23 may. 2007

Dolors Alberola - Oh, Guernica de mí




Me miro en el espejo de la muerte y soy de agua.
A mi través, la memoria de las cosas.
Me miro en el espejo. Nada queda de mí,
todo te lo he entregado. Mis pies, dos barrizales donde desando todo.
De pronto retrocedo, me sitúo en Baelo:
era tiempo de amor, de cuerpos cuyas células sabían encendidas.
De amigos, cual caballos, que luego se murieron
-amigos que trotaban con fuerza de caballo, que rompían el viento
con sus imágenes rudas, que eran minerales-
y se volvieron fósiles. Así es el amor
-como un toro del sur, asaeteado irreverentemente,
como un viento del sur que golpea en la cara-.

Me sitúo en Zahara, contra mis pies descalzos, mi cintura
de maizal, de peces, de manos prolongándose hasta llegar al pubis,
de ortiguillas de mar filamentadas. Me sitúo en la fuente del amor,
abro ardientemente mis dos labios, libo de ti
cuando aún no existías. Hubiera sido un reto matemático
-con cuerpo de vestal aún ofreciéndose,
manzanas con pezón, envenenadas de aire a contrabeso-,
te hubiera derribado. Hubieras sido mío en este sur
-igual que lo es el toro, con su sangre desnuda, con su fuerza desnuda
de caballo de azufre, de noche con las astas,
de tizne de patera enloquecida-,
te hubiera derribado contra mí, como un agua silente que luego jadeara
y luego y luego y luego silenciara ese grito que no duele,
lo gritara con fuerzas, elevara el teatro el circo el foro, fuera piedra.

Me miro y es tu rostro el que adivino,
mojado entre mi cuerpo -aquí, en el sur,
con el levante muerto de mi sur durmiendo entre tus piernas-.
Columnas que se elevan, tal foro, y esa voz
que me llama constante y se apodera
de mi carne que es agua -mientras veo
mi rostro en el espejo de la muerte,
que se parece a ti-. Apuñalada y muerta en este sur
-igual que está ese toro y el caballo de furia del amigo
y tu envolvente amor: que no es, porque lo acallas,
porque fusilas todo y muerdes carne,
arrancas mi memoria que, a jirones,
como el toro en la plaza del sur Sur,
se desgarra de amor, se torna grito,
aullido que arrastra hacia la noche
de una mujer de sal, cuyos pechos candentes se derraman
a sedimentos, piedras, bóvedas,
angulares tejidos, convertidos
en la playa rocosa que agoniza
en los baños de Claudia.
Sola agua, sola agua de amor, el solo grito.

Sólo un ojo. Una sola pupila recreándote.
Unas manos segadas con la ausencia.
Un cuerpo deshaciéndose. Licuando su absoluto.
Mojando la distancia de saberte. Chorreando de amor.
Ahogando el dolor, como una barca
que zozobra -y la luna
te muestra solamente extremidades,
diminutas serpientes, dedos, manos
agarradas a velas como labios,
a velas como sexos,
a la saliva seca del amor-.
Agarrada de ti como ese cuerno de la res compartida,
de la España troceada que vivimos,
de la música cruel que se separa en notas.

Sólo un perfil -el tuyo, que se parece al mío-.
Una boca que, muerta, se restriega en el suelo.
Oh Guernica de mí, oh toro muerto.
Oh España atravesada. Oh Sur desposeído de este sur.
Oh patera de muerte, infierno grave
en las calles más bellas de Sevilla.
Oh Al-Ándalus. Tú, que serás mi muerte y mi despiece,
carnicera de mí, carnicera de mí, mi sola vida, el sueño.

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