26 jun. 2007

Voltaire - Pedro (en Diccionario filosófico)





Pedro

¿Por qué los sucesores de san Pedro tuvieron tanto poder en Occidente y ninguno en Oriente? Esto es lo mismo que preguntar por qué los obispos de Wurtzburgo y de Salzburgo se arrogaron los derechos de regalía en tiempos de anarquía, en tanto que los obispos griegos permanecieron siendo vasallos. Las circunstancias, la ocasión, la ambición de unos y la debilidad de otros, lo hicieron y harán todo en el mundo. A esta anarquía hay que añadir la opinión pública, y la opinión es la reina de los hombres; no porque ésta sea determinada en ellos, sino porque su palabrería suele pasar por opinión.

En el Evangelio consta que Jesús dijo a Pedro: «Yo te daré las llaves del reino de los cielos». Estas palabras dieron pie a los partidarios del obispo de Roma para sostener, en el siglo XI, que quien da lo más da lo menos, que como los cielos rodean el mundo y Pedro tenía las llaves del continente, debía tener también las del contenido. Si se entiende por cielo las estrellas y planetas, es evidente, según dice Tomasius, que las llaves dadas a Simón Barjona, de sobrenombre Pedro, eran unas llaves maestras. Si se entiende por cielos las nubes, la atmósfera y el espacio en que se mueven los planetas, según dice Meursins, no hay cerrajero capaz de hacer llave para semejantes puertas.

Las llaves en Palestina eran una simple clavija de madera que ataban con una correa. Jesús dijo a Pedro: «Lo que tú ates en el mundo, atado estará en el cielo». De estas palabras, los teólogos del papa infirieron que se había concedido a los pontífices el derecho de atar y desatar a los pueblos del juramento de fidelidad prestado a sus reyes y de disponer según su voluntad de todos los reinos. Esto es coger el rábano por las hojas. Las comunas, en los Estados Generales celebrados en Francia en 1302, decían en una exposición dirigida al rey que «Bonifacio VIII era un necio que creía que Dios ataba y encarcelaba en el cielo todo lo que él ataba en la tierra». El famoso luterano alemán Melanchton se negaba a admitir que Jesús hubiera dicho a Simón Barjona, Cefa o Cefas: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Asamblea, mi Iglesia». No podía concebir que Dios usara de ese juego de palabras, de agudeza tan extraordinaria, y que el poder del Papa se fundara sobre una chirigota. Esta idea sólo puede permitírsela un protestante.

Es creencia generalmente admitida que Pedro fue obispo de Roma, pero se sabe sin lugar a dudas que ni en su época, ni después, hubo allí ningún obispado privado. La comunidad cristiana no tomó forma hasta bien entrado el siglo II. Puede ser que Pedro hiciera el viaje a Roma y también que le crucificaran cabeza abajo, aunque no era esa la costumbre. Lo malo es que no tenemos ninguna prueba de esto. Conservamos una carta firmada por él diciendo que está en Babilonia, pero sabihondos canonistas afirman que donde dice Babilonia debe entenderse Roma. De manera que suponiendo que la firmara en Roma, habrían también podido deducir que fue escrita en Babilonia.

Durante mucho tiempo se han sacado consecuencias como éstas y así se ha gobernado el mundo.

Hubo en Roma un santo varón al que hicieron pagar muy caro un beneficio que denominan simonía. Le preguntaron si creía que Simón Pedro había estado allí y respondió: «No sé que Pedro haya estado en Roma, pero estoy seguro de que estuvo Simón».

En cuanto a la persona de Pedro. es preciso confesar que Pablo no fue el único a quien escandalizó su conducta. sino varios los que le afearon a él y a sus sucesores. Pablo le reprendió duramente porque comía carnes prohibidas por la ley de Moisés, y Pedro se defendía diciendo que vio el cielo abierto a la hora sexta y descendía de sus cuatro ángulos un gran mantel lleno de anguilas, cuadrúpedos y aves, y que la voz de un ángel le dijo: «Mata y come». Lo que parece ser la misma voz que dijo a muchos pontífices: «Matad y comeos la sustancia del pueblo», reproche de Wollaston que se me antoja demasiado fuerte.

