8 mar. 2007

Peter Sloterdijk - De terror y de genes

Un alegato por la deshisterización de dos campañas de autoexcitación


Este texto se basa en una conferencia de Peter Sloterdijk auspiciada por el grupo editor Bertelsmann / Springer, durante la Feria del Libro de Frankfurt, y fue publicado en el Frankfurter Rundschau, el 16 de noviembre de 2001. Traducción: Fernando La Valle


Parece que hubo una vez una maldición china, que también llegó a Occidente, y es repetida de vez en cuando por oradores occidentales. Decía así: “Que te sea concedido vivir en una época interesante”. Esta maldición se ha consumado para nosotros de modo bastante dramático. En términos informativos, nos vemos maldecidos doblemente. Dos abrumadores motivos de interés se han cernido sobre el paisaje temático del último año. La irrupción de estos temas inflexiblemente interesantes nos ha aclarado, o al menos nos ha hecho recordar nuevamente, que las sociedades modernas, en su estado de agregación mediática, son en primer lugar mercados, bolsas de temas, en las cuales se emiten noticias de actualidad, noticias que se negocian diariamente en operaciones de contado. Pertenece a la esencia de las noticias de actualidad el que cada tema en servicio sea tratado sólo hasta la correspondiente irrupción del tema de acuciante actualidad que sigue. En ningún caso se puede estudiar esto mejor que en el de los dos grandes temas de este año: en primer lugar, la temática de la biotecnología, que nos ha quitado el aliento durante la mayor parte del año 2001, al menos hasta que hiciera su aparición el otro tema de actualidad, que resumimos de modo un tanto simplista bajo el término “Terrorismo”, término al que luego hemos dotado del engañoso aditamento de “Guerra contra...”

En un plano intuitivo, nos resulta hoy ya patente que ambos motivos pertenecerán a los temas de la civilización por un largo tiempo por venir. De hecho, hace ya treinta años que la biotecnología futura viene siendo discutida casi a puerta cerrada, pero sólo las manifestaciones científicas y publicitarias de los últimos dos años han puesto las cuestiones biotécnicas y bioéticas en el tope de la agenda política y cultural, tal como hemos podido comprobar entre el otoño de 1999 y el verano de 2000.

Algo parecido se puede decir del terror, que acompaña a las sociedades modernas desde hace mucho, pero que recién tras el 11 de septiembre se convirtió de súbito en una presencia excluyente en la conciencia de las poblaciones que están en contacto con los medios. Lo más importante que hay que saber sobre el terrorismo es que de ningún modo representa éste un invento de los años ‘80 o ‘90 del siglo pasado. Pasando por alto los preludios anarco-nihilistas del siglo XIX, se puede datar de modo muy preciso, con día y hora, el ingreso del terrorismo en la escena política mundial. El punto crítico epocal es el 22 de abril de 1915, cuando hacia las 6 de la tarde, en el flanco norte de Ypres, un batallón alemán equipado con gases –el primero en su tipo– lanzó un ataque con cloro contra las posiciones francesas. Las semanas anteriores, sin que lo advirtiera el enemigo, soldados alemanes habían diseminado 5700 botellas de gas en las trincheras de ese sector, y desde entonces sólo esperaban las condiciones meteorológicas adecuadas. Cuando por fin el viento fue propicio, se dio la orden para la apertura de los recipientes. Se liberaron así más de 150 toneladas de cloro, y una nube de 6 km de ancho, con un espesor de entre 600 y 900 m, comenzó a deslizarse hacia el frente francés a una velocidad de dos metros por segundo.

Queda como problema nunca resuelto de la historia militar si hay que computar los muertos de ese día en miles o “sólo” en pocas docenas, lo que sí queda claro es que ése fue el día y la hora del nacimiento del terrorismo moderno. Aun cuando la cultura conmemorativa actual no dé señales de poder apreciar como es debido este antecedente, el 22 de abril de 1915 es una fecha central de la historia universal reciente. En el año 1915 se introdujo el terrorismo como elemento de la guerra estatal convencional, y desde entonces nunca dejó de tener un rol central en la conducción de la guerra por parte de los Estados.

