15 abr. 2007

José Lezama Lima - Juego de las decapitaciones

Wang Lung era mago y odiaba al Emperador; amaba en doblegada distancia a la Emperatriz. Codiciaba una piedra de imanes siberianos, un zorro azul; acariciaba también la idea de sentarse en el Trono. Poder así, por su sangre recostada en la Costumbre, convertir sus baratijas, sus bastones y sus palomas hechizadas, en quebradizas varas de nardo y nidos de palomas salvajes, liberando sus ejercicios de los círculos concéntricos. Recorría las aldeas del norte disfrazado de agente del apio, trasponía El Amarillo, penetrando en los puertos. En las posadas mientras él dormía, Cenizas del molino frente al río, vigilaba, jorobadita y huérfana, los baúles. Ponía en sus baúles, en el piso superior, las maderas olorosas y la pólvora, madre de las flores voladoras. En el piso secreto guardaba los candelabros, las cintas de las patas de su paloma favorita y el Tao Te King. Vigilaba con doble ceño cuando llegaban a la corte, por el gran número de cortesanos arruinados y por sus hijos más jóvenes que tenían extrañas amistades entre los bandidos de las cordilleras.

Había llegado a la corte, y después del primer día de recuperarse, entró por la noche en la sala principal del palacio imperial. Lo esperaban el Emperador y los altos dignatarios; cuando entró sorprendió risitas ceremoniosas. La magia no lo había liberado de que los altos dignatarios a escondidas, lo vieran con inferioridad. Como buen mago era ceremonioso, era lento; no obstante, al penetrar en la sala, no pudo evitar una nieve en su memoria, vaciló. Lo que al principio había entrado por sus ojos como una cigüeña de seda, ahora, más saboreado, se mostraba en un dibujo de perlas que daba varias vueltas a una casaca, en el detalle puesto en una manga para hincharla, mejor que en una cadera para ceñirla. Desde los remotos fríos habían venido señores para contemplar la magia, desprendiéndose ese sólido cuchicheo que se evapora de los chinos cuando están reunidos. Un poco más alejados del cuadro espeso de los dignatarios se situaba la pareja imperial. El Emperador, inmutable, como si contemplase una ejecución. La Emperatriz, mutable, como si observara una mariposa posada en la gran espada, reposada en un ángulo del salón, de la época del Veedor del silencio.

Mago de feria, de asociaciones impetuosas, tuvo el error provinciano de mostrar primero sus innovaciones. Su arte consistía en un gran refinamiento de la técnica manual –pasaba una moneda por todos los dedos en el tiempo en que un ejecutante recorre todo el teclado–, unido a la música y a la pólvora. En la mañana, en el reparto que había hecho de su aprendizaje secular, hacía los ejercicios de acoplamiento del músculo y el instante, bien para ocultar una anilla o para soplar vida súbita a una paloma, a dos faisanes o a un largo desfile de gansos. Por la tarde, dirigía, escrutaba su orquesta de cinco profesores de cuerda y un pífano; vigilaba el pequeño abismo rosa de uno de los compases para situar una aventura en la interrupción. Y por la noche, oculto en su más oscura cámara, preparaba sus efectos con la pólvora colorante, para provocar la gran canasta de peras multicolores que se rompe en el cielo en lluvia de manecillas, guantes y estrellas.

A pesar de sus innovaciones, su colección de sentencias lo emparentaba con el estilo de la magia de la gran época. Acostumbraba decir que la magia consiste en pasarse una moneda por todos los músculos en el tiempo en que el espectador tiene que hacer un gesto para demostrarnos y demostrarse que no es una estatua, como un cambio en la posición del brazo, extender un poco más las piernas, o pestañear, mover el cuello. Mientras tal cosa sucede, añadía con crueldad maliciosa, el mago tiene que parecer que está soplando en un pífano invisible. Invisible él también. En una ocasión desesperada en que un mandarín arruinado le espetó esta dolorosa pregunta: ¿por qué no empleas el arte de la magia en darle vida a los muertos? Wang Lung, ceremonioso, contestó: porque puedo sacar de las entrañas de los muertos una paloma, dos faisanes, una larga hilera de gansos.

