Philippe Sollers y su Mozart misterioso

3 de marzo de 2007 ·






[El escritor y ensayista francés busca en esta biografía atípica una simbiosis con el músico alemán. Toca su piano, rastrea las intrigas de sus óperas, las sitúa en la vida del autor, experimenta sus emociones. En el fragmento que transcribimos se recrea el momento de la composición del Don Juan]


El Romanticismo se defendió rápidamente del impacto inaudito de Mozart, ya presentándolo como un precursor aventajado de Beethoven y de Wagner, ya --pero con el mismo resultado-- engalanándolo y patetizándolo. En realidad, todo el mundo había comprendido que la penetración mozartiana en el disfrute femenino de la música cuestionaba la antigua distribución de los sexos y el sentido de la vida tanto como el de la muerte. [...]
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Resulta revelador el librito de Eduard Mörike, un poeta alemán del siglo XIX musicalizado varias veces por Hugo Wolf. Se llama Mozart camino de Praga. Es una condensación de prejuicios --en rigor, más bien positivos-- de la época. Relato de nostalgia, relato de idealización.
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Estamos en 1787, el año de Don Juan. La primera representación de la obra, bajo la dirección del compositor, se llevará a cabo en octubre en Praga, ciudad que ofreció a Mozart muchos más éxitos y gestos de amistad que Viena. Wolfgang y Constanza viajan en un carruaje amarillo y rojo, las puertas adornadas con ramos de flores y delgadas bandas doradas. De inmediato, nos encontramos dentro de un cuento de hadas.
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Mörike viste a los dos viajeros. El, con chaleco bordado de un azul desteñido, levita marrón con botones rojo y oro, pantalones cortos de seda negra, zapatos con hebillas doradas. Ella, con traje de viaje a rayas verdes y blancas. Mörike los hace hablar en un tono convencional e ingenuo, rousseauniano, sobre las maravillas de la Naturaleza. [...] Pero ¿qué ocurre? Mozart es un tipo raro, tiene deseos múltiples, le gusta salir, recorrer las posadas, disfrazarse, bailar, observar a los seres humanos en su estado natural. Por cierto, alimenta su creación con la ayuda de modelos, pero también exagera:
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Tanto para disfrutar de los placeres como para crear, Mozart desconocía la medida o los límites. Una parte de la noche estaba consagrada a la composición. Después de despertarse, se quedaba un buen rato en la cama y, allí completaba cuidadosamente el trabajo nocturno.
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Luego, da clases de piano, con las que se gana la vida.
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El lector ya ha comprendido que el matrimonio Mozart sufre por este uso del tiempo ondulante. El músico es descuidado, gastador, pródigo, no administra bien su presupuesto, sueña, no comprende las intrigas que se tejen en su contra. Naturalmente, poco a poco, va perdiendo el favor de su público. Debería comportarse con mayor reserva y prudencia. Como todos los buenos burgueses de su tiempo, Mörike está sinceramente afligido por lo poco que Mozart se preocupa por su futuro. Este músico actúa movido por sus caprichos, no escucha consejos, su mujer llora seguido. Ella querría --¿cómo no comprenderla?-- ayudarlo a encontrar moderación y equilibrio. Ojalá que esta ópera nueva, a pesar de lo escabroso del tema, tenga éxito.
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Mozart y Constanza viajan, se detienen en una posada. Wolfgang va a dar un paseo a solas, entra por casualidad en el parque de un castillo, se encuentra en un claro rodeado de naranjos. Distraídamente, toma una naranja. Llega un jardinero y sorprende al extraño ladrón. El pequeño escándalo se soluciona rápidamente: los propietarios son amables, les gusta la música, y se trata nada menos que de Mozart.
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El guión necesita, ahora, una jovencita que cante. Aquí está: se llama Eugenia, va a representar a la novia inocente e hipersensible, interpreta a Susana en la escena del jardín de Las bodas de Fígaro. Mozart está turbado, y pasan a la mesa. La cena es, evidentemente, deliciosa. Wolfgang relata un recuerdo de sus trece años, cuando estaba en Nápoles. Allí asistió a un espectáculo marino encantador, una canción popular lo inspiró para el dúo de Zerlina y Masetto de su nueva ópera. Pasan, así, de anécdota en anécdota, unas más amables que otras, pero el lector está impaciente por escuchar un fragmento de Don Juan, puesto que Mozart lo está componiendo en ese momento.
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Aquí, tengo que citar a Mörike:
