4 abr. 2007

Ovidio: Las metamorfosis



Las metamorfosis: Libro sexto


Argumento

Deseosa de aventuras, Minerva se transforma en vieja. Nárrase cómo la diosa de la sabiduría se encontró con la orgullosa Aracne, lo que discutieron acerca de las diferentes hilazas y de su utilidad y belleza, y, por fin, el castigo que dio Minerva a la ensoberbecida, transformándola en araña.


Minerva, después de haber escuchado a las musas, elogió profundamente su canto, y aprobó la forma cómo ellas se habían vengado de sus rivales. Ella recordó entonces la vana presunción de Aracne (1), que en una ocasión le había dicho que la aventajaba en el arte de trabajar la lana. Esta doncella no era ilustre por su nacimiento ni por la categoría de sus padres. Solamente su industria y su habilidad la habían proporcionado la celebridad de que disfrutaba. Idmón, su padre, era un simple tintorero de lanas en la ciudad de Colofón, y su madre, que ya había muerto, era de tan humilde familia como su marido. Sin embargo, su hija había adquirido una gran reputación por el primor con que ejecutaba sus labores. Vivía en la pequeña ciudad de Hipepo, atrayendo hasta allí la curiosidad de las ninfas de Mole y del Pactolo, que abandonaban a menudo sus encantadoras viñas y las aguas de este río para admirar la belleza de las obras de Aracne. No constituía solamente un placer infinito ver esas obras maestras cuando estaban acabadas, sino el encanto de vérselas ejecutar con tan significada gracia. Sea porque ella misma tejía sus lanas, o porque imitaba con inusitada perfección los colores de las nubes, se hubiera dicho que fuera Minerva en persona quien las había ejecutado. Con la misma presteza y gracia que hilaba, trabajaba con la aguja. Ella, sabedora de su habilidad, no reconocía a la diosa superioridad en su arte. Puede venir -decía ella- y disputar conmigo cuál de las dos es más hábil; no rehúyo el combate. Y quiero, si soy vencida, someterme a toda suerte de castigos.

Picada por el discurso de la insolente, Minerva, tomando la figura de una viejecita de blanca cabellera y apoyándose sobre un bastón, le habló así a Aracne: No se debe despreciar la vejez. Los años dan la experiencia, y no debes dejar de escuchar los consejos que te voy a dar. Conténtate con la reputación con que por tu habilidad has sobrepasado a todas las mujeres del mundo; pero no trates jamás de igualarte a una diosa. Debes satisfacer con alguna explicación las palabras ofensivas que acabas de proferir; ella está presta a perdonarte si demuestras arrepentimiento. Este discurso ofendió de tal manera a Aracne, que, habiéndose quitado de delante la labor y echando sobre la viejecilla miradas de indignación y tratando de golpearla, le habló así: Vieja insensata -le dijo con grandes muestras de indignación-, parece en verdad que los años os han dotado de gran juicio y que el peso de los años os es de una gran utilidad. Id, id a dar estos sanos consejos a vuestra hija, si es que la tenéis; yo, desde luego, os aseguro que no los necesito de nadie, y que vuestras demostraciones no me harán cambiar de sentimiento. ¿Por qué Minerva no se presenta tal como es? Por qué rehúye el desprecio que le he hecho? - Lo acepta, dijo la diosa, desapareciendo la vieja bajo la cual su verdadera figura se ocultaba, y mostrándose con las señales de su dignidad. Las ninfas y mujeres que por allí andaban le rindieron sus honores; Aracne se conservó imperturbable; solamente un levísimo rubor cubrió sus mejillas. Le duró poco tiempo. Pronto le volvió su blanco color de antes. La diosa no cuida ya de darle inútiles consejos; acepta el desafío y quiere disputar la victoria en el acto. Ved a la una y a la otra cómo preparan sus obras. La lanzadera rueda con una agilidad increíble y cada vez que el hilo pasa a través de ella tienen el cuidado de separarlo con un peine especial, necesario en esta clase de trabajo. Tanto la una como la otra trabajan con una destreza y ligereza admirables, poniendo ambas un gran celo en quererse sobrepasar. La unión de los más bellos colores formaban sobre sus telas una mezcla tan agradable de claros y oscuros, y las nubes eran tan delicadas y diluidas, que se hubiera podido compararlas a los colores del Arco Iris. Imagináos los rayos del Sol a través de suavísima lluvia, descomponiéndose en los siete maravillosos colores; no es posible discernir cómo pasan de un color a otro; la que tocan ahora parece ser la misma de antes; sin embargo, hay una gran diferencia entre la una y la otra.

El oro iba mezclado con la seda de una manera ingeniosísima. Cada una de ellas trazó sobre sus tejidos antiguas historias. Minerva representó en el suyo el pleito que Atenea (2) tuvo con Neptuno sobre el nombre que se debía de dar a esta ciudad. Veíanse allí los doce grandes dioses sentados sobre sus tronos con su majestad característica, y Júpiter en el centro. Cada uno de estos dioses estaba allí representado al natural, pero Júpiter con un aire de grandeza tal que anunciaba ser el maestro del mundo. Neptuno, golpeando la tierra con estridencia, hizo salir un caballo; esto parecía que lo autorizaba a dar un nombre a la ciudad. Minerva estaba representada con su casco, su lanza y su escudo, sobre el cual estaba la vencida cabeza de Medusa. Dio un golpe a la tierra con su lanza, viéndose salir un olivo repleto de hojas y fruto. Perplejos de admiración los dioses por este prodigio, decidieron en su favor la victoria. Con esto la diosa había terminado su obra.

