31 mar. 2007

Rilke: La décima elegía



Que algún día, a la salida de la visión terrible,

se eleve mi canto de júbilo y gloria hasta los ángeles propicios.

Que de los martillos bien templados del corazón

ninguno falle en cuerdas flojas, vacilantes o desgarradas.

Que mi rostro bañado en llanto me haga más radiante;

que el canto imperceptible florezca.

¡Cuán queridas me seréis entonces, oh noches de aflicción!

¿Cómo no me arrodillé allí ante vosotras, hermanas inconsolables,

para recibiros? ¡Que no me haya abandonado a vosotras

y rendido en vuestros cabellos sueltos! Nosotros,

disipadores de los sufrimientos.

¡Cómo los prevemos de antemano, en su triste duración,

por si acaso terminan finalmente! Pero ellos,

en verdad,

son nuestro follaje invernal, nuestra oscura pervinca,

una de las estaciones del año secreto -no solamente estación-,

sino también lugar, poblado, campamento, suelo, residencia.

Ciertamente ¡ay! qué extrañas son las callejas de la Ciudad del Dolor,

donde en el falso silencio, hecho de estrépito,

con violencia alardea el ruidoso oropel, el monumento alabancioso,

vertido en el molde del vacío.

¡Oh!, cómo un ángel les pisotearía, sin dejar huella, su mercado de consuelos,

que limita la iglesia que compraron recién hecha:

limpia y cerrada y sin ilusiones, como una oficina de correos en domingo.

Pero afuera se encrespan siempre los bordes de la feria,

¡columpios de la libertad! ¡buzos y prestidigitadores del afán!

¡Y la barraca de tiro, con figuras de la dicha embellecida,

donde todo se sacude y suena como hojalata cuando un tirador certero

da en el blanco. Del aplauso a la casualidad se marcha dando tumbos:

¡pues las barracas solicitan cualquier curiosidad,

redoblan los tambores y berrean sus pregones!

Pero para los adultos

todavía hay interés especial en ver cómo el dinero se multiplica anatómicamente,

no sólo como diversión: el órgano sexual del dinero,

todo, el conjunto, el acontecimiento, esto instruye y hace fecundo...

¡Oh!, pero en seguida, luego de esto,

detrás del último tablón, pegado con carteles de "No muerte",

aquella cerveza amarga que los bebedores hallan dulce

cuando la saborean sin cesar con frescas diversiones...

de inmediato, tras el tablón, inmediatamente atrás, está lo verdadero.

Los niños juegan, y los amantes se abrazan gravemente, aparte,

sobre la hierba rala, y los perros siguen su naturaleza.

El joven se deja arrastrar más lejos aún quizá porque ame

a una joven Lamentación... Siguiéndola, llega a unos prados. Ella dice:

Lejos. Nosotros vivimos allí, afuera...

¿Dónde? Y el joven la sigue. Su porte le conmueve.

Los hombros, el cuello, quizás, ella es de una estirpe ilustre.

Pero él la deja, se vuelve, regresa, se despide...

¿Para qué sirve? Ella es una Lamentación.

Solamente los muertos jóvenes, en el primer estado de impasibilidad sin tiempo,

en el desacostumbramiento,

la siguen con amor. Ella a las muchachas aguarda y las amiga.

Les muestra dulcemente lo que lleva puesto.

Perlas de color y los finos velos de la resignación.

Con los jóvenes ella marcha silenciosa.

Pero allí donde ellas habitan, en el valle, una de las más antiguas Lamentaciones

atiende al joven que pregunta: fuimos una vez, dice ella, una gran estirpe,

nosotras, las Lamentaciones. Nuestros padres

explotaban una mina, allí, en la montaña grande;

entre los hombres encontrarás a veces un trozo tallado del dolor ancestral,

o escorias petrificadas de la ira brotadas de un viejo volcán.

Sí, esto proviene de allí. Antaño fuimos ricas en dolores.

Y ella, ligera, le conduce a través del vasto paisaje de las Lamentaciones,

le muestra las columnas de los templos o las ruinas

de aquellas fortalezas, donde Príncipes de las Lamentaciones

habían gobernado antaño sabiamente el país.

Le muestra los árboles altos de las lágrimas

y los campos florecientes de la melancolía,

(los vivientes la conocen sólo como un follaje apacible);

les muestra los animales de la tristeza, paciendo, y a veces

un pájaro azorado vuela rasante al nivel de su mirada

trazando en el aire la imagen de su grito solitario.

Al atardecer ella le conduce a la tumba de los antepasados

de la estirpe de las Lamentaciones, las sibilas y los profetas.

Pero, cuando la noche se acerca, ellas caminan más quedamente,

y pronto lunea en lo alto el monumento fúnebre que vela sobre todo,

hermano de aquél junto al Nilo,

de la Esfinge augusta: -el rostro de la cámara secreta.

Y miran atónitos la cabeza coronada, la que para siempre y en silencio

ha puesto el semblante de los hombres sobre la balanza de las estrellas.

No lo comprende su mirada, mareado todavía por la muerte temprana.

Pero la mirada de ella, tras el borde del Pschent*, espanta a la lechuza.

Y ella,

rozando con lento toque a lo largo de la mejilla,

aquella de más dura redondez,

traza blandamente en el oído nuevo del muerto,

por encima de una doble hoja desplegada, el contorno indescriptible.

Y más alto, las estrellas. Nuevas. Las estrellas del país del dolor.

Lentamente las nombra la Lamentación: "Aquí, mira el 'Jinete', el 'Bastón'

y a la constelación más redonda la llaman: 'Corona de frutas'. Luego,

más lejos, hacia el polo: la 'Cuna', el 'Camino', el 'Libro ardiente', el 'Títere', la 'Ventana'.

Pero en el cielo del sur, pura como el interior de una mano bendita, la M resplandeciente

y clara

que corresponde a las Madres..."

Pero el muerto debe partir, y en silencio la más vieja

de las Lamentaciones le conduce a la garganta del valle,

donde brilla el resplandor de la luna: la Fuente de la Alegría.

Con devoción la nombra ella y dice:

"Entre los hombres ella es una corriente arrolladora".

Arriban al pie de la montaña, y allí, sollozando, ella le abraza.

Solitario asciende él por la montaña del dolor original.

Y ni aun su paso suena desde la silenciosa suerte.

Pero si ellos, los infinitamente muertos, despertarán

en nosotros un símbolo, mira, ellos nos mostrarían quizá los lamentos

que cuelgan del avellano vacío, o

pensarían en la lluvia que en la primavera cae sobre el oscuro reino de la tierra.

Y nosotros, que pensamos en una felicidad creciente,

sentiríamos la misma emoción que casi nos anonada

cuando algo dichoso cae.


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* La doble corona que en los Faraones significaba la unión del Alto y Bajo Egipto.

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Traducción de Rodolfo Modern

Rainer María Rilke, Elegías de Duino, Buenos Aires, Torres Agüero Editor, 1985