14 abr. 2007

Thomas Bernhard - Maestros antiguos (fragm.)

Estaba allí sentado y miraba las cartas que había escrito mi mujer en el transcurso del tiempo y leía las notas que había tomado en el transcurso del tiempo y lloraba a lágrima viva. Nos acostumbramos naturalmente durante decenios a un ser humano y lo amamos durante decenios y lo amamos en definitiva más que a cualquier otro y nos encadenamos a él y, cuando lo perdemos, es realmente como si lo hubiéramos perdido todo. Siempre había creído que era la música la que lo significaba todo para mí, a veces al fin y al cabo también que era la filosofía, la literatura elevada, la más enaltecida y exaltada, lo mismo que, en general, que era sencillamente el arte, pero todo eso, todo el arte, el que sea, no es nada en comparación con ese único ser querido. Cuando el ser querido por nosotros más que cualquier otro del mundo ha muerto, nos deja con horribles remordimientos, dijo Reger, con espantosos remordimientos, con los que tenemos que existir después de su muerte y en los que un día nos asfixiaremos.

(…)

Inmortales, nos dejan solos, no nos dan más que el hecho de que también entre ellos estamos solos, abandonados a nosotros mismos en un sentido absolutamente espantoso, así Reger, única y exclusivamente Schopenhauer me ayudó, porque sencillamente abusé de él en mi objetivo de sobrevivir. Si todos los otros, incluidos por ejemplo Goethe, Shakespeare, Kant, me repugnaban, me precipité en mi desesperación ingenuamente sobre Schopenhauer y me senté con él en el taburete de la acera de la Singerstrasse para poder sobrevivir, porque la verdad es que de repente quería sobrevivir y no morir, no seguir a mi mujer en la muerte sino quedarme ahí, permanecer en el mundo.


Thomas Bernhard, Maestros antiguos, Madrid, Alianza, 1985

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