28 jun. 2007

Voltaire - Adulación (en Diccionario filosófico)






Adulación


En la más remota Antigüedad no se encuentran rastros de adulación. No la usaban Hesíodo ni Homero; tampoco dirigían sus cantos a ningún griego que ostentara altas dignidades, ni a su esposa, así como Thomson dedica cada canto de su poema Las Estaciones a alguna persona adinerada, ni como muchos autores de epístolas en verso, que hoy yacen en el olvido, dedicaron sus obras a personas influyentes, colmándolas de elogios. Tampoco se encuentran adulaciones en Demóstenes. La forma de mendigar dádivas en armoniosos versos empieza con Píndaro, si no me equivoco. No cabe una forma más aduladora de tender la mano.

Entre los romanos, el sistema de adular data de la época de Augusto. Julio César apenas tuvo tiempo para que le adularan. No conocemos ningún poema dedicado a Sila, a Mario, ni a sus esposas y amantes. Pero sí debieron dedicar versos malos a Lúculo y a Pompeyo, pero, a Dios gracias, no han llegado hasta nosotros.

Resulta un espectáculo poco edificante ver que Cicerón, que era igual en dignidad a César, hable delante de él defendiendo como abogado a un rey de la Bitinia y Armenia, llamado Geyotar, acusado de conspirar y hasta de pretender el asesinato de César. Dice Cicerón que se siente cohibido en presencia de tan ilustre personaje y le llama vencedor del mundo, victorem orbis terrarum, pero la adulación no llega hasta la bajeza sino que conserva cierto pudor. En la época de Augusto, lo pierde por completo y llega el famoso orador a los últimos extremos.

El Senado acuerda otorgar a dicho emperador la apoteosis en vida. Esta adulación se transformó en una especie de tributo que los romanos tuvieron que pagar a los emperadores siguientes y que llegó a convertirse en una especie de costumbre. Pero a nadie puede halagar una adulación que se generaliza.

En Europa no tenemos grandes ejemplos de adulación hasta Luis XIV. Su padre, Luis XIII, fue muy agasajado, pero sólo se le tributan alabanzas en algunas de las odas de Malherbe, quien siguiendo la costumbre le llama el rey más grande de los reyes, como los poetas españoles llaman al rey de Inglaterra. Pero casi todos sus elogios los dedica al cardenal Richelieu. Sobre Luis XIV cayó todo un diluvio de adulaciones, pero no le perjudicaron como al héroe de la anécdota que quedó sofocado bajo los montones de pétalos de rosa que arrojaron sobre él; las adulaciones le incitaron a portarse mejor. Cuando la adulación se funda en motivo plausible no es perniciosa, estimula a acometer grandes empresas; pero sus excesos son nocivos al igual que los excesos de la sátira.

Es necedad bastante frecuente que los oradores se empeñen en elogiar al príncipe incapaz de hacer nada bueno. Resulta vergonzoso que Ovidio tribute elogios a Augusto desde el lugar de su destierro.