24 jun. 2007

Kierkegaard y el escándalo



Por primera vez se publica en castellano El Instante (Editorial Trotta), la compilación de los números de la revista homónima, íntegramente escrita por el filósofo danés. En esos textos, combatió ferozmente la hipocresía de la religión oficial.



"En un pasaje de su República Platón dice, como se sabe, que sólo se puede llegar rectamente a algo cuando acceden al gobierno los que no tienen deseo de ello. Su idea es que, suponiendo que haya idoneidad, el no deseo de gobernar es una buena garantía de que se gobernará verdadera y competentemente, mientras que quien sólo tiene afán de gobernar se convierte con demasiada facilidad o bien en alguien que malversa su poder para tiranizar o bien en alguien a quien el deseo de gobernar coloca en una oculta relación de dependencia respecto de aquellos sobre quienes tiene que gobernar, de modo tal que su gobierno en realidad se convierte en una ilusión."

Con esta alusión al poder y a una verdad política cuya actualidad no requiere comentarios comienza El Instante nº 1, el primer número de la revista que Søren Kierkegaard publicó entre mayo y septiembre de 1855, momento en que lo sorprendieron la enfermedad y la muerte, cuando aún no había concluido el décimo número. Los números de esa revista constituyen hoy un libro, traducido por primera vez al español, directamente del danés, por Andrés Albertsen (pastor de la Iglesia Dinamarquesa de Buenos Aires), en colaboración con el equipo de la "Biblioteca Kierkegaard", y publicado por la editorial Trotta (Madrid), que emprendió la tarea de editar la inmensa obra del rebelde de Copenhague, "autor religioso" por elección (y él diría, por elección de Dios) y filósofo a pesar de sí. También a pesar de sí, "con idoneidad contra el deseo" -escribe, haciéndole eco a la cita de Platón-, tuvo que abandonar la tarea de escritor en la que "podía esperar horas, días, semanas para encontrar la expresión exacta a la que quería llegar" y se sintió obligado a actuar "en el instante", en estos textos urgidos donde despliega una crítica militante -y feroz- destinada a combatir públicamente la hipocresía del establishment oficial de la iglesia y de los cristianos "domingueros".

¿Por qué se sintió obligado a actuar "en el instante"? Es una historia tan intensa como su vida. Søren Aabye Kierkegaard nació el 5 de mayo de 1813 y fue el séptimo hijo de Michael Pedersen Kierkegaard (un gran comerciante en telas de Copenhague) y de Anne Lund. De constitución frágil (tenía una pierna más larga que la otra, rasgo que le valdría más de una caricatura en medio de los escándalos que supo sembrar), se destacaba de pequeño por su ingenio, por la agudeza de su lengua y por su inteligencia, y dio en ser el preferido del padre, con quien no tendría siempre una relación fácil y de quien heredaría -según sus palabras- tres disposiciones básicas: la imaginación, la dialéctica y la melancolía religiosa. El padre conocía la filosofía racionalista y la teología popular del siglo XVIII, y se reunía en su casa con el pastor y teólogo luterano Jacob P. Mynster, primer educador de Søren e involuntario inspirador, años más tarde, de El Instante . Matriculado en teología en la Universidad de Copenhague en 1830, Søren terminó sus estudios en 1840, dos años después de la muerte de su padre (ya había visto morir a cinco de sus hermanos y a su madre), y en 1841 defendió brillantemente su tesis de doctorado sobre El concepto de ironía constantemente remitido a Sócrates .

Poco después rompió su noviazgo con Regina Olsen, de quien se había enamorado en 1837 (cuando ella no había cumplido aún quince años y él le llevaba diez) y con quien se había comprometido en 1840. Subrepticiamente, le devolvió en 1841 el anillo de compromiso con una carta de ruptura, que a pesar de los ruegos de Regina fue definitiva . No es difícil imaginar que un hecho de ese tenor podía ser escandaloso en la Dinamarca de esa época. Más asombroso es que en un coloquio en ocasión del 150º aniversario de Kierkegaard, organizado en París en 1964 por la Unesco, un filósofo como Jean Hyppolite se mostrara "irritado" por la actitud de Kierkegaard frente a Regina, lo cual indica hasta qué punto la vida y la obra del autor danés son inextricables. Se puede decir que Regina fue su "musa inspiradora" -no dejó de amarla nunca y siempre estuvo al tanto de su vida-, o también que las nociones que estaban generándose en el autor danés se pusieron "en acto" en el instante de la ruptura, que era un instante de decisión. O lo uno o lo otro: o bien contraía matrimonio con Regina, o bien respondía al llamado de transformarse en un autor religioso, y en tal caso Regina había sido un "señuelo", escribe en su Diario , que le había tendido Dios.

