26 jun. 2007

Voltaire - Iglesia (del Diccionario Filosófico)



IGLESIA.

Compendio de la historia de la Iglesia cristiana. No pretendemos sondear las profundidades de la teología, guárdenos Dios de ello. Nos satisface tener humilde fe y nos limitaremos solamente a referir.


En los primeros años que siguieron a la muerte de Cristo, Dios y hombre, el pueblo hebreo contaba con nueve escuelas o, lo que es igual, nueve comunidades religiosas. Componían estas comunidades los fariseos, saduceos, esenios, judaítas, terapeutas, herodianos, recabitas, los discípulos de Juan y los discípulos de Jesús, que se llamaban los hermanos, galileos o fieles, que en Antioquía tomaron el nombre de cristianos el año 60 de nuestra era, y que Dios guiaba secretamente por caminos desconocidos para los hombres.


Los fariseos creían en la metempsicosis y los saduceos negaban la inmortalidad del alma y la existencia de los espíritus; sin embargo, permanecían fieles al Pentateuco. Plinio el naturalista llama a los esenios gens aeterna in qua nemo nascitur (familia eterna en la que nadie nace, por cuanto los esenios se casaban rara vez). Esta definición se aplicó más tarde a los cenobitas.


Es difícil averiguar si Flavio Josefo se refiere a los esenios o a los judaítas, cuando dice: «No hacen caso de las desgracias del mundo; con su constancia triunfan del tormento, y prefieren la muerte a la vida cuando reciben aquélla por un motivo honroso. Resisten al hierro y al fuego, y consienten que les quiebren los huesos antes que proferir la menor palabra contra su legislador y que comer alimentos prohibidos». Al parecer, ese retrato debe ser de los judaítas, no de los esenios, si nos fijamos en estas palabras de Josefo: «Judas fue el fundador de una nueva secta, distinta de los saduceos, fariseos y esenios. Los que pertenecen a ella son judíos de nación, viven juntos y consideran como un vicio la voluptuosidad». El sentido lógico de esta frase hace creer que el autor se refiere a los judaítas. Sea como fuere, éstos fueron antes que los discípulos de Cristo empezaran a formar una comunidad considerable en el mundo. Hay quienes los creen herejes y que adoraban a Judas Iscariote.


Los terapeutas constituían una secta diferente de los esenios y de los judaítas, y se asemejaban a los gimnosofistas de las Indias y a los brahmanes. «Se extasían —dice Filón— en arrebatos de amor celeste que les proporciona el entusiasmo de las bacantes y coribantes y los sume en el estado de contemplación que desean. Esta secta nació en Alejandría, donde pululaban los judíos, y se extendió mucho por Egipto.»


Los recabitas todavía subsisten (1). Se abstenían de beber vino y puede que de esta secta se aprovechara Mahoma para prohibir el vino a los musulmanes.


(1) Los recabitas datan de muy antiguo. Descienden de Jonadab, hijo de Rechab y amigo de Jehu, y hacían voto de vivir en tiendas como los nómadas. Cuando la invasión de Nabucodonosor se refugiaron en Jerusalén.


Los herodianos creían que Herodes, primero de este nombre, era un mesías, un enviado de Dios, porque reedificó el templo, y consta que los hebreos celebraban su fiesta en Roma en la época de Nerón. Los discípulos de Juan Bautista se extendieron por Egipto, pero mucho más por Siria, Arabia y el golfo Pérsico. Actualmente les llaman cristianos de san Juan, y los hubo en el Asia Menor. Los Hechos de los Apóstoles refieren que Pablo, encontrando muchos de esos cristianos en Éfeso, les preguntó: «¿Habéis recibido el Espíritu Santo?» Y le respondieron: «Ni siquiera hemos oído que exista un Espíritu Santo». Pablo les replicó: «¿Qué bautismo habéis recibido, pues?» Y le contestaron: «El bautismo de Juan».


Con todo, los cristianos, como todo el mundo sabe, pusieron los cimientos de la única religión verdadera. Quien más contribuyó a consolidar esta comunidad naciente fue el mismo Pablo que con el mayor encono la había perseguido. Pablo, natural de Tarsis, fue educado por el famoso doctor fariseo Gamaliel, discípulo de Hillel. Los judíos aseguran que riñó con Gamaliel porque éste se negó a que enmaridara con su hija. Se traslucen indicios de esta anécdota en los Hechos de Santa Tecla, en cuyo texto se dice que tenía la frente ancha, la cabeza calva, las cejas juntas, la nariz aguileña, la talla corta y gruesa y las piernas torcidas. Luciano, en su Diálogo de Filopatris, hace un retrato parecido. Se ha puesto en duda que fuera ciudadano romano, dado que en aquella época no se concedía ese título a los judíos, que Tiberio expulsó de Roma, y Tarsis no fue colonia romana como hace constar Celario en su Geografía, libro III, y Grotio en su Comentario de los Hechos.


Dios, que descendió al mundo para presentar el ejemplo de la humildad y la pobreza, dio a su Iglesia los más débiles principios y la dirigió en el estado de humillación en que El se dignó nacer. Todos los paleocristianos eran hombres desconocidos que se ganaban la vida con el trabajo de sus manos. Pablo se dedicaba a hacer tiendas de campaña. La asamblea de los fieles se reunía en Joppe, en casa de un curtidor llamado Simón, según consta en el capítulo IX de los Hechos de los Apóstoles.


Los fieles se esparcieron secretamente por Grecia y de allí algunos fueron a Roma, a vivir entre los judíos, a quienes los romanos permitieron tener una sinagoga. Al principio no se separaron de los judíos y al igual que éstos siguieron la práctica de la circuncisión. Los quince primerísimos obispos secretos que hubo en Jerusalén fueron circuncidados o por lo menos, pertenecieron a la nación judía.


