9 abr. 2007

Octavio Paz - Pequeña variación


Como una música resucitada
-¿quién la despierta allá, del otro lado,
quién la conduce por las espirales
del oído mental?-,
como el desvanecido

momento que regresa
y es otra vez la misma
disipada inminencia,
sonaron sin sonar
las sílabas desenterradas:
Y en la hora de nuestra muerte, amén.

En la capilla del colegio
las dije muchas veces
sin convicción. Las oigo ahora
dichas por una voz sin labios,
rumor de arena que se desmorona,
mientras las horas doblan en mi cráneo
y el tiempo da otra vuelta hacia mi noche.
No soy el primer hombre
-me digo, a lo Epicteto-
que va a morir sobre la tierra.
Y el mundo se desploma por mi sangre
al tiempo que lo digo.

El desconsuelo
de Gilgamesh cuando volvía
del país sin crepúsculo:
mi desconsuelo. En nuestra tierra opaca
cada hombre es Adán:
con él comienza el mundo,
con él acaba.
Entre el después y el antes,
paréntesis de piedra,
seré por un instante sin regreso
el primer hombre y seré el último.
Y al decirlo, el instante
-intangible, impalpable-
bajo mis pies se abre
y sobre mí se cierra, tiempo puro.


Pequeña variación
(Árbol adentro, Barcelona, 1987)

Patricia Damiano, entexto