12 mar. 2007

Yourcenar oral, por Arturo Gómez Lamadrid




Vivir implica hablar
y sin habla no hay vida
plena para el hombre

Octavio Paz


Si (como el griego afirma en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra Nilo

Jorge Luis Borges


Para Rosario


La palabra es, en principio, una comparación, un símil, una alegoría, no la cosa misma sino el sonido (posteriormente el signo para representar ese sonido) con el que la designamos; en su origen sirvió fundamentalmente para describir lo que se veía, oía o quería. Poco a poco desató la imaginación del hombre, al lado de su carácter funcional develó su poder creativo, su magia invocatoria, se volvió poesía y al hacerlo reveló lo que para María Zambrano es la mejor prueba del querer ser del hombre. En francés, dos sustantivos designan la diferencia: la parole y le mot. Aunque el segundo podría referirse a un sonido que representa algo, en la vida cotidiana sugiere siempre una palabra escrita. En nuestra lengua tenemos que adjetivar la sustancia para distinguir su índole sonora o gráfica: palabra oral, palabra escrita. Desde que los medios técnicos lo permiten, podemos escuchar la voz de algunos de nuestros escritores preferidos, bebernos sus palabras. Me hubiera gustado escuchar la voz de Homero, de Virgilio, o de Sócrates, la de Cervantes, Juana Inés de la Cruz y Shakespeare; más cerca de nuestro tiempo, la de Víctor Hugo y la de Rimbaud. Pero no las escucharé nunca, sólo puedo imaginar su tesitura, su dicción, acaso el sonsonete que ataviaba sus decires; a cambio, conozco su arte a través de signos gráficos.

Cuando entre el otoño de 1967 y la primavera del ‘68 Jorge Luis Borges dio, en inglés, seis conferencias en la Universidad de Harvard, su audiencia no sólo se maravilló con las ideas del argentino respecto al enigma de la poesía, el arte de contar historias o la música de las palabras y la traducción; estos oyentes privilegiados disfrutaron también del timbre algo ronco del poeta ciego, de su singular acento, de las pausas que establecían el ritmo de la exposición, del énfasis puesto al decir cierto poema y de los sonidos producto del aire que hacía vibrar las cuerdas vocales del escritor. Aun cuando la gran mayoría de ellos no entendía la lengua que Borges empleó para decir un poema dedicado a Spinoza y concluir la última conferencia, el español, estoy seguro de que las palabras del argentino los sacudieron.

Las líneas que siguen comentan dos libros que en su origen fueron sonido, diálogos, palabras pronunciadas antes de convertirse en escritura. Muy pocos tuvieron la fortuna de escuchar estas conversaciones —en el caso de las entrevistas radiofónicas y televisivas. El primero de estos libros fue publicado veinte años después de la realización de la entrevista: se trata de la extensa conversación que Marguerite Yourcenar sostuvo con Jacques Chancel para el programa de éste, Radioscopie, en mayo de 1979, en Petite Plaisance, la casa de la escritora, en Mount Desert Island, Maine, en la costa este norteamericana. El segundo, publicado en 2002, es el fruto del trabajo de Maurice Delcroix, un "yourcenariano" empedernido que ha publicado varios ensayos sobre la obra de esta autora. Profesor de la Universidad de Amberes, Delcroix se dio a la tarea de reunir en un libro veintitrés de las más importantes entrevistas hechas a Yourcenar entre 1952 y 1987. El título: Portrait d’une voix, lo tomó de una frase de ella misma refiriéndose a su primera novela, Alexis, que definió como el retrato de una voz. Las entrevistas habían sido publicadas en revistas como L’Express, La Quinzaine Littéraire, Le Point, Le Figaro Littèraire y otras, o bien transmitidas por televisión. Excluyó aquellas ya ampliamente conocidas, inevitable punto de referencia para los estudiosos de la obra y la vida de la autora nacida en Bruselas: Les yeux ouverts (1980), de Matthieu Galey y Entretiens radiophoniques avec Marguerite Yourcenar (1972), de Patrick de Rosbo. Excluyó también la de Chancel, menos conocida pues, como hemos dicho, tras la transmisión que hizo Radio France Inter entre el 11 y el 15 de junio de 1979, hubo que esperar cuatro lustros para verla impresa. Incluyó en cambio la célebre entrevista de Bernard Pivot en su programa televisivo Apostrophes, llevada a cabo nuevamente en la casa de la escritora en septiembre de 1979 y transmitida como todo un acontecimiento el 7 de diciembre del mismo año. Delcroix decidió incluir asimismo tres entrevistas menos conocidas pero no menos interesantes: 1) la de Moritoen (1971), un círculo de lectura belga asentado en Brujas y coordinado por dos profesoras que conversaron con la escritora tras haber dirigido al grupo en su lectura de L’Oeuvre au Noir, conversación de la que algunos fragmentos fueron transmitidos por la televisión flamenca y cuya transcripción integral tuvo poca difusión pues fue sólo en 1998 cuando la Société Internationale d’Études Yourcenariennes (SIEY) la publicó en su boletín; 2) la de Josjane Savigneau —autora de una de las mejores biografías de Yourcenar—, y 3) la que la escritora concedió a Françoise Faucher para Radio Canadá.