Cuando Pablo se llevó a Timoteo, hijo de padre gentil, le circuncidó él mismo en Listre. Tito, que era otro discípulo de Pablo, no quiso someterse a la circuncisión. Los hermanos discípulos de Jesús permanecieron unidos a los judíos hasta la época en que Pablo fue perseguido en Jerusalén por introducir extranjeros en el templo. Los judíos le acusaron de querer destruir la ley mosaica que dictó Jesucristo. Para invalidar esta acusación, el apóstol Santiago le propuso que se hiciera rapar la cabeza y fuera a purificarse en el templo con cuatro judíos que habían hecho voto de raparse. «Buscadlos —dice Santiago en los Hechos de los Apóstoles—, purificaos con ellos y que todo el mundo sepa la falsedad que os atribuyen y que continuáis observando la ley de Moisés.» De este modo, Pablo, siendo ya cristiano, se judaiza para que el mundo sepa que le calumnian al decir que no observa la ley mosaica. También le acusaron de impiedad y herejía, y el proceso criminal incoado contra él duró mucho tiempo, pero se ve con claridad, hasta en las acusaciones, que fue a Jerusalén para observar los ritos judaicos. Dice a Festas estas palabras: «No he pecado contra la ley judía, ni contra el templo».


Los apóstoles anunciaban a Jesucristo como un hombre justo indignamente perseguido, como un profeta, como un hijo de Dios enviado a los judíos para reformar sus costumbres. «La circuncisión es útil —dice Pablo en su epístola a los romanos— si observáis la ley, pero si la infringís vuestra circuncisión se convierte en prepucio. Si un incircunciso cumple la ley se debe considerar circuncidado. El verdadero judío lo es interiormente.»


Cuando Pablo habla de Jesucristo en sus Epístolas no revela el misterio inefable de su consustancialidad con Dios: «Nos libró de la ira de Dios. El don de Dios se ha infundido entre nosotros por la gracia concedida a un solo hombre, Jesucristo. La muerte reina por el pecado de un 8010 hombre, y los justos reinarán en la vida por un solo hombre, que es Jesucristo. Nosotros somos los herederos de Dios y los coherederos de Cristo. Todo está sujeto, salvo Dios, que ha sujetado todas las cosas».


La sabiduría de los apóstoles fundó la Iglesia naciente, pero no consiguió destruir la acalorada disputa que tuvieron los apóstoles Pedro, Santiago y Juan con Pablo, en Antioquía. Pedro comía con los gentiles convertidos sin observar con ellos las ceremonias de la ley y sin distinguir de carnes; comía con Bernabé y otros discípulos lo mismo carne de cerdo que carnes ahumadas, que animales; pero cuando llegaron allí muchos judíos cristianos Pedro se abstuvo ante ellos de comer alimentos prohibidos y practicó las ceremonias de la ley mosaica. Su conducta fue muy prudente al no escandalizar a sus compañeros, los judíos cristianos, pero Pablo le amonestó con rudeza: «Le reprendí —dice— porque su proceder fue vituperable».


La severidad de Pablo no parece tener disculpa, pues siendo al principio perseguidor de los cristianos debía ser más transigente; cuando fue a sacrificar en el templo de Jerusalén, había circuncidado a su discípulo Timoteo y observado los ritos judíos, que entonces reprochaba a Pedro. San Jerónimo opina que la disputa que medió entre Pablo y Pedro fue fingida. En su primera Homilía, dice que ambos apóstoles obraron como dos abogados que se acaloran y se combaten en el foro para adquirir más autoridad ante sus clientes; que dedicándose Pedro a predicar a los judíos y Pablo a los gentiles, fingieron dicha disputa, Pablo para atraerse a los gentiles y Pedro para atraerse a los judíos. San Agustín discrepa de esta opinión. Esta disputa entre Agustín y Jerónimo no debe menguar la veneración que les tenemos, ni menos la devoción que nos inspiran los apóstoles Pedro y Pablo.


Por lo demás, si Pedro se dedicaba a los judíos judaizantes y Pablo a los extranjeros, parece probable que Pedro no fuera a Roma. Los Hechos de los Apóstoles no mencionan el viaje de Pedro a Italia.


Allá por el año 60 de nuestra era, los cristianos empezaron a separarse de la comunidad judía, separación que les acarreó muchos disgustos y persecuciones de las sinagogas establecidas en Roma, Grecia, Egipto y Asia. Sus hermanos judíos les acusaron de impiedad y ateísmo y les excomulgaron en sus sinagogas tres veces todos los sábados, pero Dios los sostuvo siempre que fueron perseguidos.


Poco a poco llegaron a formarse muchas iglesias y los judíos y cristianos se separaron del todo antes de terminar el siglo r. Ni el Senado de Roma, ni los emperadores, se inmiscuyeron en las cuestiones del reducido rebaño que hasta entonces en la oscuridad había dirigido Dios.


Una vez establecido el cristianismo en Grecia y Alejandría, los cristianos tuvieron que combatir con una nueva secta de judíos que se convirtieron en filósofos por el frecuente trato que tenían con los griegos: los gnósticos. Las sectas enumeradas gozaban entonces de total libertad para dogmatizar, hablar y escribir, cuando los adeptos judíos que estaban establecidos en Grecia y Alejandría no los acusaban los magistrados. Pero en la época de Domiciano la religión cristiana empezó a proyectar alguna sombra de gobierno.


El celo de algunos cristianos, aunque contrariaba a la ciencia, no impidió que la Iglesia hiciera los progresos que Dios le tenía marcados. Al principio, los cristianos celebraban sus misterios en casas retiradas y en cuevas durante la noche; de esto provino que les llamaran lucifugaces, como dice Minuncio Félix. En los cuatro primeros siglos, los gentiles les llamaban galileos y nazarenos, pero el nombre de cristiano fue el que prevaleció.


Pero ni la jerarquía, ni los usos, se establecieron de repente, y los tiempos apostólicos fueron muy diferentes de los tiempos sucesivos. La misa, que se celebra por la mañana, era el ágape que tenía lugar por la tarde, y los usos cambiaron a medida que la Iglesia fue consolidándose. Cuando llegó a ser una comunidad más extensa necesitó también más reglamentos y la prudencia de los pastores se adecuó a los tiempos y lugares.


