13 may. 2007

El Borges de Bioy



Adivina quién viene a comer

Por Rodrigo Fresán

En “Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius” –uno de los mejores y más célebres relatos de Jorge Luis Borges– aparece Adolfo Bioy Casares y aparece la casa de Adolfo Bioy Casares y aparecen, en las primeras líneas, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares cenando y conversando sobre esas cosas que solían conversar y que, a menudo, acababan generando un cuento inolvidable y perfecto. Pero –al estar narrado en primera persona y por su autor– no aparece en el cuento la frase “Come en casa Borges”. Tampoco se lee “Como en casa de Bioy”. Se especula, sí, sobre la idea de un “planeta ordenado” latiendo en la voraz entrada de una enciclopedia que va creciendo a enciclopedia completa y que, insaciable, acabará devorándose todo nuestro mundo tal como lo conocemos.

En esa extraña enciclopedia de una amistad que es el Borges de Adolfo Bioy Casares –al que, no sé por qué, le hubiera deseado una foto de portada más “de madurez” que la demasiado “juvenil” por la que se ha optado– sí aparece la frase/mantra/slogan/loop “Come en casa Borges”. Más de 2000 veces. Y no me cuesta mucho pensar en este libro como en uno de los tomos perdidos pero igualmente famélicos de aquella enciclopedia alien. O como en una especie de Aleph con intereses muy puntuales al que no le preocupa contener todo el “inconcebible universo” sino –nada más y nada menos– que al universo de estos dos tipos comiendo con las bocas abiertas por carcajadas incontenibles.

Pocas veces me he reído más leyendo un libro y –dada su cantidad de páginas– pocas veces me he reído más, y punto. Puede definirse al Borges de Bioy Casares como una cruza de la Vida de Johnson de James Boswell con La conjura de los necios de John Kennedy Toole con una reescritura porteña de En busca del tiempo perdido a cargo de Bustos Domecq. Algo así.

Lo que no es el Borges de Bioy Casares –y me asombra haberlo oído varias veces por escrito o redactado en muchas bocas– es una traición al amigo o una revancha final desde más allá de la muerte. Un frankenstiano “Borges en calzoncillos” como alucinada y falsa creación del discípulo que apuñala al maestro. Otros, incluso, llegan a detectar una especie de maldad clasista en el modo en que el aristócrata Adolfito cuestiona las costumbres y modales del popular Georgie y lo contempla y lo examina y lo registra con la entre arrobada y asqueada fruición que otros dedican a los fenómenos de un circo freak. Puedo entender el enojo de María Kodama, pero no la indignación de estudiosos de Borges que, además, aseguran que la publicación de este libro no altera en absoluto los contornos biográficos del tótem de sus amores y desvelos. Cosa rara; porque abundan las imprevisibles strong opinions literarias que escandalizarían hasta al mismísimo Nabokov, los aforismos instantáneos como “No hay mayor error que llamar intelectuales a los escritores”, los escatológicos animosos compuestos in situ que harían ruborizar a Jaimito, o los chismes entre arrabaleros y palaciegos. Me han sorprendido también los que lo han tildado de aburrido y monótono. Por el contrario, a mí este Borges me pareció hipnotizante y hasta peligrosamente adictivo.

Lo de antes: pocas veces me divertí tanto consumiendo este libro, que ocupa buena parte de la mesita de luz, en dosis homeopáticas, antes de dormirse, como debe hacerse, como también se hace con la Biblia o con el I-Ching o con Las mil y una noches o con cualquier texto sacro cuyo tema es el modo en que la sabiduría divina en ocasiones desciende a convivir entre los mortales ignorantes, y pocas veces esperé con mayor ansiedad otro enfrentamiento entre las diferentes facciones de la SADE, una renovada y desopilante y destructiva percepción del supuesto genio y figura de Ernesto Sabato, una actualización del examen in progress de estos dos “especialistas” en cuanto a la situación política del país, o una nueva aparición de la inefable señora Bibiloni de Bullrich: heroína secreta de Borges que –de haber existido– alguien debería investigar a fondo y dedicarle la nota de tapa de este suplemento.

El Borges de Adolfo Bioy Casares es, también, un libro importante y único e irrepetible.

Y tiene una última pero no por eso menos interesante utilidad: nos permite averiguar qué día de la semana fue el de nuestro nacimiento (me entero por primera vez que el mío tuvo lugar un jueves) a la vez que informarnos qué hacían estos dos tarambanas mientras nuestra madre aullaba y pujaba y todo eso. Busco y encuentro y descubro que ese mediodía no almorzaron juntos y que Bioy recién se lo encontró en una comida de la revista Sur donde están todos (pero, ay, no aparece Bibiloni de Bullrich) y Victoria Ocampo afirmó que: “A mí me revienta venir de noche”. Al caer el sol, todo ha vuelto a la normalidad. Leo: “Por la noche, como en casa; escribimos, ya un poco enloquecidos, la visita a Bonavena”.

Bioy se refiere, claro, al cuento “Una tarde con Ramón Bonavena” de H. Bustos Domecq.

Sonrío feliz y satisfecho y, un poco enloquecido, cierro los ojos.

Afuera, entonces, Tlön sigue devorándoselo todo y el ojo sin párpado del Aleph los mira sólo a ellos.


Argentina: “La gente dice: ‘Hay que poner el hombro’. Quiere decir: ‘Hay que poner el culo’”.

Equívocos: “La gente no entiende las cosas más sencillas. Los otros días dije que en Buenos Aires comemos canelones o ravioles como la cosa más natural; si en cambio nos sirven empanadas, se las comenta, etcétera. Mis oyentes creyeron: a) que no me gustaban las empanadas; b) que estaba en contra de lo argentino”.

Baudelaire: “¿La fama de Baudelaire? La cursilería gusta. Qué triste llenar la literatura de almohadones y muebles y mostrar la maldad como meritoria. Baudelaire es la piedra de toque para saber si una persona entiende algo de poesía, para saber si una persona es un imbécil; si admira a Baudelaire, es un imbécil”.