El terrorismo de bandas o de sectas, con motivaciones ideológicas o religiosas respectivamente, ha sido por el contrario y desde siempre un fenómeno más vale marginal, por más que se encuentre hoy en día de modo desmesurado en el centro de la atención. El terrorismo es un método de lucha, no un grupo de personas. Es por ello que la omnipresente fórmula política actual de “Guerra contra el Terrorismo” es una expresión sin sentido. Contra un método no se puede luchar, a lo sumo será posible tomar recaudos para que no pueda ser llevado a la práctica. Ha llegado el momento de abandonar la engañosa semántica de la guerra y volver a la única lengua adecuada de un combate contra el crimen, en un nivel amplio y abarcativo.

Quisiera enumerar cuatro criterios relevantes en términos de una determinación del verdadero carácter del terrorismo. La definición más general del terror moderno se basa en que éste no ataca al enemigo en sus defensas militares, sino más bien de modo indirecto: a través del medio circundante [Umwelt], o como ya hemos visto por ejemplo en el ataque con gases de Ypres: a través del aire que respira. Esto se explica en gran medida por aspectos técnicos de la situación bélica en el frente occidental desde el otoño de 1914, cuando, para evitar el daño directo de las balas de fusil, y en parte también de las de obús, los soldados se guarecieron en trincheras, lo cual contribuiría a sugerir la idea de su matanza por medio de un arma química asfixiante. En la guerra con gases se produjo un desplazamiento del ataque: ya no se atacaba directamente al enemigo, sino más bien a su medio circundante. Este giro sigue siendo hasta hoy el fundamento de todo tipo de terrorismo: las formas esenciales del terrorismo tienen que ver con el medio circundante y con la atmósfera. Su medio principal es el aire, que por su invisibilidad y difusión general constituye el medio ideal para un ataque con venenos imperceptibles. A nadie puede sorprender que el siglo XX, como verdadera matriz del terror, haya sido la era de las “armas atmosféricas” y de la muerte a partir de un medio incapaz de soportar la vida. La actual escalada desarrolla tales tendencias.

El segundo criterio del terror es el carácter atentatorial de su ataque: el terrorista aprovecha huecos en el aparato de defensa del enemigo para golpear sin aviso previo en los momentos en que éste se encuentra desprotegido. Se puede decir en este sentido, que el terrorista comprende mejor a su víctima que ella misma: rastrea puntos débiles en el sistema inmunológico del oponente, y ataca a partir de ellos, razón por la cual surge a menudo en el atacado la impresión de que tiene que habérselas con un oponente demoníaco, al cual sólo es posible resistir por medio de un ataque basado en medidas inauditas. El mensaje del que atenta dice en cambio: Debes cambiar tu vida. Cuando el terror trabaja con armas atmosféricas, es difícil, si no imposible, limitar su ámbito de aplicación: aun cuando exija de facto pocas víctimas, hace fuerte mella en las condiciones de vida de los atacados.