San Jerónimo y Eusebio refieren que cuando las iglesias adquirieron forma fueron distinguiéndose en ellas cinco órdenes diferentes: los vigilantes, episcopoi, de donde provinieron los obispos; los antiguos de la comunidad, presbiteroi, o sea los sacerdotes; diáconi, o sea los diáconos; pistoi, o sea los iniciados, que eran los bautizados que tomaban parte en los ágapes; los catecúmenos, que esperaban el bautismo, y los energúmenos, que esperaban que los librasen del demonio. Ninguna de las cinco órdenes se diferenciaba en sus vestiduras, ni ninguna estaba obligada a ser célibe, prueba de ello es el libro que Tertuliano dedicó a su esposa, así como los testimonios de los apóstoles. Durante los primeros siglos, en sus asambleas no tuvieron símbolos ni imágenes en pintura y escultura, ni altares, cirios, incienso, ni agua lustral. Los cristianos ocultaban celosamente sus libros a los gentiles, sólo los daban a leer a sus iniciados y no se permitía a los catecúmenos ni recitar la oración dominical.


Del poder de expulsar los demonios concedido a la Iglesia. Lo que distinguía a los cristianos, distinción que ha subsistido casi hasta nuestros días era el poder de expulsar los demonios haciendo el signo de la cruz. Orígenes, en su tratado contra Celso, nos dice que Antínoo, al que divinizó el emperador Adriano, obraba milagros en Egipto por medio de encantamientos y sortilegios, y añade que los demonios salen del cuerpo de los poseídos cuando se pronuncia el nombre de Jesús.


Tertuliano, desde el fondo del Asia donde se encontraba, asegura en su Apologética que «si vuestros dioses no confiesan que son diablos en presencia de un verdadero cristiano, facultamos para que derraméis la sangre de ese cristiano». ¿Puede darse demostración más clara?


No cabe la menor duda que Jesucristo envió sus apóstoles para expulsar a los demonios. Los judíos también tuvieron en su época el don de expulsarlos, pues cuando Jesús libró a los posesos y envió los diablos a que se metieran en los cuerpos de un rebaño de dos mil cerdos y obró otras curaciones, los fariseos dijeron: «Expulsa los demonios por el poder de Belcebú». «Si yo los expulso por Belcebú —respondió Jesús—, ¿por qué poder los expulsan vuestros hijos?» Es indudable que los judíos se jactaban de ese poder; tenían exorcistas y exorcismos y metían hierbas consagradas en la nariz de los poseídos. El poder de expulsar los demonios, que los judíos perdieron, fue transmitido a los cristianos, quienes desde algún tiempo acá parece que también lo han perdido.

En el poder de expulsar los demonios estaba comprendido el de destruir las operaciones de magia, pues la magia estuvo en vigor en todas las naciones antiguas. Así lo atestiguan los padres de la Iglesia. San Justino nos dice que con frecuencia se evocan las almas de los muertos y de ello saca un argumento para defender la inmortalidad del alma. Lactancio dice que «aquel que se atreviere a negar la existencia de las almas después de la muerte de los cuerpos le convencería de ello el mago haciéndolas aparecer». Ireneo, Clemente, Tertuliano y el obispo Cipriano, afirman lo mismo. Y si bien es verdad que en la actualidad todo ha cambiado no es menos cierto que Dios es muy dueño de avisar a los hombres por medio de prodigios en determinados tiempos y hacerlos cesar en otros.


De los mártires de la Iglesia. Cuando las comunidades cristianas llegaron a ser numerosas y combatieron el culto del Imperio romano, los magistrados procedieron contra ellas y los pueblos las persiguieron. No persiguieron a los judíos, que gozaban de privilegios y se encerraron en sus sinagogas permitiéndoles el ejercicio de su religión, como acontece en nuestros días en Roma. Los cristianos, al declararse enemigos de todos los cultos, sobre todo del culto al imperio, se vieron expuestos con frecuencia a sufrir crueles pruebas.


Uno de los primeros y más célebres mártires fue Ignacio, obispo de Antioquía, a quien sentenció el emperador Trajano estando aquél en Asia y le hizo venir a Roma para arrojarle a las fieras, en una época en que no mataban en Roma a los cristianos. No se sabe exactamente de qué le acusaron ante dicho emperador, que gozaba fama de ser clemente, sin dudasan Ignacio tendría enemigos implacables. Sea como fuere, la historia de su martirio refiere que le encontraron el nombre de Jesucristo grabado sobre su corazón con letras de oro; por esto los cristianos adoptaron en algunas partes el nombre de Teóforos, que Ignacio se daba a sí mismo. Conservamos una carta (1) rogando a los obispos y a los cristianos que no se opongan a su martirio, bien porque entonces los cristianos fueron bastante poderosos para impedirlo, bien porque algunos de ellos tuvieran influencia para conseguir su perdón. Es de advertir que consintieron que los cristianos de Roma salieran a recibirle cuando lo llevaron a esta ciudad, lo que prueba que castigaban a la persona y no a la secta.


(1) Dupin, en su Bibliotcca eclesiástica, demuestra que esta carta es auténtica.


Las persecuciones no fueron continuas. Orígenes, en su libro tercero contra Celso, dice: «Pueden contarse fácilmente los cristianos que murieron por la religión, porque fueron pocos, de tiempo en tiempo y a intervalos».


Dios veló tanto por su Iglesia que ésta, pese a sus enemigos, pudo celebrar cinco concilios en el siglo I, dieciséis en el II y treinta en el III; es decir, en asambleas secretas, pero toleradas. Sólo se prohibieron cuando la falsa prudencia de los magistrados temió que provocaran tumultos. Subsisten pocos procesos de procónsules y pretores que condenaran a muerte a los cristianos, y que serían los únicos documentos que pudieran demostrar los motivos de las acusaciones a los cristianos y sus suplicios.


