6 abr. 2007

Pier Paolo Pasolini - Otros poemas





No es de mayo este impuro aire
que el oscuro cementerio extranjero
hace aún más oscuro, o lo ilumina
con ciegas claridades... este cielo
de babas sobre techos amarillentos
que en semicírculos inmensos velan
las curvas del Tíber, los turquesas
montes del Lacio... Expande una mortal
paz, desamorada como nuestros destinos
entre las viejas murallas el otoñal
mayo. En él está el gris del mundo
el fin del decenio en el que nos aparece
entre las inmundicias concluido el profundo e ingenuo esfuerzo de rehacer la vida, el silencio, putrefacto e infecundo...
Tú joven, en aquel mayo en que el error
significaba aún la vida, en aquel mayo italiano que a la vida agregaba al menos ardor, por lo menos despreocupado e impuramente sano de nuestros padres -no padre, pero humilde hermano- con tu flaca mano dibujabas el ideal que ilumina
(pero no para nosotros: tú muerto, y nosotros muertos igualmente, contigo, en el húmedo jardín) este silencio. No puedes,
¿lo ves? que descansar en este lugar
extraño, aún confinado. Tedio patricio te rodea. Y desteñido
sólo te llega algún golpe de martillo
de los talleres del Testaccio aquietado
en el atardecer entre miserables techos, desnudos
montones de lata, hierros viejos, donde
canta inútilmente un muchachón que concluye su jornada, mientras alrededor la lluvia cesa.

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Entre los dos mundos, la tregua en la cual no estamos.
Elecciones, abandonos, otros sonidos no tienen que éstos del jardín acongojado y noble, en el que el tenaz engaño alentaba la vida, queda en la muerte. Los círculos de los sarcófagos no hacen más

que mostrar la sobreviviente suerte
de gente laica de laicas inscripciones
en estas grises piedras, cortas

e imponentes. Aún de pasiones
sin freno sin escándalo han ardido
los huesos de los poderosos de naciones

más grandes: silban, casi nunca desaparecidas
las ironías de los príncipes, de los pederastas
cuyos cuerpos están en las urnas esparcidos

ya cenizas y no aún castos.
Aquí el silencio de la muerte es fe
de un civil silencio de hombres permanecidos

hombres, de un tedio que en el tedio
del parque, discreto cambia: y la ciudad
que indiferente, lo confina en medio

de tugurios y de iglesias, sacrílego en la piedad
allí pierde su esplendor. Su tierra
plena de ortigas y verdores alimenta

esos flacos cipreses, esta negra
humedad que mancha los muros alrededor
de los flacos entrelazamiento de los tallos, que el anochecer

apaga serenando desnudos
olores de alga...este pasto débil
e inodoro, donde se hunde violeta

la atmósfera, con un temblor de menta
o heno podrido, y quietamente anuncia
con diurna melancolía, la apagada

trepidación de la noche. Aspero
de clima, dulcísimo de historia, está
entre estos muros el suelo que suda

otro suelo; esta humedad que
recuerda otra humedad; y resuenan
familiares de latitudes y

horizontes donde inglesas selvas coronan
lagos perdidos en el cielo, entre praderas
verdes como billares fosfóricos o como

esmeraldas: "and O ye Fountains..." las piadosas
invocaciones.


Foto: Trastevere, 1962