Shakespeare: “¿Shakespeare es la cumbre del espíritu humano? Mejor no traducirlo; mejor no mirarlo de tan cerca; acabaremos por despreciarlo. ¡Qué dificultad tiene para contar las cosas más simples! ¿O estaba tan acostumbrado al estilo grandilocuente que no podía decir nada con sencillez?”

Goethe: “Según Borges, Clemente afirmó de Ghiano: ‘Como descubrió que no puede escribir bien, escribe mucho’. BIOY: ‘Es una resolución que toma mucha gente’. BORGES: ‘Goethe, por ejemplo. Tiene tantas obras que si señalás alguna como pésima, el interlocutor siempre tiene otras para alegar’”.

Horacio Quiroga: “Hasta Elsa se dio cuenta de que escribía muy mal; uno de sus cuentos empieza con las cosas que un hombre acostumbraba hacer; pero es tan bruto el autor que después, cuando una víbora lo pica y el hombre muere, parece que eso pasaba todos los días, que era parte de la rutina”.

El Quijote: “Habla de un capítulo que habría que agregar al Quijote, un capítulo que Cervantes cuidadosamente evitó: Quijote se pasa la vida peleando, pero no mata a un hombre. ¿Qué pasaría si matara a alguien? ¿Enloquecería del todo o se curaría de la locura? ¿O entendería que su locura fue simulada? Sancho se entusiasmaría; le diría que ha matado a un caballero de nombre impresionante; Quijote, con tristeza, le replicaría que no, que mató a su vecino fulano de tal, hijo de tal y casado con tal; y que haberlo matado es horrible”.

Sabato: “Al enérgico mal gusto, la desenfrenada egolatría, la sincera preocupación por el propio y continuado triunfo, hay que agregar la melancolía porque éste no sea mayor y el entusiasmo con que acoge los modestos productos de su mente activa y mediocre”.

Bioy: “Traducimos Macbeth (le tomamos el gusto). Yo suelo pronunciar Mácbeth. Borges me corrige: Macbéth y burlonamente observa: ‘Todos los alumnos cometen el error’”.

María Kodama: “¿Sabés a qué mujeres admira María? A Medea y a Lady Macbeth. ¿Y a qué personajes de la Historia argentina? A Rosas y a Quiroga. Tal vez debería dejarla, pero sé que me dejaría crying for the Carolines. Estoy siempre deseando estar con ella y, cuando estamos juntos, deseo que pase el tiempo de una vez y se vaya”.

Mujica Lainez: “No parte de una situación o de unos personajes. Parte de una situación que no es nada. Por ejemplo, una vieja que vive sola en una quinta. Después agrega episodios que le divierten, homosexualidad, porque es moderna, algunos muchachos que él conoce, la historia de ese príncipe portugués que fue al baile y que nadie se le acercaba porque no sabían cómo tratarlo, si de Alteza, Monseñor o Señor y que al final se quebró ese hielo y conoció a le tout Buenos Aires. Yo creo que escribe novelas porque es chismoso. Después el lector se pregunta lo que quiso decir el autor, y es precisamente lo que el autor nunca supo”.

Juan L. Ortiz: “Una personalidad tenue que está imponiéndose es la de Juan L. Ortiz. No pasa un día sin que me lo nombren. Yo creo que ya es inexpugnable. Si escribís versos en líneas muy cortas, de estilo alusivo y delicado (aunque personalmente uno sea tan grosero y bruto como Molinari) y si te afiliás al Partido Comunista, entonces no te sacan ni a patadas”.

Oliverio Girondo: “Cuando Oliverio publicó un libro con el título Veinte poemas para ser leídos en el tranvía nos sorprendió mucho. Nos preguntamos: ¿por qué sale con esa españolada? En Buenos Aires decíamos tranway; los malevos, trambay. Los españoles decían tranvía, como finalmente decimos todos ahora. Después nos acordamos de que Oliverio tenía un individuo que le corregía lo que escribía: le ponía comas, le suprimía galicismos. Sin duda sería un español”.

Puig: “Traducimos Macbeth; en el proceso, varias veces me duermo y sueño. Me pregunta quién es Puig. BIOY: ‘El autor de Boquitas pintadas’. BORGES: ‘¿Y Norman [di Giovanni] es amigo del autor de un libro que se llama Boquitas pintadas?’”.

Bibiloni de Bullrich: “Me cuenta que la señora Bibiloni supo que alguien había ganado el premio mayor de la lotería; y al enterarse de que la persona no tenía un vulgar décimo sino el billete entero, comentó: ‘Qué inteligente’.”

Ortega y Gasset: “Ortega y Gasset dice que la épica es el género que trata de otros tiempos y que es completamente ajena a nuestras vidas. A la suya, querrá decir. Qué falta de imaginación. Cómo no ve que hay continuamente épica en la vida; cómo no la descubrió en la Guerra Civil Española”.

Xul Solar: “Xul ha inventado ahora unos dados que, al ser arrojados, crean frases: qué idea miserable. ¿Por qué no piensa en vez de inventar medios mecánicos de pensar? Cuando no lo impresionaba a mi sobrino tuve la convicción de que eso era una piedra de toque; yo había estado toda la vida embromando con las invenciones de Xul; ahí se veía que no podía engañar a un chico”.

José Bianco: “Le leo el primer capítulo de La pérdida del reino de Bianco. BORGES: ‘Todo ha de ser real, pero nada lo parece. Una persona no va a inventar esas trivialidades; las recuerda. Los nombres también son increíbles: Bentham, Velázquez, Luisa Doncel, Placer, Rufo, Rufino. Trivialidades así no son suficiente estímulo para escribir’. BIOY: ‘Tampoco para leer’”.

