6 de mar. de 2007

Un mundo sin sujetos (Ernesto García Canclini)

No hay comentarios. :

La robótica, la clonación, el travestismo, las personalidades "virtuales" ponen en jaque la noción de sujeto y, con ella, los acuerdos tácitos que nos llevan a decidir en quién creemos y por qué.


¿Qué es un lugar en la mundialización? ¿Quién habla y desde dónde? La fascinación de estar en todas partes y el desasosiego de no estar con seguridad en ninguna, de ser muchos y nadie, cambian el debate sobre la posibilidad de ser sujetos: ya aprendimos en los estudios sobre la configuración imaginaria de lo social cuánto pueden tener los procesos sociales y los sujetos de construidos o simulados. Quizá comienza un tiempo de reconstrucciones menos ingenuas de lugares y sujetos, aparecen ocasiones para desempeñarnos como actores verosímiles, capaces de hacer pactos sociales confiables, con alguna duración, en intersecciones disfrutadas. ¿Por qué el arte reciente está redescubriendo el sujeto o buscando recrearlo? Nombres de artistas del pasado y actuales se convierten en iconos de las exposiciones-faro, de películas europeas, chinas y estadounidenses, de interpretaciones musicales estelares. Los editores registran el ascenso de ventas de biografías y autobiografías. ¿Las identidades personales resucitan como marcas para reactivar los mercados, o hay algo más en este deseo de ser sujetos, o tenerlos como referencia?

Es notable que la mayor desconstrucción del sujeto se haya cumplido en el siglo XX, cuando más se hizo para erigir nuevos sujetos individuales, étnicos y de clase, nacionales y de género. Esta época, que aumentó las dificultades para hablar de la subjetividad, mostró a la vez que no es fácil desprenderse de esa noción. Llegamos así a estas preguntas: ¿cómo avanzar desde la sospecha necesaria para librarnos de afirmaciones ingenuas de la subjetividad hacia el trabajo reconstructivo indispensable para dar solidez a ciudadanías posibles? ¿Qué tareas de investigación, teóricas y políticas se necesitan? Las ciencias sociales encuentran difícil poner en el centro de la teoría a los actores cuando la sociedad es reducida a un mercado anónimo. La política se paraliza o se desintegra ante el determinismo neoliberal, que somete la complejidad de la economía al juego financiero de inversiones sin rostro. Los partidos políticos y sindicatos nacionales no aciertan a formular elaboraciones alternativas sobre cuestiones globales de gran escala, que son asumidas sólo parcialmente por Ong y movimientos ecológicos o de derechos humanos.

La posibilidad de que existan sujetos y sean reconocidos es cada vez más limitada a campos imaginarios: el cine, las telenovelas, las biografías de divos y deportistas. La fascinación generada por sus aventuras heroicas o melodramáticas, así como por noticieros que informan de acontecimientos políticos como si fueran dramas personales o familiares, parece responder a la necesidad de los consumidores de encontrar algún sitio donde haya sujetos que importan, padecen y actúan.

Pero ¿es el sujeto sólo una construcción ficcional de los medios, o puede haber también sujetos críticos, espectadores que ejerzan iniciativas propias a pesar de las astutas manipulaciones mediáticas? Los estudios sobre el lado activo de la recepción demuestran que no hay medios omnipresentes, ni audiencias pasivas, pero la concentración monopólica y transnacional de las industrias de la cultura, y la debilidad de las asociaciones de televidentes y consumidores, deja aún irresuelta la cuestión de cuánto nos permite ser sujetos el capitalismo de redes globalizadas. La posibilidad de serlo aparece no sólo como la capacidad creativa y reactiva de los individuos; depende también de derechos colectivos y controles sociales sobre la producción y circulación de informaciones y entretenimiento.


Sujetos simulados

La desconstrucción más radical de la subjetividad está siendo realizada por procedimientos genéticos y sociocomunicacionales que favorecen la invención y simulación de sujetos. Desde la robótica hasta la clonación, desde el travestismo de género hasta el fingimiento de personalidades en juegos electrónicos, la pregunta por lo que hoy significa ser sujetos está –más que cambiando– asomándose al precipicio de la disolución.

“Nuestras líneas están ocupadas; lo atenderemos en un momento”, dice una voz grabada cuando queremos pedir una información o expresar una queja. Cada vez es más arduo encontrar a un fabricante que venda el producto, incluso al mismo empleado que nos lo vendió o nos dio una información. Detrás de los empleados que rotan de una empresa a otra, de las voces anónimas que se reemplazan según el azar de los turnos, hay “cadenas” de tiendas, “sistemas” bancarios, “servidores” de Internet. Cuando algo no funciona es porque “se cayó el sistema” o “se desconectó el servidor”. La digitalización de los servicios, aliada con la precarización laboral, está propiciando una desresponsabilización de los sujetos individuales y colectivos.