Conservamos un fragmento de Dionisio de Alejandría transcribiendo el extracto de un sumario que obraba en el archivo de un procónsul en Egipto, de la época del emperador Valeriano, que dice:


«Recibidos en audiencia Dionisio, Fausto, Máximo, Marcelo y Queremón, el prefecto Emiliano les dijo: «Pudisteis convenceros por las conversaciones tenidas y por cuanto os he escrito de las bondades que con vosotros han tenido nuestros príncipes; quiero volver a repetiros que vuestra salvación depende de vosotros mismos. Sólo os piden una cosa que debe exigirse de toda persona razonable: que adoréis a los dioses protectores del imperio y abandonéis un culto que es opuesto a la naturaleza y al buen sentido.» Dionisio respondió: «Se rinde culto a diferentes dioses y cada uno adora al que cree que es el único verdadero». El prefecto Emiliano replicó: «Sois unos ingratos que abusáis de la bondad del emperador; por lo tanto, no continuaréis viviendo en esta ciudad y conforme a la orden recibida de los emperadores os destierro a Cefro, que está situado en el centro de Libia, y advierto que no os permito que celebréis allí ninguna reunión ni recéis en los sitios que llamáis cementerios; está absolutamente prohibido y os aseguro que no lo consentiré a nadie».


Ese proceso, que presenta todos los caracteres de la verdad, nos da a conocer que hacía tiempo estaban prohibidas las asambleas de los cristianos. De igual modo se prohibió en Francia reunirse a los calvinistas y algunas veces torturaron y ahorcaron a ministros de ese credo que predicaban en sus asambleas infringiendo la ley. Asimismo, en Inglaterra y en Irlanda se prohíben las reuniones a los católicos romanos y algunas veces los infractores son condenados a muerte.

A pesar de esas prohibiciones de las leyes romanas, Dios inspiró indulgencia para los cristianos a muchos emperadores. El mismo Diocleciano que los ignorantes creen perseguidor sañudo, fue durante más de ocho años el protector del cristianismo, prueba de ello es que varios cristianos obtuvieron cargos principales en su palacio, amén de que casó con una cristiana y consintió que en Nicomedia, lugar de su residencia, se edificara una hermosa iglesia ante su palacio. Y si luego mandó que destruyeran esa iglesia fue presionado por el césar Galerio, que aborrecía a los cristianos. Un cristiano más entusiasta que prudente hizo pedazos el edicto del emperador y de este hecho nació la famosa persecución en la que perdieron la vida más de doscientas personas en el Imperio romano, sin contar las que el furor del populacho, que siempre es fanático, mató sin observar las formas jurídicas.


En diversas épocas hubo tan gran número de mártires que casi es imposible conocer la cifra exacta, dado que en la historia aparecen mezcladas las fábulas y los martirios. El benedictino dom Ruinart, por ejemplo, tan instruido como apasionado por su causa, hubiera podido escoger con más discreción sus Actas sinceras. No basta que un manuscrito existente en la abadía de san Benito o en el convento de celestinos de París concuerde con un manuscrito de los fuldenses para que esa acta sea auténtica; se necesita para esto que el acta sea antigua, esté escrita por coetáneos y ofrezca todas las garantías de veracidad.


Nuestro benedictino pudo muy bien omitir la aventura portagonizada por el joven Romanus, en el año 303. Romanus obtuvo el perdón de Diocleciano en Antioquía y, sin embargo, el mentado monje dice que el juez Asclepiade le sentenció a morir en la hoguera. Los judíos que presenciaron ese espectáculo se burlaron del joven san Romanus y reprocharon a los cristianos que Dios consintiera que se quemase, cuando libró del fuego a Sidrac, Misac y Abdenago, que en seguida, estando el tiempo sereno, movió una tempestad que apagó el fuego; que entonces el juez mandó cortar la lengua del joven Romanus; que el primer médico del emperador, que estaba presente, desempeñó oficiosamente la función de verdugo y le cortó la lengua hasta la raíz; que entonces el joven, que era tartamudo, habló con naturalidad; que el emperador se sorprendió de que pudiera hablar tan bien sin lengua, y que el médico, para repetir el experimento, cortó la lengua a un transeúnte y éste murió en el acto. Eusebio, de quien el benedictino copió la referida historieta, debía respetar más los milagros que se obran en el Antiguo y el Nuevo Testamento, de los que nadie duda, y no aumentarlos con cuentos tan inverosímiles que pueden escandalizar a los hombres de escasa fe.


La mencionada persecución no se extendió por todo el imperio. Por aquel entonces existían en Inglaterra algunos partidarios del cristianismo que se eclipsaron pronto, para reaparecer en la época de los reyes sajones.


En las Galias meridionales y en España pululaban los cristianos. El césar Constancio los protegió en todas sus provincias y tuvo una concubina cristiana que fue la madre de Constantino, más conocida por santa Elena. No se ha comprobado que se casara con ella y la repudió en 292, cuando contrajo matrimonio con la hija de Maximino Hércules, pero siempre tuvo gran ascendiente sobre él y consiguió inspirarle afecto hacia nuestra santa religión.


Del establecimiento de la Iglesia en la época de Constantino. Constantino Cloro falleció en 306 en York, cuando los hijos que tuvo de la hija de un césar eran pequeños y no podían pretender el imperio. Constantino consiguió que le eligieran emperador en York unos seis mil soldados alemanes, galos e ingleses. Era inverosímil que pudiera prevalecer esa elección, pues se hizo sin el consentimiento de Roma, del Senado, ni de los ejércitos, pero Dios le hizo vencer a Majencio, que era el emperador elegido en Roma, y consintió que se librara de todos los pretendientes, porque como ya sabemos hizo morir a sus próximos parientes, incluso a su esposa e hijo.


No cabe dudar de lo que sobre esto dice Zósimo. Refiere que Constantino, atormentado por los remordimientos que le produjeron sus crímenes preguntó a los pontífices del imperio si podría expiarlos y le respondieron que no. Cierto que tampoco había expiación posible para Nerón, que no se atrevió a asistir a los sagrados misterios en Grecia. Pese a todo, estaban en uso los tauróbolos (1) y es difícil creer que un emperador casi omnipotente no encontrara un sacerdote que le permitiera hacer sacrificios expiatorios. Pero puede que sea menos creíble todavía que Constantino, preocupado por la guerra, sus ambiciones y sus proyectos, y rodeado de aduladores, tuviera tiempo para sentir remordimientos. Zósimo añade que un sacerdote egipcio que vino de España y tenía entrada en palacio le prometió la expiación de sus delitos si se consagraba a la religión cristiana. Se presume que ese sacerdote fue Osio, obispo de Córdoba. Lo único cierto es que Dios eligió a Constantino para que fuera el protector de su Iglesia.