Literatura femenina: “Borges le dice a Silvina: ‘Llegó una carta, de una profesora, de nombre español, de una universidad norteamericana. Dice que se ha especializado en literatura femenina latinoamericana y que dará una conferencia sobre vos y Norah Lange. Que se especialice en literatura femenina no está bien. ¿Qué importa que sea femenina? ¿Por qué no de autores con ojos azules?’”.

Catolicismo, comunismo, surrealismo: Como decía Borges la otra noche, las dos primeras doctrinas permiten, por lo menos, la redacción de libros; los franceses parecen no haber advertido que el surrea-lismo, valga lo que valga la teoría, impide en la práctica la producción de páginas legibles.

Enrique Larreta: “Leónidas de Vedia aseguró que Larreta se había repuesto de su enfermedad, que era de nuevo él mismo. De nada le sirvió entonces la enfermedad... Vedia lo elogió por estar interesado en cuanto ocurría en el país. Nunca lo estuvo: fue franquista y medio peronista, sólo estuvo interesado en su vanidad”.

Sexo: “Dios, al crear los animales, cuando llegó al sexo debió de estar cansado: servía también para orinar y estaba al lado del culo”.

Las damas de la sociedad: “Todas estas personas que uno ve como tan distintas de Mirtha Legrand, no son tan distintas. Tienen mejores modales”.

Brasil y los negros: “Me preguntaron si me gustaba el Brasil. Les dije que no, porque era un país lleno de negros. Eso no les gustó nada. No se puede decir nada contra los negros. El único mérito que tienen es el de haber sido maltratados y eso, como observó Bernard Shaw, no es un mérito”.

Los fragmentos están extractados de diversas entradas del Borges de Adolfo Bioy Casares (Destino)


La fiesta de los monstruos


Por Alan Pauls

“Come en casa Borges.” La frase –simple, transparente, apenas matizada por una predilección sintáctica, como le gustaba a Adolfo Bioy Casares que fueran las frases y la literatura– es el mantra, el talismán, la contraseña feliz que brilla y se repite una y otra vez a lo largo de las 1650 páginas de Borges, el diario en el que Bioy registra con maníaca constancia los cuarenta años de la amistad más conspicua de la literatura argentina. Cada vez que leemos “Come en casa Borges” adivinamos la fruición, la perfidia, el entusiasmo casi escolar con que Bioy debía celebrar las visitas de su amigo: primero cuando se las anunciaba a su mujer, Silvina Ocampo; después, por las noches, antes de acostarse, cuando transcribía los pormenores más ínfimos de lo que habían conversado durante la cena. Porque Borges y Bioy pueden salir, visitar a otros amigos, viajar, asistir a eventos culturales, a entierros, a reuniones literarias, pero es en la conversación –género verbal y espacio íntimo– donde se mueven como peces en el agua y son como quieren ser, como no les importa ser, como serían siempre si las etiquetas de clase, las reglas del decoro y las obligaciones sociales no los amordazaran. En la conversación, el infierno que son los otros deja de ser un límite, un llamado a la mesura, y se convierte en lo peor, o lo mejor, que un par de forajidos de la maledicencia como Borges y Bioy pueden tener a su alcance cuando están juntos: un tema; es decir: un objeto de goce supremo. Tan supremo como un cuello joven para un decapitador medieval.

Esa dimensión conversacional es uno de los primeros anacronismos que sorprenden en estos diarios. (Otro, menor, del que parecen separarnos siglos, es la increíble, adánica cantidad de tiempo libre que tenía Bioy Casares, que además de su obra literaria, nada escasa, sus viajes y sus conquistas amorosas, menos escasas que su obra, podía darse el lujo de llevar un diario con la regularidad de un cucú suizo.) Hoy, convertidos en “personajes”, los escritores charlan en público entre sí, o con críticos, o periodistas, o editores, y exponen su competencia verbal en arenas tan dispares como ferias del libro, coloquios, homenajes, periódicos, programas de radio o de TV. No sé qué se imagina la gente que hacen cuando están en privado, pero seguro que charlando no. Para Bioy y Borges, en cambio, que conocieron la pompa mediática pero nunca terminaron de sintonizar del todo sus códigos, la conversación –como la habitación de burdel para el burgués del siglo XIX– lo era todo: confianza, intercambio, perversión y, sobre todo, laboratorio secreto de una maldad desenfrenada. Los amparaba una larga, prestigiosa tradición de dúos parlantes: Boswell y el doctor Johnson, por supuesto, pero también Goethe y Eckerman, Kafka y Janouch, Walser y Seelig... Sólo que Borges y Bioy van mucho más lejos. Como sus antecesores ilustres, hablan de literatura, glosan versos, debaten grandes ideas, pero el plato fuerte que los pierde es el chisme, el ejercicio sarcástico, la risueña denigración, obras maestras de una pequeñez más digna de una peluquería de barrio o de la mundanidad viperina de Andy Warhol que de la noble tradición del siglo XVIII inglés.

La pregunta es: además de la confirmación de que Bioy y Borges eran unos reverendos mandarines de la hipocresía, ¿qué hay de realmente novedoso en la dilatada salida del closet que consignan estos diarios? No, sin duda, el gusto borgeano por la injuria. Ya eran vox populi el pulso y la puntería con los que Borges –con su fragilidad, su bastón, su ceguera, sus tartamudeos encantadores– practicaba tiro al blanco con sus enemigos (en primer lugar el peronismo, bête noire que no cesa de desafiar al tiempo cambiando de forma; después los comunistas, el psicoanálisis, la literatura de vanguardia, la vulgaridad, etc.). No sabíamos, en cambio, hasta qué punto los empleaba también con sus amigos, con los colegas que en público decía respetar, con los escritores cuyos libros prologaba, con los poetas cuyos versos citaba de memoria, con las mujeres de las que confesaba estar enamorado. (Su madre, protegida aun por Bioy, es la única que sale indemne de las 1650 páginas.) Y sin duda no sabíamos la venenosa complicidad con que lo acompañaba Bioy, en cuya reserva –mucho más genuinamente de clase que la de Borges– detectábamos hasta ahora señales no tanto de rencor o de saña –afectos demasiado “sucios”– como de la indiferencia que podía suscitar en cualquier señorito de la pampa húmeda argentina todo lo que no fuera él, todo lo que no fuera como él. Borges es la crónica minuciosa de una alianza absoluta, sin margen para la disidencia (es Silvina Ocampo, mujer y rara, culpable de una literatura decididamente excéntrica para el credo límpido de Bioy y Borges, la que cada tanto se atreve a ensombrecer los acuerdos masculinos con un reparo o un silencio), fundada a la vez en el pudor extremo (no hablar explícitamente de sentimientos, de sexo, de nada que resulte demasiado privado incluso para la conversación privada) y en la desvergüenza extrema (hablar con todas las letras de todo lo que se opone, obstaculiza o simplemente afea el horizonte estético-ideológico de la célula amistosa).