"Parecería casi que fueran necesarias dos individualidades en un hombre para que sea un hombre completo", escribe también en su Diario . Y fueron necesarias dos individualidades para que él llegara a ser un autor completo. Una de ellas adoptó en cada obra el nombre y el punto de vista de uno o más autores pseudónimos y debutó en 1843, con O lo uno o lo otro ("publicado" por Víctor Eremita, que a su vez "reproduce" los manuscritos de un joven esteta, A; el conocido "Diario de un seductor", atribuido a un tal Johannes, y las cartas que un personaje más anclado en lo ético le escribe al joven A) y la publicación simultánea, ocho meses más tarde, de Temor y temblor (firmado por el poeta Johannes de Silentio) y La repetición (firmado por el ironista Constantino Constantius). La estrategia de la pseudonimia, que dio lugar a una verdadera "comedia de autores" y al despliegue de una escritura pluriestilística (donde los relatos enmarcados, los diálogos, las cartas, las efusiones líricas y el discurso especulativo se responden en contrapunto) formaba parte del "método de comunicación indirecta" concebido por el danés, que afirmaba que la verdad no podía decirse a través de la comunicación directa y apostaba al equívoco, al malentendido, a la ironía y al humor para que su lector, su "contemporáneo", reflexionara en busca de su propia verdad, de su propia "subjetividad".

"Ser escritor: eso sí que me agrada. Si tuviera que ser sincero, debería decir que estuve enamorado del producir, pero con una aclaración: a mi modo", escribe Kierkegaard en El Instante . Y el modo de producir de su primera individualidad de autor, que "presta" su pluma a los pseudónimos, ese modo tan alejado del discurso sistemático hegeliano que es uno de sus blancos de ataque, lo transformó, a pesar de sí, en filósofo (o en "filósofo-artista", como Nietzsche). Basta con decir que en su obra pseudónima se acuña la noción de "existencia" y muchas otras nociones que retomarían Jaspers, G. Marcel, Sartre y, por supuesto, Heidegger. Y que, más allá de las "filosofías de la existencia", insiste si se lo echa por la puerta (como el socrático tábano sobre el noble caballo) para volver a entrar por la ventana. Deleuze retoma la categoría de la "repetición" kierkegaardiana en Diferencia y repetición y ejemplifica la noción de "personajes conceptuales" (en ¿Qué es la filosofía? ) con el Don Juan mozartiano de O lo uno o lo otro . Derrida vuelve a Temor y temblor (centrado en el "sacrificio de Abraham") en Dar la muerte y la "Antígona" de Kierkegaard (fragmento de O lo uno o lo otro que circula hoy, como pequeño libro, en nuestro medio) es esencial en Antígonas , de Steiner. La "angustia" y la "repetición" son nociones que Jacques Lacan revé expresamente en Kierkegaard y Alain Badiou le da una nueva vuelta de tuerca a su noción de alternativa ("o lo uno o lo otro") en Lógicas de los mundos , segunda parte de El ser y el acontecimiento que será publicada próximamente en español.

Los ejemplos podrían multiplicarse, como se multiplicaron, simultáneamente, la obra pseudónima del danés ( El concepto de la angustia , Migajas filosóficas , Posdata a las " Migajas filosóficas" , entre otros títulos) y su obra autónima. Esa es su segunda individualidad de autor, y ambas se desarrollaron tan prolíficamente que él calificaba su producción de "demoníaca" (el personaje "demoníaco" por excelencia es, en su obra, Fausto, con el que más de una vez se identificó en su Diario ). Además de su tesis doctoral y de sus escritos en periódicos y revistas, la obra firmada por Søren Kierkegaard está compuesta esencialmente por una cantidad apabullante de Discursos edificantes (sólo en 1843, año en que debutó su obra pseudónima, publicó nueve), que tienen por eje el Nuevo Testamento , y los textos que conforman El Instante , que fueron precedidos por un escándalo. No era el primer escándalo protagonizado por el danés. En 1945, descontento por una crítica al texto pseudónimo Etapas en el camino de la vida publicada en el periódico El corsario , había escrito un mordaz artículo de denuncia contra ese medio, que no tardó en atacarlo caricaturizándolo y presentándolo como objeto de mofa, con apodos como "el profesor o lo uno o lo otro" (apodo que recordará en El Instante ) o "el filósofo de los pantalones desiguales", frases que los niños -hasta entonces, sus interlocutores preferidos- le repetían por la calle.

Todos los protagonistas del incidente sufrieron sus consecuencias, especialmente Kierkegaard, que pensó en dejar de escribir pero dedujo, luego, que el escándalo lo señalaba como excepcional y debía luchar con más brío, contra la Iglesia establecida, en sus Discursos... Para él, el escándalo era una categoría existencial y religiosa (el "escándalo de la cruz"), como lo eran la paradoja (el Dios-Hombre, esa "pasión del pensamiento") o la contemporaneidad (no la histórica, sino la que se deriva de ser "contemporáneo" en Cristo), y sólo existiendo intensamente se podía pensar en las categorías existenciales, por lo cual el escándalo "en acto" lo conectaba con el escándalo infinito. En cuanto a sus Discursos... , escritos para ser leídos, buscaban ser tan inquietantes como el mensaje cristiano, en contraposición con los sermones "tranquilizantes" de los pastores, a los que calificaba de "funcionarios del Estado". Incluso al pastor Mynster, su "primer educador", que fue el conductor espiritual de Dinamarca durante medio siglo y murió el 30 de enero de 1854. Quien aspiraba a su sucesión, Hans L. Martensen, pronunció entonces el elogio fúnebre en el que calificaba a Mynster de "testigo de la verdad". ¿Cómo llamar "testigo de la verdad" a quien, tan alejado del mensaje del Nuevo Testamento, había vivido cómodamente y recibido honores en su brillante carrera?