(1) Tauróbolo era el sacrificio de un toro a Cibeles.


Constantino fundó la ciudad de Constantinopla, que convirtió en el centro del imperio y de la religión cristiana. La Iglesia adquirió entonces forma augusta y es de creer que, purificado por el bautismo y haciendo acto de contrición a la hora de su muerte, obtendría la misericordia divina, pese a que murió siendo arriano; sería demasiado duro que todos los seguidores de los dos obispos Eusebio se hubieran condenado.


Desde el año 314, antes de que Constantino residiera en su nueva ciudad, los que habían perseguido sañudamente a los cristianos fueron castigados por éstos. Los fieles seguidores de Cristo arrojaron a la esposa de Maximino en el Oronte, degollaron a sus parientes y mataron en Egipto y Palestina a los magistrados que eran contrarios al cristianismo. Reconocieron a la viuda e hija de Diocleciano que se hallaban escondidas en Salónica y las arrojaron al mar. Hubiera sido más digno que los cristianos no se dejaran llevar por el espíritu de venganza, pero Dios, que castiga según su justicia, permitió que manos cristianas se mancharan con la sangre de sus perseguidores en cuanto aquéllos pudieron obrar con libertad.


Constantino celebró en Nicea el primer Concilio ecuménico presidido por Osio y se decidió la gran cuestión que tenía alborotada a la Iglesia, acerca de la divinidad de Jesucristo (1). Sabido es que la Iglesia, tras combatir durante trescientos años los ritos del Imperio romano luchó luego consigo misma y fue siempre militante y triunfante.


(1) Véanse los artículos Arrianismo, Cristianismo y Concilios.


Con los años, la Iglesia griega, casi en su totalidad, y la Iglesia de Africa, llegaron a ser esclavas primero de los árabes y después de los turcos, que fundaron la religión mahometana sobre las ruinas del cristianismo. La Iglesia romana subsistió, pero manchada de sangre por los seiscientos años de discordia entre el imperio de Occidente y el sacerdocio. Las mismas discordias le hicieron poderosa. Los obispos y abades en Alemania se convirtieron en príncipes, y los papas conquistaron paulatinamente el dominio absoluto en Roma y un territorio considerable. Dios puso a prueba su Iglesia con humillaciones, perturbaciones, delitos y esplendor.


La Iglesia latina perdió en el siglo XVI la mitad de Alemania, Dinamarca, Suecia, Inglaterra, Escocia, Irlanda, la mejor parte de Suiza y Holanda; en cambio, ganó territorios en América con las conquistas de los españoles, pero menos vasallos.


A lo que parece, la Providencia divina ha destinado el Japón, Siam, India y China a someterse a la obediencia del Papa para recompensarle de haber perdido Asia Menor, Siria, Grecia, Egipto, Africa, Rusia y otros estados. San Francisco Javier, que introdujo el Evangelio en las Indias orientales y el Japón cuando los portugueses fueron allí a comerciar, obró gran número de milagros que prueban los padres jesuitas, entre otros el de resucitar nueve muertos, aunque el padre Rivadeneira, en Flos sanctorum, se concreta a decir que sólo resucitó cuatro. Plugo a la Providencia que en menos de cien años se reunieran millares de católicos en las islas del Japón, pero el demonio sembró la cizaña entre el buen grano. Se asegura que los jesuitas fraguaron una conjuración a la que siguió una guerra civil que exterminó a los cristianos, el año 1628. Entonces, la nación cerró sus puertas a todos los extranjeros menos a los holandeses, que consideraron como comerciantes y no como cristianos. La religión católica, apostólica y romana se proscribió en China no hace mucho tiempo, pero con menor crueldad. Los jesuitas no habían resucitado muertos en la corte de Pekín, como lo hicieron en el Japón, limitándose allí a enseñar astronomía y a ser mandarines. Las disputas y cuestiones que tuvieron con los dominicos y otros misioneros escandalizaron tanto al emperador Yong Ching que, aun siendo justo y bondadoso, fue lo bastante obcecado para no permitir que se enseñara la santa religión en su imperio, ya que los misioneros no lograban entenderse; finalmente, los expulsó con bondad paternal proporcionándoles subsistencias y carruajes hasta los límites de su imperio.


Toda Asia y Africa, la mitad de Europa, todos los países que pertenecen a los ingleses y holandeses en América, todas las hordas americanas insumisas y todas las tierras australes, que ocupan una quinta parte del planeta, están bajo el poder del demonio, sin duda para comprobar estas santas palabras: «Muchos son los llamados y pocos los escogidos».


Qué significa la palabra Iglesia. La voz iglesia es de origen griego y significa asamblea del pueblo. Cuando tradujeron del griego los libros hebreos pusieron sinagoga por iglesia, y utilizaron la misma palabra para expresar la sociedad judía, la congregación política, la asamblea judía y el pueblo judío. Por eso se dice en el libro de los Números: «¿Por qué habéis llevado la Iglesia al desierto?», y en el Deuteronomio: «El eunuco, el moabita y el amonita, no entrarán en la Iglesia, y los idumeos y egipcios no entrarán en la Iglesia hasta la tercera generación».


Jesucristo dice en el Evangelio de san Mateo: «Si vuestro hermano peca contra vos, o lo que es igual, os ofende, reprenderle en secreto, presentaos ante él con dos testigos para que todo se ponga en claro ante ellos, y si él no les hace caso quejaos ante la asamblea del pueblo, ante la Iglesia, y si no hace caso de la Iglesia, considéresele como gentil o como recaudador de tributos. Os digo en verdad que todo lo que hayáis atado en la tierra, será atado en el cielo, y lo que hayáis desatado en la tierra, en el cielo será desatado».


