Maurice Maeterlinck - Los destinos

9 de julio de 2007 ·

I

Es bastante inquietante comprobar que cada vez que la Naturaleza da un ser, que parece inteligente, el instinto so­cial, amplificando, organizando la vida en común, que tiene por punto de partida la familia, las relaciones de madre a hijo, es para conducirle, a medida que la asociación se perfecciona, a un régimen cada vez más severo, a una disciplina, a com­pulsiones, a una tiranía de las más intolerantes e intolerables, a una existencia de fábrica, de cuartel o de prisión, sin descan­so, sin tregua, utilizando implacablemente, hasta el agota­miento y hasta la muerte, todas las fuerzas de sus esclavos, exigiendo el sacrificio y la desgracia de todos sin provecho ni felicidad de nadie, para no llegar más que a prolongar, a re­novar y a multiplicar en el horizonte de los siglos una es­pecie de desesperación común. Se diría que estas ciudades de insectos, que nos preceden en el tiempo, han querido ofre­cernos una caricatura, una parodia anticipada de los paraísos terrestres hacia los cuales se encaminan la mayor parte de los pueblos civilizados; y se diría, sobre todo, que la Naturaleza no quiere la felicidad.

Pero he ahí millones de años en que los termes se elevan hacia un ideal que parece están a punto de alcanzar. ¿Qué pasará cuando lo hayan realizado enteramente? ¿Serán más felices, saldrán, al fin, de su prisión? Es poco verosímil, por­que su civilización, lejos de desplegarse en medio del día, se recluye bajo tierra a medida que se perfecciona. Tenían alas, y ya no las tienen; tenían ojos, y han renunciado a ellos; te­nían un sexo —los más atrasados, los Calotermes, por ejem­plo, lo tienen todavía—, y lo han sacrificado. En todo caso, cuando hayan alcanzado el punto culminante de su destino, acontecerá lo que siempre acontece cuando la Naturaleza ha sacado de una forma de vida todo lo que podía obtener de ella. Un ligero descenso de temperatura de las regiones ecua­toriales, que será igualmente un acto de la Naturaleza, des­truirá de un solo golpe, o en muy poco tiempo, toda la especie, de la cual no quedarán más que vestigios fosilizados. Y todo recomenzará, todo habrá sido, una vez más, inútil, a menos que en alguna parte no sucedan cosas, no se acumulen resul­tados de los cuales no tenemos la menor noción, lo que es po­co probable, pero, después de todo, posible. Si esto es posible, apenas experimentaremos los efectos de ello. Si consideramos las eternidades anteriores y los in­numerables cambios que han ofrecido a la Naturaleza, parece evidente que civilizaciones análogas o fácilmente superio­res a la nuestra han existido en otros mundos y quizás aún sobre esta tierra. ¿Se ha aprovechado de ellas nuestro ascen­diente, el hombre de las cavernas, y nosotros mismos hemos sacado alguna ventaja? Es posible; pero tan mínima y ente­rrada a tales profundidades en nuestro subconsciente, que es bien difícil darnos cuenta de ello. Pero aunque así fuese, no habría habido progreso, sino regresión, esfuerzos vanos y pérdidas sensibles.

Por otra parte, se puede pensar que si uno de estos mun­dos que pululan en los cielos hubiese alcanzado en los mile­narios transcurridos o alcanzase en este momento lo que apun­tamos, se sabría.

Los vivientes que lo habiten, a menos que fuesen monstruos de egoísmo, lo que no es apenas plausible cuando se es tan inteligente como sería menester que fuesen para llegar adonde suponemos que se encuentran, habrían tratado de ha­cernos sacar provecho de lo que hubiesen aprendido, y tenien­do una eternidad detrás de ellos, habrían llegado, sin duda, a ayudarnos, a sacarnos de nuestra sórdida miseria. Habiendo, probablemente, superado la materia, es muy verosímil que es­tos seres se muevan en regiones espirituales donde el tiempo y la distancia ni influyen ni ofrecen obstáculos. ¿No es razonable creer que si hubiese existido en el universo algo sobera­namente inteligente, bueno y feliz, las consecuencias hubiesen acabado por hacerse sentir de mundo en mundo? Y si esto no ha ocurrido nunca, ¿por qué vamos a esperar que ocurra?