Entre las consecuencias de este proceso, según Richard Sennett, encontramos mayor vulnerabilidad de los individuos y un sentimiento creciente de impotencia.

En vez de conocer a los amigos y las parejas en el trabajo o en la universidad, los encontramos en la Red. Me conecto con alguien que del otro lado del chat dice ser mujer y le digo que soy veterinario o fotógrafo, tengo 40 años y acabo de llegar de Australia. Ella dice llamarse Ofelia, y así vamos compartiendo desconocimientos, que es lo que más nos acerca a los tímidos. “Te siento tan cerca”, le digo con entonación de quien acompaña al otro. Estos juegos con personalidades inventadas pueden ser inofensivos mientras alguien no diga que le gustaría que nos encontráramos.

Guillermo Bon Bonzá, doctor en educación de la Universidad Autónoma de Barcelona, envió a varios congresos tres ponencias con nombres falsos, párrafos plagiados e insultos racistas escondidos en citas en alemán. Una de las comunicaciones la firmaba Hans Heidelberg, supuesto profesor titular de la inexistente Universidad Politécnica de Münchengladbach. Al develar su trampa, dijo que los trabajos, aceptados por comités de especialistas y editados en los cd Rom de tres universidades importantes, revelaban los teatros inverosímiles en que se han convertido l a s f e r i a s de vanidades académicas.

Estos ejemplos hacen pensar en los riesgos de confiar demasiado en los mercados, incluso en l o s mercados de bienes científicos. Una posible “salida” es afirmar la necesidad de verificar los hechos y controlar neopositivistamente la producción y difusión de conocimientos. Otro camino sería cuestionar las condiciones en que se producen teorías y procesos educativos en medio de la masificación cultural, y la competencia caníbal por los cargos y el prestigio. Una tercera posibilidad es criticar la simulación de identidades y el restablecimiento de poderes, desigualdades y desencuentros a que nos ha llevado la intensificación de comunicaciones electrónicas que prometía aumentar y horizontalizar los intercambios. Cabe preguntarse, entonces, si no seguimos necesitando afirmar con un mínimo de claridad y contrastabilidad en qué consiste ser sujeto después de las desconstrucciones estructuralistas, marxistas y psicoanalíticas.

Un ejemplo más. En octubre de 2000 una lectora de la novela Sabor a hiel, con la cual la locutora televisiva española Ana Rosa Quintana se estrenaba en la literatura, reveló que muchas páginas de ese relato estaban copiadas de Album de familia, de Danielle Steel, y otras del libro de Ángeles Mastretta Mujeres de ojos grandes. Sorprendida por el descubrimiento, la “autora” intentó justificar el plagio diciendo que los párrafos importados habían caído en su relato “por un problema de inexperiencia, un error informático y un fallo de los documentalistas”. ¿Documentalistas? En el mundo editorial suele hablarse de negros al referirse a quienes trabajan anónimamente para que un supuesto literato firme, “práctica generalizada –según el diario El País– en el salvaje mercado del best seller”.

La cuestión trasciende esta novela editada por Planeta que vendió más de cien mil ejemplares. Pregunta Juan José Millás: “¿Por qué una locutora famosa no puede alquilar su nombre para vender un folletín? También el Rey y el presidente del Gobierno firman discursos que les escriben otros sin que nadie se escandalice. ¿Por qué pedirle a una presentadora de televisión más que a un Jefe de Estado?” Más allá del juego humorístico, la comparación entre una trampa editorial, una táctica publicitaria y un modo de producción delegada de los discursos políticos plantea la necesidad de considerar los problemas de correlación entre construcciones verbales y referentes empíricos, la adecuación entre conceptos y cosas, no sólo como un asunto semántico. Está en cuestión el sentido pragmático que adquiere el problema de la representación en interacciones diferentes. Se trata de los esquemas compartidos de valoración de los pactos de confiabilidad que dan consistencia a unos y otros modos de interactuar. Toda referencia, afirma Paul Ricoeur, “es correferencia”, o sea que se construye con los otros.

