11 abr. 2007

René Char – Rubor de los matinales



I

Jubiloso es el estado del espíritu del sol naciente a pesar del día cruel y del recuerdo de la noche. El tinte del cuajarón ya es rubor de aurora.


II

Cuando uno tiene la misión de despertar, comienza por asearse en el río. Para sí mismo es el primer encantamiento no menos que el primer sobrecogimiento.


III

Impón tu suerte, sujeta tu felicidad y ve hacia tu riesgo. Ya se acostumbrarán a mirarte.


IV

En lo más vivo de la tormenta hay siempre un pájaro para sosegarnos. Es el pájaro desconocido. Él canta antes de tomar vuelo.


V

La cordura estriba en no aglomerarse sino en encontrar en la creación y en la naturaleza comunes nuestro nombre, nuestra reciprocidad, nuestras diferencias, nuestro paso, nuestra verdad y ese poco de desesperanza que es su acicate y su bruma tornadiza.


VI

Id a lo esencial; ¿no necesitáis árboles jóvenes para repoblar vuestro bosque?


VII

La intensidad es silenciosa. Su imagen no lo es (Amo a quien me deslumbra, después acentúa lo obscuro de mi interior).


VIII

¡Cuánto sufre este mundo para ser el del hombre, para ser moldeado entre las cuatro paredes de un libro! Que luego sea puesto en manos de especuladores y de extravagantes que lo apremian a avanzar más rápido que su propio movimiento, ¿cómo no ver en ello algo más que una desventura? Combatir mal que bien esta fatalidad con la ayuda de su magia, abrir en la ladera del camino, de lo que hace las veces de tal, insaciables caminatas, ésta es la misión de los matinales. La muerte no es sino un sueño íntegro con el signo más que le guía y le ayuda a hendir el oleaje del devenir. ¿Por qué has de alarmarte de tu estado aluvial? Deja de tomar la rama por el tronco y la raíz por el vacío. Es un pequeño comienzo.


IX

Hay que atizar algunos resplandores para alumbrar buena luz. Bellos ojos encendidos consuman el don.


X

Hembra terrible el conocimiento, con la rabia en su mordedura y un río mortal en sus flancos, surgida de una ambición noble, termina por encontrar su medida en nuestras lágrimas y en nuestro sometimiento a su yugo. No os dejéis confundir, los mejores de entre vosotros, cuyo brazo codicia, cuya flaqueza acecha.


XI

Frente a toda presión por romper con nuestras posibilidades, con nuestra moral y someternos a tal modelo simplificador, aquello que no debe nada al hombre, pero que quiere nuestro bien, nos exhorta: “insurrecto, insurrecto, insurrecto…”


XII

La aventura personal, la aventura prodigada, comunidad de nuestras auroras.


XIII

Conquista y conservación indefinida de esta conquista por delante de nosotros que murmura nuestro naufragio, desconcierta nuestra decepción.


XIV

A veces tenemos esta singularidad de balancearnos al caminar. El tiempo nos resulta ligero, fácil el suelo, nuestro pie sólo se tuerce a propósito.


XV

Cuando decimos: el corazón (y lo decimos a despecho) se trata del corazón que atiza, recubierto de la carne milagrosa y común, y que puede a cada instante cesar de batir y de otorgar.


XVI

Entre tu bien más grande y su mal menor se ruboriza la poesía.


XVII

El enjambre, el rayo y el anatema, tres oblicuos de una misma cima.


XVIII

Mantenerse firmemente en tierra y, con amor, dar el brazo a un fruto no aceptado por aquellos que os apoyan, edificar lo que uno cree ser su casa sin el concurso de la primera piedra que, inconcebiblemente, siempre faltará, éste es el infortunio.


XIX

No te lamentes de vivir más cerca de la muerte que los mortales.


XX

Parece que uno nace siempre a medio camino entre el comienzo y el fin del mundo. Crecemos en revuelta abierta casi tan furiosamente contra lo que nos arrastra como contra lo que nos retiene.


XXI

Imita a los hombres lo menos posible en su enigmática manía de hacer nudos.


XXII

La muerte sólo es odiosa porque afecta separadamente a cada uno de nuestros cinco sentidos, luego a todos a la vez. En rigor, el oído la desdeñaría.


XXIII

Sólo se construye multiformemente sobre el error. Ello nos permite presumirnos felices a cada renuevo.


XXIV

Cuando el navío zozobra se salva nuestro interior. El pone su arboladura en nuestra sangre. Su nueva impaciencia se ensimisma para otros viajes obstinados. ¿No eres tú ciega en el mar? ¿Tú que vacilas en todo ese azul, tristeza elevada sobre las olas más lejanas?


XXV

Somos caminantes dedicados a pasar, a sembrar, pues, la confusión, a infligir nuestro calor, a decir nuestra exuberancia. Por eso intervenimos. Por eso somos intempestivos e insolentes. Nuestro copete está de sobra. Nuestra utilidad se vuelve contra el que la emplea.


XXVI

Puedo desesperar de mí y guardar mi esperanza de Vosotros. He caído de mi destello, y a la muerte, por todos vista, sólo vosotros no la notáis, helecho en el muro, paseante en mi brazo.


XXVII

En fin, si destruyes, que sea con herramientas nupciales.



René Char, Los matinales seguido por La palabra en archipiélago
Traducción: Javier Zugarrondo
Córdoba (Argentina), Alción Editora, 1998