Eso es, a grandes trazos, lo que Kierkegaard planteaba en un artículo publicado en el periódico F 153(unknown) drelandet , en diciembre de 1854, cuando ya había asumido sus funciones Martensen, que no tardó en responder. Tampoco Kierkegaard, que escribió prontamente otros veinte artículos, en el mismo medio y con el mismo tono provocador. El escándalo lo llamaba y, para desenmascarar la hipocresía de la iglesia establecida y "limpiar el aire", se sintió obligado -con idoneidad contra el deseo- a fundar su revista y "actuar en el instante". Cabe recordar que el "instante" es también una categoría existencial ("El instante es el equívoco en que el tiempo y la eternidad se tocan", escribe Vigilius Haufniensis, autor pseudónimo de El concepto de la angustia ) y añadir que, cuando Kierkegaard titula su revista El Instante , al final del primer número, aclara: "Sin embargo, no quiero que sea efímero, como tampoco ha sido efímero lo que he querido hasta ahora. No, fue y es algo eterno: del lado de los ideales contra las ilusiones". Del lado de los ideales del cristianismo y contra las ilusiones de una "cristiandad" que, como el Estado, es proporcional a las cifras, mientras que "el cristianismo es inversamente proporcional a las cifras, y cuando todos se han hecho cristianos, el concepto ´cristiano ha muerto".

Nietzsche anunciaría la "muerte de Dios" en los términos "sagrados demasiado sagrados" de Zaratustra , Kierkegaard denuncia el "crimen" de la cristiandad en términos "profanos demasiado profanos", teñidos de irreverencia, ironía y humor. Que a una entidad "tan razonable como el Estado" se le ocurra que lo humano puede proteger lo divino implicaría que "el Dios de los cielos carece totalmente de inteligencia, en especial de la alta inteligencia del Estado; es un pobre tipo de pocas luces de la vieja escuela con la ingenuidad suficiente como para pensar que cuando se quiere coser hay que hacer un nudo en el hilo". En cuanto a los pastores, funcionarios de tal entidad, necesitan "pescar" muchos cristianos (por ventajas pecuniarias, por poder) desde niños, lo cual "no cuesta nada; consigamos los niños, entonces les echamos a cada uno un chorrito de agua en la cabeza - y ya es cristiano" (para Kierkegaard, no se nace ni se "es" cristiano: "devenir cristiano" es la tarea de toda la existencia). También necesitan muchos discípulos, cuando Cristo -arremete- "era mucho más prudente. Por eso en tres años y medio consiguió once - mientras que un apóstol en un día, aproximadamente en una hora, consiguió tres mil discípulos de Cristo". La propagación (hay que "ganar" cristianos, algo que la historia se encargó de demostrar), la expansión y el poder vacían el mensaje del Nuevo Testamento, cuya dificultad reside en haber presentado todo "a gran escala" (incluso los equívocos y los extravíos) y en no haber previsto la "mediocridad, la estupidez" de la multitudinaria "cristiandad".

Huelga decir que esta crítica militante a la hipocresía religiosa va más allá del contexto en el que Kierkegaard combatía; más allá, también, de la religión, ya que no es difícil advertir que la hipocresía, la propagación, la expansión y el poder "vacían" la política de todo contenido, como el "deseo" de gobernar al que se refiere Platón y que abre El Instante . En ese combate dejó la vida Kierkegaard, que se murió "pataleando" -valga la irreverencia- el 11 de noviembre de 1855, un mes y algunos días después de su internación, período en que no quiso recibir a ningún miembro de la iglesia establecida, ni siquiera a su hermano mayor, que había abrazado la carrera de pastor. Sí recibió a su sobrino y a su amigo de toda la vida, Emil Bøsen, que tomó nota de sus últimos momentos y de su pedido de que se pusiera en su tumba la inscripción "Fue el Unico" (o el Individuo, o el Singular, según las traducciones). "No hay, en los mil ochocientos años de cristiandad, nada análogo, nada equivalente a mi tarea", escribe en El Instante , donde también dice ser el único en no llamarse "cristiano", ya que un cristiano es "aún más raro que un genio". Muchas anotaciones de su Diario permiten deducir que sí se consideraba un genio. En eco, en El Instante :

"Los genios son como los truenos: van contra el viento, asustan a los hombres, limpian el aire./ Lo establecido ha inventado numerosos pararrayos./ Y resulta. Sí, vaya si resulta; y resulta que la próxima tormenta será aún más seria."

Por María del Carmen Rodríguez
Fuente: La Nación