A pesar de su amor por la conversación, Yourcenar desconfiaba de la palabra oral, que consideraba volátil, elusiva y potencialmente traicionera. Por ello, cuando se trataba de entrevistas que serían publicadas, condicionó siempre a sus entrevistadores a entregarle una transcripción que ella revisaría antes de que las palabras se imprimieran. Deseaba expresar con exactitud su pensamiento, matizar lo que podría prestarse a confusión luego de una frase demasiado categórica, definir en detalle una emoción o un hecho. Todas las entrevistas incluidas en el libro se hicieron en francés y esto no es algo menor cuando uno compara la soltura y el placer de Yourcenar al hablar su lengua materna —por ejemplo en la charla con Pivot y las entrevistas con Chancel y de Rosbo— con la frialdad y la distancia evidentes en su conversación, en inglés, con Peter Conrad para RM Arts y la televisión inglesa.

Los temas de estos libros son diversos: la gestación de su obra, su obra misma, por supuesto, pero también su vida, su familia, la historia, los viajes, la libertad, la religión, la isla en la que vivía, la preocupación ecológica, el suicidio, la muerte. En suma, Yourcenar discurre sobre la aventura de vivir. No pontifica, no supone tener siempre la razón, reflexiona en voz alta, opina, sabiendo de antemano que hay temas en los que no es experta, en los que no ha pensado con detenimiento, pero no rechaza hablar de ellos, pues en última instancia todo le interesa. Sabe que sus mejores y más profundas meditaciones las ha plasmado en sus libros, pero sabe asimismo que los lectores siempre tienen curiosidad por un autor al que han leído y está dispuesta a satisfacerlos.

Una de las peculiaridades de Yourcenar como escritora consiste en la temprana elección de sus temas y puntos de interés. Esto es especialmente válido para sus dos novelas más importantes: Memorias de Adriano y Opus Nigrum. Tenía dieciocho años cuando decidió escribir una novela:

...una especie de crónica de un grupo que tenía vínculos familiares y a través del cual pudiésemos ver los diferentes tipos humanos: los entusiastas, los santos, los indiferentes, los ansiosos, y esto, de generación en generación, tratando de mostrar la manera en que éstas las de la historia rompían y volvían unas sobre otras. La novela se llamaba Remolinos. Obtuve mucho material de las fotos y los "archivos" de mi familia paterna, mi familia flamenca. Entre estos nombres se encontraba Zenón, el nombre me gustó desde el principio, y desde el principio también, en mi novela, Zenón jugaba un papel importante. [...] Este es el punto de partida de Opus Nigrum.

