Ovidio - Las metamorfosis, Libro Sexto, III

1 de julio de 2007 ·



Argumento. Se mencionan la curiosa transformación de unos labriegos licios en ranas, y el singular combate de Apolo y Marsias.


Un castigo tan terrible sembró de pánico el mundo entero; hombres y mujeres se apresuraron a redoblar el culto que acostumbraban rendir a Latona. Uno de los presentes contó a los tebanos una notoria hazaña de esta misma diosa: La aventura no se hizo célebre por la calidad de la gente en quien recayó. Yo mismo he visto el lugar y el estanque en donde este extraño suceso se hizo famoso en la comarca. Sintiéndose mi padre muy viejo y cansado para emprender viajes, me envió hacia aquel lugar con unos cuantos cuartos para comprar unos bueyes, dándome por guía a un hombre del país. Recorrimos todos los pastos, y mientras pacíamos al borde del lago, divisé un altar antiguo, ennegrecido por el hollín y rodeado de rosales. Mi guía, arrodillándose con voz trémula, imploró: “Sedme propicia”. Después que yo hube hecho el mismo ruego, pregunté al licio si aquel altar era consagrado a las Náyades o a los Faunos o a cualquier otra divinidad del país.

No está este altar elevado a los dioses de estas montañas, sino a la diosa que Juno arrojó del mundo entero y a la cual la isla de Delos, que flotaba por entonces en medio del mar, le prestó asilo: oculta allí bajo un olivo parió dos gemelos, malogrando así las persecuciones de su rival, quien, poco tocada del estado en que Latona se encontraba, la obligó a salir de esta isla con los dos hijos que acababa de traer al mundo. Un día que hacía fuerte calor, después de caminar largo rato, llegó a la Licia, país al que la montaña de la Quimera (1) ha dado fama. Fatigada por la sed y el cansancio, con el seno exhausto por los recién nacidos, percibió en el fondo de un valle un estanque, al que se aproximó para calmar su sed. Había por allí unos labradores, que se entretenían en cortar rosales y otras plantas. Ya se había arrodillado para beber más a su gusto, cuando éstos se lo impidieron brutalmente. "¿Por qué me vedáis beber, si el uso del agua alcanza a todo el mundo, lo mismo que el aire y la luz que la Naturaleza no niega a nadie? Hermanos, consentid en que beba, yo os lo ruego. No he venido a bañarme, sino a aplacar mi ardiente sed; apenas si puedo hablar, mi garganta se encuentra tan seca que las aguas de vuestro estanque serán para mí más deliciosas que el néctar de los dioses; si me dejáis beber os deberé la vida. Si no os compadecéis de una madre en este estado deplorable, hacedlo al menos por estas dos criaturas que os tienden los brazos."

Sin embargo de todo esto, se obstinaron en negársela; y después de haber proferido injurias, la amenazaron con maltratarla si no se alejaba. No contentos de su insolente brutalidad, enturbiaron el agua con los pies y las manos, haciendo que el cieno del fondo, al salir a la superficie, le impidiera beber. La cólera que la diosa sintió renacer fue tan grande que olvidó su sed y, hablándoles en diosa, les dijo, levantando las manos al cielo: "Viviréis para siempre en este estanque." El efecto siguió a la amenaza. De pronto, a estos labradores se les vio entre el fango sacando de vez en cuando la cabeza y nadar sobre la superficie. Como continuaban profiriendo injurias a la diosa, su voz se enronqueció, su garganta se infló, su boca se alargó y sus espaldas se tiñeron de un color verde, conservando solamente el vientre, que es extremadamente grueso y de color blanco. De esta manera quedaron transformados en ranas, viéndoseles continuamente saltar y barbotear entre el cieno de este estanque.

Cuando el licio acabó de contar esta historia había allí otro hombre que recordó la aventura de Marsias, a quien Apolo castigó por haber tocado la flauta mejor que él. Al tiempo que lo despellejaban vivo, el pobre Marsias gritaba: ¡Ay de mí! ¿Por qué me destináis a esta suerte de castigo? ¿Es posible que esta maldita flauta me cueste tan cara? Todo su cuerpo era una pura llaga, la sangre le corría por todos lados; se le apreciaban todos los nervios, sus venas, sus intestinos, y se le podían contar hasta las más insignificantes fibras de su cuerpo. Los faunos y los sátiros de los prados vecinos, Olimpo, el discípulo de Marsias, las ninfas y los pastores, todos lloraron esta horrorosa muerte. La Tierra recibió todas las lágrimas en su seno, haciendo salir de ellas el río que lleva el nombre de Marsias. De todos los ríos de la Frigia, éste es el que más claras lleva las aguas.

El recitado de estas antiguas historias olvidó la tragedia acabada de suceder. Se lloró la desgracia de Anfión y sus hijos; pero el orgullo de Níobe causó una gran indignación. Solamente Pélope (2), su hermano, lloró su muerte. En el transporte de su dolor se desgarró sus vestiduras, dejando ver su hombro de marfil. Al nacer, los dos hombres eran de carne; pero su padre, en una comida que dio a los dioses, le eligió para que sirviera en el banquete; después de haberle deshecho y ayuntado nuevamente los miembros, no encontrando el hombro izquierdo, lo sustituyeron por uno de marfil.


(1) Quimera. Montaña de Licia, volcánica, siempre en erupción, en cuyas faldas vivían cabras, leones y serpientes. De aquí que los poetas crearan la Quimera, monstruo con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola serpentina.

(2) Pélope. Rey de Élida, hijo de Tántalo. Instituyó los Juegos Olímpicos. Y refiere Clemente de Alejandría que el Palladium de Troya se había construido con sus huesos.


Madrid, Espasa Calpe, 1972, 2ª ed. Trad. Federico Carlos Sainz Robles


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