14 abr. 2007

Thomas de Quincey - La gran batalla de los niños


Aporte de Karmen Blazquez en Factor Serpiente


Entre 1851 y 1852, el genial escritor británico publicó en la revista escocesa Instructor una serie biográfica que
Bosquejo de la infancia (Caja Negra) reúne por primera vez en castellano

De acuerdo al rápido bosquejo que ahora me concede la memoria, tal era el hermano que me abrió por primera vez las puertas de la guerra. La ocasión fue la siguiente. Había contestado con una lluvia de piedras la afrenta que nos dirigiera un niño de una fábrica de algodón; más de dos años después, esto aún funcionaba como la taeterrima causa [la causa más terrible, N. de T.] de las escaramuzas y batallas que tenían lugar toda vez que pasábamos frente a la fábrica; y desafortunadamente, eso era dos veces al día, con excepción del domingo. Nuestra situación con respecto al enemigo era como sigue: Greenhay, una casa de campo recientemente construida por mi padre, estaba en ese tiempo a no menos de una milla de las afueras de Manchester; pero en años posteriores, Manchester, alargando los tentacula de sus vastas expansiones, engulló a Greenhay por completo, y por lo que sé, los terrenos y jardines que entonces aislaban la casa pueden haber desaparecido hace ya mucho.
Siendo una mansión modesta que (incluyendo paredes térmicas, dependenciasy una casa para el jardinero) había costado solamente seis mil libras, no sé cómo puede haber ascendido al honor de dar su nombre a una zona de esa gran ciudad; sin embargo, así ha ocurrido; y en el tiempo presente, pues, luego de cambios tan grandes, será difícil para el habitué de esa zona entender cómo mi hermano y yo podíamos disponer de un camino solitario que se extendiera entre Greenhay y la calle Princess, el límite por aquel entonces en ese lado de Manchester. Pero así era. La calle Oxford, como su tocaya en Londres, se llamaba entonces Camino Oxford; y durante la época en que tuvimos trato con él se levantaron las primeras tres casas en su vecindad; la tercera de las cuales fue construida para el Reverendo S. H., uno de nuestros tutores, para quien sus amigos también construyeron la iglesia de San Pedro a menos de un tiro de flecha de la casa. En esa época, no obstante, el Reverendo vivía en Salford, a dos millas aproximadamente de Greenhay; hacia allí marchábamos diariamente a recibir el beneficio de su instrucción en cultura
clásica. Una sola fábrica de algodón se había levantado en la línea de la calle Oxford; y estaba cerca de un puente que también era una creación nueva; pues antes todos los que viajaban a Manchester debían dar la vuelta por Garrat. La fábrica se convirtió para nosotros en la officina gentium [fábrica de bárbaros, N. de T.] de la cual salían esos enjambres de godos y vándalos que amenazaban continuamente nuestros pasos; y convertido este puente en la eterna arena de combate, debíamos tener mucho cuidado de estar del lado correcto para la retirada, esto es, del lado de la ciudad o del lado del campo, según estuviéramos en camino a la mañana o de regreso por la tarde. Las piedras eran nuestras armas de combate; y gracias a la práctica continua nos volvimos expertos en su manejo.

Apenas hace falta referir el origen de nuestra hostilidad, pues el accidente concreto que le dio inicio no era la verdadera causa eficiente de nuestro combate sino simplemente (como se dice en
lógica) su ocasión. Fue la causa nuestro modo aristocrático de vestir: por ser niños de una familia opulenta, en la cual todas las provisiones eran generosas y todos los compromisos, elegantes, estábamos siempre bien vestidos y, en particular, usábamos pantalones (desconocidos en ese tiempo salvo en las localidades marítimas) y botas de Hesse, un crimen imperdonable en el Lancanshire de la época, pues implicaba la doble ofensa de ser aristocrático y exótico. Eramos aristócratas y era inútil negarlo; ¿podíamos negar nuestras botas? Mientras que nuestros antagonistas, si no eran sans-culottes por completo, eran desaliñados y desprolijos en su vestimenta, a menudo estaban sucios, con el pelo totalmente revuelto y siempre cubiertos de hebras de algodón. No eran jacobinos por simpatizar con el jacobinismo francés, que por entonces desolaba Europa occidental; al contrario, detestaban todo lo francés y respondían con señas fraternales al grito de "Iglesia y Rey" o "Rey y Constitución" . Pero, con todo, al ser totalmente independientes por cobrar salarios muy elevados y en un tipo de industria que estaba sacando muchos pasos de ventaja, se las ingeniaron para reconciliar ese antijacobinismo patriótico con el jacobinismo personal que crece en el corazón humano, el cual por natural impulso (y no sin una raíz de nobleza) se opone a toda inequidad y sólo la abraza cuando cree que es inevitable o cuando ha sacado provecho de sus beneficios largamente.

