10 abr. 2007

Henri Michaux - Un bárbaro en la India, 9

En la India nada para ver, todo que interpretar.
Kabir tenía 120 años y estaba por morirse cuando cantó:

Estoy borracho de alegría,
de la alegría de la juventud.
Ahí están los treinta millones de dioses.
Ya voy. - ¡Alegría, Alegría!
Franqueo el círculo sagrado...


Conozco una veintena de capitales. ¡Bah!¡Pero ahí está Calcuta! ¡Calcuta, la ciudad más repleta del Universo!Figuraos una ciudad compuesta exclusivamente de canónigos. Setecientos mil canónigos (más setecientos mil habitantes en las casas: las mujeres. Tienen una cabeza menos que los hombres, no salen a la calle). Se está entre hombres, impresión extraordinaria.

Una ciudad compuesta exclusivamente de canónigos. El bengalí nace canónigo, y los canónigos, salvo los muy chiquitos que van en brazos, van siempre a pie.
Todos peatones, por las aceras y por la calle, altos y flacos, sin caderas, sin hombros, sin ademanes, sin risas, eclesiásticos, peripatéticos. Diversidad de trajes.
Algunos casi desnudos; pero el verdadero canónigo es siempre canónigo. Los que están desnudos son quizá los más dignos. Unos de togas con faldones echados hacia atrás, o con un faldón echado hacia atrás, de toga malva, rosa, verde, borra de vino, o de traje blanco; demasiado numerosos para la calle, para la ciudad; todos, seguros de sí mismos, con una mirada de espejo, una sinceridad insidiosa y ese descaro especial que produce la meditación, con las piernas cruzadas.
Miradas perfectas sin altos ni bajos, sin defecto, sin éxito, sin percepción.
De pie, los ojos parecen de hombres acostados. Acostados, de hombres de pie. Sin flexión, sin blandura, prendidos en una red -¿cuál?
Muchedumbre abierta, franca, que se baña en sí misma, o más bien, cada uno en sí mismo, insolente, y cobarde si la atacan, desprevenida entonces y estúpida.
Cada ser cobijado por sus siete centros, por los «lotos», los «cielos», por las oraciones de la mañana y de la tarde a Kali, con meditación y sacrificio.
Atentos a evitar las contaminaciones de toda clase, los planchadores, los curtidores, los carniceros mahometanos, los pescadores, los remendones, los pañuelos que guardan lo que debe volver a la tierra, el asqueroso aliento de los europeos (que todavía guarda el olor de la
matanza de la víctima), y en general las causas innumerables que sumergen y vuelven a sumergir al hombre en el fango, si se descuida.
Atentos y brutos (el que ha nacido idiota, se hace dos veces más idiota, y ¿quién más idiota que el hindú idiota?), lentos, medidos, hinchados. En las piezas y films hindúes, los traidores que se revelan, el oficial del rajah que desenvaina furioso... no obran de inmediato. Necesitan una treintena de segundos, durante los cuales «arman» su cólera. Reticentes, no se aventuran a la calle y al torrente de la vida sino huraños, interiormente revestidos, envainados y abovedados.
Nunca deshechos, nunca agotados, sin destino, nunca desamparados. Seguros e insolentes. Sentándose donde les da la gana; cansados de llevar una canasta, la tiran al suelo y se repantigan; encontrando un peluquero en la calle o en una esquina, «Caramba si me hiciera afeitar...» y haciéndose afeitar ahí, en plena calle, indiferentes al amontonamiento, sentados en cualquier lugar, menos en el lugar esperado, en los caminos, ante los bancos, y en la tienda sobre los mostradores, entre los sombreros y los pares de zapatos, en el pasto, a pleno sol (se alimenta de sol) o a la sombra (se alimenta de sombra) o en el límite de la sombra y del sol, manteniendo una conversación entre las flores de los parques, o justo al lado, o contra un banco (¿es posible acaso prever dónde un gato va a echarse?) así son los hindúes. ¡Ah, esos devastados canteros de Calcuta! No hay inglés que los more sin un estremecimiento interior.
Pero tampoco hay policía ni artillería capaz de impedir que se sienten donde les da la gana. Inmóviles y sin esperar nada de nadie. El que tiene ganas de cantar, canta; de rezar, reza, a voz en cuello, vendiendo su betel o cualquier otra cosa.
Ciudad increíblemente repleta de peatones, siempre de peatones, donde es dificilísimo abrirse paso, hasta en las avenidas más anchas.
Ciudad de canónigos y de su maestro, maestro en despreocupación y en descaro: la vaca.
Se han aliado con la vaca, pero la vaca no se da por aludida. La vaca y el mono, los dos animales sagrados más insolentes. Hay vacas en Calcuta por todos lados. Cruzan las calles, se atraviesan en una vereda y la hacen intransitable; defecan ante el automóvil del Virrey, examinan las tiendas, amenazan el ascensor, se instalan en el descanso de la escalera, y sí el hindú fuera comible ya se lo habrían comido.
En su indiferencia por el mundo externo, también es superior al hindú. Visiblemente, no busca explicaciones, ni verdades en el mundo externo. Maya, todo eso. Maya, este mundo. Eso no cuenta. Y para comer un simple puñado de hierba, necesitan más de siete horas para meditarlo.
Y abundan, y rondan, y meditan por todas partes en Calcuta; raza que no se mezcla a ninguna otra, como el hindú, como el inglés, los tres pueblos que habitan esta capital del Mundo.

