4 jul. 2007

Eco Umberto - Elogio de Santo Tomás



La mayor desgracia de su carrera no le acaece a Tomás de Aquino el 7 de marzo de 1274, cuando, apenas cumplidos los cuarenta y nueve aiiíos, muere en Fossanova, y los monjes no logran bajar su cuerpo por las escaleras a causa de su gordura. Ni tampoco tres años después de su muerte, cuando el arzobispo de París, Etienne Templier, emite una lista de proposiciones heréticas (doscientas diecinueve), que comprenden la mayor parte de las tesis de los averroístas, ciertas observaciones sobre el amor terrenal propuestas cien años antes por Andrés el Capellán, y otras veinte proposiciones claramente atribuibles a él, el angélico doctor Tomás, de la casa de los señores de Aquino. Porque la historia hizo rápidamente justicia a este acto represivo, y Tomás, aunque muerto, ganó su batalla, mientras que Etienne Templier terminó junto con Guillaume de Saint-Amour, el otro enemigo de Tomás, en las filas desgraciadamente eternas de los grandes restauradores, que se inician con los jueces de Sócrates, pasan por los de Galileo y terminan, provisionalmente, con Gabrio Lombardi.
La desgracia que arruina la vida de Tomás de Aquino sobreviene en 1323, dos años después de la muerte de Dante y quizas un poco por culpa suya, es decir, cuando Juan XXII decide convertirlo en santo Tomás de Aquino. Una mala pasada, como recibir el premio Nobel, entrar en la Academia Francesa u obtener el Oscar. Uno se convierte en un cliché, como la Gioconda.
Este año se celebra el séptimo centenario de la muerte de Tomás. Tomás vuelve a ponerse de moda, como santo y como filósofo. Se. intenta dilucidar qué hubiera hecho hoy, si hubiera tenido la fe, la cultura y la energía intelectual que tuvo en su tiempo. Pero el amor entenebrece a veces los espíritus y para decir que Tomás fue grande, se dice que fue un revolucionario y habrá que tratar de comprender en qué sentido lo fue: ya que, si no puede decirse que fuera un restaurador, fue sin embargo alguien que construyó un edificio tan sólido que ningún otro revolucionario ha logrado después hacerlo vacilar desde dentro (lo más que ha podido hacerse, de Descartes a Hegel, de Marx a Teilhard de Chardin, ha sido hablar de él «desde fuera»).
Tanto más cuanto que no se comprende cómo el escándalo pueda venir de un individuo tan poco romántico, gordo y tranquilo que, en la escuela, tomaba apuntes en silencio, con aire de no entender nada, mientras sus compañeros se mofaban de él; que cuando en el convento está sentado en su asiento doble en el refectorio (hubo que cortar un brazo divisorio para que tuviera sitio suficiente) oye gritar a sus juguetones compañeros que fuera hay un asno que vuela y corre a verlo, mientras los demás se desternillan de risa (como se sabe, los monjes mendicantes tienen gustos simples): y entonces Tomás (que de tonto no tenía nada) dice que le parecía más verosímil que un asno volara y no que un monje mintiera, y los monjes quedan chasqueados. Y, después, ese estudiante a quien sus condiscípulos llamaban el buey mudo, se convierte en un profesor adorado por sus alumnos, y un día, que pasea con ellos por las colinas, al contemplar París desde lo alto, los discípulos le preguntan si no le gustaría ser el señor de una ciudad tan bella y él contesta que preferiría mucho más poseer el texto de las homilías de san Juan Crisóstomo. Pero, en otra ocasión, cuando un enemigo ideológico trata de avasallarlo, se vuelve una fiera y en su latín, que parece decir poco porque se entiende todo y los verbos están colocados justo donde un italiano los espera, prorrumpe en maldades y sarcasmos, como un Marx cuando fustiga a Szeliga.