En rigor, esa especie de pacto de sangre ya había dado y publicado algunos frutos, sólo que en el terreno de la ficción: la obra excepcional, aunque esporádica, de H. Bustos Domecq, seudónimo que Borges y Bioy habían formado acoplando algunos apellidos familiares de segunda línea y usado para firmar una serie de relatos barrocos, brutales, a la vez obscenos y políticos. (En “La fiesta del monstruo”, quizás el más célebre, publicado como un panfleto clandestino durante el primer peronismo, una muchedumbre que rumbea hacia una manifestación se distrae un poco y carnea a un transeúnte judío con un cortaplumas.) Más que un alias literario, Bustos Domecq era un nombre de guerra. Les permitía escribir, en una lengua que contradecía al máximo la pureza patricia de la que practicaban, todo lo que sus identidades oficiales de escritores les prohibía escribir. Nacido a principios de los años ‘30, al calor de un folleto publicitario sobre el yogur escrito a cuatro manos en la estancia láctea de la madre de Bioy, ese alter ego permisivo y escatológico es sin duda el precursor ficticio de la extraña bestia de dos cabezas que Borges y Bioy forman en estos diarios. Porque Borges, en efecto, es una feria de infamias joviales organizada por un par de truhanes que sólo saben dos cosas: que no los escucha nadie y nadie los castigará. Más que agresivo, hay algo profundamente infantil, casi enternecedor, por ejemplo, en el trance conjunto que los transporta cuando resuelven con trampas y bajezas problemas “serios” de traducción o de edición (es el caso de la famosa antología Cuentos breves y extraordinarios: “Contemos nosotros el episodio”, propone Bioy cuando no encuentran la fuente de una leyenda india, “y se lo atribuimos a un autor cualquiera”), en la despreocupación con que bajan de un hondazo a los mejores poetas para reemplazarlos por burócratas ilegibles (Oliverio Girondo por Arturo Capdevila o ¡Menéndez y Pelayo!), en las regocijadas palizas que propinan a los intocables (Shakespeare es un “amateur, the divine amateur”, Goethe, “el mayor bluff de la literatura”), en el deleite de mezclar lo sublime (Quevedo) con lo bajo (los pedos, los pedos como “reclamos de putos llamando a putos”), en el epíteto monomaníaco (la frase “Es un bruto” le sirve a Borges para descalificar cualquier cosa, desde escritores hasta presidentes), en la renovación jocosa de estereotipos verbales (“En menos que... trepa un cerdo/ suda un negro/ caga un feo/ nace un chino/ tarda un rengo/ mira un tuerto”), y en la misoginia, el racismo y todas las subespecies de la incorrección política que dos niños modelo ejecutan sobre unas criaturas de arcilla teniendo en mente todas las personas reales que la vida adulta o diurna los obliga todos los días a saludar, a sonreír, a elogiar.

Sólo hay dos momentos fuertes en que Bioy parece tomar distancia de su amigo y, como si el pacto que los une quedara en suspenso o él hubiera madurado de golpe, lo contempla desde afuera. Uno, cuando nombra la condena boswelliana que pesa sobre él: ser “el discípulo o alter ego de Borges”, que “me cocina y me sumerge en la comparación”, “nefasta para la difusión de mis libros y para que se me tome en cuenta como escritor”. (Pero si Bioy fuera algo más que un Boswell brillante, lo que ya es mucho decir, ¿por qué su diario “sin Borges”, Descanso de caminantes, parece, al lado de éste, de una fatuidad mediocre y sin consuelo?). El otro momento es cuando está en juego la vida sentimental de Borges, desdichada, irremediable, capaz de suscitar en Bioy, un profesional de la prescindencia, uno de los pocos impulsos “intervencionistas” que se permite a lo largo del diario. Y está por supuesto la bella escena del final, con Borges en Ginebra, separado del mundo por el cerco de María Kodama, muerto, y Bioy en Buenos Aires, enterándose de la suerte de su amigo en la calle, por boca de alguien a quien ni siquiera conoce. “Pasé por el quiosco”, escribe. “Fui a otro de Callao y Quintana, sintiendo que eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges.” El resto es risa pura, la risa de los dos escritores argentinos con los que desapareció otro anacronismo crucial, que todavía no sabemos si seguir deplorando o ponernos a añorar: una vida privada. La risa de dos monstruos que se dan la gran fiesta a espaldas del planeta entero, entregados a una especie de revanchismo ligero, homeopático, ni siquiera violento, que sabe que cuenta con todo el tiempo del mundo porque mañana, una vez más, “Come en casa Borges” y todo volverá a empezar.


Borges, una región fuera de alcance


Por Rodolfo Rabanal

Leonor Acevedo de Borges, ya anciana, comenta una tarde a Bioy su desconcierto histórico ante la singularidad de su propio hijo: “Me siento como una gallina que tuvo un pato...”. El gracioso ingenio –bruto y certeramente criollo, en este caso– es uno de tantos que añaden diversión, y hasta hilaridad, al valor de este libro abundante, legado póstumo de Bioy Casares a la memoria de una amistad privilegiada.