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Nos gustaría que el lector pudiera tener al menos esa impresión particular que sentimos cuando nuestro oído percibe, al pasar delante de una ventana, un simple acorde de música que nos electriza y nos sobrecoge. Algo así como esa angustia suave que se apodera de nosotros cuando estamos sentados en el teatro mientras la orquesta afina sus instrumentos y el telón todavía está bajo. ¿No es eso lo que ocurre cuando, antes de que comience la presentación de una obra maestra de la tragedia, como Macbeth o Edipo, por ejemplo, se siente en el aire el escalofrío de una belleza eterna?
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Mozart está sentado frente al piano y canta \"un poco al azar\", dice Mörike, \"cuando le parece necesario\". Eugenia también canta. Nos encontramos dentro del inverosímil absoluto, pero el lector ya ha comprendido que Eugenia, sin preocuparse por su novio, lanzará un grito de admiración. Lo que importa es la emoción de la casta Eugenia ante el genio.
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Mozart, ahora, asustará a su público con el final y la aparición del Comendador. Mörike habla en su lugar:
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Cuando Don Juan, en su obcecamiento monstruoso, se opone al orden eterno de las cosas y lucha, desconcertado, contra las potencias infernales, se paraliza, se retuerce y, finalmente, sucumbe, todavía dueño de sí mismo y consciente de sus últimos gestos, es inevitable sentir, en el pecho y en la espalda, un escalofrío supremo de miedo voluptuoso. [...]
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A pesar de nuestra voluntad, participamos de estos acontecimientos y sufrimos, apretando los dientes, la pena que nos causan estas destrucciones.
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He aquí un fragmento de antología. Es difícil saber cuál es \"el orden eterno de las cosas\", pero ese \"escalofrío supremo de miedo voluptuoso\" cuando \"se desata una fuerza de naturaleza salvaje\" y cuando \"se incendia un bello navío\" está en el centro trastornado del tema. Mozart, por el solo hecho de haber imaginado esta escena, es un elegante violador. Será castigado.
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La condesa, la madre de Eugenia, tiene \"el pecho oprimido\". Mozart debe irse. Es cierto que su ópera es admirable. Se le ofrece al compositor una carroza para que continúe su camino y se le desea el mayor éxito. En definitiva, el futuro es, ante todo, la seriedad del casamiento de Eugenia.
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Ahora bien, Eugenia, joven delicada y sensible, tiene malos presentimientos. Piensa que Mozart está en una pendiente peligrosa:
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Había adquirido la certeza, una certeza absoluta, de que este hombre sería rápida e irresistiblemente devorado por su propia pasión, y que sólo sería una presencia pasajera sobre el planeta, incapaz en verdad de absorber toda la abundancia que derramaba a la manera de un torrente.
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De pronto, al volver a pensar en Don Juan, no logra conciliar el sueño en toda la noche.
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Al día siguiente, la emoción aumenta:
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Ella se detuvo, conmovida, ante el piano. Todo le pareció un sueño; ¡haber visto, hacía solamente una horas, a aquel hombre sentado en este lugar! Pensativamente, miró durante un largo rato el teclado que el Maestro había sido el último en tocar. En silencio, cerró la tapa y retiró la llave con el celoso deseo de que ninguna mano pudiera volver a abrirla.
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El amor romántico es un ataúd para pianos. La muerte de Mozart se vuelve necesaria. La prueba es que Eugenia, para quien \"la menor casualidad toma el aspecto de un signo del destino\" (podríamos haberlo apostado), encuentra de pronto una vieja cuartilla, la copia de un antiguo romance popular checo. Lee el texto y llora (¡tan pronto!):
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Un pinito verde
en algún lugar del bosque,
un rosal también, perdido
en algún jardín;
has de saber, mi alma,
que han sido elegidos
para echar raíces en tu tumba
y crecer sobre ella.
Dos potros negros
pacen en la hierba de la pradera.
Regresan a la ciudad
brincando alegremente.
Irán al paso
a tu funeral.
Tal vez, tal vez mucho antes
de que las herraduras de sus cascos,
que ahora veo relucir,
hayan caído.
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Eugenia es vidente: discierne el bosque, el jardín, el rosal, los caballos que llevan a Mozart hacia San Marx. Ella se casará, tendrá hijos, tocará cada vez menos el piano y recordará vagamente aquella extraña tarde. Sin embargo, a la inversa de Constanza, quien, inconstante, volverá a contraer matrimonio después de la muerte del Maestro, ella, junto con todo el siglo XIX, será la auténtica viuda del visitante misterioso.


P.S., Misterioso Mozart, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2003

Foto: Philippe Sollers 1997 por Sophie Bassouls Sygma Corbis


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