Sin embargo, para hacer comprender mejor a su rival el castigo que la esperaba por su temeridad, trazó en pequeño en las cuatro esquinas del lienzo la historia de cuatro combates. En uno se veía la aventura de Hemo, rey de Tracia, y de Ródope, su esposa, que fueron convertidos en roca por haber tenido la audacia de llevar los nombres de Júpiter y Juno. En el otro ángulo estaba la historia de Piga, reina de los pigmeos, a quien Juno, para castigarla por su presunción, cambió en grulla con el fin de que ella misma estuviera en guerra continua con su pueblo. En el tercer ángulo se veía a Antígona, que había tenido la audacia de compararse con la esposa de Júpiter. Esta diosa la metamorfoseó en cigüeña; ni la ciudad de Ilión, ni Laomeolón, su padre, lograron impedir que la revistiera de blancas plumas, de las cuales tuvo la vanidad de celebrarlo. Al fin, en la cuarta esquina, se veía a la infortunada Cinara abrazando con lágrimas en los ojos las gradas de un templo. Eran sus propias hijas, a quienes los dioses así las habían metamorfoseado. Minerva rodeó el borde de su trabajo con ramos de olivo entrelazados. Tal era el dibujo que en su obra maestra trazó la diosa, empleando en ella el árbol que le era consagrado.

Aracne, por su lado, representó sobre su lienzo a Europa seducida por Júpiter bajo la figura de un toro. La obra estaba tan acabada, que hubiera creído ver, en efecto, un verdadero toro y una verdadera mar. Europa aparecía allí con los ojos vueltos hacia la ribera que acababa de dejar. Parecía llamar a sus compañeras en su socorro, retirando sus pies por el temor de que fueran mojados. También se veía allí dibujado a Aster luchando con el águila de la que Júpiter había tomado la figura, y a Leda acariciada por el cisne. Las demás aventuras de este dios se veían allí representadas con inusitada delicadeza. Ora aparecía en forma de sátiro con la bella Antíope, de la que tuvo dos hijos gemelos; mudado en Anfitrión, gozando con la hermosa Alcmena; transformado en lluvia de oro, penetrar en la torre donde estaba encerrada Dánae y poseerla de esta manera; bajo la figura de pastor, gozar a Mnemosina; en serpiente transformado, seducir a Dórida y cambiado en fuego, burlarse de Argina. También pintó Aracne sobre su lienzo a Neptuno metamorfoseado en toro en la aventura que tuvo con una de las hijas de Eolo; bajo la forma de río Enípeo procreó a Ato y Efialte; en carnero transformado engañó a Bisálpida; de caballo verdadero sintióle Ceres; de pájaro, en la intriga que tuvo con Medusa, y de delfín con Melanco. Todo ello dibujado con tal naturalidad y vida que daba espanto. También estaba representado en el mismo tapiz Apolo cambiado en traciano, en halcón, en león y en pastor. De esta manera metamorfoseado, se hizo amar de Isse, hija de Macareo. Finalmente aparecía Baco en forma de racimo burlando a Erigone; también estaba Saturno en forma de caballo para engañar a Filira, de la cual tuvo al centauro Quirón. Hojas de hiedra entrelazadas, con mucho arte dispuestas, bordeaban esta bella obra de tapicería.

Estaba tan bien ejecutada, que Minerva no pudo encontrar en ella ningún defecto. La diosa, de ira despechada, reprendió con violencia la veracidad de los crímenes de los dioses allí representados. Con la lanzadera rasgó de arriba abajo el tapiz y golpeó fuertemente la cabeza de Aracne, quien poseída de gran desesperación, huyó de la gente. Minerva, que no se sabe qué resto de piedad, la sostuvo en el aire y le habló así: Vivirás, insolente Aracne, siempre de esta forma suspendida; tal será tu castigo para toda la posteridad. Al marcharse Minerva, le arrojó el jugo de una hierba envenenada que le hizo caer los cabellos, la nariz y las orejas; su cabeza y su cuerpo disminuyeron; las piernas y los brazos en patas sutilísimas se tornaron, y el resto del cuerpo no presentó más que un grueso vientre. De esta manera, en araña transformada, sigue tejiendo con sus hilos la tarea a que ella estaba acostumbrada.



Notas

(1) Aracne. Natural de Lidia. Inventó el arte de hacer telas y redes. Se ahorcó. Parece que se transformó en araña.

(2) Al fundar Cécrope la ciudad de Atenas -cuenta San Agustín, tomándolo de Varrón- fueron encontrados un olivo y una fuente. Consultado el oráculo, manifestó que Minerva y Neptuno, de quienes eran símbolos aquellas cosas, tenían derecho a dar nombre a la nueva ciudad. El pueblo se decidió por el de la diosa.

Ovidio, Las metamorfosis
Madrid, Espasa Calpe, 1972, 2ª edición
Trad. Federico Carlos Sainz de Robles