Con Memorias de Adriano pasa algo similar: la idea de escribir algo sobre el emperador romano le vino durante un paseo por los jardines de la Villa Adriana, en un viaje que hizo con su padre cuando tenía diecinueve años. Emprendió afanosa y concienzudamente un trabajo de documentación sobre la época y la vida de Adriano y en 1923 escribió y destruyó una primera versión; siguió leyendo sobre el tema y en 1934 hizo un segundo intento, ahora en forma dialogada, el texto no la satisfizo y lo abandonó hacia 1937. Las diferencias entre las primeras versiones y la versión definitiva, nos explica Yourcenar, consisten en el punto de vista, en los puntos de interés para ver al personaje. En las primeras versiones se interesó en el letrado, el pensador, el poeta, el enamorado. Pero, en el largo intervalo que separa esas versiones de la redacción definitiva —hecha entre 1949 y 1950—, lecturas, investigaciones y también reflexiones muy agudas sobre el propio tiempo que el mundo vivía en ese entonces, la llevaron a entender mejor al príncipe, al emperador, al estadista. Reconoció y valoró el innegable y enorme genio político de este hombre: restaurador de la economía romana, pacificador, constructor, fundador de nuevas ciudades, grande y sabio en todos los ámbitos. Además de mostrar al emperador gobernando, la novela nos introduce también en sus pensamientos más íntimos. "Se trataba de hacer desde adentro lo que los arqueólogos habían hecho desde afuera antes de mí", nos dice Yourcenar, y agrega que, entre otras cosas, era necesario que ella misma tuviese una mayor experiencia de la vida. "Me fueron necesarios varios años para aprender a medir las distancias entre mi modelo y yo [...] pero también nunca perder de vista las contradicciones de toda naturaleza humana rica; tener siempre en cuenta los aspectos particulares de una época, pero también y al mismo tiempo, la parte de eternidad de los sentimientos humanos; ejercer una especie de mágica simpatía que consiste en transportarse en pensamiento al interior de alguien".

ZENÓN EL MÚLTIPLE

Regresando a L’Oeuvre au Noir, Yourcenar revela que siempre le gustó la sonoridad del nombre de Zenón, y le gustó también su letra inicial, ese signo que se escribe con la figura del rayo, en zigzag. Aclara asimismo que el nombre era bastante frecuente en el Renacimiento italiano y que a diferencia de lo que mucha gente supone, no viene de Zenón de Citio, el filósofo griego fundador de la escuela estoica, ni tampoco de Zenón de Elea, sino de un obispo italiano de la Edad Media: San Zenón, venerado en la catedral de Verona. Desde aquella primera novela abortada apareció este personaje, que conservó en "A la manera de Durero", uno de los tres relatos que componen La muerte conduce la yunta. En ambos, Zenón era hijo de un italiano y de una flamenca, en ambos también nacía y moría en Brujas, y viajaba por el mundo, pero no se narraban sus viajes. Todo esto fue desarrollado en la segunda parte de L’Oeuvre au Noir. Al igual que había pasado con Adriano, la madurez que dan la reflexión y el tiempo le hizo cambiar la perspectiva: tanto en Remolinos como en "A la manera de Durero", dice Yourcenar, los personajes eran muy estereotipados; al acercarse más a Zenón, al convivir más con él, lo vio mejor y cuando escribió L’Oeuvre au Noir se percató de que "su posición en ese mundo convulso y dividido era una posición muy complicada, atrapado entre los excesos de los protestantes y los de los católicos, obligado a no manifestar abiertamente sus ideas, sus inclinaciones, sus reflexiones".

Otra singularidad de la escritora radicaba en su manera de trabajar. Dos cosas llaman la atención: en primer lugar el hecho de no escribir todos los días, sistemáticamente, en un horario establecido de una vez y para siempre, como es el caso de una gran cantidad de escritores. Escribía a cualquier hora del día, a mano y/o en máquina de escribir, sin esa disciplina puritana que acerca tanto el trabajo de un escritor a la rutina de un obrero en la cadena de montaje y de la que son fieles practicantes Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa en el ámbito latinoamericano, Vladimir Nabokov y John Dos Passos, en las letras no escritas en español. La otra característica, también infrecuente entre los escritores, estriba en la combinación del trabajo literario con una serie de actividades cotidianas como sachar el jardín, sembrar flores o árboles, barrer la casa, cocinar y, algo que disfrutaba especialmente, hacer su pan. Yourcenar piensa que si uno vive realmente con los personajes que uno crea, nunca los deja. En su caso, ellos la acompañaban mientras no escribía, mientras cortaba la hierba, removía la tierra, le ponía abono, o amasaba la harina en la cocina. Dice no haber entendido nunca que un escritor se declarase molesto por la más mínima interrupción de su trabajo, como si su inspiración padeciese con ello. "Yo puedo perfectamente responder el teléfono, charlar con el lechero acerca de la nueva casa que está en construcción y regresar a sentarme para contar la muerte de Zenón. Por lo demás, durante ese tiempo, no he dejado de pensar en ello, el hilo no ha sido jamás interrumpido, como una suerte de proceso continuo." Y explica esto no como una aptitud o una fuerza especial, sino como el hecho de entregarse verdaderamente a un personaje o a un tema.