Las más bellas morales humanas están todas fundadas sobre la idea de que es preciso luchar y sufrir para purificarse, elevarse y perfeccionarse; pero ninguna trata de explicar por qué es necesario empezar de nuevo sin cesar. ¿Dónde va, pues, en qué abismos infinitos se pierde, desde eternidades sin lími­tes, lo que se ha elevado en nosotros y no ha dejado vesti­gios? ¿Por qué si el Anima Mundi es soberanamente sabia ha querido estas luchas y estos sufrimientos que jamás han lle­gado y que, por consecuencia, jamás llegarán al fin? ¿Por qué no haber puesto, al primer esfuerzo, todas las cosas al punto de perfección a que nosotros creemos que tienden? ¿Por qué es preciso merecer su dicha? Pero ¿qué méritos pueden te­ner los que luchan o sufren mejor que sus hermanos, pues­to que la fuerza o la virtud que les anima no la tienen más que porque un poder exterior la ha puesto en ellos más pro­piciamente que en otros?

Evidentemente, no es la comejenera donde encontrare­mos respuestas a estas preguntas; pero ya es mucho que ella nos ayude a plantearlas.

II

El destino de las hormigas, de las abejas, de los termes, tan pequeño en el espacio, pero casi sin límites en el tiempo, es un hermoso resumen, es, en suma, nuestro destino entero que tenemos un instante, reunido por los siglos, en el hueco de la mano. Por esto es bueno escrutarlo. Su suerte prefigura la nuestra, y esta suerte, a pesar de los millones de años, a pesar de las virtudes, del heroísmo, de los sacrificios que en nosotros serían calificados de admirables, ¿se ha mejorado? Se ha estabilizado un poco y asegurado contra ciertos peli­gros, ¿pero es más feliz y el mezquino salario paga la inmen­sa pena? En todo caso, permanece sin cesar a la merced del menor capricho de los climas.

¿A qué tienden estos experimentos de la Naturaleza? Lo ignoramos, y ella misma no tiene trazas de saberlo, porque si tuviese un fin habría aprendido a lograrlo en la eternidad que precede a nuestro momento, visto que la que seguirá ten­drá el mismo valor o la misma extensión que la que ha trans­currido, o más bien, que las dos no forman más que una, que es un eterno presente en el cual todo lo que no ha sido al­canzado no lo será jamás. Cualesquiera que sean la duración y la amplitud de nuestros movimientos, inmóviles entre dos infinitos, permaneceremos siempre en el mismo punto en el espacio y en el tiempo.

Es pueril preguntarle adonde van las cosas y los mun­dos. No van a ninguna parte: han llegado ya. Dentro de cien mil millones de siglos, la situación será la misma que hoy, la misma que era hace otros cien mil millones, la misma que era desde un comienzo que, por otra parte, no existe y que existirá hasta un fin que no existe tampoco. En el uni­verso material o espiritual no habrá nada más, nada menos. Todo lo que podremos adquirir en todos los dominios científicos, intelectuales o morales, ha sido inevitablemente adqui­rido en la eternidad anterior, y todas nuestras adquisiciones nuevas no mejorarán más el porvenir que las que las han precedido han mejorado el presente. Simples partículas del todo, en los cielos, sobre la tierra, o en nuestros pensamientos, no serán semejantes, pero se encontrarán reemplazados por otras que habrán llegado a ser semejantes a las que han cam­biado y el total será siempre idéntico a lo que existe y a lo que existía.

