9 abr. 2007

THOMAS DE QUINCEY - La muerte de Kant

Llegamos ya al mes de febrero de 1804, que fue el último que Kant había de ver. Es de notar que en el libro de apuntes, del cual he hecho mención alguna vez, encontré un fragmento de un canto antiguo (copiado por Kant durante el verano, unos seis meses atrás) que decía que el mes de febrero es aquel en que llevamos menos carga, por la razón de ser más corto. Sin embargo, aun de tan corto mes, Kant, no tenía que vivir más que doce días, si es que puede decirse así, pues en realidad se estuvo muriendo desde el primero.

A partir del día 3, pareció que los resortes de la vida dejaron de funcionar, porque desde entonces ya no tomó más alimento. Su existencia dijérase prolongarse tan sólo gracias al ímpetu que le habían dado ochenta años de vida. El médico le visitó aquel día como de costumbre, y recuerdo un pequeño detalle que nos impresionó a los dos, como revelador de la inalterable cortesía y bondad de Kant. Al entrar el doctor, Kant se levantó y alargándole la mano pronunció unas frases en las repitió varias veces la palabra posts, pero en forma que parecía pedir auxilio para completar el concepto. El doctor, que creyó que divagaba y se refería a los relevos de postas, le contestó que todos los caballos estaban ocupados y que no se preocupara; pero Kant insistió haciendo grandes esfuerzos: muchos puestos... puestos pesados... mucha bondad... mucha gratitud, todo ello con incoherencia aparente, pero con mucho calor y dominio de sí mismo. Yo adiviné entonces lo que quería decir. Lo que el profesor desea expresaros, doctor, es que considerando los muchos puestos o cargos que desempeñáis en la ciudad y en la universidad, representa una gran bondad por vuestra parte dedicarle tanto tiempo (pues el doctor jamás quiso cobrarle) y os está en extremo agradecido. Eso es, exclamó Kant, eso es. Pero todavía continuaba de pie, aunque en actitud de desplomarse; por lo que le hice observar al médico que Kant no se sentaría, por mucho que padeciese, hasta que su visitante no tomara asiento. El doctor pareció dudar de ello, pero Kant, que lo oyó, haciendo un esfuerzo sobrehumano lo confirmó con estas palabras: No permita Dios que caiga tan bajo que me olvide de las obligaciones de la hospitalidad.

Cuando anunciaron la comida, el doctor se despidió. Había llegado el otro comensal, y yo confié, en vista de la animación que Kant había mostrado poco hacía, que pasaríamos un rato agradable, pero me equivoqué. Kant estaba agotado, más que de costumbre, y aunque se llevaba la cuchara a la boca, no tragaba nada. Hacía algún tiempo que no le encontraba gusto a ningún manjar, y yo probé aunque sin éxito, a estimular su apetito con nuez moscada, canela y otros condimentos. Aquel día todo falló y ni siquiera quiso probar un bizcocho. Una vez le había oído contar que uno de sus amigos cuya enfermedad era el "marasmus", la habían terminado con cuatro o cinco días completamente exentos de dolor, pero sin ningún apetito, y luego habían pasado tranquilamente a mejor vida. Y me temí que él acababa de entrar en semejante período.

El sábado, día 4, oí que sus huéspedes expresaban el temor de no verle más.

Sin embargo, el día 5 comí en su mesa, junto con su particular amigo R. R. V. Kant estaba presente, pero tan débil que la cabeza le caía sobre las rodillas y él se doblaba sobre el lado derecho del sillón. Le arreglé los almohadones, para levantarle y sostenerle la cabeza, y luego le dije: Ahora, mi querido señor, ya estáis en orden. Grande fue nuestro asombro al oírle contestar en voz clara y audible, la frase militar latina: Sí, testudine, et facie, y en seguida añadió: Listo para el enemigo, y con el equipo de batalla. Las facultades de su inteligencia se consumían bajo sus propias cenizas; pero de vez en cuando, salía una llamarada, como para indicar que el rescoldo no se había apagado.

El lunes, día 6, estuvo mucho más débil y aletargado. No pronunció palabra, excepto su respuesta a la pregunta que le hice sobre los moros, según he referido antes; y estuvo sentado con la mirada perdida, encerrado en sí mismo, y sin acusar nuestra presencia. Daba la impresión de un fantasma de siglos pasados sentado junto a nosotros.