Después de sus innovaciones, sabía Wang Lung que aquella masiva solemnidad reunida en el palacio querría sus vulgaridades, y ya aprestaba su juego de cuchillas para decapitar a la doncella que se aburría mientras el público aclamaba. De las doncellas de la Emperatriz se aprestaba la más delgada de todas, cuando un gesto del Emperador demostró que quería dar otro curso al final del espectáculo del mago. Indicó con frío ceremonial que quería que esa suerte, para el mago la más plebeya de todas, se ejercitase en el cuello de la Emperatriz. Los espectadores temblaron, creyendo que algunas intrigas de la corte habían coincidido para que decidiese un final en que se mezclase lo espeluznante con la alegría secreta de los cortesanos. So Ling, menuda y agilísima, interpretó rectamente el signo y se dirigió hacia Wang Lung, que ya aprestaba los espejos y las cuchillas, los ángulos de sombra y las incidencias, igualando el cuello de una rata con el de la Emperatriz. La cuchilla caía y se alzaba, alzando en cada una de esas ausencias el cuello aislado, sin gotas de sangre y convertido en una entelequia. So Ling, menuda y agilísima, se levantó después que Wang Lung hubo mostrado su última vulgar destreza, y volvió a sentarse al lado del Emperador.

El Emperador reaccionó ante la más vulgar destreza que puede realizar un mago ante el ceremonial de la corte, encarcelando a Wang Lung. Con esa decisión intentaba demostrar la superioridad de la Autoridad sobre la Magia, y además preparaba una trampa visible: que So Ling visitase de incógnito al mago y preparase la fuga hacia los fríos del norte. En el fondo, el Emperador reaccionaba ante el espectáculo del mago con otro más vulgar, y no ante la corte, sino ante el pueblo. Encarcelando al mago, el pueblo creía que el Emperador se jugaba una carta desesperada, ya que luchaba con fuerzas que él no podía detener como el rayo negro. Después, al fugarse el mago con So Ling, el Emperador se mostraba ante el pueblo en una soledad nostálgica que lo neutralizaba para ser atacado. Y así So Ling, que comenzó sus visitas al prisionero llevándole panes y almendras, pudo posteriormente allegar un trineo y doce perros voladores para escapar hacia el norte, con tan escasa persecución que pronto pudo el trineo sonar sus campanillas.

La aldea a la que se iba acercando adquiría en la noche una calidad de amarillo con lengüetas súbitas de rojo ladrillo. Los grandes faroles de las casas más ricas, al moverse soplados por el viento de otoño, parecían pájaros que transportasen en su pico nidos de fuego. Cuando el viento arreciaba y el farol chocaba con la pared, volvían a parecer pájaros que al volar se golpeasen el pecho con la medalla de las ánimas del purgatorio. Al divisar las luces, los fuegos fragmentados, Wang Lung se sintió apuñalado por deseos disímiles, sucesivos, de diversos tamaños. Las luces lo tentaban de lejos y se mostraban en innumerables rostros, en aclamaciones de fuego trastocado. Las llamas levantadas en sitios estratégicos para ahuyentar a los zorros –y el pequeño centinela rojo ladrillo que se encargaba de avivarlas–, trepaban y se fugaban por su espalda y por sus brazos, produciéndole un desperezarse multiplicado por pinchazos incesantes. Hizo un gesto despacioso, detuvo el trineo y saltó para abandonarlo. So Ling semidormida sintió cómo él la cubría con las mantas y levantaba el puño para golpear con el latiguillo a los perros. Saltó también So Ling y se le prendió del cuello, clavándole el gesto como un alfiler largo para que no se le escapase. Pero él, resuelto, la empujó dentro del trineo, y ante sus insistencias, levantó la mano como para golpear aquella mejilla que tanto se brindaba. Un latigazo dado a los perros y se alejaban las campanillas, y Wang Lung, ceremonioso, entró en la aldea, después de sacudir su malhumor.

So Ling dejó que los perros sintiesen lo interminable de ese latigazo, y durante tres días, entrecortados por la lejanía del agua y su encuentro, y por el tiempo más lento en que los perros hundían su hocico en el agua para comer peces aún vivos, mezclándose el sonido de su masticación y el de la agonía de los peces. Dormía y se despertaba sobresaltada, para volverse a dormir, mientras el trineo sobre su propia única luz nocturna se nutría de una extensión infinita. Cuando los perros sacudieron sus campanillas, So Ling creyó ingenuamente que el cansancio les doblegaba las patas, sorbiéndole el frío los tuétanos.

