25 may. 2007

La última palabra - La muerte de Yan Huanyi

Radar, domingo 26 de diciembre de 2004

Yan Huanyi era la última china que hablaba el nushu, un idioma exclusivo de mujeres. Acaba de morir.

Por Marta Dillon

Cuenta la historia que en una comarca al sur de China, en Jiangyong, hace más de cuatrocientos años, las mujeres decidieron cercar su mundo privado creando una lengua que sólo ellas hablarían. Ni señas, ni murmullos, ni cartas llevadas bajo la enagua, mucho menos diarios íntimos que se escriben sólo para ser violados. Ninguno de los artificios del secreto era suficiente para legar de madres a hijas, de hermanas a amigas, el saber que las mayores acumulaban a lo largo de la vida con los otros, los hombres. Los hombres que les negaban la escuela, les retaceaban el aprendizaje del mandarín, las tomaban por esposas como se toma una tierra y plantaban sobre ellas su bandera para después dejarla ahí, ondeando en el desierto de un cuerpo que se deja de visitar porque, en definitiva, la tarea del conquistador es buscar nuevos territorios. Que ellos lo creyeran así: que se proclamen vencedores, que monopolicen la educación en las escuelas porque, total, ellas crearían su propia lengua, sus códigos secretos para bordarlos sobre las sábanas sobre las que los hombres dormirían sin saber qué cosas de ellos mismos les estaban siendo devueltas en esos diseños que se imprimían en sus cuerpos durante el descanso. O sobre los manteles en los que apoyaban los platos a la hora de comer. ¿Qué decía en el delantal de la señora de la casa que despertaba la sonrisa de la vecina? ¿Qué contestaba la vecina frente al impávido rostro del hombre de la casa? Cosas de mujeres habladas en lengua de mujeres en el único lugar del mundo en el que la resistencia de ellas generó un idioma hablado y escrito del que ya nada se sabrá porque el secreto se fue a la tumba de la última anciana que lo hablaba y escribía, hace apenas una semana.

Yang Huanyi había aprendido el nushu –idioma de las mujeres– de siete ancianas que antes lo habían recibido, cada una, de siete más. En esos caracteres estilizados Yang Huanyi, de quien no sabremos nunca la edad porque sólo la decía en nushu, había preparado la misiva del tercer día, la que las madres entregan a las hijas como deseo de felicidad para sus días de casadas. Pero ni las hijas ni las nietas entendieron el valor de su secreto, si ellas iban a la escuela igual que cualquier varón y poco les importó la desesperación de la abuela que tuvo que entregar a los otros –esos que todavía no pueden descifrarlos– los poemas, los consejos, hasta las pequeñas venganzas que sin duda se cobraban las mujeres que entre ellas decían lo que querían porque para ellas era la lengua que habían creado.

¿Qué cosas habrán perdido para siempre? ¿Qué saberes habrán muerto con la última mujer dueña absoluta de su lengua? Dicen que hay un hombre a quien Yang Huanyi se confió cuando nadie más quería escuchar las reglas de su secreto. Y este hombre dice que podría hablar en esa lengua, claro que no tiene con quién y entonces no sabremos si es verdad que puede. Si es verdad que aprendió algo porque nunca se comunicó con nadie en esa lengua y tampoco está dispuesto a hacer diccionario alguno, y de hecho ni siquiera puede decir cuántos años tenía Yang cuando se llevó con ella la lengua de sus mayores. No sabremos lo que vio o escuchó ese hombre, aunque seguro no es lo mismo que aprendió Yang de las siete ancianas que la educaron, porque en el momento en que él pronunció la primera palabra, si es que lo hizo, la lengua de las mujeres dejó de serlo y lo que él tenga para decir, en definitiva, será cosa de hombres.