¿Por qué no es todo perfecto, puesto que todo tiende a la perfección y ha tenido la eternidad para llegar a serlo? ¿Hay, pues, una ley más fuerte que todo, que jamás lo ha permitido y, por consecuencia, nunca lo permitirá en no im­porta cuál de los miles de mundos que nos rodean?

Porque si en uno solo de estos mundos el fin al cual tienden hubiese sido alcanzado, parece imposible que los otros no hubiesen sentido el efecto.

Se puede admitir la experiencia o la prueba que sirve para alguna cosa; pero no habiendo llegado nuestro mundo des­pués de la eternidad a ser más que lo que es, ¿no está demostrado que la experiencia no sirve de nada?

Si todas las experiencias recomienzan incesantemente, sin que nada llegue a su fin, en todos los astros que se cuentan por cientos de miles de millones, ¿es esto más razonable por­que es infinito e inconmensurable en el espacio y en el tiempo? ¿Es menos vano un acto porque carece de límites?

¿Qué decir contra esto? Casi nada, sino que no sabemos lo que pasa en la realidad, fuera, encima, debajo y aun den­tro de nosotros. En rigor, es posible que en regiones de las que no tenemos idea alguna, desde tiempos sin principio, todo se mejore, nada se pierda: de ello nunca nos damos cuenta en esta vida. Pero desde que nuestro cuerpo, que en­turbia los valores, no está mezclado en la cuestión, todo deviene posible, todo llega a ser ilimitado como la eternidad misma, todos los infinitos se compensan y, por consecuencia, todas las probabilidades renacen.

III

Para consolarnos diremos que la inteligencia es la facul­tad con ayuda de la cual comprendemos finalmente que todo es incomprensible, y consideramos las cosas desde el fondo de la ilusión humana. Esta ilusión es, quizás, también, des­pués de todo, una especie de verdad. En todo caso, es la única que podemos alcanzar; porque hay siempre, al menos, dos verdades: la una que está demasiado alta, que es demasiado inhumana, demasiado desesperada y no aconseja más que la inmovilidad y la muerte, y la otra que sabemos es menos ver­dadera, pero que poniéndonos anteojeras, nos permite mar­char rectos hacia adelante, interesarnos por la existencia y vivir como si la vida que debemos seguir hasta el fin pudiera conducirnos a otro lugar que a la tumba.

Desde este punto de vista es difícil negar que los ensayos de la Naturaleza, de los cuales hablamos en este momento, parecen aproximarse a un cierto ideal. Este ideal, que no es malo conocer a fin de despojarnos de algunas esperanzas da­ñosas o superfluas, no se manifiesta, en ninguna otra ocu­rrencia sobre esta tierra, tan claramente como en las repúbli­cas de los himenópteros y de los ortópteros. Dejando aparte los castores, cuya raza ha desaparecido casi y que apenas po­demos estudiar, de todos los seres vivos que está a nuestro alcance observar, las abejas, las hormigas y los térmites son los únicos que nos ofrecen el espectáculo de una vida inteli­gente, de una organización política y económica que, par­tiendo de la rudimentaria asociación de una madre con sus hijos, ha llegado gradualmente en el curso de una evolución, de la cual encontramos aún —como ya hemos dicho—, en las diversas especies, todas las etapas, a una cumbre elevadísima, a una perfección que desde el punto de vista práctico y estrictamente utilitario, desde el punto de vista de la ex­plotación de las fuerzas, de la división del trabajo y del ren­dimiento material, no hemos alcanzado todavía. Nos descu­bren también al lado de la que encontramos en nosotros mis­mos, pero que sin duda es demasiado subjetiva, una paz bastante inquietante del Anima Mundi, y es, en último aná­lisis, el interés verdadero de estas observaciones entomológi­cas que, privadas de este fondo, podrían parecer bastante pequeñas, ociosas y casi infantiles, enseñándonos, no obstan­te, a desconfiar de las intenciones del universo a nuestro modo de ver; tanto más, cuanto que todo lo que la ciencia nos, enseña nos impele solapadamente a reconciliarnos con estas intenciones que ella se jacta de descubrir. Lo que dice la cien­cia, es la Naturaleza o el universo quien se lo dicta; no puede ser otra voz, y esto no es tranquilizador, no es propio para dar confianza y seguridad, pues hoy día estamos demasiado inclinados a no escuchar más que a ella sobre puntos que no son de su dominio.