Fue uno de los primeros días de nuestro nuevo tyrocinium [aprendizaje de la guerra, N. de T.], o quizás el primero de todos, cuando, al cruzar el puente, un niño que salía casualmente de la fábrica, nos gritó en tono burlón: "¡Hola, cajetillas!" . Quizás el lector no logre detectar en esto ningún insulto atroz que justifique la larga guerra que vino luego. Pero el lector se equivoca. La palabra "dandies", que era lo que quería decir el villano, no había nacido aún, por lo que no podía habernos llamado de ese modo a menos que tuviera el don de la profecía. Cajetilla era la palabra a mano más próxima en su vocabulario de Manchester; dio todo de sí y nos dejó imaginar el resto. Pero al instante descubrió nuestras botas y completó su crimen gritándonos: "¡Botas! ¡Botas!". Mi hermano frenó en seco, lo examinó con intenso desdén y le ordenó que se acercara para que pudiera "entregar su carne a las aves del firmamento". El niño prefirió rechazar esta gentil invitación y respondió con un gesto de lo más plebeyo y despreciable, ante lo cual mi hermano lo acometió con una lluvia de piedras.

Durante este inaugural florecimiento de hostilidades, yo, por mi parte, permanecí inactivo y, en consecuencia, aparentemente neutral. Pero ésa fue la última vez que actué de ese modo: la situación me había tomado por sorpresa. Que me dijera "cajetilla"alguien que me podía haber dicho "cobarde", "ladrón" o "asesino" me resultaba una ofensa de lo más excusable; y con respecto a "botas", descansaba eso sobre una realidad tan flagrante que habría sido absurdo negarla; de manera que al principio era yo tan inexperto que juzgaba al niño sumamente considerado e indulgente. Pero mi hermano pronto corrigió mi perspectiva: y si quedaba alguna duda, me convenció, al menos, de mi absoluta lealtad para con él, que era triple. Primero, parece, le debía obediencia militar, como a mi comandante en jefe, siempre que "iniciáramos una campaña"; segundo, por la ley de las Naciones, siendo yo un cadete de mi casa, debía imitar y prestar servicio a quien estuviera a cargo; y me aseguraba que, dos veces al año, en mi cumpleaños y en el suyo , tenía derecho, hablando estrictamente, a tirarme al piso y aplastar mi cuello con su pie; por último, según una ley no tan rigurosa pero igualmente válida entre caballeros, es decir, "por cortesía entre naciones", aparentemente le debía eterna consideración a quien era mucho más grande que yo, mucho más sabio, más fuerte, más valiente, más bello y más ágil de piernas. Algunas de estas cosas las sabía yo intuitivamente, aunque no había investigado en detalle los modos y motivos de mis deberes. Como el Paria que era por natural temperamento y por entregarme a la depresión de manera pavorosa, sentía sobre mí la opresión, muy profunda y sombría, de oscuros deberes que no sería capaz de cumplir, una carga que no sabía cómo transportar ni tampoco cómo desechar. Me alegraba, pues, encontrar todo el tremendo peso de las obligaciones, de la ley y los profetas, concentrado en este breve mandamiento: "Obedecerás a tu hermano como al representante de Dios en la tierra". Puesto que ahora, si por alguna futura piedra arrojada a quien me llamara "cajetilla", llegara a derramar sangre, no habría cometido quizás ninguna grave violación de los derechos que el otro invocara; y si la hubiera cometido (ya que en este punto mis convicciones aún eran vaporosas), en cualquier caso el derecho que violara en relación con este hermano abstracto habría sido cancelado al entrar en colisión con la lealtad absoluta que debía a este hermano feudal de mi propia y concreta casa.