Para la comprensión del fenómeno actual, empero, la tercera característica del terror es la más significativa: el terror presupone el poder comunicativo del medio vital atacado, y tabletea por lo tanto invariablemente sobre el teclado de sus propios miedos. Es por ello que coexisten el terror y la sociedad mediática, e incluso sería impensable aquél sin ésta. Por terribles que sean las acciones de terror particulares, éstas siguen limitadas al rango de operaciones puntuales. Desde el punto de vista cuantitativo serían casi insignificantes, si no se tradujeran al propio idioma de la parte atacada, y no hicieran allí su efecto, magnificadas diez mil veces. Es por ello que nunca se podrá sobreestimar la íntima relación que existe entre el terror y los modernos medios masivos de comunicación. Por haber cumplido ya desde siempre los medios masivos su función primaria de instrumentos de auto-irritación, de auto-histerización de sociedades estructuralmente sobre-mediatizadas, las noticias del terror se constituyen en virus ideales dentro del sistema de las noticias cotidianas y los informes de último momento. No tardan en desencadenar una especie de involuntaria guerra de los medios contra la propia población, un fenómeno que se desarrollara de modo cabal por primera vez entre 1914 y 1918. En la comunicación sobre el terror despiertan los modernos medios masivos a su verdadera esencia. Las intuiciones de Karl Kraus respecto de esto siguen siendo tan actuales como en la época en que publicaba fragmentos de Los últimos días de la humanidad en los periódicos. Nunca asume el medio masivo su propio carácter de modo más cabal que cuando informa sobre el miedo que alumbra con su propia actividad informativa.

Para la comprensión de la actual inquietud sobre el terrorismo, hay que considerar todavía un cuarto momento, con el cual llamaremos la atención sobre la posible diferencia de nivel entre el productor y el usuario de armas terroristas. En el campo del terror desregulado y desestatizado, un campo que en la actualidad suscita más atención que el del terrorismo de Estado, surgen actores que guardan evidentemente, con sus medios de lucha –ya sean éstos bombas, aviones, o sustancias bioquímicas–, una simple relación de uso. El terrorista actual no es más que el usuario de un material, y su relación co-productiva con las condiciones científicas y técnicas internas de éste es comparable a la que un joven consumidor de música pop promedio puede tener con la electrónica que posibilita sus éxtasis musicales. El terror desregulado funciona según el principio de las armas-de-dos-componentes, principio según el cual en un lugar se producen los medios de lucha, y en el otro los principios y motivaciones que los dirigen.

En las condiciones presentes, ambos componentes entrarán a formar parte de combinaciones inesperadas, con el resultado de que los productores competentes de las armas más peligrosas perderán el control sobre éstas y deberán contar con la posibilidad de que sean eventualmente usadas en su contra de modos imprevistos. La civilización occidental enfrenta en el terrorismo-usuario islámico un aspecto escindido de sí misma.

No hay que pasar por alto que vivimos en una fase histórica en la que vuelve a hacer su aparición aquello que en el siglo XIX se llamó el primado de la política. Parecería que volvemos a una situación en la que suena de nuevo la hora de los Estados. La contrapartida no surgirá de la noche a la mañana. Desde hace al menos dos siglos, los partidos socialistas luchan en todo el mundo contra lo que definen como neoliberalismo, y han puesto desde un principio esta lucha suya bajo el signo de un nuevo debate sobre las competencias del Estado. Los partidos socialistas deben interesarse per se en un Estado reconstruido, ya que no podrían existir sin fuertes impuestos estatales, y no podrían permanecer en el poder sin un Estado de Bienestar creíble. Las teorías políticas actuales trabajan para deletrear nuevamente desde cero los indelegables servicios del Estado de cara a una economía mundial globalizada. Con este trasfondo, las clases políticas de Occidente no podían presentar nada mejor que el desafío de “La Civilización” por parte del “Terrorismo”. En la situación presente el Estado se perfila como un proveedor irreemplazable de bienestar y seguridad, aun por encima de la agenda consciente de prioridades de las sociedades modernas. Así como durante el debate sobre los genes se apeló desde el bando de la conservación de los valores al Estado como determinador de normas y guardián de los límites, así también reclamará el Estado durante la actual histeria de terror su papel de actor de todas las acciones y garante de todas las garantías. El reconocimiento de que esto representa una coyuntura ilusoria sólo llegará con el tiempo.