¿Era un gordinflón, era un ángel? ¿Era un asexuado? Cuando sus hermanos quieren impedirle que se haga dominico (porque en aquel tiempo el benjamín de una familia de pro se hacía benedictino, que era cosa digna, y no mendicante, que era como hoy hacerse miembro de una comuna para Servir al Pueblo o meterse a trabajar con Danilo Dolci), le secuestran camino de París y le encierran en el castillo de la familia, y, para disuadirle de sus caprichos y convertirle en un abad como debe ser, envían a su habitación una joven desnuda y dispuesta a todo. Tomás coge entonces un tizón y se pone a perseguir a la muchacha con la clara intención de quemarle las nalgas. ¿Entonces, nada de sexo? Vaya usted a saber, pero el hecho lo turba de tal manera que, a partir de entonces, según cuenta Bernardo di Guido, «si no eran estrictamente necesarios, evitaba como a serpientes los encuentros con mujeres».
En cualquier caso, este hombre era un combatiente. Robusto, lúcido, concibe un plan ambicioso, lo lleva a cabo y vence. Veamos entonces cuáles eran el terreno de lucha, la apuesta, las ventajas obtenidas. Tomás nació cincuenta años después de la victoria de las comunas italianas en la batalla de Legnano contra el Imperio. Hacía diez años que Inglaterra tenía la Carta Magna. En Francia, apenas había terminado el reinado de Felipe Augusto. El Imperio agonizaba. Cinco años más tarde, las ciudades libres, marítimas y mercantiles del norte se agruparían para formar la liga hanseática. La economía florentina estaba en expansión, se acuñaba el florín de oro: Fibonacci había inventado ya la partida doble, desde hacía un siglo florecían la escuela de medicina de Salerno y la escuela de derecho de Bolonia. Las cruzadas se hallaban en una etapa avanzada, lo que quiere decir que los contactos con Oriente estaban en pleno desarrollo. Por otra parte, los árabes de España fascinaban al mundo occidental con sus descubrimientos científicos y filosóficos. La técnica adquiría un vigoroso desarrollo: se cambió el modo de herrar a los caballos, de hacer funcionar los molinos, de guiar las naves y de colocar la collera a las bestias de tiro y de labranza. Monarquías nacionales en el norte y comunas libres en el sur. En una palabra, esto no era la Edad Media, por lo menos en el sentido vulgar del término: para ser polémicas, si no fuese por lo que está a punto de tramar Tomás, sería ya el Renacimiento. Pero era necesario que Tomás tramara lo que tramaba para que las cosas se desarrollaran tal como se desarrollaron.
Europa trataba de darse una cultura que reflejara una pluralidad política y económica, dominada, sí, por el control paternalista de la Iglesia, que nadie ponía en discusión, pero abierta a un nuevo sentido de la naturaleza, de la realidad concreta, de la individualidad humana. Los procesos organizativos y productivos se racionalizaban: era preciso encontrar técnicas de la razón.
Cuando nace Tomás, hacía ya un siglo que estaban en práctica las técnicas de la razón. En la Facultad de Artes de París, se enseñaba música, aritmética, geometría y astronomía, pero también dialéctica, lógica y retórica, y de una manera nueva. Un siglo antes, Abelardo había pasado por allí. Había perdido sus órganos genitales, pero por razones privadas, y su cabeza no había perdido vigor: el nuevo método consistía en comparar las opiniones de las diferentes autoridades tradicionales y llegar a una decisión según unos procedimientos lógicos fundados en una gramática laica de las ideas. Se hacía lingüística y semántica; se investigaba qué quería decir una palabra determinada y en qué sentido se empleaba. Los manuales de estudio eran los textos de lógica de Aristóteles, aunque no estaban todos traducidos e interpretados, pues nadie conocía el griego, salvo los árabes, que estaban mucho más avanzados que los europeos, tanto en filosofía como en ciencia. Pero desde hacía ya un siglo la escuela de Chartres, al redescubrir los textos matemáticos de Platón, construía una imagen del mundo natural, regida por leyes geométricas y procesos mensurables. No era todavía el método experimental de Roger Bacon, pero se trataba de una construcción teórica, de un intento de explicar el universo sobre bases naturales, aun cuando la naturaleza se viera como un agente divino. Robert Grosseteste elaboró una metafísica de la energía luminosa, que recuerda un tanto a Bergson y un tanto a Einstein: aparecieron los estudios de óptica, es decir, se planteaba el problema de la percepción de los objetos físicos y se trazaba un límite entre alucinación y visión.
