1 jul. 2007

Thomas Mann - La montaña mágica (final)

El pueblo de aquellos hombres de las alturas tomaba el tren por asalto, viajaba incluso en los estribos y llenaba las estaciones. Hans Castorp se precipitaba también.

Settembrini le encontró en aquel tumulto y con efusión le tomó en sus brazos, le abrazó como un meridional, o como un ruso, besándole en las dos mejillas, lo que no dejó de cohibir, a pesar de toda su emoción, a nuestro viajero.
¡Pero lo inesperado fue cuando Settembrini, en el último momento, le llamó por su nombre, le llamó «Giovanni», despreciando además la forma usada en el Occidente civilizado, es decir, tuteándole!
—È cosa inù —dijo—, in giù finalmente! Addio, Giovanni mio! Hubiese preferido verte partir en otras circunstancias, pero los dioses lo han dispuesto así y no de otro modo. Esperaba verte volver al trabajo, y vas a combatir por los tuyos. Dios mío, te ha tocado a ti y no a nuestro teniente. Es la vida... ¡Combate valientemente! ¡Nadie puede ahora hacer otra cosa! ¡Perdóname si empleo el resto de mis fuerzas en arrastrar a mi país a la lucha, con el bando del espíritu y los intereses sagrados! Addio!
Hans Castorp asomaba su cabeza entre otras diez que llenaban el marco de la ventanilla, haciendo señas por encima de ellas. También Settembrini levantó su mano derecha mientras tocaba delicadamente, con la punta del dedo anular de su otra mano, el ángulo interno de sus ojos.

¿Dónde estamos? ¿Qué es eso? ¿Dónde nos han transportado los sueños? Crepúsculo, lluvia y barro. Un rojo turbio en el cielo ncendiado. Un sordo trueno resuena sin scanso y lena el aire húmedo, desgarrado por silbidos agudos, rabiosos e infernales. Estrépito de explosiones, de crujidos, de gemidos, de gritos, de címbalos entrechocados que amenazan romperse, deprisa, cada vez más deprisa...
Hay allá abajo un bosque del que surgen enjambres grises que corren, caen y saltan.
Una línea de colinas se extiende ante el incendio lejano, cuyos rojos resplandores se condensan a veces en llamas vivas.
En torno a nosotros, campos ondulantes, trastornados. Un camino cubierto de ramajes, un camino de campaña, que se lanza hacia la colina; troncos de árboles bajo la lluvia fría, desnudos, sin ramas...
Aquí hay un poste indicador — ¡inútil mirarlo!, la penumbra nos velaría la inscripción.
¿Este u oeste?
Estamos en la llanura, es la guerra.
Y nosotros somos sombras tímidas al borde del camino, confusos de gozar de la seguridad de las sombras para mirar el sencillo rostro de una camarada gris, de uno de esos camaradas grises que corren y se precipitan; del compañero de tantos años, del valiente pecador cuya voz hemos oído con tanta frecuencia, para mirar una última vez ese rostro antes de perderlo para siempre de vista.

Han sido conducidos para prestar su último empuje a la batalla que ha durado todo el día y cuyo objeto es recuperar las posiciones de las colinas. Es un regimiento de voluntarios, de sangre joven —estudiantes en su mayor parte—, que no se hallan en el frente desde hace mucho tiempo. Han sido avisados por la noche y han marchado bajo la lluvia hasta la tarde, por malos caminos —no eran caminos, los caminos se encuentran entorpecidos— . Si no querían perder sus botas tenían que agacharse a cada momento y tirar de ellas para que no se quedasen hundidas en el barro. Han necesitado una hora para franquear el pequeño prado. Sus cuerpos, agotados, pero excitados por profundas reservas vitales, no se inquietan ni del sueño ni del alimento de que están privados. Sus rostros mojados, manchados de barro, arden bajo los cascos grises. Están inflamados por el esfuerzo y las pérdidas que han sufrido al atravesar el bosque pantanoso.

El enemigo, que se ha dado cuenta de su paso, ha dirigido contra ellos un fuego de cortina. Es preciso que estos tres mil muchachos febriles avancen, es preciso que decidan con sus bayonetas el resultado del asalto contra las trincheras y las aldeas en llamas, detrás de la cadena de colinas, y que lleven el ataque hasta un punto fijado en la orden que su jefe lleva en el bolsillo. Son tres mil para que puedan ser dos mil cuando lleguen ante las colinas y las aldeas. Forman un cuerpo compuesto de tal manera que, aun después de graves pérdidas, pueden obrar y vencer, saludando la victoria
sin pensar en los que han caído.

