Riendo con Ciorán (1): Los domingos de la vida

8 de marzo de 2007 ·


Si las veladas dominicales fueran prolongadas durante meses, ¿qué se haría de la humanidad, emancipada del sudor, libre del peso de la primera maldición? La experiencia valdría la pena. Es más que probable que el crimen llegase a ser la única diversión, que el desenfreno pareciese candor, el aullido melodía y la mofa ternura. La sensación de la inmensidad del tiempo haría de cada segundo un intolerable suplicio, un pelotón de ejecución capital. En los corazones más llenos de poesía se instalaría un canibalismo estragado y una tristeza de hiena; las patíbulos y los verdugos languidecerían; las iglesias y los burdeles estallarían en suspiros. “El universo transformado en tarde de domingo...” es la definición del hastío y el fin del universo... Retirad la maldición suspendida sobre la Historia y ésta desaparece inmediatamente, lo mismo que la existencia, en la vacación absoluta, descubre su ficción. El trabajo construido en la nada forja y consolida los mitos; embriaguez elemental, excita y cultiva la creencia en la “realidad”; pero la contemplación de la pura existencia, contemplación independiente de gestos y de objetos, no asimila más que lo que no es...

Los desocupados captan más cosas y son más profundos que los atareados: ninguna empresa limita su horizonte; nacidos en un eterno domingo, miran y se miran mirar. La pereza es un escepticismo fisiológico, la duda de la carne. En un mundo transido de ociosidad, serían los únicos en no hacerse asesinos. Pero no forman parte de la humanidad y, puesto que el sudor no es su fuerte, viven sin sufrir las consecuencias de la Vida y del Pecado. No haciendo el bien ni el mal, desdeñan –espectadores de la epilepsia humana- las semanas del tiempo, los esfuerzos que asfixian la conciencia. ¿Qué deberían temer de una prolongación ilimitada de ciertas tardes, sino el pesar de haber sostenido evidencias groseramente elementales? Entonces, la exasperación en lo verdadero podría inducirles a imitar a los otros y a complacerse en la tentación envilecedora de las tareas. Tal es el peligro que amenaza a la pereza, supervivencia milagrosa del paraíso.

(La única función del amor es ayudarnos a soportar las veladas dominicales, crueles e inconmensurables, que nos hieren para el resto de la semana y para la eternidad. Sin la seducción del espasmo ancestral, nos harían falta mil ojos para llantos ocultos, o, si no, uñas para morder, uñas kilométricas... ¿Cómo matar de otra manera este tiempo que ya no transcurre? En estos domingos interminables, “el dolor de ser” se manifiesta plenamente. A veces uno llega a olvidarse en alguna cosa; pero ¿cómo olvidarse en el mundo mismo? Esta imposibilidad es la definición del dolor. El que esté aquejado por él no se curará nunca, aun cuando el universo cambiara completamente. Sólo su corazón debería cambiar, pero es inmodificable; también para él, “existir” no tiene más que un sentido: zambullirse en el sufrimiento, hasta que el ejercicio de una cotidiana nirvanización le eleve a la percepción de la irrealidad).

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