* * *

Al hindú no le encanta la gracia de los animales. Más bien los mira de reojo.
No le gustan los perros. Los perros no son reservados. Seres espontáneos, vergonzosamente desprovistos de self-control.
Y además, ¿qué significan esos reencarnados? Si no hubieran pecado, no serían perros. Tal vez, inmundos criminales, han matado un Brahma (tener buen cuidado en la India de no ser ni perro, ni viuda).
El hindú aprecia la sabiduría, la meditación. Siente afinidad con la vaca y el elefante, que existen para adentro, que viven de algún modo retirados.
Al hindú le gustan los animales que no dan las «gracias» y que no hacen demasiadas cabriolas.
En el campo, hay pavos reales, no hay gorriones, hay pavos reales, ibís, garzas, muchos cuervos y milanos.
Todo eso es serio.
Camellos y búfalos.
Inútil agregar que el búfalo es lento. El búfalo aspira a echarse en el fango. Fuera de eso todo lo aburre. Si lo enganchan, aunque sea en Calcuta, no corre ¡oh, no! y pasando de tiempo en tiempo su lengua color de hollín entre los dientes, mira la ciudad como un forastero.
El camello, para los orientales, es muy superior al caballo; un caballo al trote o al galope, tiene siempre el aire de hacer sport. No corre, se agita. El camello, al contrario, adelanta con un paso armonioso.
A propósito de vacas y de elefantes, tengo algo que decir. No me gustan los escribanos. Vacas y elefantes: animales sin impulso, escribanos.
A propósito de impulso, tengo algo que añadir. La primera vez que fui al teatro indostaní, poco me faltó para llorar de rabia y de desencanto. Estaba en plena «provincia». Tal era el efecto que de modo sorprendente me produjo el indostaní, esa lengua de palabras beatas, pronunciadas con una lentitud aldeana y bonachona, con montones de vocales espesas, aes y oes bien
abiertas con una especie de vibración hinchada y pesada, o contemplativamente arrastrada y asqueada, íes y ees, letra boba, un verdadero beh de vaca. Y todo envuelto, nauseabundo, confortable, eunucoide, satisfecho, desprovisto del sentido del ridículo.
El bengalí tiene más canto, más declive, un tono de dulce reproche, bonhomía y suavidad, vocales suculentas y una especie de incienso.

