11 abr. 2007

Francisco de Quevedo - Al repentino y falso rumor de fuego que se movió en la Plaza de Madrid en una fiesta de toros



Verdugo fue el temor, en cuyas manos
depositó la muerte los despojos
de tanta infausta vida. Llorad, ojos,
si ya no lo dejáis por inhumanos.


¿Quién duda ser avisos soberanos, 5
aunque el vulgo los tenga por antojos,
con que el cielo el rigor de sus enojos
severo ostenta entre temores vanos?


Ninguno puede huir su fatal suerte;
nada pudo estorbar estos espantos; 10
ser de nada el rumor, ello se advierte.


Y esa nada ha causado muchos llantos,
y nada fue instrumento de la muerte,
y nada vino a ser muerte de tantos.