Leí el libro en el mes de enero durante lo que podríamos llamar una sentada de treinta días, porque este diario de Bioy al servicio de Borges prometía deslumbramientos secretos, observaciones inesperadas, confesiones hasta entonces inéditas y tal vez –cómo no– una revisión casi cruel de la literatura argentina de la mayor parte del siglo XX. Lejos de la decepción con que, en algún grado, toda expectativa nos traiciona, el diario colmó mis anhelos de lector y sus colosales mil seiscientas páginas, que al principio me habían desanimado, presentaron para mí el atractivo de una novela de suspenso, arrasada por momentos de melancolía, pródiga en revelaciones diversas (la fauna literaria de la época ofrece un plato muy especial) y viva en la pintura de situaciones y retratos de personas del entorno de Borges y Bioy.

Después de la última página, dos cosas por lo menos parecen ahora evidentes. La primera es que Bioy tuvo el mérito de descubrir, quizás antes que nadie y a una edad temprana, que el talento de Borges no mostraba fisuras. Más aún, que era único en su medio. La segunda es que este descubrimiento fomenta de su parte una amistad próxima a la devoción. El amigo, quince años mayor, es también un maestro que desliza la posibilidad de que él se sienta un discípulo. En términos paradigmáticos y utilizando acaso una figura desmedida, Bioy es un Platón, un Jenofonte, un Alcibíades, y Borges, naturalmente, un Sócrates nacido para el elogio y el retrato.

Durante cuatro décadas y algo más, Bioy toma nota de cuanto dicen él y Borges en las frecuentes comidas semanales en casa del primero. Sólo un apego muy grande y el convencimiento inalterable del genio del interlocutor harían posible, explicable, esta vasta, cuidadosa y casi taquigráfica transcripción de esas charlas. Me pregunto cómo haría para llevarla a cabo. ¿Tomaba notas mientras hablaban, inmediatamente después, al día siguiente? La diosa Memoria debió inspirar a Bioy como lo hizo con Eckermann en sus entrevistas con Goethe, o con los discípulos de Wittgenstein en Cambridge. Hay, hacia el año 1960, una sospecha de Borges –una presunta sospecha, acaso una astucia– sobre el diario secreto de Bioy, cuando desliza una referencia especular sobre La vida de Johnson escrita por su amigo Boswell mientras Johnson ignoraba que lo estuviese haciendo. “¿Sabría Johnson –se pregunta Borges, mientras lo registra Bioy– que Boswell estaba escribiendo la Vida?” Y en esa misma entrada, después de la cita de Borges, Bioy se pregunta a su vez si Borges sabrá que él, Bioy, está escribiendo este diario, esta otra Vida, si tendría curiosidad de leerlo, si sería capaz de hacerlo. He ahí el espejo en que ambos se proyectan sin que medie confesión alguna.

A medida que corren las páginas y los años, llaman la atención las molestias que se toma Borges en demoler a sus colegas con opiniones reprobatorias. Critica en las comidas con Bioy libros, pasajes de libros, poemas publicados los domingo en La Nación, actitudes, partidismos políticos, discursos, gustos. Incluso Bioy parece obligado a moderar sus propias preferencias si éstas no coinciden con las de Borges. Uno intuye que lo protege y se protege a sí mismo en beneficio de una concordia que ya no puede faltarle a su vida. Es confusa y ofuscada la relación de Borges con Arturo Capdevila, con Mastronardi, Bianco, Wilkock; no lo es con Victoria Ocampo, a quien directamente detesta; tampoco respeta a Roberto Arlt, que le parece “un ignorante que habla como un extranjero y no sabe nada, ni escribir”, aunque admite que El juguete rabioso es superior a Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes, por quien profesa un cariño familiar y recuerda como una excelente persona pero que, en fin, es un escritor pésimo. A Ernesto Sabato, por ejemplo, parece no perdonarle el mismo hecho de ser Sabato. Sencillamente, lo exaspera, tanto –aunque un poco más– como lo exaspera Francisco Bernárdez. No hay piedad para el Olimpo anhelante de las letras argentinas, un Borges exterminador desbarata las argumentaciones aparentemente más sutiles y las desnuda hasta el ridículo. El lunes 9 de noviembre de 1959, Adolfo Bioy Casares anota la siguiente entrada: “Come en casa Borges. A veces he observado que algunos de sus interlocutores, aceptando que él sabe más y que piensa mejor, aguardan un poco aterrados su veredicto –la aprobación o la condena– siempre imprevisible, porque está formándose en una región fuera de alcance”. En efecto, Borges, que con una estratégica prudencia jugó a dudar de sí mismo, jamás vaciló a la hora de aplastar una reputación literaria que le pareció falsa, endeble, impostada. Como no vaciló nunca a la hora de enredarse en amoríos infortunados. En ese terreno, la ironía cruel tiende un arco perfecto entre los dos amigos: uno habla de amor y de mujeres, el otro calla y es amado por las mujeres. En política, en cambio, van de la mano, si bien Bioy es menos vehemente y más indiferente que Borges. En este diario, donde el registro del diarista es certero y honesto, no abundan los eufemismos ni los cuidados retóricos. Borges odia a Perón como sus abuelos odiaron a Rosas; políticamente incorrecto, aparece regocijándose en aberraciones: le desagradan los negros –de manera rara, insistente–, detesta a los homosexuales, le parece feo el tono “italiano” en el habla de la clase media baja de Buenos Aires y cuando surge Frondizi en la política nacional teme que lleve al país al comunismo, mientras aguarda, desesperanzadamente, que caiga del cielo una dictadura ilustrada. Esas son, al fin, las sombras del genio que Bioy no oculta, seguramente porque a pesar de ellas el genio vive, como una sorpresa permanente, en los laberintos de su inteligencia impecable.

