Libro VIII
3
Los delfines demuestran su gratitud con más ardor que los hombres y no están atados por la costumbre persa tan alabada por Jenofonte. Esto es lo que voy a relatar: un individuo nacido en Paria, llamado Céraneo, entregó cierto dinero a unos pescadores bizantinos, para obtener la libertad de unos delfines apresados por las redes de aquéllos. Los delfines se mostrarían agradecidos a tal gesto. En una ocasión, una nave de cincuenta remos transportaba a bordo a varios milesios; según se cuenta, en el estrecho que hay frente a Paros, el navío se hundió y todos los que en él iban murieron, con excepción de Cérano, salvado por unos delfines: así pagaban el bien prodigado por esa misma persona tiempo antes. Los delfines llevaron a nado sobre el lomo a aquel hombre y lo dejaron en un sitio en el que se alza un promontorio rocoso, donde se abre una caverna: ese lugar se denomina Ceráneo.
Tiempo después Cérano murió y fue incinerado en la playa. Los delfines, al saber dónde se llevaba a cabo la incineración se acercaron todos juntos, como si asistieran a un fineral; durante las horas en que ardió la pira todos estuvieron cerca del cadáver, como lo hace un amigo con otro amigo; ya apagada la pira, todos se alejaron a nado.
Por el contrario, los hombres brindan honores a sus semejantes en vida, si son poderosos y gozan de buena fortuna, pero se apartan cuando mueren o caen en la desgracia, para no verse obligados para devolver los favores que hayan recibido.
Claudio Eliano, Historia de los animales, Buenos Aires, 1997
Claudio Eliano, Historia de los animales, Buenos Aires, 1997


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