Se trata en este caso de un hombre que ha ofendido a otro y persiste en ofenderlo. No podían hacerle comparecer ante la asamblea, es decir, ante la Iglesia cristiana, porque entonces aún no existía; ni podían juzgar a ese hombre, cuyo compañero se quejaba de él, ni el obispo ni los sacerdotes, que tampoco existían; es más, ni los sacerdotes judíos ni los sacerdotes cristianos fueron nunca jueces en las cuestiones que mediaban entre los particulares, que eran asuntos de política. Los obispos no llegaron a ser jueces hasta la época de Valentiniano III. Los comentaristas han deducido que san Mateo hace hablar en este caso a nuestro Señor por anticipación; que es una alegoría, una predicción de lo que ha de acontecer cuando la Iglesia cristiana tome forma y se establezca.


Selden hace una observación pertinente respecto a ese pasaje: dice que entre los judíos no excomulgaban a los publicanos, ni a los recaudadores de tributos. El populacho podía detestarlos, pero eran empleados que nombraba el príncipe y a nadie se le ocurrió nunca la idea de separarlos de la asamblea. Los judíos estaban entonces bajo la jurisdicción del procónsul de Siria, que se extendía hasta los confines de Galilea y la isla de Chipre, en donde tenía viceprocónsules, y hubiera sido muy imprudente rebajar públicamente a los empleados legales del procónsul. Y además de imprudente hubiera sido injusto, porque los patricios romanos, arrendadores de los dominios públicos, recaudadores del dinero del César, desempeñaban su cargo autorizados por las leyes.


San Agustín, en su homilía 81, puede aportar algún dato para la inteligencia del pasaje en cuestión. Hablando de quienes persisten en el rencor y no perdonan, dice: «Considerar a vuestro hermano como un publicano es atarle en el mundo, y antes de hacerlo debéis reflexionar si le atas justamente porque la justicia rompe las ataduras injustas, pero si corregís a vuestro hermano, si estáis de acuerdo con él, le habréis desatado en el mundo».


Comprendo que san Agustín quiere decir que si el ofendido hizo encarcelar al ofensor, debe entenderse que está atado en el mundo, y también lo estará con las ligaduras celestes, pero que si el ofendido es inexorable él es quien se ata a sí mismo. No se trata de la Iglesia en esta explicación de san Agustín, sino de perdonar o no perdonar una injuria. San Agustín no se ocupa del derecho sacerdotal de perdonar los pecados de parte de Dios; este derecho está reconocido en otras partes y es un derecho que deriva del sacramento de la confesión. El obispo de Hipona, a pesar de ser profundo en los tipos y en las alegorías, no considera que el susodicho pasaje sea una alusión a la absolución que dan o niegan los ministros de la Iglesia católica romana en el sacramento de la penitencia.


Del número de iglesias en las comunidades cristianas. Las comunidades cristianas reconocen cuatro iglesias: la griega, la romana, la luterana y la reformada o calvinista. En Alemania, los primitivos cuáqueros, los anabaptistas, socinianos, menonitas, pietistas, moravos, judíos y otras sectas, no forman iglesia. La religión hebraica ha conservado el título de sinagoga. Las sectas cristianas se toleran y no pueden tener más que asambleas secretas, conventículos, e igual ocurre en Londres. La Iglesia católica no goza de reconocimiento en Suecia, Dinamarca, partes septentrionales de Alemania, en las tres cuartas partes de Suiza, ni en los tres reinos de la Gran Bretaña.


De la primitiva Iglesia y quienes han creído restablecerla. Como los pueblos de Siria, los judíos se dividieron en muchas y pequeñas congregaciones religiosas, encaminadas todas a la perfección mística. Un rayo más luminoso de la verdad guió a los discípulos del Bautista, que subsisten todavía en Mosul, y luego vino al mundo el Hijo de Dios predicho por san Juan. Los discípulos de Jesús fueron iguales entre ellos, pues su maestro les dijo terminantemente: «No habrá entre vosotros primero, ni último. Vine al mundo para servir, no para ser servido. Aquel que pretenda ser señor de los demás, será su criado».


La prueba de la igualdad, que fue fundamento del cristianismo, la tenemos en el hecho de que al principio los cristianos se llamaban hermanos. Se reunían y esperaban el espíritu, y profetizaban cuando estaban inspirados. San Pablo, en su primera carta a los corintios, les dice: «Si cuando os congregáis, uno de vosotros se halla inspirado de Dios para hacer un himno, otro para instruir, éste para revelar alguna cosa de Dios, aquél para hablar lenguas, debéis aprovecharlos para mayor edificación. Si han de hablar que lo hagan sólo dos y por turno, y el otro explique lo que dice. Y si no hubiere intérprete, callen en la iglesia los que tienen ese don... De los profetas hablen dos o tres y los demás disciernan. Y si a otro de los asistentes... le fuere revelado algo, calle el primero. Así podéis profetizar todos, unos después de otros, a fin de que todos aprendan y se aprovechen. Pues los espíritus o dones proféticos están sujetos a los profetas. Porque Dios no es autor de desorden, sino de paz, y esto es lo que enseño en todas las iglesias de los santos».


En la misma carta, san Pablo consiente que las mujeres profeticen, aunque les prohíbe en el capítulo XIV hablar en las asambleas. En este pasaje y en otros se ve que los primitivos cristianos eran todos iguales porque eran hermanos en Jesucristo. El espíritu se comunicaba con ellos, hablaban varias lenguas y poseían el don de profetizar todos ellos, sin distinción de categoría, edad, ni sexo. Los apóstoles, que enseñaban a los neófitos, tenían sobre éstos la preeminencia natural que el preceptor consigue sobre sus discípulos, pero jurisdicción, poder temporal, honores, distinción en las vestiduras y muestras de superioridad, no tenían ninguna, ni los que les sucedieron. Sólo gozaban de una grandeza muy peculiar: la persuasión.


Los hermanos ponían el dinero en común, como consta en los Hechos de los Apóstoles, capítulo VI, y elegían siete para que se encargaran de la despensa y proveyesen las necesidades comunes. Para desempeñar esas funciones eligieron en Jerusalén a Esteban, Filipo, Procoro, Nicanor, Timón, Parmenás y Nicolás. Hay que anotar que entre los siete que eligió la comunidad judía había seis griegos. Después de los apóstoles, no se encuentra el ejemplo de ningún cristiano que haya tenido sobre sus hermanos otro poder que el de enseñar, exhortar, expulsar los demonios del cuerpo de los energúmenos y hacer milagros. Entre ellos todo era espiritual y nada se traslucía de las pompas del mundo, pero en el siglo m empezaron los fieles a manifestar en todas partes orgullo, vanidad e interés. Los ágapes se convirtieron en grandes festines, de los que reprochaban los exquisitos platos y el inconveniente lujo. Tertuliano lo confiesa: «Comemos muy bien —dice—, pero, ¿los misterios de Atenas y Egipto no se celebraban con suculentas comidas? Aunque gastemos mucho, nuestros gastos son útiles porque aprovechan a los pobres».