Si la obra de Borges no existiera, si todo lo que de él supiéramos se limitara a un número disperso de anécdotas y a unos pocos jirones desgarrados de citas y fragmentos acaso inexactos, este libro póstumo de Bioy Casares –un gigante de aproximadamente mil seiscientas páginas– nos comunicaría la necesidad fantástica, y absolutamente borgeana, de inventarla. Porque, en algún sentido, este diario de Bioy al servicio de Borges evoca la devoción platónica reconstruyendo a Sócrates, esa persona única que, en ambos casos, se transforma en el interlocutor privilegiado, en el maestro irremplazable y en el amigo infalible de toda una vida.

Y diría que hasta nos exhorta a recomponer la persona viva –vacilante, colérica, obcecada– de un Borges cotidiano al que exasperan la mediocridad y la ignorancia, el mal gusto y el error y que no se priva, cuando cuadra, de la malignidad y el chiste obsceno, del sarcasmo y el repudio de quienes se proclaman paradigmáticos y sabios.


Macanas fritas


Por Luis Chitarroni

La indignación provocada por la amistad de Borges y Bioy, ventilada en el diario de este último, hace pensar que la vida de los ciudadanos de nuestro país es de una intensidad y una discreción envidiables. Nadie lo diría, viendo asomar en crónicas y libros de ficción banalidades de todos los tamaños, pero, como escribió el poeta mexicano (para mí hay uno solo: Gerardo Deniz), “han votado que el mundo es plano, Rúnika: hay que joderse”. Es cierto que en el mamotreto de Bioy hay espacio para los desvaríos menos útiles, de esos que suelen divertir sólo la bobería de las personas muy inteligentes –tonteras a raudales, malignidades costumbristas, niaiseries en serie–, es cierto que el tratamiento a los colegas y amigos no los hace muy leales (llamar a Bianco y a Pezzoni sonsos, por ejemplo), pero cierto es también que la obra magna es el único manual completo de edición que se haya publicado hasta la fecha en el país, una especie de museo y mausoleo en papel, que lleva mucho tiempo leer, pero al que le debemos como lectores eterna gratitud.

Para ello basta revisar a simple vista el largo catálogo de observaciones geniales, escrúpulos, prejuicios, terquedades, agudezas, astucias, etc., que entre sus dos tapas este copioso volumen encierra. Cualquier lector más o menos frugal de Bioy y Borges podrá notar el obstinado ejercicio de crítica que impone un libro para el que ni siquiera Shakespeare ni Dante son enteramente satisfactorios. El tema puede ser tocado con ligereza, pero presumo que nadie lo hará más ligeramente que yo, de modo que embisto sin recaudos.

Si los grandes autores de las grandes literaturas son muchas veces vapuleados en este largo –tal vez excesivamente largo– ejercicio continuo de literatura, es porque estamos lejos de esas dos instituciones que instauraron las taras del relato argentino: el salón literario y el taller de escritura. En el escritorio o en la cocina, Borges y Bioy se dan los gustos que exigen a veces ambientes mucho más relacionados con el saber.

Allí, nada de lo que es estrictamente literario se da por sentado; así, toda autoridad invocada es una autoridad cesante. Por lo menos hasta que la argumentación, o el corto simulacro de diatriba, dé paso al próximo, al siguiente. La abundancia de ejemplos impide que quien comenta haga abuso de ellos, en pos de una observación general, menos teórica e indignada que las que han aparecido hasta la fecha. Sin embargo, para abundar: la comprobación de que dos libros tan diferentes como Mr. Byculla, de Eric Linklater, y The Catcher in the Rye, de J.D. Salinger, puedan leerse (y admirarse) contemporáneamente (con cortesía, Bioy calla el elogio del segundo) en 1953; que La versión de Browning, de Rattigan, Asquith, Redgrave, y Ladrones de bicicletas, de De Sica puedan ser comparadas, y la primera le gane –Borges juez– a la otra: la realeza académica por encima del realismo peatonal.

Con la misma desazón y el mismo remordimiento con que Groussac desesperaba de un país en el que Lugones era considerado un helenista, Borges desespera de un país que considera a Herrera y Reissig un clásico. Parodias desde el palco, bellas emulaciones.

Por momentos, en ambos, en las dos bes de este game with shifting mirrors, se impone el deseo de corregir. Como con el peronismo no fue posible, desearían hacerlo con antecesores y “amigos”. Corregir, sí, la grosería de Lugones, corregir la banalidad de Sabato, su repertorio de diálogo reducido a lo anecdótico. Y en el medio, claro, las revisiones, las contratapas (relacionadas, curiosamente, con la digestión), los pecados editoriales (publicar un libro de Josephine Tey sin haberlo leído), la salida repentina para salvar las papas: un crítico inventado que prodiga, con sintáctica elegancia, elogios vacuos. De vez en cuando, Silvina refunfuña por la presencia demasiado asidua del amigo. Al amigo se lo deja siempre “en su casa”; a otros –a Wilcock, por ejemplo, o a Bianco–, en una esquina. Entre señoronas que se recuerdan como desde un vasto crepúsculo, por rehogar el lugar común, proustiano, Borges rescata a una Elva de Lóizaga que diagnosticaba, cuando le parecía que el diálogo del amigo perdía el rumbo: “Macanas fritas”.

Macanas fritas, sí, algunas de las que se hablan en este libro. Pero otras no. Muchas ordenan y sistematizan el pensamiento crítico y los prejuicios de dos de los mejores que escribieron en el idioma de los argentinos. Muchas amistades han compuesto, a partir de diarios unilaterales o epistolarios, animales asimétricos o bifrontes: Durrell/Miller, Wilson/Nabokov, Larkin/Amis. El animal que Borges y Bioy engendraron no exige jaula ni cuidados especiales, sólo lectores dispuestos a no moralizar acerca del narcisismo, que es uno de los pocos temas de los que Borges y Bioy se abstienen de moralizar.