Interrogada acerca de la impresionante erudición que desbordan sus novelas y del enorme trabajo que ello requiere, Yourcenar responde que no todo se resume en un trabajo de erudición, de conocimiento de fechas, personajes, datos históricos y ambientes. Para ella, algo tan indispensable como esto, es sentir la materia viva, la realidad,

un poco como los mediums a los que se les da un pañuelo, un sobre, un objeto que les hace sentir la presencia de alguien. [...] Es solamente cuando uno ha intentado saber todo acerca de un individuo cuando repentinamente se ve por un momento revivir una existencia. Algunos episodios de L’Oeuvre au Noir no fueron completamente desarrollados en mi mente hasta que estuve en Salzburgo en 1964, esto particularmente en lo que se refiere al prior de los franciscanos. Durante esa estancia fui varias veces a la iglesia de los franciscanos y ahí se creó la imagen del prior. Otro detalle: hay en esa ciudad una callecita, no muy lejos del teatro, que conozco sobre todo porque ahí había un sastre que me hacía algunos trabajos, en ella existe aún una panadería que data del siglo XV y afuera de la panadería una banca de piedra que está desde entonces. Al ver esta panadería, al verla varias veces, lo mismo que la banca pues está en el camino hacía la sastrería, me dije un día: aquí se sienta Zenón, en esta banca, fatigado, y la panadera, después de mirarlo insistentemente, le ofrece pan. Con esto quiero decir que además de la documentación, que es muy importante, hay un trabajo interior, diríamos que la erudición se pone al servicio de la alucinación.

La observación inteligente del mundo, del ser humano, de la historia, llevaron a Yourcenar a un lúcido pesimismo en cuanto al porvenir. A pesar de él, formaba parte de innumerables asociaciones ecologistas y de defensa de los animales, contribuyó financieramente con la mayoría de ellas e invertía una parte de su tiempo en la lectura y redacción del correo de peticiones y solicitudes sobre el tema. Alguna vez participó también en una manifestación contra la guerra de Vietnam, aun si en el fondo mantenía sus dudas sobre la eficacia de tales acciones. La autora de Un hombre oscuro nos ofrece el ejemplo de Victor Hugo como el de alguien que cometió el error de suponer un mundo mejor en el futuro, un sentido de la historia en línea recta hacia el progreso, un mundo sin racismo, sin desigualdad ni injusticia y en el que los hombres se abrazarían fraternalmente. Sin embargo, a lo largo de los siglos, todos y cada uno de los grandes intentos del hombre, religiosos o ideológicos, han terminado en la esclerosis o se han desviado de su objetivo inicial: "El budismo, que era en un principio una religión atea, ha hecho de Buda un dios [...] El cristianismo, que entre otras cosas era una protesta contra el materialismo y el totalitarismo romanos, se institucionalizó con Constantino y luego se convirtió en una religión de Estado." Y qué decir del socialismo y el comunismo. Se suele confundir la esperanza, las ilusiones, con la realidad. Una certeza recorre las páginas de estos libros: el mundo no será nunca mejor. Historiadores, politólogos, sociólogos, defensores de los derechos humanos dirán que ahora hay mayores posibilidades de frenar la barbarie, de mejorar el mundo, de hacer más grata la vida humana, pues existen innumerables organismos, instancias e instituciones que se ocupan de ello. Sin embargo, no sólo las posibilidades técnicas de destrucción son también ahora mayores; está, sobre todo, el hombre, cada vez más numeroso, en su mayoría con pocas oportunidades de educación, reflexión, cultivación del espiritu; arrojado a una aventura de sobrevivencia, lucha, con el endurecimiento de su ser, contra un medio propicio a la degradación de los valores. La consubstancial malignidad humana en un caldo de cultivo cada vez más favorable para manifestarse. El bien y el mal, pasta de la que estamos hechos, libran la batalla día a día, en todo individuo, en toda circunstancia. Es difícil pensar que la suma de los elementos dé como resultado un mejoramiento del mundo. De Adriano a Zenón existe ya una gran diferencia: en la Antigüedad, algunos factores permitían conservar cierto optimismo, suponer que un gran líder podía hacer grandes cosas para mantener una estabilidad que condujera hacia el progreso. Algunos siglos más tarde, "Zenón se encuentra ya en un mundo que ha perdido el sentido" un mundo cuyos problemas parecerían irresolubles; hoy podemos, desafortunada y razonablemente, ratificar estas palabras.