Lo cual no es poco; el universo de la Alta Edad Media era un universo de alucinación, el mundo era un bosque simbólico poblado de presencias misteriosas, y las cosas se veían como el relato continuo de una divinidad que pasaba el tiempo leyendo y elaborando crucigramas. En tiempos de Tomás, este universo de la alucinación no desapareció bajo los golpes del universo de la razón: por el contrario, este último era todavía el producto de las élites intelectuales y no se veía con buenos ojos, porque, para decirlo de una vez, ninguna de las cosas terrenales se veía con buenos ojos. San Francisco hablaba de los pajaritos, pero el planteamiento filosófico de la teología era neoplatónico. Lo cual significaba: lejos, muy lejos, está Dios, en cuya inalcanzable globalidad se agitan los principios de las cosas, las ideas: el universo es el efecto de una distracción benévola de este Uno muy lejano, que parece verterse lentamente hacia abajo, dejando huellas de su perfección en los grumos de la materia que defeca, como los indicios de azúcar en la orina. En este alpechín que representa la periferia más despreciable del Uno podemos encontrar, casi siempre por un golpe de genio enigmático, rastros de gérmenes de comprensión, pero la comprensión está en otra parte, y si todo marcha nos llega lo místico, la intuición nerviosa y desearnada, que penetra con la visión casi drogada en la garlponniére del Uno, donde adviene el único y verdadero festín.
Platón y Agustín habían dicho todo lo necesario para comprender los problemas del alma, pero las cosas se volvían oscuras cuando se trataba de saber qué era una flor o el nudo de tripas que los médicos de Salerno exploraban en el vientre de un enfermo, o por qué era benéfico tomar aire fresco en una noche de primavera. De tal manera que era mejor conocer las flores por las miniaturas de los visionarios, ignorar que existiesen las tripas y considerar las noches de primavera como una peligrosa tentación. Así, la cultura europea estaba dividida: si se entendía el cielo, no se entendía la Tierra. Si alguien quería comprender la tierra desinteresándose del cielo se atraía complicaciones. Alrededor vagaban las brigadas rojas de la época, sectas heréticas que por un lado querían renovar el mundo y constituir repúblicas imposibles, y por otro practicaban sodomía, rapiñas y otras cosas nefastas. Vaya uno a saber si esto era verdad, pero, en la duda, era mejor matarlos a todos.
En este momento, los hombres de la razón conocieron por los árabes que existía un antiguo maestro (un griego), que podría proporcionar la clave para unificar esos miembros dispersos de la cultura: Aristóteles. Aristóteles sabía hablar de Dios, pero clasificaba los animales y las piedras y se interesaba por el movimiento de los astros. Aristóteles sabía lógica, se interesaba en la psicología, hablaba de física, clasificaba los sistemas políticos. Pero, sobre todo, ofrecía las claves (y en este aspecto Tomás sabrá hacerlo fructificar plenamente) para desvelar la relación entre la esencia de las cosas (lo que puede ser comprendido y dicho de las cosas, aun cuando no estén presentes a nuestra vista) y la materia de que están hechas. Dejemos en paz a Dios, que vive bien por su cuenta y que ha provisto al mundo de óptimas leyes físicas para que pueda funcionar solo. Y no nos extraviemos tratando de recuperar indicios de las esencias en esa especie de cascada mística por la cual, perdiendo lo mejor, llegamos a atiborrarnos de materia. El mecanismo de las cosas está ahí, a la vista, las cosas son el principio de su propio movimiento. Un hombre, una flor, una piedra son organismos que han crecido según una ley interna que los ha puesto en movimiento: la esencia es el principio de su crecimiento y de su organización. Se trata de algo que ya está ahí, pronto a estallar, algo que mueve la materia desde dentro y la hace crecer y manifestarse: por esto podemos comprenderla. Una piedra es una porción de materia que ha tomado forma y de ese matrimonio ha surgido una sustancia individual. El secreto del ser, que Tomás glosará con ingenioso salto, está en el acto concreto de existir. El existir, el acaecer, no son incidentes que les ocurren a las ideas, que por sí estan el cálido útero de la divinidad lejana. Primeramente, las cosas existen de manera concreta, gracias al cielo, y después las comprendemos.