Por este tiempo, Kant se había vuelto mucho más tranquilo y sereno. En los comienzos de su enfermedad, cuando su fortaleza entraba en conflicto con los primeros embastes del mal, era propenso a la displicencia y a veces trataba ásperamente y aun duramente a sus servidores. Esto, aunque lo más opuesto a su disposición natural, era excusable por las circunstancias. No podía darse a entender; le traían continuamente cosas que no había pedido; y en cambio no lograba que le trajesen lo que necesitaba, porque todos sus esfuerzos para expresarlo eran ininteligibles. Aquejábale, además, una fuerte irritación nerviosa, debido al desequilibrio de las distintas funciones de su naturaleza; pues la debilidad de un órgano se le hacía más evidente con la fuerza desproporcionada de otros. Pero, al fin, la lucha había terminado; todo el sistema estaba por completo minado y sometido a un proceso disolutivo tan rápido como proporcionado. En adelante, no se le escapó ni un movimiento de impaciencia, ni una expresión de mal humor.

Yo le visitaba entonces tres veces al día. El martes, día 7, al presentarme a la hora de la comida, encontré al grupo usual de amigos sentados solos, Kant estaba en cama. Esto era una cosa fuera de lo corriente, y con ello aumentaron mis temores de que se acercaba el fin.

Sin embargo, no quise exponerme a dejarle sin compañía, y al día siguiente a la misma ahora me presenté, le saludé alegremente y ordené que sirvieran la comida. Kant se sentó con nosotros a la mesa; y cogiendo la cuchara, se la llevó a los labios, pero inmediatamente la soltó, y se retiró a la cama, de la que ya no se levantó más.

El jueves, día 9, le encontré sumido en la debilidad del moribundo, y el aspecto cadavérico (la facies Hippocratica) se había apoderado de él. Acudí repetidas veces durante el día, y al presentarme por última vez a las diez de la noche le hallé completamente insensible. No logré de él ningún signo de reconocimiento y le dejé al cuidado de su hermana y su criado.

El viernes, día 10, fui a verle a las seis de la mañana. . Hacía un tiempo tempestuoso, y durante la noche había nevado en abundancia. Y recuerdo, de paso, que una partida de ladrones se había introducido en casa de un vecino de Kant, que era un orfebre. Al acercarme a la cama, le di los buenos días, y él contestó, pero con voz tan débil que apenas articuló las palabras. Yo me alegré de encontrarle con sensibilidad, y le pregunté si me reconocía. Sí, contestó, y alargando la mano me tocó amistosamente en la mejilla. Pero, durante el resto del día, siempre que lo visité, le encontré nuevamente sumido en su estado de insensibilidad.

El sábado, día 11, le hallé con la mirada fría y vidriosa; mas, al parecer perfectamente tranquilo. Le pregunté otra vez si me reconocía. No podía hablar, pero volvió el rostro hacía mí, y me hizo signo de que le besara. Una profunda emoción se apoderó de mí y me incliné sobre sus pálidos labios; pues comprendí que con acto solemne de ternura quería expresar su satisfacción por nuestra larga amistad, y darme el último adiós. Jamás le había visto otorgar esta prueba de afecto a nadie, salvo una vez, pocas semanas antes de su muerte, en que atrajo a sí a su hermana y la besó. El beso que me dio fue su última prueba de reconocimiento.

Cualquier líquido que se le hiciese tomar pasaba por su estómago con un ruido especial, como ocurre con los moribundos; y todos los síntomas de la muerte aparecían en él.

Quise permanecer con él hasta que todo hubiese terminado, y así como había sido uno de los más íntimos testigos de su vida, serlo también de su marcha. Por consiguiente, no lo dejé ya, salvo en los breves minutos que tuve que salir para algún asunto privado. Pasé la noche junto a su cama. Aunque había pasado el día en un estado de insensibilidad incompleta, sin embargo, al atardecer dio a entender que deseaba que le arreglasen la cama. Por consiguiente, le cogimos en brazos, y rápidamente se arreglaron las sábanas y las almohadas. No durmió, y la cucharada de líquido que de vez en cuando se le ponía en los labios, era generalmente rechazada. Sin embargo, a la una de la madrugada hizo un movimiento hacía la cuchara, por lo que supuse que tenía sed y le di una pequeña porción de vino y agua azucarada; pero los músculos de la boca no tenían fuerza para retenerla, de modo que para prevenir que se derramara se llevó la mano a los labios, hasta que se oyó que tragaba. Pareció que deseaba más, y seguí dándole, hasta que dijo con voz apenas perceptible: Basta ya. Esto fue lo último que dijo: ¡Basta ya! ¡Grandes y simbólicas palabras! A intervalos rechazaba las sábanas y se descubría; yo no hacía más que volverlo a cubrir, y una de estas veces observé que el cuerpo y las extremidades se enfriaban y que el pulso era intermitente.