Las manos que sujetaban los perros del trineo se fueron reduciendo a una sola mano de tamaño mayor, que acariciaba su cuerpo con la misma lentitud que el agua elabora un coral. Así en noches sucesivas, hasta que So Ling, que ya había abierto los ojos totalmente, conoció que había pasado de un palacio a una fuga, de una fuga a un campamento. Y que quien la acariciaba, iba creciendo de caricioso a bandido y cazador, espectáculo aumentado en las sucesivas caricias hasta convertirse en el pretendiente al Imperio. Le decían El Real, y por una heráldica de peldaños rotos y reconstruidos se consideraba que su sangre era más pura que la de Wen Chiu, y que él era el hijo del cielo, y Wen Chiu un perro salido del infierno. Hasta Wen Chiu habían llegado distintas noticias de El Real, considerándolo como un bandido que sólo atacaba a los campesinos ricos que abandonaban sus granjas para pedir en alguna puerta distante algunas semillas de melocotón. Los cortesanos disimulaban, por cautelosa prudencia, que las aspiraciones de El Real fueran hasta el mismo trono; sin embargo, como operaba por el norte del imperio, Wen Chiu lo ignoraba, dejándolo por las aldeas del norte, como si dejase a un monstruo pacer en un tapiz mientras los bucolistas soplaban en sus trompillas. Como era de esperarse, la mujer que rodea a un hombre enclavado entre el bandolerismo y las pretensiones reales, tenía que ser la amante que traiciona a sorbos de té; que va de un campamento a otro para vigilar el sueño que se concentra en la tienda de los combatientes. Y colocar en la cesta, que había entrado con unas botellas de vino, una cabeza separada del tronco con tan graciosa limpidez que las gotas de sangre parecen cera mezclada con cerezas.

Retomemos de nuevo al mago Wang Lung, perdido, despreocupado gustoso por las provincias del norte. Así como en la corte se le pedía siempre al finalizar, los números de fácil virtuosismo: el de la decapitación; en esas aldeas se abandonaba a sus más peligrosos juegos en espiral, abandonando las variaciones y las seguridades anteriores, brindadas por el estilo fugado. En lugar de extraer de sus mangas el ganso o el pelícano, se adelantaba hacia el proscenio, con la mano izquierda en la cintura, y mientras la misma manga se iba agrandando a lo largo de todo el brazo, hasta adquirir la dimensión propia de la manga de campana; iba muy lentamente convocando y variando la atención de los espectadores, alzando la mano derecha, y apuntando hacia el cielo, señalaba la bandada de gaviotas, permanecía en esa posición hasta que se apartaba del grupo una que portaba en el cuello una cinta, que venía en vuelo aceitado a introducirse en la manga. Mientras la gaviota venía a guarecerse en la gruta de su manga, Wang Lung parecía cumplir una orden de Diaghilev, contrastaba su seguridad alegre con la expectación tensa, un tanto mortificada. Wang Lung, que había mantenido su vocación de mago lo mismo en la corte que en la aldea, pensaba con tristeza, que si ese número hubiera sido reemplazado por el ganso que sale de la manga impulsado por un disparo cortante y grosero, la misma expectación del público se hubiese mantenido en igualdad de frecuencia. Ese pensamiento fugazmente lo turbaba, pero él prefería ese gesto de ballet, el índice alzado con artesana altivez, y la gaviota que se apartaba de la bandada y venía a domesticarse en su manga.

Así transcurría, hasta que un capitán que en su visita a la capital, había oído el relato del mago y su fuga, decidió asistir a sus juegos, interrogarlo después, y mandarlo a la corte para que decidiesen de su suerte. Cuando estuvo en presencia del Emperador, éste permaneció indiferente, ordenando que lo recluyeran en prisión militar, pero con el mismo gesto de absentismo con que firmaría la sentencia de muerte para el ladrón del caballo favorito de uno de sus favoritos.