Es necesario aclarar aquí dos cosas. En primer lugar, para la tradición aristotélica, comprender las cosas no significa estudiarlas experimentalmente: basta comprender que las cosas cuentan, la teoría pensaba el resto. Muy poco, si se quiere, pero ya un buen salto adelante respecto al universo alucinado de los siglos precedentes. En segundo lugar, si Aristóteles debía ser cristianizado, era necesario conceder más espacio a Dios, que se hallaba bastante apartado. Las cosas crecen por la fuerza interna del principio de vida que las mueve, pero será preciso admitir que, si Dios se toma en serio todo ese gran movimiento, sea capaz de pensar la piedra mientras ésta se va convirtiendo en piedra por su cuenta, y que, si decidiese interrumpir la corriente eléctrica (que Tomás denominaba «participación»), se produciría el block out cósmico. Por consiguiente, la esencia de la piedra está ya en ella y es aprehendida por nuestra mente, que es capaz de pensarla, pero existía ya en la mente de Dios, que está lleno de amor y pasa los días no cuidándose las uñas, sino proveyendo de energía el universo. El juego que había que hacer era éste, ya que de otro modo Aristóteles no podía entrar en la cultura cristiana, y, si Aristóteles quedaba fuera, también quedaban fuera la naturaleza y la razón.
Juego difícil, porque los aristotélicos que Tomás encuentra cuando comienza su tarea han tomado otro camino. Camino que quizás a nosotros pueda agradarnos más, y que un intérprete propenso a los cortocircuitos históricos podría llegar a definir como materialista: aunque se trata de un materialismo muy poco dialéctico, más bien un materialismo astrológico, que molestaba un poco a todo el mundo, desde los custodios del Corán hasta los del Evangelio. El responsable había sido, un siglo antes, Averroes, musulmán por cultura, berberisco por raza, español por nacionalidad y árabe por lengua. Averroes, que conocía a Aristóteles mejor que nadie, había comprendido a qué llevaba la ciencia aristotélica: Dios no era un manipulador que se entremetía en todo acontecer. Había constituido la naturaleza en su orden mecánico y en sus leyes matemáticas, regida por la férrea determinación de los astros y, dado que Dios era eterno, eterno debía ser también el mundo en su orden. La filosofía se ocu pa del estudio de ese orden, es decir de la naturaleza, a la que todos los hombres pueden entender, pues opera en todos un mismo principio de inteligencia, ya que de lo contrario cada uno vería las cosas a su modo y no se podría entender nada. En este punto, la conclusión materialista era inevitable: el mundo es eterno, regido por un determinismo previsible, y si un único intelecto vive en todos los hombres, el alma individual inmortal no existe. Si el Corán dice una cosa diferente, el filósofo debe creer filosóficamente aquello que su ciencia le demuestra y luego, sin plantearse demasiados problemas, creer lo contrario que la fe le impone. Se trata de dos verdades y una no debe estorbar a la otra.
Averroes lleva a conclusiones lúcidas lo que ya estaba implícito en un aristotelismo riguroso, y a esto se debe el éxito que obtuvo en París entre los maestros de la Facultad de Artes, en particular Siger de Brabante, a quien Dante coloca en el Paraíso junto a santo Tomás, aunque es justamente a santo Tomás a quien Siger debe el hundimiento de su carrera científica y su relegación a los capítulos secundarios en los manuales de historia de la filosofía.
El juego de política cultural que Tomás intentaba realizar es doble: por un lado hacer aceptar a Aristóteles por la ciencia teológica de su época, por otro, disociarlo del uso que hacían de él los averroístas. Pero en su intento, Tomás se enfrentaba con el handicap de pertenecer a una de las órdenes mendicantes, que a tan tenido la mala fortuna de poner en circulación a Gioacchino da Fiore y a otra banda de heréticos apocalípticos que resultaban peligrosísimos para el orden constituido, para la Iglesia y para el Estado. Con lo que los maestros reaccionarios de la Facultad de Teología, entre los que sobresalía el temible Guillaume de Saint-Amour, pusieron buen cuidado en afirmar que los hermanos mendicantes eran todos heréticos gioacchinistas: tanto era así que querían enseñar el pensamiento de Aristóteles, maestro de los materialistas ateos averroístas. Puede observarse que es el mismo juego de Gabrio Lombardo: quien quiere el divorcio es amigo de quien pide el aborto, y por tanto es partidario de la droga. Votad sí como el día de la creación.