A las tres y cuarto del domingo, día 12 de febrero de 1804, Kant se estiró como para tomar posición para el acto final y adoptó la que había de conservar hasta el momento de su muerte. El pulso ya no se le notaba ni en las manos, ni en los pies, ni en el cuello. Busqué en todas partes en donde late, pero sólo hallé la cadera izquierda, en donde seguía latiendo con violencia, aunque intermitente.

Hacia las diez de la mañana experimentó un cambio notable; los ojos estaban fijos, y el rostro y los labios adquirieron una palidez mortal. Sin embargo, era tal la intensidad de sus hábitos constitucionales, que no apareció rastro del sudor frío que suele acompañar la agonía.

Eran casi las once y el momento fatal se acercaba. Su hermana estaba sentada a los pies de la cama, y el hijo de ésta a la cabecera. Yo, para observar las fluctuaciones del pulso, me arrodillé junto al lecho; y llamé al criado para que presenciase el tránsito del bueno de su amo. La última agonía se acercaba a su fin, si puede llamarse agonía una muerte sin lucha. En aquel preciso momento, su distinguido amigo el señor R. R. V., a quien yo había mandado aviso, entró en la habitación. Primero se debilitó la respiración; luego se volvió intermitente y el labio superior ligeramente convulsivo; después siguió una débil respiración o suspiro, y luego, nada más. El pulso siguió latiendo unos segundos, más lento y débil, más lento y débil, hasta que cesó por completo. El mecanismo se había parado: en aquel preciso momento el reloj dio las once.

Poco después de muerto Kant le afeitaron la cabeza, y bajo la dirección del profesor Knorr se tomó una mascarilla, pero no simplemente del rostro, sino un molde de toda la cabeza, destinado, según creo, a enriquecer la colección craneológica del doctor Gall.

Una vez debidamente vestido el cadáver, una multitud de personas de toda condición social, desde la más elevada hasta la más humilde, acudieron a verle. Todos estaban ansiosos de aprovechar la última oportunidad que se les ofrecía de poder decir "que habían visto a Kant". Esto duró varios días, durante los cuales, desde la mañana a la noche, la casa estaba repleta de gente. Grande fue el asombro de todos al considerar la extrema delgadez de Kant, y se convino universalmente en que jamás se había visto un cadáver más consumido y macilento. Su cabeza descansaba sobre el almohadón en que una vez los caballeros de la Universidad le presentaron un mensaje; y yo pensé que no se le podía dar mejor destino que el de colocarlo en el sarcófago como el apoyo postrero de aquella cabeza inmortal.

Acerca de los extremos de sus funerales, Kant había expresado su voluntad años atrás en un memorándum especial. En él manifestaba el deseo de que el entierro se verificase en las primeras horas de la mañana, con la menor ostentación posible, y seguido solamente por un grupo de los más íntimos amigos. Habiendo encontrado esa nota mientras arreglaba sus papeles, le dije con franqueza que aquella imposición me ocasionaría sin duda, en mi calidad de ejecutor testamentario, muchos disgustos; pues podían sobrevenir circunstancias en las cuales no habría forma posible de cumplimentarla, Al oír estas razones, Kant rompió el papel, y lo dejó todo a mi discreción. El caso es que preví que los estudiantes de la Universidad no consentirían jamás en que se les escapara aquella ocasión de expresar en un acto público la veneración que por el maestro sentían. Los hechos demostraron que yo estaba en lo cierto; pues unos funerales como los de Kant, tan solemnes y magníficos, jamás los había presenciado la ciudad de Königsberg. Los periódicos, diversos folletos, etc., han dado de todo ello una relación tan detallada, que me limitaré a lo más saliente.

El día 28 de febrero, a las dos de la tarde, todos los dignatarios de la Iglesia y del Estado, no sólo los residentes de Königsberg, sino los venidos de los lugares más remotos de Prusia, se reunieron en la iglesia del Castillo. De allí, acompañados por todo el cuerpo universitario y por numerosos militares de graduación, que siempre fueron grandes amigos de Kant, llegaron a la casa del profesor difunto. Entonces el cadáver, con acompañamiento de antorchas, fue conducido, entre repique general de campanas, a la catedral, que estaba deslumbrante de luces. Seguía a pie una comitiva interminable. En la catedral, después de las ceremonias usuales, acompañadas de la máxima expresión de la veneración nacional, se celebró un solemne oficio cantado de difuntos, admirablemente ejecutado. Finalmente, los restos mortales de Kant fueron descendidos a la bóveda académica, en donde descansan ahora entre los restos de los patriarcas de la Universidad. ¡Paz a sus cenizas y honor eterno a su memoria!

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