Ya inundan el terreno, el camino, los campos esponjosos.. . Nosotros, las sombras espectadoras al borde del camino, nos hallamos entre ellos. Todos se echan de bruces bajo los proyectiles silbantes, para saltar luego y reanudar su carrera hacia adelante. Caen, baten los brazos, heridos en la frente, en el corazón, en las entrañas. Están inmóviles con el rostro hundido en el barro y ya no se mueven. Pero el bosque envía otros que saltan y avanzan, tropezando con los que no se levantan.

¡Bella juventud, con sus mochilas y sus bayonetas! Se podría, con una imaginación humanista, soñar con otras imágenes; se podría presentar a esa juventud bañando caballos en una bahía, paseando por la arena con la amada, los labios junto al oído de la dulce muchacha, o aprendiendo, con una amistosa sonrisa a tirar el arco. En lugar de esto está tumbada con la nariz pegada al barro. Es admirable y extraño que se presten a
ello alegremente, aunque se sientan presa de terrores jamás sentidos y de una expresable nostalgia de sus males.

¡He aquí a nuestro amigo! ¡He aquí a Hans Castorp! De muy lejos le hemos reconocido a causa de la barbita que se dejó crecer cuando se sentaba a la mesa de los rusos ordinarios. Arde traspasado por la lluvia, como los otros. Corre con los pies pesados por las botas, con la bayoneta en el puño. Ved cómo pisa la mano de un camarada caído; su bota claveteada la hunde en el suelo pantanoso. Sin embargo, es él.

¿Cómo? ¡Canta! Canta sin saberlo, en una excitación embrutecedora, sin pensar en nada, a media voz:

Y grabé en su corteza.
Más de una palabra querida...

Ha caído. No; se ha lanzado al suelo porque llega un perro infernal, un gran obús, un atroz pan de azúcar de las tinieblas. Está tendido, con la cara en el barro fresco y las piernas abiertas. El producto de una ciencia que se ha convertido en bárbara, cargado de lo peor que puede haber, penetra a treinta pasos de él oblicuamente en el suelo, como el diablo en persona, y estalla con un espantoso alarde de fuerza, levantando a la altura de una casa una fuente artificial y maligna, una fuente de tierra, fuego, hierro, playa y humanidad despedazada.

¡Oh, vergüenza en nuestra seguridad de sombras! ¡Partamos! ¡No queremos contar eso! ¿Ha sido herido nuestro amigo? Por un instante ha creído estarlo. Un montón de tierra ha ido a chocar contra su pierna. Se levanta, titubea, avanza cojeando, con los pies pesados por el barro y canturreando inconscientemente:

Y sus ra-mas murmura-ban,
como si me hablasen...

Y de este modo, bajo la lluvia del crepúsculo, le perdemos de vista.

¡Adiós, Hans Castorp, hijo mimado de la vida! Tu historia ha terminado. Hemos acabado de contarla. No ha sido breve ni larga; es una historia hermética. La hemos narrado por ella misma, no por amor a ti, pues tú eras sencillo. Pero en definitiva es tu historia. Puesto que la has vivido, debes sin duda tener la materia necesaria, y no renegamos de la simpatía pedagógica que durante esta historia hemos sentido hacia ti y que podía llevarnos a tomar delicadamente, con la punta del dedo, un ángulo de nuestros ojos, al pensar que ya jamás te volveremos a oír ni a ver.

¡Adiós! ¡Vas a vivir o a caer! Tienes pocas perspectivas; esa danza terrible a la que te has visto arrastrado durará todavía unos cortos años criminales, y no queremos apostar muy alto que puedas escapar. Francamente, nos tiene sin cuidado dejar esta cuestión sin contestar. Las aventuras de la carne y el espíritu, que han elevado tu simplicidad, te han permitido vencer con el espíritu lo que no podrás sobrevivir con la carne.
Hubo instantes en que surgió en ti un sueño de amor lleno de presentimientos —sueño que «gobernabas»—, fruto de la muerte y la lujuria del cuerpo. De esta fiesta mundial de la muerte, de este temible ardor febril que incendia el cielo lluvioso del crepúsculo, ¿se elevará algún día el amor?

Aporte de Carmen Blázquez en Factor Serpiente