* * *

No se ha enfatizado bastante la lentitud del carácter indio.
Es esencialmente lento, embridado.
Sus frases, cuando se las oye decir, parecen deletreadas.
El hindú no corre jamás, ni en la calle, ni el pensamiento en su cerebro. Camino, encadena.
El hindú no quema sus etapas. Nunca es elíptico. Nunca sale de las filas. Su antípoda es el espasmo. Nunca es asombroso. En los 48.000 versos del Ramayana, en los 100.000 del Mahabharata, no hay un relámpago. El indio no tiene prisa. Razona sus sentimientos. Prefiere los encadenamientos.
El sánscrito es la lengua más encadenada del mundo, indudablemente la más bella creación del espíritu indio. Una lengua panorámica, una lengua de razonadores, flexible, sensitiva y atenta, prevenida, hirviendo de casos y de declinaciones.
El hindú es abundante, tiene esa abundancia en la mano. Le gustan los cuadros de conjunto y también sabe verlos.
Drona acaba de morir. Se lo anuncian a su padre. Sin apresurarse, el padre, en 240 preguntas, bien lentas, bien detalladas, bien parejas, interroga sin que nadie lo interrumpa.
Después de todo eso, se desmaya. Lo abanican. Vuelve en sí. Vuelve al asunto. Nuevo lote de doscientas-trescientas preguntas.
Intervalo.
Entonces, sin mayor prisa, y empezando por el diluvio, un general cuenta lo acontecido.
Así se pasa alrededor de hora y media.
Como hay muchas guerras cercanas y lejanas en el Mahabharata, muchas intervenciones de dioses y de héroes, se comprende que sus doscientos cincuenta mil versos basten apenas para dar un resumen del argumento.
Su pensamiento es un trayecto, sin alterar el paso. Inútil decir que el centro del Mahabharata no se encuentra fácilmente. El tono épico no se abandona ni un instante. El tono épico, por otra parte, como el tono erótico, tiene algo de naturalmente falso, artificial, voluntario, y parece hecho para la línea recta.
Cuando se ha comparado un soldado valiente a un tigre entre conejos, y a una manada de elefantes ante un bambú joven, y a un huracán barriendo las naves, se puede continuar diez horas en el mismo tono sin hacernos levantar la cabeza. En seguida se ha llegado a la cumbre, y se continúa en línea recta.
Pasa lo mismo con las obras eróticas; después de dos o tres violaciones, algunas flagelaciones y actos contra natura, qué quieren ustedes, ya uno no se asombra, y se sigue leyendo medio dormido. Es que no se es naturalmente épico, ni erótico. A menudo me he sorprendido de la facilidad con la cual los hindúes toman el tono sursum corda y el tono de los predicadores redentoristas.

* * *

El inglés se lava con regularidad. Sin embargo es para el hindú el símbolo de la contaminación y de la inmundicia. El hindú no puede, no puede pensar en él sin sentir náuseas.
Y es que el inglés está continuamente manchado por contactos de toda clase de los que se cuida bien el hindú.
Pocos seres se bañan tan a menudo como el hindú.
En Chandernagor, que es mucho más chico que Asnières, hay 1.600 estanques, además del Ganges, cuyas aguas son sagradas. A cualquier hora del día que uno pase, es raro ver a alguno desocupado. Tampoco el Ganges está vacío. Ya se sabe que el Ganges no trae agua destilada.
La toman como viene. Lo mismo el agua de los estanques. Si fuera limpia no la ensuciarían a propósito antes de bañarse.
En el agua el hindú está serio. Erguido, con el agua a la rodilla. De vez en cuando se agacha y el agua sagrada pasa sobre él, luego se endereza. Así pasa un rato, y lava su juti. Sobre todo se lava bien los dientes. Entra en relaciones de rezo con el sol, si lo ve por ahí.
Pero nada de risas. Sólo en los arrabales de algunos grandes centros urbanos, cerca de las fábricas de yute, uno ve alguna vez dos o tres atrevidos que ensayan el crawl. ¡El crawl! ¡Nadar!
Nadar en un agua sagrada. Algunos han llegado a tirarse agua. Felizmente esos espectáculos son rarísimos y no cunden.
Con todo, la suciedad hindú es proverbial.
Cosa rara, cuando sus pintores hacen un cuadro de sus inmundos interiores, de sus harapientos, hacen un cuadro muy limpio. Indican limpiamente la suciedad. Los harapos son limpios, las manchas son muy limpias, lo que parece indicar que tienen todo lo necesario.
En cambio, los cuadros europeos del siglo diecinueve están repletos de cabezas de carboneros, de casas y paredes leprosas, de mejillas y cabezas pegajosas, de interiores infectos.