Los axiomas fundamentales de la ciencia actual afirman que es preciso subordinarlo todo a la naturaleza y singular­mente a la sociedad. Es muy natural pensar y hablar así. En el inmenso aislamiento, en la inmensa ignorancia en que nos debatimos, no tenemos otro modelo, otro punto de referencia, otra guía, otro maestro que la Naturaleza, y quien algunas veces nos aconseja apartarnos o rebelarnos centra ella, es también ella misma. ¿Qué sería de nosotros, adonde iríamos si no la escuchásemos?

Los termes se encontraron en el mismo caso. No olvide­mos que nos preceden en varios millones de años. Tienen un pasado incomparablemente más antiguo, una experiencia incomparablemente más vieja que la nuestra. Desde su punto de vista, en el tiempo, somos los últimos venidos, casi niños recién nacidos. ¿Objetaremos que los termes son menos inteligentes que nosotros? No tenemos derecho a suponerlo por­que no tengan locomotoras, transatlánticos, acorazados, ca­ñones, automóviles, aeroplanos, bibliotecas y alumbrado eléc­trico. Sus esfuerzos intelectuales, lo mismo que los de los grandes sabios del Oriente, han tomado otra dirección, he ahí todo. Si no se han inclinado, como nosotros, del lado de los progresos mecánicos y de la explotación de las fuerzas de la Naturaleza, es porque no tenían necesidad de ello, por­que dotados de una potencia muscular formidable, dos o tres­cientas veces superior a la nuestra, no entreveían la utilidad de expedientes para venir en ayuda de ella a multiplicarla. Es igualmente cierto que sentidos cuya existencia y extensión apenas suponemos, les dispensan de una multitud de auxilia­res, de los cuales no podemos nosotros prescindir. En el fondo, todos nuestros inventos no nacen más que de la necesidad de socorrer nuestras debilidades y dolencias. En un mundo en que todos gozasen de salud, donde jamás hubiese habido enfermos, no se encontraría huella alguna de una ciencia que, entre nosotros, ha superado a la mayor parte de las otras, queremos decir la medicina y la cirugía.

IV

Por otra parte, ¿es la inteligencia humana el único canal por donde pueden pasar, el único lugar por donde pueden abrirse paso las fuerzas espirituales o psíquicas del Universo? ¿Es a causa de la inteligencia por lo que estas fuerzas, las más grandes, las más profundas, las inexplicables y las menos materiales, se manifiestan en nosotros, que estamos conven­cidos de que ella misma es la corona de esta tierra y quizás de todos los mundos? ¿No es extraño y hostil a nuestra inteligencia todo lo que hay de esencial a nuestra vida hasta el fondo de la vida misma? Y esta inteligencia misma, ¿es otra cosa que el nombre que damos a una de las fuerzas espirituales que menos comprendemos?

Probablemente hay tantas especies o formas de inteligen­cia como hay seres vivos o más bien existentes, porque los que llamamos muertos viven tan bien como nosotros, y nada prueba sino nuestra jactancia o nuestra ceguera que una de ellas es superior a la otra. El hombre no es más que una bur­buja que se cree la medida del Universo.