En el subterráneo se veía obligado a abandonar su técnica anterior; tenía necesidad de verificar, de montar sus juegos ante la imposibilidad total de espectadores. ¿Era un deseo demoníaco, o la necesidad de diseñar las excepcionales agudezas de sus tensiones, o un simple juego angélico interesado en sacarle el sombrero a los hombres los días de frío, lo que lo guiaba en su vocación de mago? Sin responder, podemos ahora añadir que se veía obligado a prescindir de su pequeña orquesta y de su delicioso jardín zoológico, teniendo que sacar de las mismas paredes sus últimas destrezas. Colocaba al borde de la mesa el plato de madera, lo presionaba con el dedo anular con fuerza giratoria hasta tenerlo elevado en el centro de la celda. Si sobre el plato, martillaba instantáneamente una impulsión giratoria, sobre el tenedor el índice al golpear con velocidad inicial y uniformemente acelerada hacía que fuese a clavarse en el centro del plato. Cuando regresaba el carcelero, se limitaba con gesto frío y malhumorado, a despegarlo, pues ya el plato de regreso, en la mesa, Wang Lung por divertissement, provocaba que la vuelta del plato hacia la mesa fuese lentísima, incrustándosele el tenedor como un jinete que despedido de la montura por un ciclón se entierra de piernas en la tierra húmeda. El carcelero tenía la indecisa visión de haber visto, paseándose por el patio, a Wang Lung, con la puerta de su celda cerrada. Para aliviarlo de esta desazón que provoca la presencia de lo extrasensorial, Wang Lung le anunció la muerte de una hija en las provincias del arroz. Al verificarse, días más tarde, esa muerte, Wang Lung consiguió una de sus más incalculables destrezas: desdivinizarse y situarse en una posición de profecía extremadamente favorable para él. Desde entonces el carcelero le traía la misma agua transparente, goteada de limón que tomaba con los soldados de posta.

So Ling iba comprendiendo que ser la amante del pretendiente después de haber sido Emperatriz, era una posición de un lirismo neblinoso y grosero. Creyó que traicionar al pretendiente, después de su fuga banal, era volver de nuevo a la clásica línea de su estirpe. Al encontrarse de nuevo frente al Emperador, no se daba cuenta que estaba desinflada, seca y sin armas. Que se había apartado de la ortodoxia y de la herejía, y que giraba como un reloj inspeccionado por una gata persa. Al principio le decía a So Ling, que El Real era un bandido, que ella lo conocía a saciedad, que no temiese.

Después, cambiaba; ahora El Real había consultado con los más pacientes escribas eruditos, y le habían informado, con citas especiales y bien pagas del Libro Sagrado, que en su sangre pesaban unas gotas de oro, con más multiplicación que en las del Emperador. Después, So Ling lloraba o adoptaba la posición de quien en su silencio contraído oculta un secreto. De nada le valió, con más displicencia aún que cuando El Mago fue remitido a prisión subterránea, So Ling fue encarcelada y obligada para escarnio a llevar al cuello un collar de cuentas de madera del tamaño de un ojo de buey disecado. A quien se le acercaba para verla parecía una campesina estúpida o una emperatriz enloquecida por el alcohol.

El Real hizo una encaramuza para tantear las defensas de la ciudad. Creía que cada una de esas embestidas, que le rendían un barrio, representaban un fragmento que ya era suyo, aunque después tenía que retroceder y contar sus pérdidas. Pero ese fragmento, suyo mientras se combatía, llevaba ya la señal de la posible suma total, que se derivaría cuando ya él hubiese atacado los restantes barrios. Había logrado llegar hasta donde empezaban los mercados, y al pasar por los alrededores pobres donde estaba la prisión, pudo casi inadvertidamente poner en libertad a Wang Lung.

Contrastaba el gesto furioso de El Real, pintado aún con los atributos de guerrear, que al entrar en la prisión para dar las libertades, parecía por su furor que luchaba con los soldados para que no lo encarcelaran. Wang Lung mostraba, por el contrario, una candidez irónica. Los guerreros tuvieron tiempo para constatar un asombro: de la manga de Wang Lung se iba desprendiendo una rama hasta alcanzar tres metros, surgiéndole retoños rojos. Wang Lung tiró contra el cielo la rama y apretó la mano de El Real. Cargaban con certeza las tropas del Emperador y el pretendiente tuvo que retroceder, abandonar el barrio conquistado, llevándose a Wang Lung hacia las provincias del norte.