Tomás, por el contrario, no era ni un herético ni un revolucionarío, era lo que se dice un «conciliador”. Para él se trataba de poner de acuerdo lo que era la nueva ciencia con la ciencia de la revelación, cambiarlo todo para que no cambiase nada.
Pero en ese proyecto demuestra un buen sentido extraordinario y (maestro de exquisiteces teológicas) un gran apego a la realidad natural y al equilibrio terrenal. Que quede claro que santo Tomás no aristoteliza el cristianismo, sino que cristianiza a Aristóteles. Que quede claro que jamás pensó que con la razón se pudiera comprender todo, sino que todo se comprende con la fe: sólo quiso decir que la fe no estaba en desacuerdo con la razón, y que por tanto aquí también podía permitirse el lujo de razonar, huyendo así del universo de la alucinación. Se comprende así por qué, en la arquitectura de sus obras, los capítulos principales sólo hablan de Dios, de los ángeles, del alma, de la virtud y de la vida eterna; pero, en el interior de estos capítulos, todo encuentra un lugar más que racional, «razonable». En el interior de la arquitectura teológico, puede entenderse por qué el hombre conoce las cosas, por qué su cuerpo está hecho de determinada manera, por qué tiene que examinar hechos y opiniones para poder decidir, y resolver las contradicciones sin ocultarlas, sino tratando de conciliarlas a plena luz. Con ello, Tomás restituye a la Iglesia una doctrina que, sin quitarle un ápice de su poder, deja a las comunidades la libertad de que decidan ser monárquicas o republicanas, y que distingue, por ejemplo, diferentes tipos y derechos de propiedad, y llega a decir que sí, que el derecho de propiedad existe, pero en cuanto a la posesión, no en cuanto al uso. Es decir, tengo derecho a poseer un inmueble en vía Tibaldi, pero, si hay personas que viven en barracas, la razón exige que yo consienta su uso a quien carece de vivienda (yo sigo siendo dueño del inmueble, pero los otros deben habitarlo, aunque no le guste a mi egoísmo). Y así por el estilo. Se trata de soluciones fundadas en el equilibrio y en esa virtud que Tomás llamaba «prudencia», cuyo cometido es «conservar la memoria de las experiencias adquiridas, tener el sentido exacto de los fines, la pronta atención a las coyunturas, la investigación racional y progresiva, la previsión de las contingencias futuras, la circunspección ante las oportunidades, la precaución ante las complejidades y el discernimiento ante las condiciones excepcionales.
Este místico, que no veía la hora de perderse en la contemplación beatífica de Dios a la que el alma humana aspira «por naturaleza», era también humanamente atento a los valores naturales y profesaba respeto por el discurso racional, y por ello logró su propósito.
No hay que olvidar que antes de él, cuando se estudiaba el texto de un autor antiguo, el comentador o el copista, cuando encontraban algo que no concordaba con la religión revelada, tachaban las frases «erróneas», o las señalaban dubitativamente para poner en guardia al lector, o bien las acotaban al margen. Tomás, en cambio, alineó las opiniones divergentes, aclaró el sentido de cada una, lo cuestionó todo, incluso los datos de la revelación, enumeró las objeciones posibles e intentó la mediación final. Todo debía hacerse en público, como pública era la disputatio en su época: entraba en funciones el tribunal de la razón.