Además, ¿nos damos cuenta de lo que han inventado los termes? Sin maravillarnos una vez más de sus construcciones colosales, de su organización económica y social, de su divi­sión del trabajo, de sus cortes, de su política, que va desde la monarquía a la oligarquía más flexible; de sus aprovisio­namientos, de su química, de sus instalaciones, de su calefac­ción, de su reconstitución del agua, de su poliformismo; como nos preceden en varios millones de años, nos preguntamos: ¿no habrán pasado por pruebas que probablemente tendre­mos a nuestra vez que vencer? ¿Sabemos si el trastorno de los climas en las épocas geológicas en que habitaban el Norte de Europa, puesto que sus huellas se encuentran en Inglaterra, en Alemania y en Suiza, no les ha obligado a adaptarse a la existencia subterránea que gradualmente condujo a la atro­fia de sus ojos y a la ceguera monstruosa de la mayor parte de ellos? ¿No nos aguardará la misma prueba dentro de algu­nos milenarios, cuando tengamos que refugiarnos en las en­trañas de la tierra a fin de buscar allí un resto de calor, y quién nos dice que no la venceremos tan ingeniosa y victorio­samente como ellos lo han hecho? ¿Sabemos cómo se entien­den y comunican entre sí; cómo, a continuación de algunas experiencias, de algunos tanteos, han llegado a la doble diges­tión de la celulosa? ¿Sabemos lo que es la clase de personali­dad, de inmortalidad colectiva, a la cual hacen sacrificios inauditos y de la que parecen gozar de una manera que ni siquiera podemos concebir? ¿Sabemos, en fin, cómo han ad­quirido el prodigioso polimorfismo que les permite crear, se­gún las necesidades de la comunidad, cinco o seis tipos de individuos tan diferentes, que no parecen pertenecer a la misma especie? ¿No es una invención que profundiza más en los secretos de la Naturaleza que la invención del teléfono o de la telegrafía sin hilos? ¿No es un paso decisivo en los misterios de la generación y de la creación? ¿Dónde estamos nosotros en este punto, que es el punto vital por excelencia? No solamente no podemos engendrar a voluntad un macho o una hembra, sino que, hasta el nacimiento del niño, igno­ramos completamente el sexo que tendrá, mientras que si su­piésemos lo que saben estos desgraciados insectos, produciría­mos a nuestro gusto atletas, héroes, trabajadores, pensado­res, que especializados hasta el extremo, desde antes de su concepción y verdaderamente predestinados, no serían com­parables a los que tenemos. ¿Por qué no hemos de lograr un día hipertrofiar el cerebro, nuestro órgano específico, nuestra sola defensa en este mundo, como los termes han logrado hipertrofiar las mandíbulas de sus soldados y los ovarios de sus reinas? Hay en eso un problema que no debe ser insoluble. ¿Sabemos lo que haría, hasta dónde iría un hombre que fuese no más que diez veces más inteligente que el más inteligente de nosotros, por ejemplo, diez veces más potente cerebralmente que un Pascal o un Newton? En algunas horas este hombre franquearía en todas nuestras ciencias etapas que nosotros ne­cesitaremos, sin duda, siglos para recorrer, y franqueadas estas etapas, comenzaría, quizás, a comprender por qué vivimos, por qué estamos sobre esta tierra, por qué son necesarios para llegar a la muerte tantos males, tantos sufrimientos; por qué creemos sin razón que tantas experiencias dolorosas son inú­tiles; por qué tantos esfuerzos realizados en eternidades ante­riores no han llegado a producir más que lo que vemos, es decir, una miseria sin nombre y sin esperanza. Por el mo­mento, ningún hombre en este mundo es capaz de dar a estas preguntas una respuesta que no sea irrisoria. Descubriría, qui­zás, de una manera tan cierta como se ha descubierto América, una vida sobre otro plano, esta vida de la cual tenemos el espejismo en la sangre y que todas las religiones han prometido sin poder aportar un comienzo de prueba. A pesar de lo débil que es al presente nuestro cerebro, nos sentimos algunas veces al borde de los grandes abismos del conocimiento. Un pe­queño empujón podría sumergirnos en ellos. ¿Quién sabe si en los siglos helados y sombríos que la amenazan, la huma­nidad no debería a esta hipertrofia su salud o, al menos, una prórroga a su condenación?

