10 abr. 2007

Henri Michaux, La poesía china


La poesía china es tan delicada, que no encuentra jamás una idea (en el sentido europeo de la palabra).
Un poema chino es intraducible. Ni en pintura, ni en poesía, ni en el teatro, hay esa voluptuosidad cálida, espesa, de los europeos. Un poema, indica, y los rasgos que indica no son los más importantes, no tienen una evidencia alucinante. La evitan, y ni siquiera la sugieren, como suele decirse. Más bien, se deduce, de ellos el paisaje y su atmósfera.
Cuando Li Po nos dice cosas aparentemente fáciles como esto, que es un tercio del poema:

Azul es el agua y clara la luna de otoño
Recogemos en el lago del sur lirios blancos.
Parecen suspirar de amor
Y llenan de melancolía el corazón del hombre en la barca.

Hay que empezar diciendo que el golpe de vista del pintor es tan común en la China que sin otra indicación, el lector ve de manera satisfactoria, se regocija, y con toda naturalidad puede dibujar con el pincel el cuadro en cuestión. Un ejemplo antiguo de esa facultad:
Hacia el siglo XVI, no sé bajo qué emperador, la policía china ordenaba a sus inspectores que dibujaran subrepticiamente el retrato de cada extranjero que entraba el Imperio. Diez años después de haber visto ese único retrato el policía lo reconocía. Más aún, si se cometía un crimen y el asesino huía, había siempre alguien en la vecindad que podía hacer de memoria el retrato del cual se tiraban muchos ejemplares, que se enviaban a la carrera por las grandes rutas del Imperio. Acorralado por sus retratos, el asesino acababa por entregarse al juez.
A pesar de ese don de ver el interés que tomaría un chino en la tradición china o francesa del poema sería mediocre.
Y después de todo, ¿qué contienen en francés esos cuatro versos de Li Po? Una escena.
Pero en chino, contienen unas treinta: son un bazar, son un cinematógrafo, son un gran cuadro. Cada palabra es un paisaje, un conjunto de signos cuyos elementos, hasta en el poema más breve, promueven un sin fin de alusiones. Un poema chino es siempre demasiado largo. Es tan repleto, tan realmente halagador y tan erizado de comparaciones.
En la palabra azul (Spirit of Chinese Poetry, de V. W. W. S. Purcell), está el signo de partir leña y el del agua, sin contar el de la seda. En la palabra claro, la luna y el sol a ala vez. En la palabra otoño, el fuego y el trigo, etcétera.
De modo que al cabo de tres versos, hay una afluencia tal de aproximaciones y de refinamientos, que uno que maravillado.
Este encanto se produce por equilibrio y armonía, estado que el chino gusta por sobre todas las cosas, y en el que encuentra una especie de paraíso.*
Este sentimiento, más opuesto a la paz exaltada que la de los hindúes que a la nerviosidad y a la acción europea, sólo se encuentra en las razas amarillas.


•El chino ha deseado siempre “un acuerdo universal donde el cielo y la tierra estén perfecta tranquilidad y donde todos los seres logren su perfecto desarrollo”. Un intrigante que quería sublevar al pueblo, decía: “El Emperador ya no está en armonía con el cielo”; los campesinos aterrados, los nobles y todo el pueblo, corrían a las armas y el Emperador perdía su trono.

Henri Michaux, Un bárbaro en Asia, trad. Jorge Luis Borges
Buenos Aires, Hyspamérica Ediciones Argentina S.A., 1985