Que después, leyéndolo bien, se evidencia que en cualquier caso el dato de fe prevalecía sobre cualquier otra cosa y guiaba el desarrollo de la cuestión, es decir, que Dios y la verdad revelada precedieran y guiaran el movimiento de la razón laica, ha sido puesto en claro por los más agudos y devotos estudiosos tomistas, como Gilson. Nadie ha dicho nunca que Tomás fuera Galileo. Tomás proporcionó simplemente a la Iglesia un sistema doctrinal que la puso de acuerdo con el mundo natural. Y lo logró en etapas fulgurantes. Las fechas son explícitas. Antes de él se afirmaba que «el espíritu de Cristo no reina donde vive el espíritu de Aristóteles», en 1210 todavía estaban prohibidos los libros de filosofía natural del filósofo griego, y la prohibición continuó en las décadas siguientes, mientras Tomás hacía traducir esos textos por sus colaboradores y los comentaba. Pero en 1255 Aristóteles dejó de estar prohibido. Muerto Tomás, como hemos visto, se intentó todavía una reacción, pero finalmente la doctrina católica acabó alineándose con las posiciones aristotélicas. El dominio y la autoridad espiritual de un Croce en medio siglo de cultura italiana no son nada frente a la autoridad que Tomás demostró al cambiar en cuarenta años toda la política cultural del mundo cristiano. Después de lo cual, se estableció el tomismo. Santo Tomás proporcionó al pensamiento católico un arsenal tan completo, en el que todo encuentra lugar y explicación, que desde entonces dicho pensamiento ya no aportará nada más. A lo sumo, con la escolástica de la contrarreforma, reelaborará el pensamiento de Tomás, restituyéndonos un tomismo jesuita, un tomismo dominico y hasta un tomismo franciscano en el que se mueven las sombras de Buenaventura, de Duns Escoto y de Ockham. Pero Tomás ya no podrá tocarse más. Aquello que en Tomás era ansia constructora de un sistema nuevo, en la tradición tomista se vuelve vigilancia conservadora de un sistema intocable. Allí donde Tomás ha derribado para volver a construir de nuevo, el tomismo escolástico trata de no tocar nada y realiza prodigios de equilibrio seudotomistas para hacer entrar lo nuevo dentro de la trama del sistema de Tomás. La tensión y el ansia de conocimiento, que el gordo Tomás poseía en grado máximo, se desplaza entonces a los movimientos heréticos y a la reforma protestante. De Tomás ha quedado el arsenal lógico, pero no el esfuerzo intelectual que supuso edificar una forma de pensamiento que era, entonces, verdaderamente «diferente».
Por supuesto, la culpa ha sido también suya, ya que fue él quien ofreció a la Iglesia un método para conciliar las tensiones y para englobar de manera no conflictiva todo aquello que no puede evitarse. Fue él quien enseñó a individualizar las contradicciones para después tratar de armonizarlas. Una vez cogida la costumbre, se pensó que, donde había una oposición entre sí y no, Tomás enseñaba a expresar un «ni». Sólo que Tomás lo hizo en un momento en el que decir «ni» no significaba detenerse, sino dar un paso adelante, y ponerlas cartas sobre la mesa.
Por lo que, ciertamente, es lícito preguntarse qué haría Tomás de Aquino si viviera hoy, pero es necesario responder que en cualquier caso no volvería a escribir una Suma Teológica. Su discurso se refería al marxismo, a la física relativista, a la lógica formal, al existencialismo y a la fenomenología. No comentaría a Aristóteles, sino a Marx y a Freud. Después cambiaría el método argumentativo, que se haría menos armónico y conciliador. Por último, se daría cuenta de que no podría ni debería elaborar un sistema definitivo, cerrado como una arquitectura, sino una especie de sistema móvil, una Suma de páginas sustituibles, ya que en su enciclopedia de las ciencias habría entrado la noción de provisionalidad histórica. No sabría decir si sería todavía cristiano. Pero démoslo por bueno. Estoy seguro de que participaría en la celebración del séptimo centenario de su muerte, sólo para recordar que no se trata ya de decidir cómo usar todavía lo que él pensó, sino de pensar otras cosas. 0 como máximo de aprender de él cómo hay que hacer para pensar con limpieza, como hombre de la propia época. Después de lo cual, no querría estar dentro de sus hábitos.

1974

En La estrategia de la ilusión
Traducción de Edgardo Oviedo
Barcelona, Lumen, 1986
Foto: Umberto Eco en 1983 © David Lees-Corbis