UNOS EGO, ET MULTI IN ME

La obra de la escritora se nutre de múltiples fuentes. Las dos principales son el pensamiento griego —la idea de la unidad esencial del universo de Platón, la concepción heracliteana del eterno fluir de todo—, y las filosofías orientales —la síntesis de los antagonistas del taoísmo, la conmutabilidad de todas las formas de la existencia del budismo. Los ensayos, los relatos y las novelas se presentan como un largo camino de consolidación sincrética entre ambas. Estas ideas aparecen también en las entrevistas. A Bernard Pivot que le pregunta: "¿no es un gran altruismo, para usted que crea, pasar jornadas enteras, meses y probablemente años traduciendo a los otros?", Yourcenar responde: "Es lo mismo." "¿Cómo, lo mismo?" "Por supuesto. Nunca he hecho distinciones entre usted y yo." "Explíqueme, no entiendo." "Bueno, hay un lema que es a menudo empleado por Zenón: ‘Unos ego, et multi in me’: soy uno, pero hay multitudes en mí. Entonces, verdaderamente, que sea yo a la que le suceda algo o a alguien más, confieso que no veo mucha diferencia."

Posteriormente, ante Josyane Savigneau, la misma idea es expresada con otras palabras. A partir de una pregunta acerca de la traducción, la escritora responde: "Siempre hay traducción, aun en mis textos, existe una traducción de un texto que está en mí que nunca traduciré perfectamente o por completo. [...] ¡Qué importa que una bella obra sea de otro o de uno mismo!" La vanidad, tan nuestra, nos empuja a buscar el rconocimiento de los demás a la valoración extrema de nuestra unicidad, de nuestra naturaleza irrepetible. Así estamos hechos. Más allá, en la indiferencia del universo y la aparente inacción de las piedras, tal vez seamos sólo agentes de una creación infinita, de un cambio que nos contiene y nos trasciende, que no existe sino es.

En la entrevista de Moritoen, a la pregunta expresa de si el suicidio representa la extrema libertad del hombre o es una muestra de cobardía, la autora de Denario del sueño contesta:

En el caso de Zenón es, sin duda, la extrema libertad del hombre. El hecho es que hasta el final permanece titubeante y es casi una prueba de libertad que se da a sí mismo. Pero creo que la cuestión del suicidio depende en cada caso de la sociedad en la que los seres humanos han vivido. El cristianismo y el budismo se oponen, en el primer caso por respeto a la voluntad de Dios y en el segundo, así como en algunas formas del pensamiento hindú, porque la experiencia de la realidad humana debe ser vivida hasta el final. Creo que esto es muy discutible. Para Zenón, cuando se suicida, es la última experienica que acepta realizar, es la última realidad que acepta vivir. Quiere morir con absoluta lucidez. Adriano pensó varias veces en el suicidio pero, como emperador, se siente obligado a permanecer en su lugar sin cometerlo, mientras que Zenón en el momento en que se decide a hacerlo ya no tiene lugar. Está ya en el más allá.