El Borges de Bioy procura, en la cantidad de tiempo que el lector le exija, una novela profusa, prolija. Si por momentos decepciona, no tiene en eso más culpa que el curso del tiempo en nuestras vidas. Produce sí, en quienes quisimos que este libro existiera, supimos luego que existía, agradecemos hoy que exista, una perplejidad abismal: “¿Es eso la vida literaria, es eso la amistad?”. Preguntas a las que podemos responder, con todas las cautelas que implica el ejercicio subjetivo de decidir: “Sí, ni más ni menos que eso”.

Hay maneras de leer este libro, dándose un gusto y sacándole provecho, para hablar claramente, y maneras de no leerlo. Pero hay una de leerlo que es casi peor que las de no leerlo: la que acata el aviso sombrío de una colonia de opiniones sin vuelo. En algún momento, los dos que fueron Bustos Domecq se refieren a las creencias de Guillermo de Torre, a menudo inmo-dificables. El buen hombre creía, por ejemplo, que Conrad era un narrador de aventuras como Salgari. Hasta que la crítica francesa no lo exaltó, no hubo caso. Y “lo que menos hubiera alterado su opinión”, dice Borges, “hubiera sido leerlo”.

Que no pase, en este caso, lo mismo.


Vida privada de la tradición


Por Juan Villoro

Eliot comentó que al escribir sobre Shakespeare sólo podemos aspirar a equivocarnos de nueva manera. Algo parecido ocurre con Borges. El diario en el que Bioy Casares registra medio siglo de amistad con el maestro llega como el rayo verde en un paisaje marino: un deslumbramiento impreciso que invita a equivocarnos otra vez.

El primer signo saludable de Borges es que dificulta la beatificación borgeana: dos irresponsables hablan mal de todo mundo con espléndido sentido del humor. Aunque a veces Borges se abstraía en el estudio del islandés, llama la atención su chismosa inmersión en la vida literaria de su tiempo. El diario normaliza a su protagonista casi hasta el agravio, o lo muestra de golpe como un chiflado que orina en el piso y no advierte que está en pelotas en la playa.

Borges se burla sin miramientos de las señoras de falsa cultura y los absurdos colegas que cortejan la posteridad, pero también de sus amigos cercanos y sus novias. Con frecuencia, habla pestes en privado de quienes elogia en público. Más allá de la mala educación o la hipocresía que implican estas salidas de tono, el diario parece menos animado por el afán delator que por configurar un temperamento en la intimidad de sus contradicciones. Obra ajena a todo afán de autoayuda o superación personal, Borges niega la corrección en sentido moral (lo edificante) y la ejerce en sentido técnico (lo mejorable). Aunque merezca cargos de incongruencia, insensatez y capricho, el Borges del diario refleja una condición esencial de la literatura: toda voz que aspira a ser distinta lucha con las demás (de las que secretamente depende, pues le sirven de blanco y modelo). Esta idea agonista de la cultura, tan cara a Harold Bloom y al Borges de “Kafka y sus precursores”, supone una oposición a la mediocridad ambiente, pero sobre todo una puesta en duda de cualquier forma de escritura. Las opiniones sobre los fracasos de Goethe, las limitaciones de Shakespeare –¡ese amateur!– y las caídas de Homero serían eminentes pedanterías en un ensayo. Tomadas como ocurrencias en el discurso privado, pertenecen al boxeo de sombra imprescindible para conformar un criterio. Se trata de un ejercicio necesario y a fin de cuentas inofensivo: “Todas esas polémicas literarias son como efusiones de sangre en el teatro: después nadie muere”, comenta Borges. Es difícil encontrar un libro que celebre tanto la literatura y al mismo tiempo se acerque a las obras maestras como zonas de desastre: todo podría ser mejor. Escribir significa corregir.

La referencia obvia de Borges es Vida del doctor Samuel Johnson de Boswell. Recuerdo a Bioy en México, en el verano de 1991. En un diálogo público con José de la Colina se refirió a una paradoja: Johnson le importaba más, pero prefería leer a Boswell. Poco amigo en complicar los argumentos, dejó en el aire la oposición entre el texto como placer y el texto como significado: una legible forma de la felicidad o el prestigio –acaso inferior– del “material de consulta”. El reconocimiento de la superioridad de Johnson encubre una tensión: leerlo de manera indirecta –a través de Boswell– representa una operación intelectual de segundo orden que sin embargo apasiona más. La utopía del diarista consiste en escribir la mejor obra del autor retratado. De esa desmesura suele surgir la mejor obra del diarista.

Quizá lo más extraño de Borges sea algo simple: la forma en que fue escrito. Resulta difícil suponer que Bioy lo compusiera en total privacidad. Cada una de las entradas refiere a lecturas de enorme complejidad, abundan las citas, las discusiones puntuales sobre otros autores. Para escribirlo como recuerdo se necesitaría la capacidad retentiva de Funes. Más lógico parece que el diario se escribiera mientras los amigos conversaban, con pausas para cotejar lecturas, escribir juegos de palabras, bromas que eran enredados crucigramas.

El registro de los días representa en Borges una obsesiva pesquisa de detalles literarios: la experiencia como aparato de notas. Esto supone un trabajo cómplice. Bioy no anota en soledad o al menos no lo hace sin la anuencia de su amigo, que llega a decirle: “En cuanto lo supe, sólo pensé en comunicártela, para evitar que esa noticia preciosa cayera en el olvido”. Poco después, Borges dice con cuidada despreocupación: “¿Tendría [Johnson] curiosidad de ver lo que Boswell estaba haciendo, de ver cómo lo mostraba en el libro? Tal vez no. En todo caso no creo que Johnson haya corregido nada: darse el trabajo de corregir ese libro no se parece a Johnson (por haraganería, por generosidad de alma, por indiferencia). Es claro que Boswell sí habrá corregido; habrá mejorado y estilizado los dichos y los episodios. Hizo bien”. Al respecto comenta Bioy: “Yo me preguntaba mientras tanto si él sospecharía de la existencia de este libro; si tendría curiosidad de leerlo; si lo corregiría; si la circunstancia de que últimamente escribía tan poco se debería no sólo a la deficiencia de vista y a la haraganería, sino también al conocimiento de este libro”. El pasaje sugiere que Borges acepta y acaso desea la existencia del diario; al mismo tiempo, no parece dispuesto a leerlo y mucho menos a corregirlo. En cierta forma se trata de una obra ajena para ambos. Borges la propicia y desconoce su aspecto final; Bioy se subordina a la voz que acaso traiciona a veces pero nunca lo suficiente para desmarcarse de ella.