Desde ese día, por lo tanto, obedecí todas las órdenes militares de mi hermano con la mayor docilidad; y me sentía dichoso de que todo tipo de distracción, interrogante o motivo de duda fuera absorbido por la unidad del principio papal que mi hermano había descubierto, a saber, que todos mis derechos de casuística se trasladaban a él. Suyo era el juicio, suya la responsabilidad, y a mí sólo me correspondía el deber sublime de profesarle una incondicional fe.
Cumplí con esa fe. Es cierto que a veces, en sus partes de batalla, me atribuía una "horrible cobardía" o incluso "una cobardía que parecía inexplicable, salvo bajo el supuesto de traición". Pero esto era solamente una façon de parler de su parte: la idea de una perfidia secreta, que operaba constantemente bajo la superficie, daba interés al curso de la guerra, que de otro modo tendía a ser monótono. Era un recurso dramático para mantener vivo el interés cuando los hechos se parecían demasiado entre sí. Pero estaba claro que no creía en sus acusaciones, porque nunca las repetía en su "Historia General de la Campaña", que era un résumé o selección de sus partes diarios.

Combatíamos todos los días; y, en términos generales, dos veces cada día; y el resultado era bastante uniforme, a saber, que mi hermano y yo dábamos fin a la batalla ejerciendo nuestro innegable derecho a la fuga. La Carta Magna , quiero creer, asegura ese derecho a todo hombre; en caso contrario sería, por cierto, tristemente defectuosa. Pero del desenlace catastrófico de todas nuestras escaramuzas y todas las batallas campales, salvo una, surgió un abismo insalvable
entre mi hermano y yo. Mi obediencia ilimitada concernía a las acciones, no a las opiniones. La lealtad para con mi hermano no se sustentaba en la hipocresía; que fuera fiel no implicaba que fuera falso con respecto a sus opiniones caprichosas. Y estas opiniones a veces tomaban la forma de actos. Al menos dos veces a la semana, pero en ciertos períodos todas las noches, mi hermano insistía en que cantáramos un "Te Deum" en agradecimiento de las supuestas batallas que había ganado; e insistía también en que yo participara de estos "Te Deum". Ahora, como yo no sabía de tales victorias y afirmaba resueltamente la verdad, esto es, que nos dábamos a la fuga, una leve perturbación corrompía estas ovaciones musicales que de otro modo habrían ejercido un efecto triunfal. Pero una vez que emitía mi protesta, no obstante, hacía de buena gana mi contribución al canto; pues sentía un amor indescriptible por ese grandioso y variado sistema de canciones que poseen las Iglesias de Inglaterra y de Roma. Y considerando ahora los inefables beneficios que recibí de la Iglesia de mi infancia, cuento entre los más grandes los que me llegaron a través de las diversas canciones vinculadas con el "O, Jubilate", el "Magnificat" , el "Te Deum", el "Benedicte" y otros. Fue por estas canciones que el dolor que arrasó mi infancia y la devoción que la naturaleza había convertido en necesidad de mi ser se entrelazaron íntimamente: el dolor dio realidad y hondura a la devoción; la devoción dio grandeza e idealismo al dolor. Además, mi amor por el canto no estaba totalmente desprovisto de erudición. Un hijo de mi tutor, el Reverendo, mucho más grande que yo, que poseía la curiosa habilidad de producir una especie de acompañamiento de órgano con la mitad de su boca mientras cantaba con la otra mitad, me había dado alguna instrucción en el arte del canto; y en cuanto a mi hermano, él, un Briareo de cien manos podía hacerlo todo; naturalmente, entonces, podía cantar. Podía cantar: tenía derecho a cantar: tenía derecho, quizás, a cantar el "Te Deum". Pues si huía todos los días de su vida, ¿qué hay con eso? A veces el enemigo se congregaba en números abrumadores, setenta o incluso noventa en total. Ahora, si hay un momento para cada cosa en este mundo, indudablemente ése era el momento de darse a la fuga. Pero ahora debo hacer una pausa y reservar lo que sigue para una próxima ocasión.


Traducción: Jerónimo Ledesma


Obras principales: Confesiones de un opiómano inglés (1822), Del asesinato considerado como una de las bellas artes (1827), Suspiria de Profundis (1845).