En un sentido, es útil detectar que las identidades son producto de las narraciones y actuaciones. Pero el entusiasmo posmoderno por esta ficcionalización de los sujetos, por el carácter construido de las identidades, no se justifica del mismo modo en contextos lúdicos o de riesgo. El travestismo, interesante como ocasional juego carnavalesco o experiencia personal, no es un modelo para todos. ¿Puede existir sociedad, es decir pacto social, si nunca sabemos quién nos está hablando, ni escribiendo, ni presentando ponencias? Convivir en sociedad es posible en tanto haya sujetos que se hagan responsables. No se trata de regresar a certezas fáciles del idealismo ni del empirismo, ni de negar cuánto imaginamos de lo real, de los otros y de nosotros mismos al representarnos en el lenguaje. Se trata de averiguar si en cierto grado es viable hallar formas empíricamente identificables, no sólo discursivamente imaginadas, de subjetividad y de alteridad.

En los últimos años estas cuestiones comienzan a aparecer en los debates epistemológicos y en las incertidumbres de la investigación. James Clifford plantea, por ejemplo, si alguien que estudiara la cultura de los espías de computadoras (hackers) podría lograr que su trabajo se aceptase como tesis de antropología no habiendo entrado nunca en contacto físico con un espía. ¿Podrían considerarse los meses, incluso años, pasados en la Red como trabajo de campo? “La investigación bien podría aprobar la exigencia de estadía prolongada y el examen de ‘profundidad‘/interactividad. (Sabemos que en la Red pueden ocurrir algunas conversaciones extrañas e intensas). Y el viaje electrónico es, después de todo, una especie de dépaysement. Podría incrementar la observación participante intensa en una comunidad diferente, y ello sin la exigencia de tener que dejar físicamente el hogar. Cuando pregunté a varios antropólogos si les parecía que esto podía considerarse trabajo de campo, por lo general respondieron “tal vez”; incluso, en un caso, “por supuesto”. Pero cuando insistí –sigue Clifford–, preguntándoles si supervisarían una tesis doctoral en Filosofía que se basara principalmente en este tipo de investigación descorporalizada, dudaron o dijeron que no: tales experiencias no podrían aceptarse en la actualidad como trabajo de campo”.


Más acá del nomadismo

De pronto, advertimos que esta pregunta recogida por Clifford envejeció en menos de una década. La observación etnográfica de cómo trabajan los antropólogos lleva, ante todo, a dar vuelta la cuestión. Ya no consiste en decidir si es aceptable considerar Internet como objeto de estudio. Más bien: ¿es posible hacer investigación sin Internet? ¿Cuántos antropólogos no se sientan diariamente ante su computadora, o ante la de un cibercafé si están en trabajo de campo, y consultan su correo, hablan con los compañeros de su universidad y con los colegas de otros países, buscan biblio y hemerografía, leen los diarios de su distante ciudad y de otras, envían desde un pueblo campesino la inscripción a un congreso o su avance de tesis al director? Además, descubren que muchos de sus informantes –indígenas, pobres urbanos, estudiantes y funcionarios de Ong– también lo hacen. ¿Cómo dejar fuera del análisis ese vasto pedazo de lo real que es lo virtual?

¿Por qué acompañar a los indígenas o los trabajadores de un sindicato afectados por la privatización de sus frentes de trabajo y no acompañarlos cuando siguen en Internet, desde sus organizaciones locales, las movilizaciones lejanas donde se pide al gobierno nacional y a las cumbres mundiales que la diversidad lingüística y el acceso igualitario al software sean reconocidos como demandas, tan legítimas como la posesión de la tierra y la educación?

Las exigencias en el control del conocimiento deben modificarse en la medida en que cambió la noción clásica de sujeto y el modo de estudiarlos. Aun sin abismarnos en las incertidumbres de lo virtual, el problema se agudiza por las múltiples pertenencias de los sujetos en tiempos de migraciones masivas y el acceso fácil a signos de identificación de muchas sociedades. Dado que millones de personas no son ya sujetos de tiempo completo de una sola cultura, debemos admitir que la versatilidad de las identificaciones y las formas de tomar posición requieren metodologías híbridas. Pero hibridación no es indeterminación total, sino combinación de condicionamientos específicos. Al estudiar estas mezclas, el saber científico no puede dejarse llevar por la simple celebración de las facilidades nomádicas y para conseguir disfraces. Podemos esperar que la ciencia se diferencie de otras formas de conocimiento, como las artísticas, mediante algún tipo de contrastabilidad y racionalidad. Al menos, es la preocupación que encontramos en la larga tradición desconstruccionista del sujeto: no simple disolución sino una renovada exigencia de coherencia filosófica, necesidad de dar consistencia a la ciudadanía y verosimilitud a las interacciones sociales.

por Ernesto García Canclini
en Suplemento Ñ, 11 de septiembre 2004

No hay comentarios. :

Publicar un comentario