En el campamento de El Real se tenía por Wang Lung una veneración delicada. Se le consideraba de una sustancia especial y no se le exigía la constante demostración de su poderío. Cuando un campesino, por ejemplo, le mostraba un potro fuerte, clásicamente herrado, lo hacía con ingravidez, no temía que se fuese a romper la relación que existe entre el caballo, la herradura y la delicadeza con que pellizcaba los músculos del caballo para que nos mirase artificialmente a la cara con ese metal y esos clavos. Cuando Wang se alejaba, el caballo tenía sus cuatro patas sobre la tierra y el campesino también se alejaba. Así lograba con sus poderes convivir, y no verse obligado, al habitar una lejanía, a perder la diaria distribución de sus instintos. Se deslizaba así en una intercomunicación hialina, se sentía flotar en el polvillo de la luz, observando desde lejos el fuego de toda palpitación y evitando de cerca la rumia vegetativa del aliento. Gozaba así, por la transparencia con que revertían hacia él, de un inmenso campo óptico, semejante a esos cuadros primitivos, donde unas tentaciones con cara de escorpión luchan por enceguecer a un adolescente que no se quiere abismar, percibiéndose allá en el fondo de la tela, una felicísima cocinera que al mismo tiempo se aprovecha para ver desde la ventana un espectáculo que la hace reír nerviosamente, asomando de nuevo su cabeza, dispuesta a prolongar su curiosidad hasta un cansancio que desemboca en la infinitud.

El pretendiente rehizo su ejército y embistió de nuevo contra la ciudad. Como la preparación de la defensa había sido más lenta, el ataque fue súbito. Las vicisitudes del encuentro anterior se perdieron, y la estrategia empleada se había convertido en una especie de prueba de tubas de órgano. Se presionaba una pequeña tecla, que rezaba: órgano tempestuoso (tempête), y contestaba una ramazón sonora, o contestaba a la presión flauta, una vaciedad, y nos convencíamos que el órgano estaba desinflado. Así El Real atacó un fragmento, un barrio ya escogido, y todos los puntos de defensa estaban tan ferozmente obturados que la retirada fue casi inmediata. Pero en ese barrio había una prisión, y allí So Ling pudo, muy asustada, recobrar de nuevo su libertad. El pretendiente la examinó rápidamente, y ya empezaba a caminar So Ling con lentitud, cuando fue lanzada sobre el caballo, enlazada y sacada hacia el campamento del que ella había huido.

El Real preparó en marfil su crueldad. Quería que el mago y So Ling se vieran de improviso en el acto que él había preparado para comunicarle un disfraz brillante a su derrota. Después del descanso, de las palmadas, guitarras, juegos de armas y lazos, se hizo un silencio para la acción del mago. De una a otra tienda, situadas en los extremos del tinglado, salieron Wang Lung y la Emperatriz, se saludaron, rieron, se hicieron cortesías con frialdad redondeada. Encuentro que no revelaba una fuga, el odio por el abandono estepario, reminiscencia, deseo, trineo, frialdad o calor bajo las mantas. Cada uno retrocedió y fueron a sentarse en sus sillas, la de So Ling más cerca de El Real. La multitud se tragaba su silencio y lo devolvía en forma de mosca fría. El pretendiente golpeó en un gong. Los caballos fueron sacados más allá del río que formaba el límite del campamento, para no oír el descarado ruido de sus cascos.

El Real hizo una señal de nerviosa ordenanza. Quería que el festival comenzase por el acto de la decapitación. Wang asintió, y So Ling, con gentileza, se dirigió a la mesa y se ofreció a la cuchilla. Con una gravísima limpidez se vio a su cabeza cobrar una momentánea independencia, pero después ya saludaba, y se dirigía de nuevo a ocupar su silla más cerca de El Real. Algunos distraídos que presumían de estar en el secreto, esperaban que el pretendiente hubiese dado órdenes secretas a Wang o que éste fingiese un desmayo para que la cuchilla siguiese hasta el final. Pero el mago prefirió su acto puro, su diestro artificio, interrumpiendo, aislando momentáneamente, pero sin poner un dedo siquiera en la gran obra de continuidad secreta y ajena. La cortesía encerraba sus ejercicios, y la cortesía no era para él otra cosa que la igualdad que se deriva del timor Dei.

En la corte el aplauso era un terciopelo mortal. Era siempre un final. Potenciaba tan sólo el silencio posterior. En el campamento de El Real, los aplausos, ya rítmicos, eran la introducción al frenesí. Después de haber empezado por ese número tan fastidioso para el mago, pudo aunar las destrezas que había adquirido durante su estancia en la prisión, con su clásica habilidad para hacer pasar sus dedos entre la pólvora y su orquesta invisible. Llegó a marear, se embriagó a sí mismo, y el campamento acuchillado por las hogueras vigilantes, parecía la gran piel que revienta, el cuero mayor que contiene a una inundación. Sin embargo, los situados en las últimas filas, los vacilantes, oyeron un temblor como de jinetes que se acercaban. Se limitaron a mover sus cabezas y a ser los primeros en retirarse a dormir.

