9 jun. 2007

Silvina Ocampo - La estatua de arena


Medí la frente,
alargué el contorno de los ojos,
con un compás apócrifo
cambié cinco veces la postura impúdica de las piernas
para dedicarme a la colocación asidua del antebrazo:
me arrodillé, me eché al suelo;
le até el pelo,
le hice ondas, las deshice,
volví a hacerlas.
Con el agua de un balde prestado por un niño
humedecí la forma de la boca.
Sólo el tiempo puede abrir la boca de una estatua.
¿Qué secretos revelaría?
Le cerré la boca.
Llegó a tener cuatro bocas.
Le suprimí la boca.
Llegó a tener una boca perfecta.
¿Cómo son las bocas perfectas?
Ese es el misterio que ni las sirenas conocen
cuando se miran en el fondo del agua.
El misterio de la belleza
cambia tanto que el patrón se pierde.
¿La Venus de Milo tiene una boca perfecta?
Nadie le mira la boca por mirar la ausencia de sus brazos
o la distracción de su mirada.
¿La sibila Eritrea tiene una boca perfecta?
Tal vez cuando revelaba sus oráculos
conteniendo su respiración de esfinge.
¿El David de Miguel Angel?
¿Quién le miró la boca?
Que las palmas de las manos
tuvieran que estar abiertas o cerradas
fue una controversia solitaria.
¿No sería mejor que fuera un varón? pensé.
Renunciar a esos pechos prominentes
¿sería lícito?
Para la estética, sí,
pero no para expresar la realidad.
Despojada de esos atributos
¿no se confundiría con un tronco de árbol
o con una columna?
El cuello, la largura del cuello me preocupó un momento,
la rodilla también.
Cuando llegué al ombligo
algo de la cadera se deshizo.
Se volvió bruscamente hermafrodita,
sirena, erinnia.
Entonces quedó boca abajo
durante un cuarto de hora
hasta que recuperó su ombligo y sus pechos.
Caía la tarde, no la vi sonrojarse.
Las sombras benévolas
dibujaron espectáculos
insistentes sobre las nubes.
No miraba esa luz deslumbrante
que abría sus espejos
al abismo de la noche.
Me ocupé de su oreja, de una sola, porque la otra se
[apoyaba sobre el pelo que la escamoteaba
y le dije:
De tanto haber querido que no me oigan,
de querer tanto ser olvido
llegué a la realización de mi deseo.
Gato que acuné en mis brazos escondido,
que recogí en los pastizales de mi infancia,
varón que llenó de asombro secreto
mis ojos asustados,
ocultos en la luz de una calle;
silencio que nadie escuchó con mil orejas
debajo de un mosquitero blanquísimo;
fuente que una sirena aún hoy abreva
en el poniente
cuando los ojos interrogan.
¿Me han oído?
Como los líquenes soy muda;
incendio que rapta la atención
con sus lenguas naranjadas y azules
que en vez de hablar silba;
madre que no me atreví a contrariar ni en el interior
de mi pensamiento,
para que no hiciera ruido
mi cerebro o mi corazón
de tanto sentir o disentir;
muñeca enterrada en el hielo
vestida de colorado y de azul,
muñeca rusa, infinita;
les pido a ustedes y a esta estatua de arena
y a todos los que no me oyeron
durante tanto tiempo,
desde que existe el movimiento y la voz,
que me oigan.
Se agitaban las lonas de la carpa.
Le dije:
Te espero en casa. Seré tu esclava.
El mar llegaría pronto
¿Cuánto tardó en incorporarse?
No sé. Nunca lo sabré.
Pensé: Si se la lleva el mar, moriré.
Cuando se incorporó advertí que era más alta que yo.
No sabía ella tampoco que el mar
tuviera gusto a lágrimas
ni las lágrimas gusto a mar.
Se echó de nuevo en su cama,
La arena es áspera pero su forma suave.

El objetivo de una cámara fotográfica
podría salvarla,
salvarme al fin.
Apelé al arte fotográfico
arrodillándome a sus pies.
Disparé: la cámara fotográfica capta y mata.
¡Creador, cómo habrás sufrido!
Sal, algas, espuma.
Me acosté a su lado.
La arena gris se humedeció
y borró sus formas.
No existe materia que dure,
ni el mármol ni la piedra,
ni el después,
ni el antes,ni el ahora,
ni el nunca.


“La estatua de arena” es un poema escrito por Silvina Ocampo en 1970 y publicado en una edición privada de pocos ejemplares, lo que lo convierte en una joya casi desconocida. Está escrito apropósito de otra obra suya: la figura de una mujer en la arena que esculpió en una playa de Mar del Plata, y fotografió inmediatamente después de terminarla, antes de que el mar pudiera destruirla. La foto se la regaló a Felisa Pinto en 1982, y gracias a ella la reproducimos.

El 28 de julio se cumplen 102 años de su nacimiento.

En Página 12, Radar, 24 de julio de 2005