10 abr. 2007

Salvatore Quasimodo - Dos poemas



Las muertas guitarras

Mi tierra está sobre los ríos fundida con la mar,
no existe otro lugar de voz tan lenta
donde vagan mis pies
entre juncos sobrecargados de caracoles.
En verdad, es otoño: desgarradas en el viento
las muertas guitarras alzan sus cuerdas
sobre la boca negra y una mano agita los dedos
de fuego.
En el espejo de la luna
se peinan muchachas con pechos de naranja.
¿Quién llora? ¿Quién fatiga los caballos en el aire
rojo? Nos detendremos en esta orilla
a lo largo de urdimbres de hierba y tú, amor,
no me lleves delante de ese espejo
infinito: en él se contemplan muchachos
que cantan y árboles altísimos, y aguas.
¿Quién llora? Yo no, créeme, sobre los ríos
discurren exasperados chasquidos de un látigo,
los oscuros caballos y los relámpagos de azufre.
Yo no, mi raza posee cuchillos
que arden y lunas y heridas que queman.



Anno Domini MCMXLVII
(La vitta non e sogno 1946-1948)

Habéis terminado de golpear los tambores
con cadencia de muerte en cada horizonte,
detrás de ataudes rodeados de banderas,
de entregar llagas, lágrimas a la piedad
en ciudades destruidas, ruina sobre ruina.
Y ya ninguno grita:"Dios mío,
¿por qué me has abandonado?" Y ya no mana leche
ni sangre del pecho acribillado. Y ahora
que habéis escondido los cañones entre las magnolias,
dejadnos un día sin armas sobre la hierba,
con el rumor del agua que discurre,
de las hojas de frescos tallos en los cabellos,
mientras abrazamos a la mujer que nos ama.
Que no suene de golpe, antes de que la noche llegue,
el toque de queda. Un día, un solo día
para nosotros, oh dueños de la tierra,
antes de que aún redoblen aire y hierro,
y una esquirla abrase nuestra frente.


Versión Teódulo López Meléndez