Sería entrada la noche, cuando Wang Lung salió de su tienda. Un silencio frío, acompañado por las asperezas del grillo untado de rocío, se hacía más pesado a medida que adelantaba su curiosidad. Vio a So Ling que también salía de su tienda haciéndole señas, indicándole que terminaría con su curiosidad. ¿Qué pasaba? Con numerosísimo ejército el Emperador había salido a darle caza a El Real. Al avisar muy oportunamente los centinelas de la numerosidad de las huestes que se acercaban, el pretendiente levantó el campamento.

Aprovechándose del aislamiento silencioso que quedó como residuo de la gran noche del mago, y que pesaba muy especialmente sobre la pareja, huyó tendido hacia el norte. Pensó que al dejar abandonados a So Ling y al mago, el furor del Emperador se calmaría. Otro error suyo. Al ver los restos del campamento abandonado, el Emperador temió alguna encerrona, y siguió la persecución con más furia. Lo persiguió hasta llevarlo de nuevo a la tierra donde viven los bandidos del norte.

Desistió, pensaba que sería más conveniente tener en sus dominios un bandido más que un pretendiente ajusticiado. Inició el regreso cuando la humedad, los arneses y el búho mojado estaban dentro de un círculo.

Ya está Wang Lung en la tienda de So Ling, se extiende sobre las pieles. Wang la acaricia con precipitación incorrecta, sus gestos se van refinando mientras convergen hacia la garganta. So Ling reía con el mismo gozo con que veía avanzar la cuchilla, como quien se oculta de una oscuridad súbita que le rebana de los espectadores. Una curiosidad desatada gobernaba los dedos del mago que iban apretando incesantemente, mientras So Ling continuaba riendo, creyendo que era el juego anterior de los espejos, cuando ella aparecía para el reverso, como escindida por la cuchilla, teniendo tan sólo que retener un poco la respiración.

Después Wang Lung manteniendo la misma curiosidad que ya comenzaba a congelarlo, fue deteniendo los golpes rítmicos de su respiración hasta indiferenciarse totalmente, y así decidido invisible entró en el clarísimo laberinto. Los cadáveres del mago y de So Ling, lucían como si el hálito no se hubiese escapado, sino como si entre esas muertes fluyesen los siglos de un estilo diverso. Asomaba, en uno, la espiral incesante de su curiosidad; en el otro, la sonrisa de una total acomodación, de una confianza clásica. Al congelarse hicieron visibles sus estilos.

Las tropas del Emperador que regresaban, quedaban de frente al reverso del tinglado. Ordenó descanso, mientras él se aventuraba por la región donde no había espectadores. Penetró en la tienda, y al contemplar los cadáveres, entró de súbito en un especial tipo de locura cantable. Alzados los brazos, pasaba con rostro invariable de las canciones infantiles a los cantos guerreros. Salió de la tienda, y manteniendo el mismo canto ligero y grave, se dirigió al pozo, que es siempre la peligrosa encrucijada de todo campamento, y se precipitó. Penetraba en la oscuridad progresiva con un tono de voz hecho por las divinidades enemigas para aislar el pensamiento de la voz, y ésta a su vez de toda extensión oscura.

El Real regresaba, perseguía al ejército fiel y aumentaba sus contingentes. Perdía los pasos del ejército que él buscaba, y eso le hacía pensar que estaban dispuestos para recibirlo, y no con recepción de la corte. Cuando su ejército y el del Emperador se encontraron, pudo percibir que algo de rica expectación transcurría. Al encontrarse, el ejército del Emperador permanecía inmóvil; el de El Real, se adelantó, y con el mismo silencio se unieron los dos bandos. La petrificación del ejército del Emperador, se debía a que éste no regresaba, permaneciendo las tropas en parada descanso; así el otro ejército pudo sumársele, añadiéndole nuevas divisiones, colores, y armas. El Real, se adelantó más allá del tinglado, llegó hasta la tienda y percibió indiferente los dos cadáveres y sus incomprensibles gestos. Se adelantó más aún y llegó hasta el río que servía de límite natural al campamento. Notó que el pico de un flamenco progresaba en las entrañas de un cuerpo envuelto en unas sedas mordidas por unas insignias que tenían que ser calificadas de únicas. Mantenía las manos alzadas y la boca entreabierta se había congelado en el diseño del canto. Al sumergirse en el pozo había sido arrastrado por aguas subterráneas hasta el río que iniciaba su destrucción lenta con pájaros e insectos. Arrastró con limpia elegancia el cadáver del Emperador y lo mostró ante las tropas. Puso en el mismo trineo al mago, a So Ling y al Emperador, y ordenó marcha forzada sobre la ciudad mayor del Imperio.

