10 abr. 2007

Homero - Epigramas


III. A Midas


Soy una virgen de bronce y yazgo sobre el sepulcro de Midas. Mientras el agua mane, y los altos árboles reverdezcan, y salga el sol y alumbre, y haga lo propio la brillante luna, y los ríos se llenen, y el mar bañe la costa; permaneciendo en este mismo sitio, sobre su llorada tumba, anunciaré a los caminantes que aquí está sepultado Midas.


VI. Al Testórida


Oh Testórida, aunque las cosas oscuras para los mortales son en gran número, nada les resulta a los hombres tan difícil de conocer como su propia muerte.


VI. A Posidón


¡Óyeme, vigorosísimo Posidón, batidor de la tierra, que en el espacioso y divino Helicón ejerces tu imperio! Concede próspero viento y feliz vuelta a los marineros que son pilotos y capitanes de esta nave. Concédeme también que, al llegar al pie del escarpado Mimante, encuentre hombres venerables y justos, y pueda vengarme del varón que, engañando mi mente, ha ofendido a Zeus y a la hospitalaria mesa.


X. A un pino


Cualquier otro árbol, oh pino, produce mejor fruto que tú en las cumbres del ventoso Ida, de muchos valles. Allí los terrestres hombres hallarán el hierro de Ares, cuando los varones cebrenios lo ocupen.


XIV. El horno o el vaso de arcilla


Si me lo recompensáis, cantaré, oh alfareros. Ven acá, Atenea, y con tu manto protege este horno, para que tomen color los vasos y los barreños todos y se cuezan hermosamente y alcancen elevado precio al ser vendidos en gran cantidad así en la plaza como en las calles, y les procuren a los alfareros buena ganancia y también a mí para cantar en su honor.

Pero si, entregándoos a la imprudencia, forjáis mentiras, convocaré enseguida contra el horno a sus destructores: a Síntribe, a Esmárago, a Ásbeto, a Sabactes y a Osmódano, el que más daño causará a vuestra arte. ¡Destruye el pórtico y la casa, pegándoles fuego! ¡Tambaléese todo el horno, mientras los alfareros profieran grandes gemidos! ¡Cruja el horno como las mandíbulas de un caballo y desmenuce todos los cacharros! Ven acá, hija del Sol, Circe conocedora de muchos venenos: ¡échales tus crueles venenos y hazlos perecer a ellos y sus obras! Ven acá, Quirón, y trae muchos Centauros, así los que se escaparon de las manos de Heracles como los que perecieron: golpea de la peor manera estas cosas, derrúmbese el horno y vean aquéllos, sollozando, sus malas opciones; yo me alegraré al contemplar el arte de esos genios malos. Y a quien se inclinare sobre el horno, séale quemado el rostro por el fuego, para que todos aprendan a obrar rectamente.


Himnos (trad. Luis Segalà), Barcelona, 1990