6 abr. 2007

Virgilio: Égloga II - Alexis

El pastor Coridón ardía de amor por el hermoso Alexis, delicias de su dueño, y ni aun esperanzas alcanzaba. Frecuentemente se iba a la sombra de unas frondosas hayas, y allí, solitario, con inútil afán, confiaba a los montes y a las selvas estos desaliñados acentos: "¡Oh cruel Alexis! ¿Nada se te importa de mis cantos? ¿No te compadeces de mí? ¿Así me dejas morir? Esta es la hora en que los ganados buscan las sombras y la frescura, en que los verdes lagartos se esconden bajo las cambroneras, y en que maja Testilis ajos y serpol, yerbas olorosas, para los segadores fatigados por el ardiente estío, y yo entretanto voy buscando tus pisadas por entre los arbustos, que bajo un sol abrasador resuenan con el canto de las roncas cigarras. ¿No me hubiera estado mejor sufrir las iras y los orgullosos desdenes de Amarilis? ¿No me hubiera valido más servir a Menalcas aunque él sea moreno y tú blanco? No fíes demasiado en el color, ¡oh hermoso mancebo! Se deja perder la blanca alheña y se cogen los oscuros jacintos. Me desprecias, Alexis, y ni siquiera preguntas quién yo sea, cuán rico soy, cuánto abunda la blanca leche en mis majadas. Mil ovejas mías vagan por los montes de Sicilia; no me falta leche fresca ni en verano ni en el rigor del frío. Canto como solía Anfion Tebano en el monte Aracinto de Acaya, cuando juntaba sus rebaños. Ni tampoco soy tan feo; ha poco me vi en la playa, estando el mar muy sosegado, y si no mienten las aguas, no temo competir con Dafnis, juzgándome tú. ¡Oh! ¡Plázcate solamente habitar conmigo estos campos, para ti enojosos, y estas humildes chozas, y herir los ciervos y guiar con la verde vara de malvavisco un hato de cabritillos! Cantando conmigo en las selvas imitarás al dios Pan, que nos enseñó el primero a juntar, con cera, varias cañas: Pan protege a los ganados y a sus rabadanes. No temas herirte el labio con la caña; por aprender estos cantos ¿qué no hacía Amintas? Tengo yo una zampoña formada de siete cañas desiguales, antiguo regalo de Dametas, el cual me dijo al morir: "Tú eres el segundo que la posee". Esto dijo Dametas, y el necio de Amintas tuvo envidia. Tengo también dos cabritillos manchados de pintas blancas, que me encontré, no sin riesgo, en un valle; cada día apuran la leche de dos ovejas, y los guardo para ti. Grande empeño tiene Testilis, tiempo ha, por sacármelos, y al cabo lo conseguirá, pues te repugnan mis dádivas. Ven ¡oh hermoso mancebo!, verás cómo las ninfas te traen canastillos llenos de azucenas; para ti la blanca náyade, cogiendo pálidas violetas, amapolas y narcisos, los enlaza con la flor del flagrante eneldo, y entretejiendo el espliego con otras yerbas olorosas, colora los suaves jacintos con la amarilla caléndula. Yo miso cogeré para ti membrillos cubiertos de blando vello, y castañas, a que era tan aficionada mi amarilis, y a ellas añadiré doradas ciruelas, que también te gustarán. Y os cogeré, además ¿oh laureles!, y a ti, ¡oh mirto!, que naces junto a ellos, para que así colocados mezcléis vuestros gratos olores. Necio eres, Coridon; Alexis no hace caso a tus dones, y en porfía de dádivas no te cedería Iolas el campo. ¡Ah! ¿Qué he deseado, miserable de mí? Ciego de amor, he precipitado el Austro sobre las flores y a los jabalíes? También los dioses, también el troyano Paris, habitaron algún día en las selvas. Recréese Palas en las fortalezas que levantó ella misma; ¡plázcannos sobre todo a nosotros las selvas! Sigue al lobo la torva leona, el lobo a la oveja; la oveja triscadora sigue al florido cantueso; a ti, ¡oh Alexis!, te sigue Coridon; cada uno va en pos de la afición que le arrastra. Mira, los bueyes vuelven de la labor, pendientes del yugo los arados, y el sol en ocaso dobla las sombras, a cada instante mayores; yo entretanto me abraso de amor; para este mal de amor ¿qué término hay? ¡Ah Coridon, Coridon! ¿Qué locura se ha apoderado de ti? Medio podadas tus vides entre esos frondosos olmos. ¿Por qué no preparas a lo menos canastillos de mimbres y blandos juncos, que tanto necesitas? Otro Alexis encontrarás, si te desdeña éste.


Virgilio, Églogas, Madrid, Espasa Calpe, 8ª edición, 1975



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