* * *

Cuando vi los turcos por una parte, y por otra los armenios, sin saber nada de su historia sentí que en el pellejo de un turco me alegraría muchísimo apalear a un armenio, y que en el pellejo de un armenio sería natural que me apalearan.
Cuando vi los marroquíes de un lado y los judíos de otro, entendí que los marroquíes querían violar a las mujeres de los judíos bajo sus narices y lo habían hecho siempre.
Eso puede explicarse, pero entonces ya eso cambia de especie.
La primera vez que una serpiente ve una mangosta, siente que es un encuentro fatal para ella.
En cuanto a la mangosta, no le hace falta reflexionar para detestar a la serpiente. La detesta y la devora a primera vista.
[...]

* * *

Pese a que son muchos, los hindúes en conjunto son una presa. Alejandro el Grande, los reyes griegos, los hunos, los mongoles, los ingleses, el mundo entero los ha derrotado. Hace ocho siglos que han perdido su independencia.
Hoy todavía un gurja (descendiente de los mongoles, que habita al noroeste de Bengala) domina a diez bengalíes y hace temblar a cien.
Todo eso no se puede explicar fácilmente aunque uno lo sienta muy bien.
La primera razón es el derrotismo congénito de los hindúes. Apenas un elefante real se da vuelta, se desbanda todo el ejército.
Naturalmente un elefante no es de fiarse. Un petardo lo pone en fuga. Yo nunca he tenido simpatía por el elefante. Es calmoso. Pero no tiene sangre fría. En el fondo es un afiebrado.
Cuando las cosas andan mal, se enloquece y entonces no lo detiene sino un inmueble. Cuando está en celo, se trastorna. Que todo el mundo se aparte, va a suceder una catástrofe. El señor elefante quiere echar una cana al aire.
Además, como buen débil es vengativo. Mejor no hablar de su mirada. Todo hombre amante de los animales queda decepcionado con su mirada.
Imagínense un ejército de millares de elefantes, de tantos y más carros, de 600.000 hombres (hubo ejércitos de ésos contra Alejandro, contra una cantidad de conquistadores) y comprenderéis qué confusión puede ser todo eso.
Cómo les gusta a los hindúes esa abundancia, pero un pequeño ejército de 10.000 infantes nerviosos los dispersa.
Agréguese que antiguamente los hindúes empleaban shantras o fórmulas mágicas. No hay que negar el valor de la magia. Sin embargo, rinde resultados insuficientes.
La preparación psíquica es lenta. Un hombre mata más pronto de un sablazo que por magia. El sable está listo en todo momento: no hay que afilarlo después de cada ejecución. El último imbécil puede manejar un sable, y es más fácil reunir veinte mil imbéciles que veinte buenos magos.