Cae de su peso que la situación actual no es la adecuada para un discurso público sobre la tecnología genética. Es evidentemente absurdo hablar de un (como siempre hipotético) mejoramiento genético de la condición humana, cuando al mismo tiempo no tardará en presentarse la inevitable idea de que ya no hay garantías incluso para las premisas más elementales de seguridad de la existencia. ¿Para qué entonces querer optimizar las condiciones de vida humana en el frente genético, si al mismo tiempo se verifica una desestabilización de las expectativas de seguridad más básicas? ¿Para qué meterse con el texto primario de la genética, cuando la literatura secundaria de la cultura florece de modo tan espantoso? Pero no hay más que echar una mirada a los terroristas que se hallan en actividad en el presente para comprender que no tienen ninguna relación con el tema que tuvo en vilo al mundo occidental el año pasado. Ningún combatiente islámico fue fecundado in vitro, ninguno de ellos tiene un gen de más o un gen de menos. Se trata de miserables de dotes absolutamente naturales, nacidos de relaciones tradicionales, sin que algún Doctor Frankenstein se haya metido a hacer experimentos con su material genético. Entran en escena como machos metafísicos de corte clásico, sin ninguna relación positiva con la aventura de la civilización occidental, expresada en la emancipación de la persona humana respecto de las fatalidades de la reproducción, y no en menor medida en la liberación de la mujer respecto de su forzada subordinación a las funciones maternas.

El súbito viraje actual del interés público del tema de la genética al tema del terror es más que un capricho de los medios. Ambos temas se encuentran estrechamente vinculados entre sí, aunque más no sea de modo subterráneo. Cuando, bajo la presión de la supuesta actualidad, la sociedad reorienta la discusión, y pasa del tema de la optimización biológica de los seres humanos a la pregunta por el crimen terrorista, por el mal radical y sus fundamentos, no hace más que cambiar una inquietud eterna por otra. La inquietud respecto de la reproducción y la inquietud respecto de la defensa contra el mal han sido desde siempre temas fundamentales de la cultura. Cuando la opinión pública del año 2001 discute sobre genética y terrorismo, de lo que se trata es ni más ni menos que de abordar con la jerga de la época el interés invencible por la descendencia y la inmunidad.

Por mi parte, propongo que aprovechemos la situación para tomar cierta distancia del acalorado debate alemán sobre la tecnología genética y nos preguntemos por lo que podría tener que ver con tal debate nuestra sociedad, teniendo en cuenta que ésta hace ya más de dos siglos que se halla lanzada al experimento de modernizaciones aceleradas y acumulativas. Echando una mirada distanciada a la constelación de nuestra historia espiritual, surge como resultado aproximado un cuadro como el siguiente: debemos tomar conciencia de que el más poderoso pensamiento del siglo XIX, la idea de la evolución, confluyó con el motivo principal del siglo XX, el principio de la construcción técnica. El evolucionismo se topa con el constructivismo: este titular encabeza el acontecimiento principal de la escena cognitiva de nuestro tiempo. El encuentro alcanzó un grado de intensidad tal como no habría podido ser pensado todavía hace pocas décadas. Cuando el constructivismo se topa con el evolucionismo, toda una civilización comienza a discutir sobre si hay alternativas a lo que es el caso, con lo que suena públicamente la hora del funcionalismo. El pensamiento funcional –hasta aquí un asunto esotérico para los filósofos de la técnica y los teóricos de la cibernética– entra hoy en su fase de divulgación. Esto es más que una reforma: se trata nada menos que de una mutación absoluta en el estilo del ser del hombre. Durante los últimos 2500 años, los contrincantes de las culturas superiores se presentaron básicamente o bien como esencialistas, o bien como sustancialistas. No podían, por tanto, en caso de querer conocer algo genuinamente, plantear otra cosa que enérgicas y sutiles [scharfe] preguntas por el Qué (o en todo caso, preguntas por el Quién), tal como lo había hecho precisamente el archiprogenitor de la antigua cultura de la racionalidad europea, Sócrates. Con la ayuda de tales preguntas creían ellos penetrar en el corazón de la verdad. El mundo de ayer explicaba el universo natural y social como un cosmos de esencias, en el cual todo se había originado con la forma que precisamente tiene y ninguna otra, de las manos de la suprema inteligencia creadora, a la que llamábamos Dios. Por ello, los habitantes de este mundo tenían en la primera línea de sus preocupaciones la de discernir las Normas eternas, e insertarse en el Orden que todo lo abarcaba.