Por aquel entonces, algunas comunidades cristianas que se creían más perfectas que las demás, por ejemplo los montanos, que se jactaban de profesar una moral austera, consideraban adulterio las segundas nupcias, sentían públicamente convulsiones sagradas y éxtasis, y creían hablar con Dios cara a cara, quedaron convictos —según se asegura— de mezclar la sangre de niños de un año con el pan eucarístico, consiguiendo que esa cruel acusación se extendiera hasta los verdaderos cristianos y motivara las persecuciones. He aquí lo que hacían, según cuenta san Agustín: clavaban alfileres en todo el cuerpo del niño y con la sangre que salía amasaban la harina, convirtiéndola en pan; si el niño moría le tributaban honores de mártir (1).


(1) San Agustín, De Haeresibus, haeres, cap. XXVI.


Tan corrompidas estaban entonces las costumbres que los santos padres se lamentaban sin cesar de lo que acontecía. He aquí lo que decía san Cipriano en su De los caídos: «Todos los sacerdotes corren en pos de bienes y honores con insaciable furor. Los obispos están faltos de religión, y de pudor las mujeres; reina la bribonería, juran y perjuran, la discordia divide a los cristianos, los obispos dejan el púlpito para ir a las ferias y enriquecerse haciendo negocios; en resumen, sólo piensan en complacerse a sí mismos y en disgustar a todo el mundo (2).»


(2) Véanse Obras de san Cipriano e Historia eclesiástica, de Fleury, tomo II, edición de 1725.


Antes de esos escándalos, el sacerdote Novatien dio uno muy funesto a los fieles de Roma, pues fue el primer antipapa. El episcopado de Roma, aunque secreto y expuesto a la persecución, era muy ambicionado porque sacaba pingües contribuciones a los cristianos y tenía autoridad suprema sobre ellos.


No repetiremos lo que consta en tantos archivos y dicen todos los días personas instruidas, acerca del considerable número de cismas y guerras que se sucedieron; ni nos vamos a ocupar de los seiscientos años de discordias sangrientas entre el imperio y el sacerdocio, ni del dinero de los países que iba a parar, por muchos conductos, unas veces a Roma y otras a Aviñón, cuando los papas fijaron en esta última ciudad su residencia durante setenta y dos años; ni tampoco de la sangre que corrió por Europa en defensa de una tiara que Jesucristo no conoció, o por otras cuestiones ininteligibles de las que El tampoco se ocupó. Nuestra religión no deja de ser verdadera, sagrada y divina por haber estado manchada mucho tiempo con el crimen y la carnicería.


Cuando el frenesí de dominar, cuando esa terrible pasión del corazón humano llegó a su último exceso, cuando el monje Hildebrando, elegido ilegalmente obispo de Roma, quitó esa ciudad a los emperadores y prohibió a los obispos de Occidente que usaran el título de papa para usarlo él solo, cuando siguiendo su ejemplo los obispos de Alemania se proclamaron soberanos, y los de Francia e Inglaterra trataban también de proclamarse, desde esa época de desórdenes hasta nuestros días se formaron comunidades cristianas que, bajo nombres diferentes, se propusieron restablecer la igualdad primera que tuvo el cristianismo.


Pero esta igualdad, posible en una comunidad reducida y oculta a las miradas del mundo, no lo es en los grandes reinos. La Iglesia militante y triunfante no podía ya ser la Iglesia desconocida y humilde. Los obispos y las grandes comunidades monásticas, ricas ya y poderosas se reunieron bajo las banderas del pontífice de la nueva Roma y combatieron pro aris et pro focis (por sus altares y hogares). Para sostener o humillar la nueva administración eclesial recurrieron a cruzadas, ejércitos, sitios, batallas, rapiñas, torturas, asesinatos en manos de verdugos o de sacerdotes de los dos partidos, venenos y devastaciones mediante el hierro y el fuego. Las olas de sangre y los huesos de los muertos escondieron la cuna de la primitiva Iglesia de tal modo que apenas se ha podido encontrar.


Escisión entre las Iglesias griega y latina en Asia y Europa. Los hombres de bien lamentan, hace catorce siglos, que las Iglesias griega y latina hayan sido siempre rivales y la túnica inconsútil de Jesucristo haya sido siempre destrozada. Esta división es, sin embargo, muy lógica. Roma y Constantinopla se odiaban, y cuando los señores se aborrecen sus vasallos se detestan. Las dos confesiones religiosas se han disputado siempre la superioridad de la lengua, la antigüedad de la alta sede, la ciencia, la elocuencia y el poder.


En esta cuestión, los griegos llevaron durante mucho tiempo la ventaja; alardeaban de ser maestros de los latinos y haberles enseñado lo que sabían. Los Evangelios se escribieron en griego, y no hay un dogma, un rito, un misterio y un uso que no sea griego; desde el vocablo bautismo hasta la voz eucaristía, todo es griego en ellos. Sólo hubo padres de la Iglesia en Grecia hasta san Jerónimo, que tampoco era romano, pues era de Dalmacia. San Agustín, que siguió en el orden cronológico a san Jerónimo, era africano. Los siete grandes concilios tuvieron lugar en ciudades griegas, y los obispos de Roma no asistieron a ellos porque sólo sabían latín, y éste corrompido.


