3 abr. 2007

Thomas Bernhard - El sótano (fragmento)


El sótano era, para muchas de esas personas del poblado, una y otra vez la única y última salvación. Muchas habían convertido su visita al sótano en costumbre y aparecían día tras día, no era por falta de dinero por lo que, llegado el caso, entraban varias veces al día en el sótano, para comprar una pequeñez, por ejemplo cincuenta gramos de mantequilla, sino porque, de ese modo, tenían la posibilidad de bajar al sótano con intervalos más breves que, según parecía, necesitaban para vivir, y de escapar a su entorno, en muchos casos mortal. Sólo ahora, en esos días de mi nuevo entorno, tenía yo otra vez acceso directo, inmediatamente directo a los hombres, ese acceso inmediato, directo a los hombres no me era posible ya desde hacía años; mi mente primero y luego también mi ánimo se habían asfixiado casi bajo el manto mortal del colegio y las coacciones de su enseñanza, y todo lo que estaba fuera del colegio y sus coacciones no lo había percibido durante años mas que de forma imprecisa, a través de la niebla de lo que se enseñaba. Ahora veía otra vez a los hombres y tenía contacto inmediato con ellos. Había existido durante años en medio de libros y escritos y entre mentes que no eran otra cosa que libros y escritos, en medio del olor enrarecido de una Historia mohosa y desecada, continuamente como si yo mismo fuera ya Historia. Ahora existía en el presente, en medio de todos sus olores y grados de dureza. Había tomado esa decisión y hecho ese descubrimiento. Vivía; durante años había estado muerto.

Thomas Bernhard (Austria, 1931-1989)
Patricia Damiano, entexto