* * *

Para el hindú no cuentan sino la religión y la casta: lo demás son detalles. Lleva netos y claros, sobre la frente, los signos de su culto en gruesas rayas horizontales de bosta de vaca.
Para el hindú no cuentan sino las prescripciones y lo artificial.
Hay que reconocer que con las pocas necesidades que tiene, parecía destinado a esta orientación. El europeo descansa cuando ha satisfecho sus necesidades; el hindú carece de necesidades. (Le da lo mismo comer una vez que tres veces, un día come a las doce y el siguiente a las siete, duerme cuando le viene bien y donde se encuentre, sobre una manta tirada en el suelo.)
No hay en el mundo miseria ni situación por desvalida que sea capaz de asombrarlo.
Hay que ver sus hoteles. Diógenes pensaba que era una hazaña alojarse en un tonel. Bueno, pero jamás se le ocurrió alquilarlo a una familia, o a viajeros de Esmirna, o compartirlo con sus amigos.
Pues bien, en un hotel hindú, a uno le proponen un cuarto donde hay exactamente lugar para un par de zapatillas. Un perro se asfixiaría. El hindú no se asfixia. Se arregla con el volumen de aire que le dan.
El confort le molesta. Le es hostil. Si el pueblo que lo ha conquistado no fuera un pueblo tan cerrado como el inglés, el hindú lo hubiera hecho avergonzarse de su confort.
En materia de sufrimiento tampoco se puede asombrar al hindú.
En Europa basta un ciego pobre para despertar compasiones. En la India, si cuenta con su ceguera para enternecer, puede esperar sentado. No, que agregue a la ceguera, rodillas
deshechas, un brazo amputado, o a lo menos la mano, y cuanto más sanguinolenta mejor, luego una pierna de menos y la nariz comida, naturalmente. Su poco de baile de San Vito en lo que le queda, lo ayudará tal vez a presentarse con algún éxito. La gente comprenderá que su situación deja que desear y que una monedita lo alegrará, pero quién sabe. Esos espectáculos son tan comunes, tan numerosos. Hay flacuras tales que uno se pregunta sí proceden del hombre o si proceden del esqueleto.
Hay un mendigo que, sin manos, con las piernas paralizadas, arrastrándose sobre las rodillas, con una alforja atada a la cintura por una cuerda, que arrastra dos metros tras él, recorre Chowringhee (el gran bulevard de Calcuta) toda la mañana.
Se creerá que hace «plata». He tenido la innoble curiosidad de seguirlo media hora, tiempo durante el cual recogió 2 cobres (hay 4 cobres en un anna y 16 annas en una rupia de 7 francos).
Los hay que tambaleándose no hacen diez metros en una mañana, aquí caigo y aquí me levanto. En la misma ciudad viven los rajahs, la gente más rica del mundo con los millonarios norteamericanos.
Pero no, a cada uno su destino. Hay que resignarse. El egoísta beato es cien veces más egoísta.

* * *

Tampoco debe creerse que el hindú esté aplastado por el número de prescripciones y que su religión sea tiránica por eso, como suele escribirse.
Al hindú le encantan las prescripciones. Las de la religión no le bastan y pide más.
Hasta en el amor le encantan las prescripciones (Kamasutra). Hasta ladrón, le encantan las prescripciones. En un antiguo drama (de Kalidasa, creo), el ladrón está por entrar en una propiedad vecina de la que lo separan una puerta y una pared, y se detiene a enumerar con fruición el código del robo, sus diversas reglas, hasta llegar a la regla número 6, que establece «las prescripciones obligatorias en caso de robo con efracción».
Un amigo hindú, cada vez que yo le hacia un servicio, solía mandarme al día siguiente un ramo horroroso (en la India no saben hacer ramos, pero los regalan a cada paso, para entrar en materia) y algunas reglas, como levantar el pie derecho para respirar a la derecha, no orinar sino respirando con el lado izquierdo de la nariz, meterse el dedo aurícular en la oreja después de la puesta del sol, etcétera, etcétera...
Deploro que esas reglas no valgan la pena de ser seguidas. Qué más hubiera querido yo que estar en buenas manos y sujeto a reglas extranjeras y seguras.

* * *

En Francia, un poeta casi nacional ha sido invitado a hablar de todo. Acepta, desde luego.
Pensará sobre cada tema. Pensará todo lo que puede pensarse de un tema, cuando se desconoce ese tema. Y, cosa rara, hace pensar, aunque por lo general, en otra cosa.
Los griegos eran así (no sólo los sofistas).
Pero el hindú los supera a todos. Para él no hay vacíos. Totalmente ignorante de un tema, lo adereza en seguida.
Su historia natural, que apenas incluye algunas buenas observaciones, enumera, sin embargo, 18 modos de volar, 17 de caer, 11 de subir, 14 de correr y 53 de arrastrarse.
Naturalmente, 18 maneras verbales de volar, sin un croquis, sin un detalle, pero 18 y no 19, 18 y el problema del vuelo ha sido resuelto.

* * *

En Norteamérica hay una veintena de razas; sin embargo, existe el norteamericano, y de modo más definido que muchas razas puras.
Hasta el parisién existe.
Con más razón el hindú. Ghandi tiene perfecta razón al sostener que la India es una, y que son los blancos los que ven mil. Si ven mil es porque no han encontrado el centro de la personalidad hindú.
Es posible que yo tampoco lo haya encontrado, pero siento claramente que existe.


[Traducción de Jorge Luis Borges]
Extraído de Tijeretazos [Postriziny] Una revista de literatura y cine
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