Verdugo fue el temor, en cuyas manos
depositó la muerte los despojos
de tanta infausta vida. Llorad, ojos,
si ya no lo dejáis por inhumanos.
¿Quién duda ser avisos soberanos, 5
aunque el vulgo los tenga por antojos,
con que el cielo el rigor de sus enojos
severo ostenta entre temores vanos?
Ninguno puede huir su fatal suerte;
nada pudo estorbar estos espantos; 10
ser de nada el rumor, ello se advierte.
Y esa nada ha causado muchos llantos,
y nada fue instrumento de la muerte,
y nada vino a ser muerte de tantos.
ISAÍAS GARDE, textos en transición


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