¿Pero quién nos asegura que tal hombre no haya existido jamás en algún mundo de la eternidad anterior, y, quizás, no diez, sino cien mil veces más inteligente? Si no hay límites para la extensión de les cuerpos, ¿por qué ha de haberlos para la del espíritu? ¿Por qué no sería esto posible? Siendo posible, ¿no se puede afirmar que ha existido? Y si ha exis­tido, ¿es concebible que no haya quedado huella de él? Y si no ha quedado huella de él, ¿por qué tener esperanza, o por qué lo que no ha sido o no habrá podido ser, tendría alguna probabilidad de existir jamás?

Es, por lo demás, probable que este hombre, cien mil veces más inteligente, columbraría el fin de la tierra, que, para nosotros, no es más que la muerte; pero el del universo, que no puede ser la muerte, ¿lo vería? Y este fin, ¿puede existir, puesto que no es alcanzado? Tal hombre hubiese estado muy cerca de ser Dios, y si Dios mismo no ha pedido hacer la feli­cidad de sus criaturas, hay motivo para creer que esto era imposible, a menos que la única felicidad que se pueda sopor­tar durante una eternidad no sea la nada o lo que nosotros llamamos así y que no es otra cosa que la ignorancia, la in­consciencia absoluta.

He ahí, sin duda, bajo el nombre de absorción en Dios, el último secreto, el gran secreto de las grandes religiones, el que ninguna ha confesado, por miedo de arrojar en la desesperación al hombre, que no comprendería que conservar su conciencia actual tal como es, hasta el fin de los fines de todos los mundos, sería el más cruel de todos los castigos.

V

No olvidemos nuestros termes. No se nos diga que la facultad de la cual hablábamos no la han encontrado en sí mismos, sino que les ha sido dada o al menos indicada por la naturaleza. En primer lugar, nada sabemos de esto, y por otra parte, ¿no es casi lo mismo y, a la vez, nuestro caso? Si el genio de la naturaleza ha podido impulsarles a este descu­brimiento, es que aparentemente le han abierto caminos que nosotros le hemos cerrado hasta aquí. Todo lo que hemos inventado no ha sido más que merced a indicaciones sumi­nistradas por la naturaleza; pero es imposible discernir cuál es la parte del hombre y cuál la de la inteligencia esparcida en el universo(1).

1-Recordemos aquí, como ya he dicho en El Gran Secreto, que Ernesto Kapp, en su Filosofía de la Técnica, ha demostrado perfectamente que todos nuestros inventos, todas nuestras máqui­nas, no son más que proyecciones orgánicas, es decir, imitaciones inconscientes de modelos suministrados por la naturaleza. Nues­tras bombas son la bomba de nuestro corazón; nuestras bielas son la reproducción de nuestras articulaciones; nuestro aparato foto­gráfico es la cámara obscura de nuestro ojo; nuestros aparatos telegráficos representan nuestro sistema nervioso; en los rayos X reconocemos la propiedad orgánica de la lucidez del sonámbulo que ve a través de los objetos, que lee, por ejemplo, el contenido de una carta lacrada y encerrada en una triple caja de metal. En la telegrafía sin hilos seguimos las indicaciones que nos había dado la telepatía, es decir, la comunicación directa de un pensa­miento, por medio de ondas espirituales análogas a las ondas hertzianas, y en los fenómenos de la levitación y de los desplaza­mientos de objetos sin contacto (por lo demás discutibles) se encuentra otra indicación de la cual no hemos sabido sacar parti­do, y que es de esperar que nos pondría en el camino del procedi­miento que quizás nos permitiría algún día vencer las terribles leyes de la gravitación que nos encadenan a esta tierra; porque parece seguro que estas leyes, en lugar de ser, como se creía, por siempre incomprensibles e impenetrables, son sobre todo magné­ticas, es decir, manejables y utilizables.

En La vida de los termes

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