El que el siglo XX acuse rasgos heréticos a los ojos de los tradicionalistas, se debe no en última instancia a que ha comenzado a plantear preguntas por el Cómo en un amplio frente. El que pregunta «¿Cómo funciona esto?», ya ha dejado caer el viejo interés por la esencia. Ya no persigo entonces una respuesta normativa que me dicta lo que algo es, y ante lo que debo yo inclinarme (ya que es lo que es) como ante una institución metafísica. Cuando planteo la pregunta por el Cómo, estoy interesado por una respuesta acerca de funciones. Preciso así un dominio dentro del cual muchas variables conducen a un resultado aceptable. De modo que cuando el funcionalista quiere saber cómo funciona una cosa, busca eo ipso traer a la experiencia cómo se podría hacer algo de un modo distinto a como se ha hecho hasta ahora. Una vez que se ha comprendido cómo algo podría ser de otro modo, uno es capaz de poner las variantes en el mundo. Y no se estará ya tan interesado a partir de entonces en modelos ejemplares inconmovibles, sino más bien en posibilidades de variación.

Tras el encuentro de evolucionismo y constructivismo, se volvió insoslayable la pregunta de si pueden darse alternativas al camino de la evolución que lleva a nosotros mismos. Sabemos que en su primera «vía de formación» [Bildungsweg] la materia condujo a la vida, al espíritu, a la existencia humana. Esto lo comprobamos directamente por nuestra situación «en el mundo»: creemos saber de primera mano que representamos una cresta del movimiento evolucionario del primer tipo. Pero inspirados por la revolución funcionalista del modo de pensamiento nuestra pregunta va más allá: ¿Hay una segunda vía en el camino de la vida, lleva una segunda vía al espíritu? La respuesta a estas preguntas es un sí categórico. En esta afirmación se basa la aventura cognitiva del futuro. La evidencia vital nos dice que hay una segunda vía que conduce a la vida y al espíritu. Queda en todo caso como objeto de debate el que esta segunda vía de formación siga todavía ligada a la materia. Parece más bien como si la reflexión y la cuasi-vida venideras estuvieran ligadas antes a cristales que a materia sufriente. El futuro es heterobiológico. Desde la perspectiva de una historia de las ideas, el surgimiento de la inteligencia artificial a la par que la tecnología genética constituye el mayor acontecimiento cognitivo. Las histerias de mañana irán dirigidas contra las máquinas adultas.

La tecnología genética pudo llegar a ser un tema tan importante sólo porque la sociedad moderna ha comenzado a deletrear en un lenguaje secular problemas que fueron procesados de manera temprana en las grandes religiones. Ahora comprendemos en retrospectiva que las religiones de salvación ofrecieron las primeras grandes formas para una economía general del sufrimiento. Ayudaron a los hombres de las culturas superiores a soportar lo insoportable. Nuestra cultura repite esas formas en un idioma tecnológico. El antiguo lema quirúrgico, “vulnerando sanamus”, arroja una luz precisa sobre nuestra situación actual: la vida significa siempre una participación en el reparto del dolor y de la inseguridad. Hiriendo, sanamos; sanando, herimos. De modo análogo, hay que decir: corriendo riesgos, damos seguridad; produciendo seguridad, incurrimos en riesgos. Quien desea la deshisterización del gran debate social, debe trabajar para que la sabiduría de los operadores y de los aseguradores se apoye en el futuro sobre una base más amplia.

Trad. Ramón Alcoberro