Si la mayoría de los diarios apelan a una escritura nocturna –la soledad robada al día hábil–, Borges depende de un contrato en la sombra: ninguno de los dos autores está del todo presente en el momento de la escritura.

Esto confirma un postulado cardinal de la escritura borgeana. Como ha observado Alan Pauls, Borges se asume como alguien que corrige a un autor precedente: escribe después de otro, es la “segunda mano” de un texto. “Pierre Menard” muestra que el sentido de una obra depende del contexto en que es leída; a partir de ese momento, Borges perfecciona su teoría de la recepción pero también encuentra un sistema creativo: entiende cada texto, incluso uno inédito, como derivado de una escritura precedente. “Borges define una verdadera ética de la subordinación”, escribe Pauls. El fabulador se postula como traductor, comentarista o copista arbitrario de un autor que lo antecede. En este proceso faltaba el género vicario por excelencia, que depende de contar en clave íntima lo ya sucedido: el diario. Lo peculiar en la fórmula compartida por Bioy y Borges es que ambos son autores subordinados.

Borges buscó una renovación del modo clásico a través de la lectura: la novedad como algo ya discutido y asentado en la costumbre. La tradición como invento o resistente apócrifo.

Borges considera que la originalidad siempre es ajena. Un texto logrado transforma al autor en otro, desconocido de sí mismo. Nadie lo entendió mejor que Bioy Casares, el testigo necesario, su segunda mano.


Bancate ese defecto

Por Paula Pérez Alonso

1952

Domingo, 26 de octubre

“Me asegura que es indispensable destruir todos los papeles porque el día menos pensado uno desaparece y los amigos le publican esas grietas y esos estigmas.”

Esto dice Bioy de Borges, en una de las entradas de su diario, cuando todavía no sabe que pocos años antes de morir lo entregará a Daniel Martino, para que lo publique en forma de libro; allí, desde el registro fiel de las conversaciones que mantuvo con Borges a lo largo de cuarenta años, cuenta la profunda amistad literaria que los unió.

“Come en casa Borges” consigna, día tras día, el registro de Bioy. Y reproduce las frases, los diálogos enteros de esa noche. ¿Cómo logra ser tan preciso? ¿En cuanto Borges se va, su amigo busca su cuaderno y anota algo imperdible de ese nuevo encuentro, reconstruye cada inflexión del discurso brillante de Borges? El obsesivo trabajo de Bioy es el de un cronista que sabe que está ante un hecho del que hay que dar cuenta –hay que dejar testimonio–, y cada una de las entradas es de una síntesis admirable. El exhaustivo diario nunca se hace ocioso o pesado, gracias al profuso trabajo de “editor” de Bioy. Es evidente que estamos ante un recorte hecho por él mismo de un diario más extenso, del que ha seleccionado todo episodio que tenga a Borges como centro. A veces el exceso de foco puesto en él acusa una falta de contexto necesario y resiente el texto. ¿Qué ha silenciado Bioy, en su edición, que expone tanto a Borges y lo hace a él tan cauto?

¿Conversaban Borges y Bioy? ¿O era un soliloquio de Borges en el que Bioy intervenía siempre con inteligencia y sensibilidad para permitir el lucimiento del maestro?

En este relato, Borges es el dueño de la verdad y Bioy prefiere ser un contrapunto; sus opiniones acerca de las diversas manifestaciones del pensamiento –o justamente su falta– son brillantes excepto cuando hablan de política (el antiperonismo recalcitrante da náuseas, su racismo violenta), y las horas que pasan comentando tramas posibles, el placer que sienten ante un buen verso, un cuento logrado, o la justa medida en la inflexión del lenguaje o una palabra más precisa y perfecta son un festín. Pero lo que sorprende es el tiempo que dedican –y aquí B & B se complementan a las mil maravillas– a juzgar a sus contemporáneos, sin distinción. Con una o dos frases los noquean, los pulverizan, los liquidan. Sabemos que la vara con que mide Borges el talento literario y la inteligencia es alta, nadie imaginaba otra cosa, pero justamente por eso uno hubiera pensado que su mirada no se posaría en aquello que no mereciera ser registrado. En cambio, B & B, à la Bonnie & Clyde, pasan una sutil pero letal ametralladora por todos y cada uno de ellos, desde los más conspicuos y renombrados hasta los más insignificantes. Son muy pocos los que se salvan.

Hay, además, un personaje que parece inventado pero es real: la desopilante señora Bibiloni de Bullrich, que los deja perplejos con su persistencia en el autoelogio y en originales comentarios del tipo “derrota de clase”.

¿Siempre queremos saber todo de los artistas que admiramos? ¿O preferimos ignorar aquello que nos decepcionará? Este libro ha producido rechazo en gran parte de los escritores que admiran la obra de Borges, muchos se niegan a leerlo como si no quisieran entrar en contacto con una materia impropia. Incluso Eduardo Mendoza, en su reciente visita a Buenos Aires, lo separó con espanto del grupo de libros que le habían seleccionado, como si se tratara de una herejía.

La moral nunca tuvo nada que ver con la literatura. ¿Desmerece la obra de Borges conocer lo racista que era, la importancia que le da a hechos triviales, su necesidad de reconocimiento, su gusto por el chisme? ¿Habría sido mejor que no se conocieran estas debilidades, estos defectos? ¿Qué defectos serían soportables en Borges?

Por suerte estaba Bioy para tomar nota y registrarlo todo. Consignar y contar, con su mayor talento narrativo.

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