La escisión entre Roma y Constantinopla estalló en 452, en el Concilio de Calcedonia, convocado para decidir si Jesucristo tuvo dos naturalezas y una persona, o dos personas y una naturaleza. En el mismo Concilio se decidió que la Iglesia de Constantinopla era igual en todo a la de Roma respecto a honores, y el patriarca de una igual al patriarca de la otra. El papa san León fue partidario de que Jesucristo tuvo dos naturalezas, pero ni él ni sus sucesores concedieron la igualdad a las dos Iglesias. Parece indiscutible que en esta disputa sobre la categoría y la preeminencia obraron directamente contra las palabras de Jesucristo que constan en el Evangelio: «No habrá entre vosotros ni primero, ni último». Los santos siempre son santos, pero no se libran del orgullo y el mismo espíritu que hizo echar espumarajos de ira al hijo de un albañil que llegó a ser obispo porque no le llamaban monseñor (1), hizo pelear al universo cristiano.


(1) Biord, obispo de Annecy.


Los romanos fueron siempre menos polemistas y sutiles que los griegos, pero mucho más políticos. Los obispos de Oriente, que argumentaban sin cesar, acabaron siendo vasallos, y el obispo de Roma, sin recurrir a tantos argumentos, supo fundar su poder sobre las ruinas del imperio de Occidente.


El odio pasó a ser escisión en la época de Focio, papa o vigilante de la Iglesia bizantina, y de Nicolás I, papa o vigilante de la Iglesia romana. Como por desgracia nunca hubo ninguna disputa eclesial que no tuviera su parte ridícula, ocurrió que la lucha empezó por dos patriarcas que eran eunucos, Ignacio y Focio, que disputaban la sede de Constantinopla, estaban castrados, y esa mutilación les prohibía obtener la verdadera paternidad; no podían ser más que padres de la Iglesia.


Dícese que los castrados son marrulleros, malignos e intrigantes: Ignacio y Focio perturbaron Grecia. El papa latino Nicolás I siguió el partido de Ignacio y Focio le declaró hereje porque no admitía la procedencia del soplo de Dios, del Espíritu Santo por medio del Padre y del Hijo, contra la decisión unánime de la Iglesia, que sólo lo hacía proceder del padre. Además de esa procedencia herética, Nicolás comía y permitía comer huevos y queso en Cuaresma, y para completar sus faltas, el papa romano se hacía afeitar la barba, lo cual era una apostasía para los patriarcas griegos, porque a Moisés, los patriarcas y Jesucristo los pintan siempre barbudos los pintores griegos y latinos.


Cuando en el año 789 ocupó su sede el patriarca Focio por el octavo Concilio ecuménico griego, al que asistieron cuatrocientos obispos, de los que trescientos le habían condenado en el Concilio ecuménico anterior el papa Juan VIII le recomendó por hermano. Dos legados que dicho papa envió al mencionado Concilio unieron su voto al de la Iglesia griega y declararon que aquel que dijera que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo sería un Judas, pero como los romanos persistieron en la costumbre de rasurarse la barba y de comer huevos en Cuaresma, las dos iglesias quedaron separadas para siempre.


El cisma se consumó del todo durante los años 1053 y 1054, cuando Miguel Cerulario, patriarca de Constantinopla, condenó públicamente al obispo de Roma, León IX, y a todos los latinos, añadiendo a los reproches de Focio, que empleaban pan ázimo en la eucaristía, las prácticas de los apóstoles, acusándoles de perpetrar el delito de comer morcilla y retorcer el pescuezo a los palomos, en vez de cortárselo, antes de guisarlos. En fin, cerraron todas las iglesias latinas en el imperio griego y prohibieron cualquier trato con los que comieran morcilla.


El papa León IX negoció seriamente el asunto con el emperador Constantino Monómaco y consiguió apaciguarle. El emperador griego favoreció al papa en lo que pudo, mas no consiguió que se reconciliaran los griegos y latinos. Los griegos creían que sus adversarios eran bárbaros porque no sabían una palabra de la lengua griega.

La irrupción de las cruzadas, que tuvo por pretexto liberar los Santos Lugares y por objeto apoderarse de Constantinopla, terminó de hacer odiosos a los romanos ante los griegos.


Con todo, el poder de la Iglesia latina fue cada día en aumento y poco a poco los turcos fueron conquistando a los griegos. Los papas fueron desde hace mucho tiempo soberanos poderosos y ricos, y toda la Iglesia griega quedó esclavizada desde Mahomed II, salvo Rusia, que entonces era un país bárbaro y de cuya Iglesia no se hacía caso. Quienes conocen la historia del Cercano Oriente, saben que el sultán confiere el patriarcado de Grecia por medio del báculo y el anillo, sin temor a ser excomulgados, como los papas excomulgaron a los emperadores alemanes por practicar esta ceremonia.

La Iglesia de Estambul conservó en apariencia la libertad de nombrarse arzobispos, pero en realidad elige al que indica la Puerta. Esa titularidad cuesta actualmente ochenta mil francos, que quien la asume tiene que sacar a los griegos. Si aparece algún canónigo de fama que ofrece más dinero al gran visir, deponen al nombrado o dan la titularidad al último postor, igual que Marocia y Teodora dieron la Santa Sede de Roma en el siglo x. Si el patriarca nombrado se niega a renunciar a su título le dan cincuenta palos en las plantas de los pies y le destierran. Algunas veces le cortan la cabeza, como le ocurrió al patriarca Lucas Cirilo en 1638.


El Gran Turco concede los otros obispados mediante fianza, en la época de Mahomed II, la suma tasada para cada obispado constaba siempre en la patente, pero lo pagado de más no constaba, por lo que no puede saberse con exactitud la cantidad que al sacerdote griego le cuesta comprar el obispado.


Son divertidas esas patentes. He aquí una muestra de ellas: «Concedo a Fulano de Tal, sacerdote cristiano, el presente mandamiento para perfección de felicidad. Le mando que resida en la ciudad aquí nombrada como obispo de los infieles cristianos, según su antiguo uso y sus vanas y extravagantes ceremonias, queriendo y mandando que todos los cristianos de este distrito le reconozcan y ningún sacerdote ni monje pueda casarse sin su permiso» o sea, sin pagar.


La esclavitud de esta Iglesia es igual a su ignorancia, pero los griegos tienen lo que merecen; estaban ocupados seriamente en discutir sobre la luz del Thabor y en disputar sobre su ombligo cuando los turcos tomaron Constantinopla.