romanos, Séneca escribió una tragedia sobre Edipo, y lo mismo hizo Julio César (1), de quien se dice que una vez soñó que había tenido relaciones sexuales con su madre (2). En francés, Corneille volvió al tema (1659) poco después de la muerte de su padre. Y a los diecinueve años, Voltaire escribió su primera tragedia, un Edipo (1718). En la versión de Voltaire, Yocasta nunca amó a Layo o a Edipo, sino (y ello no es más que un toque francés) a un tercer hombre, Filoctetes. Además, Yocasta nunca fue feliz con Edipo. Otros autores de obras sobre Edipo son John Dryden y Nathaniel Lee (en colaboración, 1679) y Hugo von Hofmannsthal (1906). Todo ello puede ayudarnos a deshacer el insistente equívoco de que el Edipo de Sófocles es el único Edipo y de que su argumento es el único argumento.

Es de gran importancia metodológioca comparar la versión del poeta con los tratamientos previos del mismo material para descubirir, si es posible, su originalidad, sus innovaciones y sus acentos distintivos. Por lo que a esto se refiere, unos pocos detalles pueden satisfacernos.

Las versiones más antiguas conocidas de la historia de Edipo se encuentran en la Ilíada y la Odisea, y ambas difieren notablemente del argumento de Sófocles. La explicación completa comprende diez versos (271-280) en el canto XI de la Odisea, cuando Ulises desciende a los infiernos:

Luego vi a la madre de Edipo, la bella Epicasta,
que cometió un gran error, ignorándolo su corazón,
al casarse con su hijo. Y éste, asesino de su padre,
se casó con ella, y los dioses lo dieron a conocer a los hombres.
Él permaneció en la amable Tebas y gobernó a los Cadmeos
sufriendo las penas dictadas por los dioses,
y ella descendió a los Hades, de puertas sólidamente cerradas,
pasando un lazo corredizo por el travesaño del techo.
Y, subyugada por la pena, dejó para él sufrimientos
como los que origina una madre de las Furias.

En este frangmento, la verdadera identidad de Edipo se llega a saber inmediatamente después de su matrimonio y cuando posiblemente no había aún ningún hijo. Yocasta (llamada aquí Epicasta) se colgó, tal como en la última versión de Sófocles, aunque en ella Edipo permaneció como rey de Tebas, un hombre desafortunado.

La Ilíada, que es anterior a la Odisea, nos añade un detalle más. En el canto XXIII, donde se describen los juegos mortuorios, uno de los competidores se presenta como el hombre que "había llegado a Tebas para asistir al entierro de Edipo, tras morir éste, y allí había ayudado a todos los cadmeos" (679-680). La implicación es clara: después de haber reinado en Tebas durante años, Edipo finalmente murió en una batalla y se le hizo un gran entierro en Tebas, con juegos comparables a los que se describen en la Ilíada en honor de Patroclo.

En las obras conservadas de Hesíodo, el nombre de Edipo no aparece más que una vez y aún por coincidencia (3), pero entre los fragmentos llamados Catálogos de mujeres, encontramos tres pasajes, casi idénticos, refiriéndose a lo siguiente: "Hesíodo dice que cuando Edipo murió en Tebas, Argeida, mujer de Adrasto, vino con otras al funeral de Edipo", todo lo cual está muy lejos de parecerse a las concluisones de Edipo rey o de Edipo en Colona.

Poco se conoce de la extraviada épica cíclica griega, la Tebaida y la Edipodia, pero en esta última es Euriganea, segunda esposa de Edipo, la madre de sus hijos, y mientras ello es consistente con el tratamiento de Homero, la diferencia con el de Sófocles es sorprendente. En ambas obras épicas y en Las fenicias, de Eurípides, Edipo se retira y no muere en el exilio.

Quizás unas pocas palabras que han sobrevivido, como una cita de la Edipodia, sean más eficaces que cualquier argumento para desmentir la creencia común según la cual la historia de Sófocles es la historia de Edipo, y que no hay ninguna necesidad de distinguir entre sus argumentos y los mitos antiguos: la Esfinge "mató a Hemón, el amado hijo del intachable Creonte"(4). esta cita tendría que convencernos a todos los conocedores de la Antígona de Sófocles, de la libertad que disfrutó el poeta para utilizar antiguas tradiciones.

En Píndaro encontramos una referencia a la "sabiduría de Edipo" (Odas píticas), así como un pasaje sobre el destino en el cual se cita, no por su nombre, sino como ejemplo:

Su desafortunado hijo se encontró con Layo
y le asesinó, cumpliéndose la palabra
pronunciada mucho tiempo antes en Pitón (5)

Es aquí donde nos aproximamos a la versión popular de la historia con el acento en la mala fortuna del destino.

Unicamente conocemos la tercera obra de la trilogía que escribió Esquilo sobre Edipo. En ella se da importancia al tema de la culpa hereditaria: los hijos pagan por los pecados de los padres. Se había advertido a Layo que no tuviera hijos, y ello parece ser el tema que gobernaba la trilogía. Y es muy posible que fuera Esquilo quien por primera vez conectó los hijos de Edipo con el incesto que éste hiciera con su madre.

(...)

Estas comparaciones nos permiten evidenciar la tremenda originalidad de Sófocles. Hubiera podido centrar el argumento en la ineluctabilidad del destino, pero no lo hizo. Al colocar todos los acontecimientos de la vida de Edipo en unas pocas horas, le convierte en un hombre que busca la verdad, y los conflictos de su tragedia no son los más obvios, sino que son contiendas entre Edipo que pide la verdad y aquellos que él cree le dificultan la búsqueda. El Edipo de Sófocles emerge como un personaje magnífico, consistente y fascinante, que no está sacado de los mitos del pasado, sino de la fuerza genial del poeta.

(...)

1 y 2: Suetonio, Vida de Julio César
3: Los trabajos y los días, 163
4: Escolio sobre Las fenicias de Eurípides, 1750
5: Odas olímpicas, II, 28-40


En Walter Kaufmann, Tragedia y filosofía, Barcelona, Seix Barral, 1978, pág. 178 y ss.