29 jun. 2007

Voltaire - Asesinato (en Diccionario filosófico)



Asesinato




Siendo el asesinato, después del envenenamiento, el crimen más cobarde y que merece mayor castigo, no debe extrañarnos que en nuestros días exista un hombre que lo apruebe, un hombre cuya razón extraviada no está siempre de acuerdo con la razón de los demás hombres (1). Finge, en una novela que titula Emilio, que educa a un joven gentilhombre, al que preserva de la formación que se recibe en la escuela militar. Esto es, de enseñarle idiomas, geometría, táctica, fortificaciones y la historia del país; se abstiene de inspirarle amor al rey y a la patria; se limita a convertir al joven en carpintero, y pretende que el gentilhombre carpintero, si le insultan públicamente o le dan una bofetada, en vez de devolver el insulto y la bofetada y batirse con el insultador, lo asesine prudentemente. Cierto que Moliere, bromeando dice en su comedia El amor pintor que asesinar es lo más seguro, pero el autor de la novela afirma que es lo más razonable y digno. Lo dice seriamente, y entre el sinfín de paradojas que se encuentran en sus libros esa es una de las tres o cuatro que es el primero y último en sostener. E; mismo espíritu delicado y decente que le obliga a recomendar que el preceptor debe acompañar con frecuencia a su discípulo a los sitios de prostitución, le hace sostener que ese discípulo debe ser un asesino. De modo que la educación que Juan Jacobo Rousseau da a un gentilhombre consiste en enseñarle a manejar el cuchillo y hacerle digno de la cárcel y de la horca.

Dudamos que los padres de familia se avengan a dar a sus hijos preceptores semejantes. Forman verdadera antítesis las máximas que postula Emilio con las que propugna Mentor en Telémaco, pero es preciso confesar que el siglo XVIII es enteramente distinto del siglo de Luis XIV.

Afortunadamente, los lectores de este Diccionario no encontrarán insensateces ni extravagancias; hallarán con frecuencia una filosofía que quizá parezca atrevida, pero no esa charlatanería atroz y extravagante que dos o tres locos llaman filosofía y dos o tres damas elocuencia.

Dessin de Cézanne d'après le Voltaire de Houdon, vers 1885

(1) Voltaire es injusto hacia Juan Jacobo Rousseau. Aparte de que es incierto que el autor de Emilio se propone educar a un pequeño gentilhombre, puesto que en el libro V de dicha obra dice taxativamente «Yo, que no tengo el honor de educar a un gentilhombre, me guardaré bien de imitar a Locke», en la concepción de Emilio si bien hay ambigüedades y extravagancias que desconciertan, junto a hondas cavilaciones y grandes verdades, hay también un elevado principio moral cuando dice «las etapas de la educación y de la moral son éstas: en la base, la naturaleza; en la cúspide, la virtud, y continúa la preocupación por la felicidad». La profunda antinomia de estos dos hombres comienza en 1775 con Poema de los desastres de Lisboa, de Voltaire que contradice el «todo es para bien en el mejor de los mundos posibles», de Pope, y ataca a la Providencia y a la Iglesia. Los protestantes se consideraron tan ultrajados como los curas, y un pastor de Ginebra pidió a Rousseau que redactara un texto refutando las ideas impías de Voltaire. Juan Jacobo acepta y escribe Carta sobre la Providencia, en la que se desencadena contra Voltaire: «Voltaire, aunque parece creer en Dios, nunca ha creído más que en el Diablo, puesto que su Dios no es más que un malhechor que, según él, sólo disfruta haciendo daño». Le echa en cara, además, que es rico y no tiene derecho a quejarse. La ruptura definitiva de los dos grandes hombres se produce en 1760, esto es antes de la redacción de este artículo. (Nota del T.)