Alguna vez Borges dijo que "para obrar éticamente es necesario pensar que somos libres, de lo contrario estaremos habilitados para obrar de cualquier modo". La medida de nuestros actos dada por la convicción de nuestra libertad. Una convicción vacilante sin embargo, tentada por momentos para concebir la libertad como una quimera y el destino como un trazo ejecutado por la física o por Dios. Mediación entre nosotros y el mundo, entendida de diversas formas, sujeta a interpretaciones múltiples y opuestas, la libertad ha obsesionado al hombre. Adriano y Zenón, nos dice Yourcenar, la conciben como algo que se adquiere mediante la disciplina, la reflexión y que, por consiguiente, llega muy lejos. Adriano, gracias a la filosofía, a su experiencia militar y de hombre de Estado, llegó a esa condición que él denomina de libertad pero que es al mismo tiempo la sumisión pura. Es decir, que está cada vez y siempre en su lugar, enfrente de las cosas, capaz de ser él mismo, capaz de aceptar las cosas como son y de modificarlas a partir de los hechos. Zenón tiene en el fondo la misma intención, la misma meta. En la escena de Inssbruck, Zenón está en realidad en la incertidumbre, durante ese momento lírico que termina cuando dice: "Moriré un poco menos lego de lo que nací." Quiere decir que a fuerza de disciplina llegó a obtener para sí mismo una suerte de libertad en la que no es nunca el juguete de los acontecimientos, los individuos, las cosas o las opiniones de su tiempo. Se da cuenta, por lo demás, que es muy difícil no desfallecer. Como siempre, la libertad es más bien un ideal que un logro pleno. Es siempre una meta hacia la que ellos tendieron y avanzaron, sin llegar nunca a ella.

Las circunstancias particulares de la infancia de la escritora: pérdida casi inmediata de su madre cuya muerte es resultado directo de una fiebre puerperal —como si hubiesen tenido que intercambiar vidas—, indiferencia en un primer momento del padre, para quien la bebé es más bien un estorbo (el episodio está narrado en Souvernis pieux), educación a través de institutrices y del padre mismo, sin asistir nunca a una escuela, desplazamientos continuos que preludian su enorme gusto por los viajes, convivencia frecuente y natural con la gente al servicio de su padre y su abuela, aprendizaje temprano de otras lenguas, complicidad con su padre hecha de confianza y distancia, del gusto común por ciertas lecturas y ciertos autores, de conversaciones intensas, cultivación de una libertad y del respeto a la intimidad como ejes de una formación, de la vida misma; estas circunstancias, decíamos, modelan un carácter, ciertas convicciones, una manera de ver el mundo. Hija única de Michel y Fernanda, sin hijos, en la entrevista concedida a L’Express en febrero de 1969, a la pregunta "¿Y si usted tuviera hijos, cómo serían las cosas?" la respuesta de Yourcenar enfatiza la responsabilidad del progenitor en cuanto a las ideas inoculables en ellos: hay que preguntarse hasta qué punto uno puede comprometer a sus hijos en una actitud que es nuestra, que es propia. ¿Habría que hacerlos entrar en la corriente del siglo, hacerles aceptar lo que nosotros aceptamos? Por ejemplo, si hubiésemos vivido en el siglo XVII, ¿habría sido necesario hacerlos buenos católicos en Francia, buenos protestantes en Inglaterra o algo diferente, formar unos futuros Diderots o D’Alemberts, o también habría sido necesario tener el valor de hacerles correr los mismos riesgos que uno? Es una cuestión seria, grave.

Yourcenar sabe que, como en muchos ámbitos, los lugares comunes imperan en las ideas que rigen las relaciones entre padres e hijos, que muchas veces se ven falseadas por elementos "melodramáticos y preestablecidos" y agrega: "Creo que muchos padres tienden a apoderarse de sus hijos de una manera agobiante y que a menudo crean antagonismos o dependencias que en algunos casos pueden ser enfermizos o fuentes de conflictos y desequilibros."

Múltiples son las ideas, los temas de reflexión, de polémica y de análisis que nos ofrecen estas conversaciones. Saboreamos la lectura en la que están siempre presentes la inteligencia, el saber y el humor de Yourcenar, pero aun más grato y duradero, queda al final un sabor que debería enseñarnos mucho: una humildad secreta ante el misterio de las cosas.

http://www.jornada.unam.mx/2005/05/15/sem-your.html
Patricia Damiano, entexto