La ciudad se apretaba en una concentración máxima a la vista de El Real. Los vigías contemplaron la unión de los dos ejércitos y los cuerpos que regresaban en trineo. A la vista de las murallas, el pretendiente hizo levantar un tablado inclinado, donde colocó los tres cadáveres sobre ramas y hojas, quedando como un relieve sobre fondo vegetativo. Algunos curiosos que se aventuraban más allá de las murallas podían alcanzar así ciertas precisiones que trasladaban después a los contemplativos de intramuros. Veían figuras que se desplegaban en espirales uniformemente aceleradas. El Emperador, con el agujero dejado por el pico del flamenco debajo de la tetilla izquierda, continuaba con sus brazos alzados, seguía impulsando sus romanzas. Los de intramuros pensaban que ese canto se debía a que El Real había decapitado a So Ling, cobrándole su traición; que el Emperador daba gracias por la huida de sus enemigos, cuando un horóscopo incomprensible se desató y el pico del flamenco rasgó sus entrañas. El mago quedaba como el curioso ante el retorno, la huida, el cuello de So Ling; curiosidad pasiva que cuando alcanzaba su perfección tenebrosa, podía contener la respiración y contestar a las preguntas que nos envían unos arqueros flagelados.

Después que exhibió los cadáveres durante tres días en el tablado inclinado, cogió una vara gigante rociada con resina olorosa, y le otorgó fuego a las ramas del lecho de los muertos. Cuando el fuego se extinguió, los curiosos que paseaban fuera de las murallas retrocedieron con una confusión delirante. Quedaban marcados con una complejidad que les prohibía hablar o pasear con tanta lujosa calma como hasta que habían contemplado esa destrucción de la plástica de la muerte.

El Real se acostó en el trono cincuenta años. Ningún fuego prendido con una vara resinosa señalaba un comienzo o una despedida. Los curiosos que habían visto los cadáveres sobre el tablado, cuando volvían a la ciudad, quedaban imposibilitados para llevar sus paseos más allá de las curiosidades visibles. Buscaban después soluciones domésticas, favorecían el despacioso crecimiento de sus árboles. Los que no se habían atrevido a ir más allá de las murallas les quedaba ese interior remolino secreto, dispuestos a aceptar el primer humo llegado como un presagio, como los chirridos insistentes del pájaro que transporta una voz.

Cuando los nuevos magos visitaban la corte, se brindaba el mismo Emperador a que el acto de la decapitación fuese elaborado en su propia cabeza. Cuando regresaba a sentarse en el trono, los cortesanos fingían un asombro helado y bien pronto recobraban su inmovilidad. Se había hecho demasiado visible el artificio del instante en que su cabeza liberada inciaba una oscura conquista, que los cortesanos no hacían coincidente, ni por el ceremonial, con el descenso horrorizado de los párpados. Los ojos de los cortesanos seguían la cabeza separada, como si, por el contrario, fijaran con exceso, molieran un insecto en una pieza de cerámica.

Consultado por los cortesanos El Claustro Imperial de Lojanes acerca de cómo remediar la espantosa sequía de espectáculos que seguían a la muerte de El Real, dictaminó que era necesario hacer las exequias en la puerta mayor, donde coincidían los pasos de los que se atrevían a ir más allá de las murallas, con los más prudentes que sólo vigilaban la verticalidad de las mismas murallas. Durante tres días su cadáver se mostró envuelto en los cueros y metales de su realeza; se mostró acompañado de rocío, de sol, y al tercer día, al llegar las lluvias, se quedó en una soledad marmórea, pues los curiosos huían... El martín pescador se obstinaba en pasar su cuerpo a través de un anillo de plata martillada. El halcón, noble dueño de su precipitarse, abría lo circular, hasta trocarlo en curso y recurso, convirtiéndolo en el espíritu estepario. El otro halcón, breve, tornasolado, raspaba con furia en un dedo de rotación incesante.

ISAÍAS GARDE, textos en transición