Casaubon critica las maneras con que Pedro trató a Ananías y Safira su esposa. ¿Con qué derecho —dice Casaubon— un judío que era esclavo de los romanos mandaba que todos los que creyeran en Jesús vendieran sus bienes y pusieran a sus pies el producto de las ventas? Si en Londres un anabaptista ordenara que le entregaran todo el dinero de sus hermanos, le prenderían por extorsionador, por ladrón y lo meterían en la cárcel. ¿No es inhumano hacer morir a Ananías porque habiendo vendido sus bienes se quedó para él y su esposa algún dinero para satisfacer sus necesidades? A poco de morir Ananías, se presentó su mujer y Pedro en vez de decirle caritativamente que su marido acababa de morir de una apoplejía por haberse guardado unos óbolos, la hizo caer en las mismas redes. Le pregunta si su marido ha entregado todo el dinero a los santos, la buena mujer responde sí y muere de repente. Esto también es muy duro.

Coringio pregunta por qué Pedro, que mataba en el acto a quienes le hacían limosna, no mató a los doctores que crucificaron a Jesucristo y que azotaron a él mismo más de una vez. Sin duda, en el país de Coringio no había inquisición cuando osaba hacer preguntas tan atrevidas.

Erasmo, ocupándose de Pedro, hace una observación singular: dice que el jefe de la religión cristiana empezó su apostolado renegando de Jesucristo, y que el primer obispo de los judíos inició su ministerio construyendo un becerro de oro y adorándolo.

Como quiera que sea, nos describen a Pedro como un pobre que catequizaba a los pobres, parecido a los fundadores de órdenes que vivieron en la indigencia, pero cuyos sucesores llegaron a ser grandes señores. El papa, sucesor de San Pedro, unas veces ha ganado y otras ha perdido, pero todavía le quedan en el mundo unos cincuenta millones de almas sujetas a las leyes religiosas, sin contar sus vasallos inmediatos.

Reconocer la autoridad del Soberano Pontífice es sujetarse a un señor que está a unas cuatrocientas leguas de nosotros, esperar a pensar lo que ese hombre piense, no atreverse a juzgar en última instancia un problema entre conciudadanos, sino por medio de comisarios nombrados por ese señor extranjero, no intentar siquiera tomar posesión de las tierras que nos concede nuestro rey sin pagar antes una suma considerable a ese señor extranjero, faltar a las leyes del país que nos prohíben casarnos con nuestra sobrina y casándonos legítimamente con ella mediante una importante suma a dicho señor extranjero. Estas son las libertades de la Iglesia romana, según Dumarsais.

Algunos pueblos llevan mucho más lejos su sumisión al papa. En nuestros días hemos presenciado cómo un soberano pedía permiso al yapa para que su tribunal real pudiera juzgar a frailes acusados de homicidio y al denegárselo no se atrevió a juzgarlos (1).

Sabido es que en tiempos pretéritos eran ilimitados los derechos de los papas, incluso superiores a los dioses de la Antigüedad. porque los dioses sólo aparentemente disponían de los imperios y los papas lo hacían realmente.

Sturbinus dice que merecen perdón los que dudan de la divinidad e infalibilidad del papa, cuando se piensa que:

Cuarenta cismas han profanado la cátedra de san Pedro y veintisiete de ellos la han ensangrentado.

Esteban VII, hijo de un sacerdote, desenterró el cuerpo de Formoso, su predecesor, y ordenó que cortasen la cabeza al cadáver.

Sergio III, convicto y confeso de asesinatos, tuvo un hijo de Marozia, heredero a su vez del papado.

Juan X, amante de Teodora, fue estrangulado en su lecho.

Juan IX, hijo de Sergio III, se distinguió por su vida disoluta.

Juan XII fue asesinado en casa de su amante.

Benedicto IX compró y revendió su pontificado.

Gregorio VII fue el iniciador de quinientos años de guerras civiles que sostuvieron sus sucesores, y que

Por último, entre tantos papas disolutos, ambiciosos y sanguinarios, sobresalió Alejandro VII, cuyo nombre causa tanto horror a la humanidad como los de Nerón y Calígula.

Se aduce como prueba del carácter divino del papado el que haya subsistido a pesar de tantos crímenes, pero si los califas hubieran procedido de forma más horrible, según ese raciocinio serían más divinos.

La mejor respuesta a esto se halla en el poder mitigado que los obispos de Roma ejercen hoy con prudencia, en la larga posesión que los emperadores les dejan disfrutar, porque ellos no pueden quitársela, y en el sistema de un equilibrio general que es el espíritu que reina en las cortes.

Hay quienes opinan que sólo dos pueblos pueden invadir Italia y aplastar Roma: Turquía y Rusia. Pero estos dos pueblos no son enemigos de la Ciudad Eterna y por tanto no se pueden prever desgracias tan lejanas.


(1) El rey de Portugal. José II