11 abr. 2007

Fernando Pessoa - Libro del desasosiego (selección)

48


Para comprender, me destruí. Comprender es olvidarse de amar. No conozco nada que sea al mismo tiempo tan falso y tan significativo como aquel dicho de Leonardo da Vinci según el cual no se puede amar u odiar algo sino después de haberlo comprendido.

La soledad me llena de desconsuelo; estar acompañado me oprime. La presencia de otra persona dispersa mis pensamientos; sueño su presencia como una distracción especial que toda mi atención analítica no logra definir.


136


¡El peso de sentir! ¡El peso de tener que sentir!


212


Tener opiniones es estar vendido a sí mismo. No tener opiniones es existir. Tener todas las opiniones es ser poeta.


330


Y si acaso no todo es falso, que nada, amor mío, nos cure del placer casi-espasmo de mentir.
¡Refinamiento último! ¡Perversión máxima! La mentira absurda tiene todo el encanto del perverso con el añadido último y mayor del encanto de ser inocente. La perversión del propósito inocente - ¿quién excederá , oh □, el refinamiento máximo de esto? ¡La perversión que ni siquiera aspira a darnos placer, que ni siquiera tiene la furia de causarnos dolor, que se desploma entre el placer y el dolor, inútil y absurda como un juguete mal hecho con el que un adulto quisiera divertirse!
¿No conoces, oh , Deliciosa, el placer de comprar cosas que no son necesarias? ¿Sabes cuál es el sabor de los caminos olvidados que, reencontrados, recorreríamos por error? ¿Qué acto humano tiene un color tan bello como los actos espurios- □ que mienten su propia naturaleza y desmienten su verdadera intención?
¡Ah, lo sublime de desperdiciar una vida que hubiera podido ser útil, lo grande de no ejecutar una obra que por fuerza sería bella, de abandonar a medio camino la ruta cierta de la victoria!
Ah, mi amor, la gloria de las obras que se perdieron y nunca se encontraron, de los tratados que hoy no son más que títulos, de las bibliotecas que ardieron, de las estatuas que fueron partidas.
Qué santificados de Absurdo los artistas que quemaron una obra muy bella; aquellos que, pudiendo hacer una obra bella, la hicieron intencionalmente imperfecta; aquellos poetas máximos del Silencio que, reconociendo que podrían llevar a cabo una obra del todo perfecta, prefirieron coronarla de eterna irrealidad. (Si fuera imperfecta, se entendería.)
¡Cuánto más bella sería la Gioconda si no la pudiésemos ver! ¡Y si luego de robarla, la quemase, qué artista sería quien lo hiciera, cuánto más grande que aquel que la pintó!
¿Por qué el arte es bello? Porque es inútil. ¿Por qué es fea la vida? Porque en ella todo es fines y propósitos e intenciones. Todos los caminos están trazados para ir de un punto a otro. ¡Quién nos diera un camino que fuera desde un lugar de donde nadie parte hacia un lugar al que nadie va! ¡Quién pudiera brindar su vida por construir una senda iniciada en mitad de un campo y terminada en medio de otro; que, de haberse prolongado, hubiera sido útil, pero que, de manera sublime, quedó trunca.
¿La belleza de las ruinas? Que no sirven ya para nada.
¿La dulzura del pasado? El hecho de recordarlo, porque recordarlo es transformarlo en presente otra vez y él no lo es, ni lo puede ser - el absurdo, mi amor, el absurdo.

Y yo, que digo esto- ¿Por qué escribo este libro? Porque lo reconozco imperfecto. Si callara sería la perfección; escrito se vuelve imperfecto; por eso lo escribo.
Y, sobre todo, porque defiendo la inutilidad, el absurdo, □- escribo este libro para mentirme a mí mismo, para traicionar mi propia teoría.
Y la suprema gloria de todo esto, mi amor, es pensar que tal vez esto no sea verdad, ni yo lo crea verdadero.
Y cuando la mentira empieza a darnos placer, digamos la verdad para mentirle. Y cuando nos cause angustia, dejémosla de lado, para que ni siquiera el sufrimiento nos signifique un perverso placer...


451


¿Viajar? Para viajar basta existir. Voy, de día en día, como de estación en estación, en el tren de mi cuerpo, o de mi destino, asomado a las calles y plazas, sobre los gestos y rostros, siempre iguales y siempre diferentes, como son, al fin de cuentas, todos los pasajeros.
Si imagino, veo, ¿Qué más hago yo si viajo? Sólo la debilidad extrema de la imaginación justifica que se tenga uno que desplazar para sentir.
Cualquier camino, este mismo camino de Entepfuhl, te llevará hasta el fin del mundo. Pero el fin del mundo, desde que el mundo se consumó dándole la vuelta, es el mismo Entepfuhl de donde se partió. En realidad, el fin del mundo, como el principio, es nuestro concepto del mundo. Es en nosotros donde los paisajes tienen paisaje. Por eso, si los imagino, los creo; si los creo, son; si son, los veo como a los otros. ¿Para qué viajar? En Madrid, en Berlín, en Persia, en China, en ambos polos, ¿dónde estaría yo sino en mí mismo, y en el tipo y género de mis sensaciones?
La vida es lo que hacemos de ella. Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.


466


El hombre no debiera ver su propia cara. No hay nada más terrible que verla. La Naturaleza dio al hombre el don de no poder ver su cara, así como el de no poder contemplar sus propios ojos.
Sólo en el agua de los ríos y los lagos él pudo contemplar su rostro. E incluso la postura que tuvo que tomar para hacerlo fue simbólica. Tuvo que curvarse, inclinarse para cometer la ignominia de verse.
El creador del espejo envenenó el alma humana.



Fernando Pessoa como Bernardo Soares, Libro del desasosiego Buenos Aires, Emecé Editores, 2000